Presidencial 2017: Rafael Correa quiere ser su propio péndulo.

Publicado en: Análisis, Ecuador 0

El Presidente parece vivir en una fortaleza inexpugnable: desde Montecristi ve infiltrados por todas partes. Antes eran militantes con tinte progresista. Ahora son legiones de abortistas o gays… En el fondo, parece que se trata de lo mismo. Pero no: lo que antes era un ejercicio para trazar la cancha a una vieja izquierda que lo creía laico y reformador en valores, hoy es un cambio de estrategia.

Se dirá que es un acto de gatopardismo, pues cambia para seguir en el poder. Sin embargo, hay un giro político poco aparatoso para la galería pero real. Y que busca esencialmente dos cosas: atornillar su revolución conservadora y anclar la sociedad a valores reaccionarios. Y ampliar su base social con los votos de un electorado que, curado de fantasmas colectivistas, ve en él la estabilidad y el orden; características innegables de su credo.

Antes Correa gobernó con movimientos sociales, indígenas y clase media bajo un manto ideológico de izquierda. Ahora lo quiere hacer recurriendo abiertamente al discurso musculoso y retrógrado de cierta derecha en cuyo electorado él puede infiltrarse. Por eso cuando habla de infiltración comete un acto de sicología proyectiva. No es el primero.

Correa ha gobernado buscando un equilibrio entre dos bloques esenciales en su gobierno. Hace tiempo, no obstante, que los pesos conceptual y político favorecen a los Alexis Mera, Vinicio Alvarado, Jorge Glass, Nathalie Cely, Marcela Aguiñaga… en detrimento de Fander Falconí, Miguel Carvajal, Virgilio Hernández, Betty Tola… El mito de una supuesta disputa por el rumbo del proceso ha suministrado una cobertura política a esos militantes de izquierda que no osan dejar el barco. No tienen dónde escampar del chaparrón que, temen, se les vendría encima si se fueran.

No ha cambiado, entonces, la correlación de fuerzas. Ni la utilización que hace el grupo ganador (los llaman businessmen) de esos militantes para partir a los movimientos sociales y políticos creando sucursales de sindicatos y movimientos indígenas. Lo que ha cambiado –lo que está cambiando– es el manto ideológico que usa el Presidente para dar cuenta de sus acciones. Un ejemplo contundente: Correa no habló de infiltración gay cuando llevó al gobierno a Carina Vance, reconocida activista lesbiana. Hoy la sacó de ese tema de política pública que ella, con otros ministros, animaba en el Enipla. Puso como directora del Plan Familia a una señora decidida a convertir tesis morales en políticas de Estado. Tomó distancia de las políticas de educación sexual y las calificó de equivocadas. Habló de la infiltración de una agenda abortista y gay en esas políticas. Carina Vance sigue ahí, como todos los que, a pesar de las evidencias, siguen diciendo que este gobierno es progresista. Pero el viraje político, y también conceptual, está a la vista.

En ese giro se juega Correa su permanencia en el poder hasta 2021. Él quiere ser el péndulo de sí mismo. Él sabe que, por más remedos que cree de asociaciones y movimientos sociales, ese electorado ya se le esfumó. Se reconforta pensando que solo suma tres por ciento del electorado y que Alberto Acosta seguirá teniendo allí un rol preponderante. Sinónimo para él de total fracaso. No renunciará, claro, a hacer guiños de ojo hacia esos sectores que para él hoy representan en su agenda un problema de orden público.

Sin bonanza petrolera, su esfuerzo político lo dirige hacia los grupos que antaño humilló: los empresarios, en primer lugar. Sabe que a ellos les preocupa poco la agenda de intolerancia y los atentados a la libre expresión y a los derechos humanos que llenaban muchas pancartas el 19-M. El país no ha tenido elites y se cuentan con diez dedos los empresarios deseosos de defender los valores que dicen profesar. Esa apuesta, política y económica, la puede ganar el Presidente.

Y luego conoce de memoria lo que dicen los sondeos: que el país es conservador y que, en temas como el aborto, un buen líder debe seguir la masa, no guiarla. De ahí su inclinación a hablar siempre en términos de mayoría (se entiende los conservadores) y de minorías (se entiende los hedonistas, enfermos por el sexo que solo piensan en el placer por el placer). En esos terrenos, Correa tiene barreras de contención en las redes sociales pero no en el gobierno o en su movimiento: las mujeres plegaron, voces de minorías sexuales –como la de Carina Vance– no existen y los supuestos representantes de la vieja izquierda buscan, en las facciones de derecha de Alianza País, la rama que mejor los cobije para sobrevivir. Políticamente libre y sociológicamente justificado, Correa trota feliz en un terreno abonado para un conservador contumaz.

El retroceso sufrido por el país en el Código Orgánico Integral Penal ayudó al Presidente a superar con creces las tesis socialcristianas sobre seguridad y penas excesivas. Pretender sacar a los militares a la calle cumple otro sueño de la derecha más rancia que entiende mucho de remedios instantáneos y no cree ni aúpa los procesos integrales. Por eso la sociología le sobraba al ex presidente Febres Cordero. Se entiende, en ese contexto, el regaño que sufrió José Serrano por no haber mostrado un reguero de detenidos tras las marchas del 19-M. El Presidente ahora hace saber que quiere más mano dura.

Del manto de izquierda bajo el cual se guareció, solo sobreviven los mensajes de su equipo de propaganda. Y de la izquierda con la cual gobernó, sólo conserva imágenes y discursos que él usa, a su conveniencia, como espantapájaros en las sabatinas. El nacionalismo, también reaccionario, conviene a esa vieja izquierda antiestadounidense y a la derecha que también la usó políticamente. En momentos de crisis social, por ejemplo. Por eso sobrevivirá.

Correa está mostrando un perfil no nuevo pero sí radical y desembozado. Retrógrado y sin límites. Es un Presidente-candidato que camina cómodo en el terreno de las derechas. Y eso plantea, para sus representantes, algunas preguntas: ¿cómo se van a diferenciar de Correa de cara a 2017? ¿Cómo van a gobernar esta sociedad diversa y plena de minorías que no puede ser aplastada por una aplanadora conservadora?

Todo político que aspira a eternizarse en el poder procede como Rafael Correa: sin miramientos ideológicos y con los ojos puestos únicamente en los votos. Eso diseña un nuevo lema para los consejos que da a los jóvenes en su sabatina: no ser ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario.

José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, marzo 30, 2015.

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