Irónico, paradójico, surrealista… el pintor belga René Magritte ayuda a ilustrar lo que ocurre con el paquete de salvaguardias que el gobierno puso a unas 2 800 partidas arancelarias. El propio Presidente y su ministro Coordinador de la Política Económica, que lo repite en forma estridente, han concertado esfuerzos tras un objetivo ostensible: convencer a la opinión de que lo que ve, no es lo que ve. Magritte fue el precursor de ese ejercicio, pues en 1929 escribió, en un cuadro con una inmensa pipa: “esto no es una pipa”.
El correísmo parece determinado a imitar al precursor del realismo mágico para ganar la batalla más dura en estos ocho años: la desconexión ahora sí evidente –por la caída del precio del petróleo– entre su discurso y la realidad. La última sabatina (enlace 415) fue una verdadera obra de ilusionismo (en el sentido surrealista de Magritte) en el cual el Presidente quiso mostrar, precisamente, que lo que se ve, no es lo que se ve. Una prueba más de que lo que es genial en arte, resulta irrisorio en política.
No es la realidad, que ya se le vino encima, lo que más angustia al Presidente: es perder el monopolio de poderla nombrar. Es perder su credibilidad en el imaginario colectivo. Es comprobar que la realidad –siempre tan testaruda– puede vaciar la construcción discursiva que con tanto ahínco ha fabricado. El correísmo se juega, más que nunca, en las palabras. De ahí la “inquietud” expresada por uno de los entes de la inquisición mediática previniendo a los periodistas sobre el lenguaje que usan. Para el gobierno se trata de no dejar cabo suelto ante el tsunami que produjo esta medida. Su estrategia es atacar varios frentes buscando (bajo la certeza de que lo que se ve, no es lo que se ve) ponerse a buen recaudo de las consecuencias políticas que puede tener la desconexión entre su discurso y la percepción de los ciudadanos, esta vez sí vivida por todos. Estos son algunos de esos frentes:
- El paquetazo no es paquetazo: el Presidente se insurge contra esa denominación. Él y el gobierno se apuran a deshacer los eslabones que han ido apareciendo para evitar cualquier tipo de encadenamiento fatal, para sus intereses políticos, entre los consumidores: no habrá aumento de precios. No habrá especulación. No habrá contrabando. No se consolidarán los monopolios que el superintendente destinado a combatirlos, no ve. El ministro dedicado a repetir al Presidente, ve incluso tan pocos problemas que para él el dilema de los consumidores no está en saber cómo cerrar el fin de mes: está en no saber si comprar una plasma o una casa. Correa y él no hablan de lo que se oye: cierre de negocios, reducción de la actividad económica, despidos… El Gobierno ve en las salvaguardias una medida parche. Para la opinión es la prueba visible de que el período de vacas gordas acabó. Es la prueba de que el ajuste llega y empieza el paquetazo. los medios, amenazados por los entes de la inquisición, no lo dirán así: lo dicen los ciudadanos. Las redes sociales, con una creatividad que se envidia, lo bautizaron #feriadoarancelario.
- Un impuesto no es un impuesto: ¿es posible tapar el sol con un dedo? El Presidente hace esa apuesta pues en su discurso –y en el eco destemplado que recita el ministro que lo repite– es notorio un mensaje: las salvaguardias no son impuestos y, por ende, no habrá aumento alguno de precios para la inmensa mayoría del país. Una afirmación difícil de avalar cuando se sabe que los sobretasas arancelarias irán del 5% al 45%.En el último enlace (415), el Presidente repitió que se está afectando menos del 7% del total de los bienes y que éstos no son de consumo masivo. Y puso el acento, políticamente, en que esto afecta solo a los ricos que comen salmón y carne importada. Algunas veces citó a Lasso. Sin embargo, solo a un superintendente, que dice saber de economía, se le ocurre decir que el Estado puede aumentar los costos y los empresarios no subir los precios. Lo obvio, a pesar de los eufemismos del poder, es que el poder adquisitivo de todos bajará.
