Un ensañamiento sostenido y deliberado. Las complicadas relaciones entre Argentina y Uruguay.

Publicado en: América Latina 0

Si hubiera que simplificar el motivo del conflicto a su más mínima expresión, habría que decir que Argentina no quiere que Uruguay produzca. Ni pasta de celulosa ni ninguna otra cosa.

La lógica de cualquier país es producir más. Solo así habrá más riqueza y la población vivirá mejor. Sería absurdo pensar que un Estado debe limitar la producción y empobrecer a su gente. El comercio, el agro y la industria deben funcionar bien. Es deseable que una fábrica pretenda producir más. Esto, que parece de perogrullo, enfurece a Argentina. Cada vez que la planta de celulosa UPM sube su producción hay un conflicto internacional. Argentina entiende que en Uruguay manda la empresa finlandesa y el gobierno es rehén de ella. No se le ocurre que a un gobierno democrático no le corresponde tener el poder absoluto sino administrar con sabiduría lo que los demás hacen. Si es bueno que una fábrica trabaje más, lo alentará, como en cualquier país normal. Cuando un gobierno defiende y estimula una industria no es para menoscabar su poder sino porque es para bien de todos.

Parecería que Argentina quisiera que la planta en cuestión se someta a sus dictados y no a las leyes del país donde se instaló. Cree que puede cruzar el río y resolver por sí misma. Amenaza con ir a La Haya como si determinar los límites de producción a UPM fuera una prerrogativa suya, y solamente suya.

Es difícil imaginar qué dirá un fallo internacional una vez asegurado que los niveles de contaminación (en un río compartido) están por debajo de las exigencias mundiales. Aclarado eso (de hecho es así) la Corte, por internacional que sea, no puede ordenarle a un país que produzca menos. Cuidará los efluvios, porque el río baña dos fronteras. Pero la planta está decididamente en orillas uruguayas.

Este gobierno no se caracteriza por tener una política exterior sofisticada. Es tosca, primitiva y por momentos «ideologizada». Pero a esta altura de los hechos, ni la más genial de las cancillerías tendría respuestas destellantes ante los burdos desatinos de Argentina y de su canciller Héctor Timerman.

Esta semana dos ex ministros (uno colorado, Didier Opperti, y otro blanco, Sergio Abreu) se reunieron con el canciller Luis Almagro para plantear una estratagia en común. Sería imposible afrontar las actuales amenazas argentinas sin apoyo de todos los partidos.
Los partidos incluso pretenden que este conflicto no entre al debate electoral para evitar que ante una situación delicada, las discusiones distraigan sobre cuál es el objetivo central.

De todos modos, cada partido en su programa de gobierno, y hoy más que nunca, deberá exponer su política hacia Argentina, no respecto a este conflicto en particular sino pensando en el largo plazo. El próximo presidente coincidirá durante un año con Cristina Fernández y no tiene cómo saber si el siguiente mantendrá la misma hostilidad hacia Uruguay.

Algunos minimizan el tema asegurando que al ser el gobernador de Entre Ríos un favorito del kirchnerismo para la Presidencia, el lío es meramente electoralista. Lo mismo se dijo cuando siendo presidente, Tabaré Vázquez debió enfrentar el primer corte de puentes. Gobernaba entonces Néstor Kirchner que fue sucedido por su esposa Cristina, que también completó su período y fue reelegida para otro más que terminará el año que viene.

No son meras circunstancias electorales. Acá hay un ensañamiento sostenido en el tiempo. Esto no es coyuntural, responde a propósitos que los uruguayos no logran comprender, por eso no saben enfrentarlo. Ese es el drama. La artillería argentina se dirige con precisión a los puntos neurálgicos de la economía uruguaya: a la planta de UPM (y por lo tanto la actividad forestal en su conjunto), al dragado del canal, a la actividad portuaria, al comercio y al país como plaza financiera y receptora de inversiones.

Ante este contexto resultó llamativa una noticia que publicó «El País» el fin de semana: las empresas europeas en Uruguay están alarmadas por la tensión con Argentina. Un dirigente de la Cámara de Comercio e Industra Uruguayo-Alemana dijo que dicha situación afectaba la capacidad de Uruguay de captar inversiones extranjeras y en particular las alemanas.

¿No debería ser al revés?

Desde que estos líos comenzaron, hace ya casi una década, Uruguay defendió con clara firmeza las inversiones extranjeras. Soportó un virtual sitio (con el bloqueo a los puentes) en defensa de una industria de capitales finlandeses. Esa defensa, además, la inició un gobierno de izquierda, si bien contó con el apoyo de los demás partidos.

Uruguay paga un costo muy alto para que esa señal sea clara ante el mundo, pero sabe que por esa vía el país se moderniza, abre su abanico productivo, introduce nueva tecnología, exporta más, genera divisas y con ellas distribuye más bienestar a su pueblo.
¿Por qué entonces cuando esto ocurre, algunas empresas europeas plantean tal preocupación? ¿Cuándo pasó Uruguay a ser el villano? Y si no lo es, ¿por qué no salen a defenderlo? El mensaje emitido por estos países europeos terminará siendo más peligroso para ellos que para Uruguay. El desprecio a socios confiables y dispuestos a tomar riesgos, nunca da réditos.

Por cierto, en Argentina no todos piensan como Timerman. Días pasados un grupo de intelectuales, académicos universitarios, expertos en relaciones internacionales e incluso ex cancilleres y ex vicecancilleres, emitieron un comunicado que cuestionó el camino tomado por el gobierno argentino respecto a Uruguay y pidió una «solución sensata y efectiva».

El documento, firmado entre muchos otros por el ex canciller Dante Caputo, el periodista Roberto Guareschi, el politólogo Vicente Palermo y la ensayista Beatriz Sarlo, considera que la idea de recurrir otra vez al tribunal de La Haya es «inoportuna, limitada y equívoca», en especial por darse en un «contexto regional marcado por renovadas tensiones» y cuando Argentina «afronta muy delicados desafíos externos que demandan un claro orden de prioridades y una ampliación de los apoyos internos y regionales».

El documento dice que nada se puede esperar de una instancia en La Haya. Si hay un fallo, este será semejante al anterior. «Si esto ocurriese ya no se podrá decir que el fallo de la Corte es salomónico —como de algún modo lo fue en 2010—y se producirá un sentimiento de derrota innecesaria». El texto sostiene, además, que «no se justifica la invocación al derecho como una forma de chantaje»; no es pertinente que con la vuelta a la Corte se proclame que ahora se revisarán «todas las políticas de relacionamiento bilateral» y con ello se sugiera, a su turno, «potenciales represalias contra Uruguay».

Que haya en Argentina gente de peso con esta visión permite cierto optimismo. Pero ese optimismo solo se consolidará si tras las elecciones de 2015, no solo pierde el continuismo kirchnerista sino también esta perniciosa estrategia de embate contra Uruguay.

Por Tomás Linn

AÑO 2014 Nº 1770 – MONTEVIDEO, 26 DE JUNIO AL 2 DE JULIO DE 2014, SEMANARIO BÚSQUEDA.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.