¿Por qué Rafael Correa está corriendo tras las herencias?

El impuesto a la herencia es la mayor apuesta política (y por eso el posible mayor bumerán) que ha producido Rafael Correa.

Apuesta política porque implica recurrir a una práctica confiscatoria que recuerda los regímenes comunistas. El guiño de ojo en dirección de movimientos sociales y partidos políticos de la vieja izquierda no puede ser más evidente. Y ya hay respuestas, pues hay actores del paro nacional programado que, pensando en ese nuevo impuesto, han revisado su decisión.

Bumerán político porque Correa tritura mitos –incluidos algunos creados por él– que tocan la estructura cultural del país, se desliga otra vez de los empresarios y parquea conscientemente la economía en una zona de peligro. Todo esto no se hace sin un alto costo político para él y económico para Ecuador.

En el gobierno vuelven a ganar protagonismo los animadores de la vieja izquierda. Empezando por Virgilio Hernández, presidente de la Comisión de Régimen Económico de la Asamblea, encargada de tratar el impuesto. En ese péndulo, en el cual Correa usa a su antojo políticos y siglas, quedan sin piso –sobre todo ante los empresarios– fichas como Jorge Glas y Nathalie Cely. Este impuesto revela, en definitiva, la decisión del correísmo de volver al discurso de izquierda para generar, desde una trinchera radical, un piso electoral que asegure su permanencia en el poder en 2017. Cinco elementos son esenciales en ese escenario:

  1. El impuesto delata el espacio perdido por el oficialismo. Rafael Correa sabe que su base social se achica como cuero que seca bajo el sol. Desde 2007, su movimiento funcionaba como red-atrapa-todo. Aglutinó electorados disímiles gracias a su capacidad para esconder, como hacen los jugadores de-dónde-está-la-bolita, las contradicciones evidentes de las camisetas que viste: de izquierda o de derecha. Capitalista o socialista. Estatista o aliado de los grandes grupos económicos. Revolucionario y reaccionario. Defensor de la propiedad privada y, ahora, autoridad que confisca…

El 23-F mostró un desplazamiento de su electorado hacia las zonas rurales. La factura de esa derrota política Correa la pasó a candidatos como Augusto Barrera. Pero es indudable que esa deserción sí marca una tendencia de fondo. Este impuesto muestra que el correísmo –consciente de estar en una pendiente descendiente– sabe que perdió ese carácter multiclase que le aseguró la supremacía en el imaginario político nacional. El Informe a la Nación del 24 de Mayo probó que de ícono del cambio en 2007, Correa pasó a ser el notario de un balance que recicla.

  1. El correísmo trota tras la leyenda de Robin Hood: sin propuestas capaces de golpear el imaginario social –como la Constituyente–, Correa desempolva la fórmula que le dio resultados al inicio del gobierno: el discurso de la izquierda radical. Tiene un año para evaluar si el electorado responde, insistir en su discurso o cambiarlo.

En ese contexto, se puede leer este libreto de Robin Hood –la leyenda medieval inglesa con visos de realidad hacia 1322– que revela parte de su estrategia: apostar a fondo por el enfrentamiento de pobres contra ricos. Correa parece decidido a estirar esa cuerda sin importarle mucho el desgrane que producirá en la clase media y los estratos más altos. Incluidos los grupos oligopólicos que tanto ha protegido.

Él está enviando un mensaje nítido a la sociedad: busca apoyo en los reductos más populares del país. Los descamisados de Perón. Lo mismo hizo Chávez que también usó el libreto de Robin Hood, expropiando o nacionalizando empresas ante las cámaras. Chávez no dudó en quebrar la economía Venezolana para obtener el porcentaje de votos suficiente para seguir en el poder.

  1. El impuesto pulveriza hasta los mitos del correísmo: hace rato que Correa recicla su discurso en el cual no ha dudado ni siquiera en victimizarse. En esa larga travesía por discursos contradictorios, erigió a Corea del Sur como modelo. De ahí viene el cambio de matriz productiva, Ecuador convertido en jaguar o en ejemplo mundial y, últimamente, el reto tecnológico encarnado, supuestamente, por Yachay.

