No solo las encuestas explican los hechos

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El ruido poselectoral, el que trata de explicar qué pasó el domingo de las internas, confunde. No ayuda a entender. Dos «problemas» ocupan el escenario cuando se habla de dicha votación. Que fue poca gente y que las encuestas erraron por mucho. ¿Alcanzan esos dos elementos para entender este primer paso hacia las elecciones nacionales de las cuales surgirá un nuevo parlamento y un nuevo presidente?

Sé que integro una minoría cuando afirmo que la concurrencia a las urnas el 1º de junio fue buena. Lo que ocurrió ese domingo fue una interna de partidos. No se votó al presidente de la República. Una interna significa que cada partido decide quién será su candidato y cómo se integrará su convención. Como en Uruguay no es habitual que la gente se afilie formalmente a los partidos con los que simpatiza, las internas son abiertas en el sentido de no pedir a nadie el carné de membresía. Pero sigue siendo una contienda que debe resolver cada partido hacia adentro y entre su propia gente.

Participarán en esa elección los que se identifican con un sector político. Requiere del votante un grado de compromiso con un partido en particular, no con el país entero. A diferencia de una elección nacional (donde la responsabilidad cívica de cada uno adquiere otra dimensión), la convocatoria es más acotada.
Puede haber, es cierto, gente que concurra para ir moviendo piezas a favor de lo que pretende sea su voto final en octubre o noviembre.

Quiere ir acotando opciones que lo favorezcan. Pero este tipo de votante, sofisticado sin duda, es minoritario.

Si así se entienden las internas —y eso es efectivamente lo que son— un 38 por ciento de concurrencia es muy alto y bien distinto a aquellas viejas tradiciones en las que un pequeño grupo de «party bosses» resolvía quién debía ser el candidato.
Es más, si alguien decidiera algún día hacer obligatorias esas internas, no sólo argumentaré contra esa decisión sino que no la acataré.

Cuando una elección no es obligatoria, las cosas se complican para los encuestadores. Les es más difícil ver un universo completo, porque no lo hay. Mucha gente quedó fastidiada con las encuestadoras al ver que sus datos no coincidieron con la realidad.

Es justo reconocer, de todos modos, que ante una Corte Electoral extremadamente lenta en dar resultados, fue gracias a las encuestas «de boca de urna» que se pudo tener un panorama claro a una hora razonable.

Ante los desaciertos publicados en los días previos, no faltará quien clame por regular y controlar a los encuestadores. Correctas o incorrectas, acertadas o desacertadas, dichas empresas tienen derecho a publicar sus investigaciones. Sus datos son apenas un insumo más en una campaña donde cualquiera dice lo que se le antoja. De otro modo, habría que regular y censurar todo el largo disparatario de cosas que suelen decirse y hacerse en esos meses: censurar los jingles más feos y los avisos de mal gusto, acallar las promesas imposibles, silenciar las salidas de tono y prohibir anuncios como el de repartir tabletas a los jubilados. Todo entraría dentro de lo censurable; por lo tanto, en un país libre nada debe ser coartado. Lo mejor es que todo fluya en libertad.

Sobre los errores de las encuestas, Luis Eduardo González publicó en Búsqueda un informe donde explicó lo sucedido y reconoció errores donde los hubo, con la claridad y honestidad intelectual que lo caracterizan.

Pero todo esto está indicando que si bien las encuestas o el análisis frío de los resultados en las urnas son instrumentos indispensables para entender qué sucede en la política, no son los únicos y están resultando insuficientes.

Como tampoco sirven algunas reflexiones que, aun teniendo sustento, son endebles (y hasta parecen lugares comunes) a la hora de entender situaciones complejas. Tener plata para una elección es fundamental, pero hubo en la historia candidatos que manejaron enormes fortunas y fracasaron. Y otros recibieron recursos porque los donantes entendieron (antes que el resto) hacia dónde iba la gente. Heredar apellidos dinásticos y aparatos políticos importa, pero en Uruguay todos los tienen y solo uno gana. Las nuevas técnicas de persuasión y el uso de redes sociales parecen ser cruciales. Sin embargo, no es ajeno a ninguno ni explica por qué, usándolas todos, otra vez más solo uno gana.

Es necesario entonces prestarle atención a otros fenómenos para entender lo que pasa. No prescindir de lo que ya hay, sino sumar otras herramientas.

En definitiva, las encuestas miden la intención de la gente. Los resultados electorales anuncian lo que la gente finalmente decidió. El núcleo entonces está en la gente. Pero además de cuantificarla, hay que entenderla en las cuestiones que le preocupan o le duelen o celebra, en lo que pasa por su cabeza. Por la cabeza de cada uno, no de un genérico conjunto. Eso hace un buen político cuando «intuye» ciertas realidades y sintoniza con ellas.

Es verdad que algo movilizó a la gente para adherir a Lacalle. Pero no a toda la gente. Y no todo el tiempo. ¿Qué estuvo pasando en estos meses para que se generara ese vuelco? ¿Qué errores del gobierno, qué lío colmó la paciencia y por qué esta figura y no otra fue la que más atrajo?

Algo está pasando por lo bajo.

Un ejemplo clásico es el de José Mujica. Las encuestas reflejan cuán popular y querido es. Y no mienten. Cualquiera puede darse cuenta de ello. Sus más duros opositores se enojan pero no pueden guardarle rencor, y en ancas de ese fenómeno, sus allegados han comenzado a entretejer lo que ahora se llama el «relato», su «épica».

Las encuestas, sin embargo, no reflejan algo más intangible pero muy presente: y es que Mujica cansa. Cansa de veras. Abruma, satura. En estos interminables cinco años no ha dejado de decir y de desdecirse, a todo le dio igual importancia y nunca fueron claras sus prioridades. Cuando las papas queman, disimula con sus largos monólogos filosóficos.

No por eso la gente lo quiere menos, y sus allegados defienden sus aciertos y errores por igual. Pero ese cansancio, que no aparece medido en ninguna estadística, explica algunos de los procesos políticos que fueron evolucionando a lo largo del lustro. Por lo bajo, sin que se vean, algunas cosas que parecían seguras, dejaron de serlo.

Las sorpresas no son tales, no son súbitas e inesperadas sino que responden a cambios lentos, soterrados, silenciosos, que un día aparecen por entero a la luz. Hay que ir muy a fondo para entenderlos.

Luego de la pausa que ofrecerá el Mundial, la campaña electoral tomará calor en su tramo final. Los instrumentos estadísticos que monopolizaron el análisis político seguirán vigentes pero no deberían dominar el escenario. No pueden ser únicos y absolutos.

Para entender el quehacer político habrá que recurrir a otras herramientas que permitan entender los fenómenos más profundos, lo que le sucede a una sociedad, sus cambios sutiles, sus aspiraciones y prioridades. Entender por qué lo que era importante hasta hoy, ahora ya no lo es. Qué sueños nuevos tomaron el lugar de los viejos.
Esto lleva a una conclusión obvia. Para entender qué pasa en la política hay que entender al soberano. No solo cuánta gente hay de cada lado, sino por qué está allí y con qué ilusiones. Y no a la gente en un sentido colectivo, sino el «cada uno», persona por persona.

Por Tomás Linn

MONTEVIDEO, 12 AL 18 DE JUNIO DE 2014, SEMANARIO BÚSQUEDA

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