¿Política exterior o proyectos personales?

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Las aspiraciones del presidente José Mujica a ganar el Premio Nobel de la Paz y el deseo del canciller Luis Almagro de convertirse en secretario general de la OEA se tornaron el eje central sobre el cual gira la política exterior uruguaya. Un eje construido en torno a sus expectativas políticas muy personales y no a los intereses del país.

Por eso mucha gente observa con sorpresa, cuando no con alarma, el desarrollo de los acontecimientos: una política exterior que no genera consenso y que da la impresión de estar muy condicionada por otros gobiernos de la región. No hay una sofisticada estrategia sino una improvisada demagogia adecuada para la militancia de un comité.

La situación es grave. No en vano sobre este tema he escrito en varias oportunidades. Uruguay realmente está perdiendo pie en su manera de ver el mundo. En lo inmediato, la improvisación y el cada vez más desembozado juego a favor de Brasil y Venezuela pasan inadvertidos gracias a una mezcla de deliberada astucia y genuina actitud del propio presidente Mujica. Esa actitud lo hace popular ante el mundo, lo cual ayuda a potenciar la buena imagen del país. Pero a Mujica le queda poco tiempo en la Presidencia. Ido él, sobrevivirá lo demás. Quedará la abierta simpatía hacia uno de los dos bandos en el conflicto de Medio Oriente, la escasa seriedad que hubo en algunos intentos de «mediación» en conflictos regionales y la sumisa sujeción a las actuales políticas de Brasil y Venezuela. A eso se suma el legado de un sistema interamericano creado para la glorificación personal de los presidentes que la integran: la Unasur.

Un organismo que no responde a los intereses de sus Estados miembros pues se reduce a ser un club de presidentes cuasi monárquicos.

En este contexto, y a dos meses de las elecciones, la política exterior se convierte en un asunto importante. Es necesario saber qué harán, en caso de ganar, los diferentes candidatos presidenciales; lo que efectivamente harán y no un recitado de generalidades bien intencionadas que no dicen mucho.

Si no fuera porque hay aspiraciones personales en juego, algunas decisiones presidenciales parecen desconectadas entre sí y no forman parte de una bien pensada estrategia. Mujica quiere mediar en las negociaciones de paz que lleva adelante el gobierno de Colombia con la guerrilla. No pasa de ser puros anuncios, pero la imagen está instalada. También quiere mediar —como si fuera fácil— entre Estados Unidos y Cuba. La contrapartida sería traer a un puñado de presos de Guantánamo bajo una imposible carátula. ¿Son refugiados, son asilados o vienen para esconderse? Una decisión de esa magnitud, con los riesgos que implica, debería ser al menos consultada con todo el abanico político del país pues no solo compromete al gobierno de turno. Y más allá de que Uruguay puede y debe ser generoso al aceptar refugiados, más ante el drama que se vive en Siria con la cruenta e incierta guerra civil, el operativo de traer niños sirios a Uruguay tampoco fue debidamente explicado.

El gobierno, aun queriendo ser crítico hacia Israel, pudo adoptar una postura más ecuánime. No lo hizo: se volcó hacia Hamás y calificó la acción israelí como «genocidio». Mujica, por las dudas que no se lo entendiera, lo reafirmó varias veces.

Pudo haber mostrado espanto ante la muerte de cientos y cientos de civiles en Gaza y pedido que se pusiera fin a tanto derramamiento de sangre, pero sabe bien que «genocidio» es otra cosa. Pudo incluso haber cuestionado la sabiduría de la estrategia militar israelí, marcando su derecho a defenderse pero advirtiendo que por esta vía ponía en peligro su consistencia como nación. Sin embargo, optó por vestirse de un fácil pacifismo que en realidad equivale a tomar partido por el peor de los bandos.

Almagro recibió a los representantes de la comunidad israelí uruguaya y les endulzó el oído. En poco tiempo quedó demostrado que nada de lo que les había dicho lo pensaba en serio. Para «compensar» se reunió con la comunidad palestina. No con la uruguaya, sino con la brasileña, del otro lado de la frontera en el Chuy. Y más como un militante que como un canciller.

En este tema, Uruguay ha tenido una histórica política que se mantuvo hasta que este gobierno resolvió tomar distancia de ella. ¿Seguirá esto así? ¿Qué hará cada uno de los candidatos en caso de acceder a la Presidencia? El ciudadano tiene derecho a pedir que se lo digan ahora y a condicionar su voto según la respuesta que se le dé.

Lo que no está claro es el porqué de esta peculiar impronta en política exterior. Tal vez responda a razones ideológicas y por tal motivo el presidente y su ministro favorezcan al bando que predica la eliminación total del otro. Sin embargo, y aunque ellos lo niegan, parece haber un desmedido deseo de acercarse a las posturas agresivas de Venezuela y Brasil. Podrán decir que no reciben presiones de estos dos socios, pero todo indica que Uruguay, o al menos su gobierno, quiere congraciarse con ambos.

Basta recordar el episodio por el cual Paraguay fue suspendido de un Mercosur que hoy emerge muy distorsionado y de nula efectivdad. Todo indicaba que Uruguay no acompañaría esa medida. Si bien la acción de la oposición de sacar al entonces presidente Fernando Lugo parecía extrema, ella se atuvo a lo previsto en la Constitución paraguaya. Se dijo que el juicio político había sido muy breve y que eludió los descargos de Lugo. Pero en realidad se trataba de un voto de censura, un procedimiento político, y no un juicio penal que exige otro tipo de garantías.

Sin embargo, luego de una reunión a puertas cerradas con las presidentas de Argentina y Brasil, Mujica emergió más esclarecido, por decirlo de alguna manera, y acompañó la tesis de castigar a Paraguay. Lo político, anunció, estaba por encima de lo jurídico. Lo que equivalía a decir que los intereses circunstanciales de ambos vecinos debían prevalecer aunque no tuvieran razón.

A Paraguay se le aplicó la tan mentada «cláusula democrática» cuando nada lo justificaba. Sin embargo, el canciller entiende que si es elegido secretario general de la OEA impulsará el ingreso de Cuba sin reparar en esa cláusula. Sería un gran logro que Cuba regrese al organismo. Pero para hacerlo, no son los Estados miembros que deben admitirla. Bastaría que se establezca una genuina democracia en dicho país. De hacerlo, Cuba automáticamente tomará su asiento.

Habría que preguntarse qué busca Almagro con estos gestos poco diplomáticos. Quizás busque el beneplácito de Brasil y Venezuela para llegar a la Secretaría General de la OEA. O tal vez ese beneplácito ya exista de antemano pues su nombre es una buena apuesta para finalmente «unasurizar» la OEA. En lugar de su actual anodino secretario general, poner a alguien que no parezca bolivariano, pero que juegue a favor de esa línea.

La política exterior trasciende al gobierno de turno. Y más aún, trasciende a los individuos que integran dicho gobierno. Atañe al país todo y muchos votantes desconcertados (en el mejor de los casos) y alarmados (en el peor de los casos) quieren saber qué cambiará un nuevo gobierno en caso de que haya alternancia de partidos. Aunque Vázquez evite el debate, los otros candidatos no pueden permanecer callados y deben buscar una oportunidad para explicar qué harán si a ellos les competiera decidir en un futuro cercano.

Por Tomás Linn

AÑO 2014 Nº 1778 – MONTEVIDEO, 21 AL 27 DE AGOSTO DE 2014, SEMANARIO BÚSQUEDA

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