Solidaridad con los uruguayos en la dictadura

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En política exterior, hay momentos en que Uruguay se traiciona a sí mismo una y otra vez. Traiciona sus grandes valores. Los de sus convicciones democráticas y los de la solidaridad con pueblos que viven oprimidos por regímenes dictatoriales. Y eso es condenable.

Por enésima vez, sucedió en Cuba: un gobernante uruguayo no se reunió con los disidentes políticos. Temió la reacción de los hermanos Castro, que lideran la más antigua de las dictaduras latinoamericanas.

No tiene sentido detenerse en lo que significó esa reciente cumbre de gobernantes latinoamericanos realizada en un país donde sobrevive un régimen totalitario. Ni siquiera vale la pena analizar lo que allí se discutió, en la medida que sobraron los repudios y faltaron las propuestas. Gobernantes fracasados, muchos de ellos autoritarios pese a haber sido elegidos, optaron por volcar las culpas de sus fracasos a terceros pero poco discutieron sobre propuestas conjuntas de desarrollo productivo que mejoraran la calidad de vida de los pueblos que gobiernan. Si algunos de dichos pueblos pasan mal, la responsabilidad es de sus gobiernos. De nadie más.

Lo que importa destacar ahora es la negativa del presidente José Mujica a reunirse con los disidentes cubanos, que como todo el mundo sabe son duramente perseguidos por el régimen castrista y muchos pasaron largo tiempo en prisión. Otros aún están presos en condiciones infrahumanas. Negarse a un encuentro con ellos es borrar una larga historia uruguaya en defensa de la libertad, los derechos y la democracia.

Solo dos de los presidentes que concurrieron a la cumbre, aceptaron hablar con algunos disidentes. Los demás no. Ni siquiera el Secretario General de la OEA se dignó a hacerlo, pese a que representa un organismo interamericano que, al menos en los papeles, defiende la institucionalidad.

Lo curioso es Mujica es al comienzo de su período tuvo un encuentro con una delegación de las llamadas Damas de Blanca en Montevideo. Fue un acto de pura cortesía que no lo comprometió ni en lo personal, ni a su grupo político, ni al gobierno. Pero el solo gesto tuvo repercusión y muchos creyeron que a partir de él Uruguay daba vuelta una página. La reciente actitud del presidente en La Habana demostró que no era así.

Uruguay vivió durante 12 años una dictadura y los uruguayos sabemos lo que eso significa. Por lo tanto podemos entender y sintonizar con lo que hoy sufren los cubanos. No nos es una experiencia ajena.

El presidente debería saberlo bien. ¿O es que acaso piensa que hay dictaduras buenas y malas y a las primeras se les disculpa todo?
Basta pasar lista a algunos ejemplos, de los muchos que hubo, de cómo otros países que aún teniendo relaciones con Uruguay, mantuvieron contactos con quienes se oponían a la dictadura y reclamaron por la vigencia de los derechos humanos.

El caso más recordado es el del embajador Johannes Marré, de Alemania Federal (no la comunista) en aquellos años. Siempre se interesó por la suerte de los presos políticos y en ocasiones visitó el penal de Libertad. No era, sin embargo, un hombre de izquierda, era democristiano. No simpatizaba ideológicamente con la causa de los guerrilleros presos, pero sí entendía que tenían derechos y estos debían ser defendidos.

También otros gobiernos y organizaciones se interesaron por la suerte de los presos políticos en Uruguay y hubo insistentes gestiones a favor de Líber Seregni.

Estados Unidos, durante el gobierno de Jimmy Carter, mostró un particular interés por la situación uruguaya de aquellos años. La visita de un enviado especial, el embajador Terence Todman, generó en 1977 un revuelo que incomodó al gobierno. En el Departamento de Estado de aquella época había una funcionaria especialmente dedicada al tema, Patricia Derian y embajadores como Lawrence Pezzullo o diplomáticos asignados a Uruguay, como James Cheek y John Youle trabajaron activamente por los derechos humanos pese a que regía una dictadura.

La venida del Rey Juan Carlos de España en 1983, causó profundo disgusto a la dictadura. Si bien cumplió con el programa oficial y se relacionó con la debida cortesía con el dictador de entonces, el general Gregorio Alvarez, nada le impidió recibir en la Embajada de España a un nutrido grupo de dirigentes opositores, casi todos ellos proscriptos por la dictadura. La población vio en esa visita un espaldarazo a los intentos de terminar con la dictadura y regresar a la democracia.

Cuando perseguidos por la dictadura debieron irse al exilio, recibieron refugio en muchos países occidentales (Suecia, Holanda, Francia, España, Bélgica, México, por mencionar algunos) y sus reclamos fueron atendidos por Amnistía y otras instituciones internacionales, se los escuchó en las Naciones Unidas en Ginebra, las diferentes bancadas de los partidos que integraban el Parlamento Europeo los recibió al igual que el congreso norteamericano. Encontraron comprensión y apoyo.

Es importante recordar esto. Lo narrado solo refleja una sintesis de la solidaridad recibida. Por eso, la única manera de ser recíprocos por lo recibido, es volcarlo en solidaridad a otros países que pasan por situaciones similares a lo vivido en Uruguay. Cuba es uno de ellos.

En un pasado más reciente, Uruguay también debió tender su mano a otros perseguidos. Un ejemplo fue cuando se reunieron en Punta del Este, a fines de octubre de 1988, los presidentes de Argentina, Brasil, Colombia, México, Perú, Uruguay y Venezuela, miembros del Mecanismo Permanente de Consulta y Concertación Política. En aquella oportunidad llegó a Uruguay una delegación de opositores chilenos de diferentes partidos en momentos en que Chile todavía no lograba salir de la opresiva dictadura de Pinochet. Entre otros vinieron Ricardo Lago y Luis Maira.

Sin afectar las relaciones de cada país con Chile, los dirigentes fueron recibidos en la cumbre, conversaron con los presidentes y hablaron con la prensa.
Esta es la historia vivida por Uruguay. Cada mano tendida generaba esperanza, alivio y creaba la sensación de que los uruguayos no estaban solos, pese a que parecían estarlo.

Y quienes más sintieron estos gestos de apoyo fueron los que vivían en el exilio o aquellos presos cuyas causas fueron tomadas por organismos y gobiernos extranjeros. Casi todos ellos militantes del partido que hoy gobierna. Por lo tanto saben bien lo que significa una palabra, un encuentro, una carta mostrando interés, una sutil presión. No es algo que les resulta desconocido. Recorrían Europa y el mundo pidiendo lo mismo que piden los disidentes cubanos: que los escuchen.

¿No pudo Mujica, en reciprocidad a aquella experiencia, haber mantenido una simple reunión con los disidentes, tan solo para escucharlos y para que se supiera que los escuchaba?

Por Tomás Linn
Jueves 6 de febrero 2014
Publicado en Semanario «Búsqueda»

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