Nada de todo eso se hace sin empresarios. Se supone que las salvaguardias también buscaban proteger el dólar y los empresarios nacionales; protagonistas al lado del gobierno del milagro ecuatoriano… ¿En qué estado queda ese cuento, plagado de buenos deseos y ficciones a granel, tras el impuesto a las herencias? Se entendía que los empresarios gozarían de estabilidad jurídica, laboral e impositiva. De un golpe, Correa detona sus propios mitos y convierte esos supuestos aliados en actores dedicados a pensar cómo proteger su patrimonio. Y cómo salvar sus empresas del futuro que él augura: repartirlas entre sus hijos y sus empleados. Las prioridades económicas pasan así a segundo plano, tras sus intereses políticos coyunturales.

  1. Otra vez Glass y Cely a la retaguardia: si este impuesto no tiene mayor incidencia impositiva –según dijo Virgilio Hernández– ¿por qué lo quieren imponer? La lista de interrogantes sobre el conjunto de motivaciones que condujeron al impuesto a las herencias sigue creciendo. Al igual que la lista de las certezas sobre las consecuencias para el país: poner los empresarios a la defensiva. Paralizar la inversión. Agravar el desempleo. Enviar –también al exterior– otro pésimo mensaje de inseguridad jurídica. Enfriar, como ya ocurrió con las salvaguardias, el acuerdo con Europa… Atentar contra la estructura económica por simple prejuicio.

Estos puntos muestran los costos que tiene un impuesto que aquí, o en cualquier otro país, frena en forma irremediable la actividad económica. Correa quiso enderezar el entuerto aludiendo a un impacto supuestamente insignificante para la mayoría de los contribuyentes. Su lógica es particular: ataca el mayor mecanismo que tiene la sociedad ecuatoriana para producir riqueza: la propiedad familiar. No solo lo ataca: propone cambiar el modelo (democratizar la propiedad, dice) quitándole la riqueza a aquellos que la han producido y repartiéndola… El golpe es tan abrupto que pone a la sociedad ante el mayor fracaso histórico de la izquierda estatista: repartir lo que hay porque es incapaz de producir más y mejor.

Correa juega sus restos y otorga la razón a aquellos que dijeron que también él sigue el libreto bolivariano que incluye empobrecimiento general, quiebra económica, desabastecimiento y deserción empresarial: nadie quiere arriesgar su patrimonio para que el Estado se quede con las utilidades. El aparato de comunicación inundó el país con explicaciones estadísticas. Pero el dólar es irracional. Y no hay nada más cobarde –ante la incertidumbre– que un dólar.

  1. Correa violenta un imaginario universal: el oficialismo presenta este impuesto como una medida focalizada: afecta a la inmensa minoría. Su tesis estadística –3 de cada 100 000 personas recibe una herencia superior a $50 000– choca contra una suerte de ley vital que, a la postre, es parte del sueño mejor compartido por los humanos: trabajar, progresar, obtener bienes, vivir mejor, educar a los hijos, dejarles algo en herencia…

Nadie sueña con los ojos puestos en las estadísticas. Si fuera así, vender lotería sería totalmente impopular. El mensaje del gobierno es tan absurdo como imposible de aceptar porque significa para la mayoría que no vale la pena levantarse, trabajar, progresar, ahorrar… y pensar en el futuro de los hijos: solo tres de cien mil personas tienen éxito. Y si se da la vuelta a la tesis correísta es peor: esas tres personas exitosas no querrán esforzarse para, al final, pagar impuestos en la proporción prevista.

En los hechos, Correa propone hacer exactamente lo contrario de lo que dijo e hizo cuando demandó al Banco de Pichincha y compró, con ese dinero, un apartamento en Bélgica. De paso, dinamita otro mito muy aceitado durante su gobierno: el Estado paternalista regala. Ahora confisca.

Su impuesto confiscatorio es un albur político. Y convierte al país, solo por su voracidad, en una caricatura: un puñado de multimillonarios y una inmensa mayoría de ciudadanos misérrimos que,  menos mal!, tienen en él la más fiel reencarnación de Robin Hood.

logofundamedios

José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, junio 5, 2015

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