Reciprocidad

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Es un error pretender que para alcanzar la paz con las Farc es necesario legitimarlas. La legitimación de las Farc, además de improbable, es un asunto que está en manos de los líderes guerrilleros. No del Gobierno ni de la sociedad civil.
Lo realmente necesario es legitimar el proceso de paz. Si el proceso es legítimo para los colombianos, será aceptado al margen de lo que se piense de las Farc. De hecho, el rechazo existente entre un sector importante de la sociedad no se debe a que considere a las Farc como ilegítimas, sino a que no cree que vaya a haber reciprocidad en los acuerdos a los que se llegue.
Los terratenientes, los políticos y la población en general de regiones asoladas por la guerrilla nunca van a considerar a las Farc como legítimas. Pero estarían dispuestos a legitimar el proceso si se extienden a ellos las concesiones que el Estado haga a la guerrilla. Por ejemplo, si los indultos se hacen equivalentes a los ganaderos y empresarios que pagaron por protección a los paramilitares, de seguro van a legitimar el proceso.
La idea de reciprocidad no obedece solamente a la necesidad de desmovilizar a las guerrillas. Es también un reconocimiento de las circunstancias de la guerra. Cuando las guerrillas se expandieron hacia las áreas más integradas del país, no victimizaron a las grandes élites nacionales. La gran mayoría de sus víctimas fueron las élites de las regiones –terratenientes, agroempresarios y políticos–, así como la población que quedó en medio del fuego cruzado.
Ante la práctica masiva del secuestro, la extorsión y el sometimiento violento solo había dos opciones para estos sectores sociales: defenderse o irse. Surgieron entonces grupos paramilitares especializados en su defensa. Eventualmente, estos grupos impusieron otras agendas sobre la pura contrainsurgencia, como el control del narcotráfico. La coerción se utilizó entonces no para proteger el capital sino para producirlo.
Actualmente se culpa a muchos sectores sociales que financiaron a los paramilitares como responsables de todos sus excesos posteriores, pero en un momento dado fue la única opción distinta de huir. Y aunque pudo no haber sido legítima la decisión de defenderse, no sería justo que fueran tratados con un rasero distinto del de quienes los victimizaron.
Al final, al igual que con las Farc, no se trata de legitimar a los paramilitares. Se trata de legitimar el proceso de paz.

Gustavo Duncan
El Tiempo, 8 de mayo de 2014

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