Sindicatos: ni gobernar ni ser patrón

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Uno de los puntos polémicos en la interna blanca durante la reciente campaña fue la propuesta del sector de Luis Lacalle Pou de suprimir la representación sindical en los organismos de dirección de la enseñanza. Había buenos argumentos para sostener eso pero, hace un par de meses, ir contra el sindicalismo exigía audacia. Hoy las cosas son distintas.

Ese es uno de los puntos de negociación entre el grupo de Lacalle Pou y el sector de Jorge Larrañaga para alcanzar un programa común para el Partido Nacional. La propuesta se dirigía solo a la enseñanza, no a otros organismos. Luego de los procesamientos por el caso ASSE, no sería de sorprender que en ese tema no solo lleguen a un acuerdo, sino que quieran extenderlo a las demás dependencias del Estado donde haya representantes sindicales.

Podrá decirse que el escándalo que envolvió a Alfredo Silva en ASSE podía haber ocurrido en cualquier otro organismo y por gente no vinculada al sindicalismo. Pero cualquier otro director de un organismo público sería responsable ante su gobierno y ambos ante sus partidos y la población en general. Sin embargo, ¿ante quién responde Alfredo Silva? No fue el presidente quien lo designó, sino la central sindical a instancias de la Federación de Funcionarios de la Salud Pública. Tanto el PIT-CNT como el gremio de la salud, solo representan a sus afiliados (ni siquiera a la totalidad de los trabajadores).

Esa representación delimita las funciones específicas de un sindicato y en ningún lugar figura que entre ellas esté la de cogobernar con el partido que fue elegido por la gente.

Zapatero a tus zapatos. La función de un sindicato no es gobernar ni ser «patrón». Y cuando lo hace, le sale mal (como ocurre con la enseñanza) o actúa en función de intereses que no son del Estado y menos aún de los contribuyentes. Eventualmente podrían ser delictivos, corruptos y cuasi mafiosos en la medida que se defienden entre ellos. El caso de ASSE ha sido una alarmante señal de alerta.

Algo anda mal en el movimiento sindical y necesita corregirse.
Habría que recordar el llamativo discurso que dio, en el acto del 1º de Mayo de 2013, el dirigente del sindicato de la industria de la bebida, Richard Read. Ya entonces señaló con preocupación lo que pasaba en el mundo del trabajo y sus consecuencias dentro del sindicalismo. «Nosotros tenemos que mirar para adentro en el sindicalismo. Quiero laburantes. El mejor sindicato no es el que mejor huelga hace, es el que mejores laburantes tiene». Y agregó: «Hablar de qué tipo de sindicato queremos es hablar de qué sociedad queremos. No podemos estar de acuerdo con que la gente no va a laburar. No quiero al atorrante, al vago, al lumpen». En una reciente entrevista que le hizo el programa «Claves Políticas» de Nuevo Siglo, fue crítico respecto al tema ASSE y volvió a insistir en cuál debía ser la función esencial del sindicalismo.

Cuando el país regresó a la democracia en 1985, el PIT-CNT gozaba de enorme prestigio. Los dirigentes eran jóvenes (Read estaba entre ellos) y algunos desprovistos de la experiencia previa al golpe cuando la central era la CNT. Por ser «la voz de los trabajadores» y representar un claro sentimiento «de clase», nadie se atrevía a contradecirles. Sin embargo, como cualquier organización, sus decisiones eran criticables y se tomaban para defender sus propios intereses, no los del país entero.

El problema más serio surgió hacia fines de 2002, cuando en medio de la peor crisis que recuerda el país, Adeom pretendió que la Intendencia cumpliera con un acuerdo firmado en diciembre y pagara puntualmente todo lo que correspondía. Dicho acuerdo fue un error mayúsculo, una torpeza del entonces intendente Mariano Arana, por cuanto la crisis ya golpeaba a la puerta y era evidente que sería imposible pagar lo acordado. Pero se firmó igual.

A los pocos meses vino el colapso, las empresas cerraban y mucha gente perdió su empleo o vio sus ingresos reducidos. Nadie podía pagar sus cuentas, sus deudas, sus impuestos, pero los funcionarios municipales igual pretendían cobrarlo todo. Fue la huelga más agresiva e impopular que se recuerde. Y desde entonces, Adeom jamás recuperó su prestigio.

Es que por legítimos que sean, los intereses sindicales no coinciden con los de otra gente y a veces son abiertamente egoístas y hasta encubridores. No hace mucho, una empresa de transporte despidió a un guarda que se bajó del bus antes de terminar el recorrido porque debía jugar… un partido de fútbol. El gremio consideró que era una arbitrariedad y pretendió hacer un paro como si esa mayúscula irresponsabilidad fuera apenas una minucia.

Quizás las afinidades ideológicas y sectoriales entre los sindicatos y el gobierno hayan agudizado el problema. Martín Aguirre habló en su columna de «El País» del sábado 26 de «una relación carnal» que explica algunas propuestas fracasadas del gobierno. La tan mentada reforma del Estado propugnada por el presidente José Mujica quedó en una inocua ley; la intención de reflotar y modernizar los servicios ferroviarios sigue estancada. Es que los intereses sindicales pesan más. Ellos son los verdaderos dueños de los organismos públicos. Ellos, no el «pueblo», no el soberano.

El sindicato de la salud presenta una cerrada defensa de Alfredo Silva luego del procesamiento (no, afortunadamente, el PIT-CNT); a ese grado de anestesiamiento llegó. Es que nunca debió haber un representante sindical en un organismo como ASSE. La responsabilidad en la gestión corresponde al gobierno y solo al gobierno, en la medida que al haber sido elegido para ello, es el único que da la cara ante la ciudadanía.

En ese clima de cofradía interna, de defensa de los amigos, de poner a la interna sindical por encima del resto, fue que perdieron los valores y se llegó a esto. Para el diputado Walter de León, del MPP, Silva era un «chanta» y para el senador Enrique Rubio, de la Vertiente Artiguista, «no se puede estar de los dos lados del mostrador». En este caso, para colmo, el mostrador parecía tener tres lados.

También en la enseñanza el sindicato de docentes se jugó a estar en los dos lados del mostrador. Quiere dirigirla y quiere defender a sus afiliados. No se puede ser patrón y a la vez hacerse huelgas a sí mismo. Pero, además, su especialidad es la defensa de sus afiliados, la lucha por mejores sueldos y mejores condiciones de trabajo (hoy eso importa en medio de una oleada de golpizas a maestras). No es experto en cómo se gobierna la educación del país.

Lo de Alfredo Silva es una inmensa luz roja para el movimiento sindical. Richard Read apuntó a algo en esa dirección hace un año. Pero el problema viene de más atrás y se agrava paso a paso. En ese sentido, la propuesta de un sector del Partido Nacional de suprimir la representación sindical en los organismos de enseñanza, es atinada. Lo era cuando lo propusieron. Ahora, incluso, hasta parece haberse quedado corta.

Por Tomás Linn

AÑO 2014 Nº 1774 – MONTEVIDEO, 24 AL 30 DE JULIO DE 2014, SEMANARIO BÚSQUEDA

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