- El problema fiscal no es fiscal: las salvaguardias, que afectan 40% de las importaciones, no están motivadas –según el gobierno– por la inviabilidad de un modelo económico que funcionó gracias a los altos precios del barril de petróleo. No está en jaque, entonces, ese modelo liderado por el Estado, con 120 000 burócratas más, endeudamiento con China, inseguridad jurídica que espanta la inversión extranjera…Las salvaguardias no representan, entonces, un síntoma de que hay que reducir el gasto público y adecuarlo al crecimiento real de la economía. Para el gobierno son parte de un bache coyuntural que durará 15 meses, mientras se compensa la pérdida en valor de las exportaciones petroleras. Es el plazo que permite la OMC, dijo el Presidente. El ministro que lo repite había hablado de ese lapso como opcional… y suficiente. Se entiende que después, el país volverá a una situación boyante. ¿En qué bola de cristal lo habrá visto?
- La culpa que es nuestra, no es nuestra: el Gobierno sigue empeñado en que los ciudadanos lo incluyan entre las víctimas del nuevo período de vacas flacas. Víctima y no artífice.No admite haber gastado a mano llenas y se sigue burlando de aquellos que lo invitaron a ahorrar un porcentaje mínimo del maná de dólares que le llovió. Ahora le echa la culpa a la ausencia de moneda nacional y afirma que esta medida, causada por tener dólares y no sucres, es para proteger la dolarización… En claro, no le teme a las paradojas y se deshace de toda culpa. Los responsables son otros. Aquellos países que tienen moneda propia y la han devaluado. Y aquí, las elites que, en vez de sucres, pusieron a circular el dólar. ¿Puede pasar en la opinión, tras ocho años de gobierno, ese lavado de manos que clama por la virginidad absoluta en este asunto?
- Tú no sabes, yo sí: ¿cómo explicar lo que está ocurriendo? Sencillo: el único que lo sabe es el Gobierno. Bueno, el Presidente (los otros, ministros estridentes o no, lo repiten). Los demás, aquellos que lo contradicen, no han entendido nada. Pablo Arosemena, Presidente de la Cámara de Comercio de Guayaquil, se equivoca. Lo dijo el Presidente en la sabatina. No debió haber dicho que “la dolarización para fortalecerse no necesita salvaguardias ni impuestos. Lo que necesita es de mayor apertura comercial y reglas claras”.Guillermo Lasso solo sabe contar billetes; de economía nada sabe. También lo dijo el Presidente. Aquellos que han hablado de fondos de liquidez –ahí se podría incluir a Pablo Lucio Paredes o Mauricio Pozo– tampoco entendieron nada.La intención de Correa es obvia: situarse en el imaginario social como el único que sabe lo que está ocurriendo y, sobre todo, como el único que sabe la medicina que hay que administrar en estos casos. Si Blasco Peñaherrera lo critica, a nombre de los comerciantes, es señal de que el gobierno está en el camino correcto… Él siempre se queda con la última palabra.
- Lo nacional se afecta, pero no: acariciar la fibra nacional siempre ha sido un recurso político. Fabricar nacional, vender nacional, consumir nacional… No comprar un plasma porque es importado, pero sí una casita… dice el ministro que repite al Presidente. Y, claro, se refiere a las papitas (así habla él), a las manzanas, a la tilapia… ¿Y eso que tiene que ver con el cambio de matriz productiva? ¿Qué tiene que ver con la revolución del conocimiento? ¿Acaso eso no requiere tecnología de punta? Lo nacional vuelve a ser un biombo usado políticamente. Un biombo que da espacio para que ese ministro diga a los consumidores que el año entrante todo va a ser 45% más barato. Entre dorar la píldora y ser cínico ya no hay mayores diferencias.
La noticia buena (para el gobierno) parece ser que la realidad no es tan cruda como lo es: está hecha a imagen y semejanza de las palabras que use el Presidente para describirla. En cualquier caso, lo que vean los ciudadanos, no es lo que es. La influencia de Magritte, que nació y murió en Bélgica, al fin es palpable en el país. Lástima que el ilusionismo sea maravilloso en arte y desastroso en política.
José Hernández, Ecuador.
Sentido Común, marzo 15, 2015.

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