Las mujeres buscando su lugar en la política

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Por fortuna, la FIFA no tendrá nada que ver con esto. Pero será un menudo lío para los partidos políticos. Es que al armar sus listas para el Senado y la Cámara de Diputados, este año deberán aplicar la ley que exige una cuota de candidatas mujeres. Simultáneo a este problema, el Partido Socialista le está pidiendo al Frente Amplio que se le levante la inhibición a Mónica Xavier de presentarse al Senado, ya que por decisión interna quien preside el Frente no puede ser legislador a la misma vez.

La presencia femenina en cargos políticos, ya sea elegidos o por designación, es llamativamente baja en Uruguay. En un continente donde tres mujeres ejercen la Presidencia y muchas son ministras con fuerte protagonismo, acá pocas actúan en política. Eso llama la atención, ya que en Uruguay hay numerosas mujeres profesionales que se desempeñan con notoria idoneidad en los más diversos terrenos. Abogadas, médicas, catedráticas universitarias, empresarias, científicas, periodistas. Las hay en cantidad y bien preparadas para su tarea. Pero escasean las que hacen política.

Esa marcada ausencia llevó a que se aprobara una ley de cuota femenina que establece que por cada dos hombres candidatos en una lista, la tercera debe ser mujer. Esto ni siquiera garantiza que las mujeres ocuparán un tercio de cada cámara. Si la cantidad de votos que saca una lista cualquiera permite entrar a solo dos de sus candidatos, la tercera, o sea la reservada para una mujer, quedaría afuera. De todos modos, aun en la peor hipótesis, el porcentaje necesariamente cambiará.

Como toda ley de cuotas, esta presenta sus problemas. Y como toda ley de cuotas, esta pretende romper barreras discriminatorias, en especial en este club de hombres que tradicionalmente ha sido la política. Siempre queda pendiente la discusión más filosófica y conceptual respecto a si una discriminación real puede por ley remendar una injusticia creando una suerte de discriminación artificial (o «afirmativa», como dicen algunos constitucionalistas).

El problema práctico que plantea la ley es que las listas de candidatos suelen armarse en el fragor de la batalla y a partir de sobreentendidos políticos muy primarios pero que tienen su lógica.

O bien el líder del grupo le debe algo a un político y por lo tanto necesita ubicarlo en un lugar alto de la lista o quien lidera la lista sabe cuáles otros políticos tienen arrastre en determinadas zonas y su popularidad puede acercar más votos. En definitiva, se someten a la lógica de la representatividad, que es esencial en toda democracia.

Si una mujer reúne esas condiciones, es fácil ponerla en una lista. Y si no, deberá hacerlo forzada por la actual ley. La tesis es que con más mujeres en el Parlamento, ingresadas hoy por cuota, mañana lograrán legitimar su representatividad al tener mayor protagonismo y eventualmente conseguir seguidores genuinos.

Lo curioso es que el Partido Socialista tiene una candidata natural, no para alternar en el tercer lugar sino para ir por mérito propio en el primer lugar de la lista, tanto al Senado como a Diputados. Se trata de Mónica Xavier. Sin embargo, una disposición interna del Frente Amplio se lo impide. Se considera que la Presidencia de dicho grupo político es incompatible con el ejercicio de cargos ejecutivos o legislativos. En la medida en que Xavier preside el Frente, no podría ser ni presidenta de la República, ni ministra, ni senadora, ni diputada. Cuando asumió ese cargo tras las elecciones internas de la coalición realizadas en mayo de 2012, debió renunciar a su banca en el Senado.

Sería fácil entender que las tareas de un ministro, muy específicas y exigentes, se entreveraran con las de presidir un partido. Son responsabilidades diferentes. Eso no quita que, por la misma naturaleza del cargo, la gestión de un ministro implica hacer política.

El rol de legislador y el de líder de un partido, por el contrario, no se contraponen. La legitimidad de Mónica Xavier como presidenta del Frente Amplio, surgida de unas elecciones internas, se potencia si además es senadora porque esa representatividad fue ganada en elecciones nacionales.

La moción para que Xavier opte por uno de los dos cargos fue propuesta por el Movimiento de Participación Popular (MPP), poco afecto a valorar la importancia de ciertos funcionamientos institucionales en un país, y más en uno como Uruguay, donde si bien es presidencialista, su Parlamento juega un rol importante.

Si uno observa países parlamentaristas como el Reino Unido, se verá que su primer ministro, hoy David Cameron, necesariamente es un diputado. Si su distrito lo elige diputado, si además es el líder de su partido y su partido gana las elecciones, entonces pasa a ser primer ministro. Y los integrantes de su gabinete son miembros del Parlamento pues su legitimidad como ministros está sustentada en su condición de ser representantes de una parte del pueblo.

En Estados Unidos, cuando el presidente designa a un secretario de la cartera que sea, el Congreso revisa su historial para estar seguro de que cumple con los requisitos necesarios y en Uruguay, si bien la norma es más laxa, la Constitución establece que «el presidente de la República adjudicará los Ministerios entre ciudadanos que, por contar con apoyo parlamentario, aseguren su permanencia en el cargo».

Por lo tanto, en estos dos últimos casos no se exige que integren sus correspondientes Parlamentos pero sí que cuenten con su apoyo.
En este contexto, lo deseable sería que quien preside un partido sea también senador o diputado. La función del legislador no solo es hacer leyes; es representar a quienes lo eligieron y eso implica recoger los reclamos de sus votantes e integrarlos al partido que lidera. En ese sentido, el presidente de un partido será más sensible si además sigue actuando desde la Cámara.

La medida adoptada por el Frente no fue hecha con intención de ponerle vallas a una mujer; se hubiera aplicado si el presidente hubiera sido hombre. Pero dado que no se trata de una medida sensata en sí misma y coincide con un momento en que al aplicarse la ley de cuotas se percibe cierta sensibilidad respecto a un ingreso mayor de mujeres, haría bien el Frente en revisarla.

No hay que olvidar que desde que se instaló la idea de candidato único por partido así como la segunda vuelta, la elección de octubre también es para algunos votantes una oportunidad de elegir con cuidada precisión sus representantes en ambas Cámaras. Y esto vale aún más para un Frente Amplio con partidos y sectores de perfil muy definido. Es ahí donde el peso, el prestigio y la representatividad de senadores y diputados se legitiman. Y una de sus funciones políticas bien puede ser la de ponerse al frente del partido o grupo que integran.

Por Tomás Linn

AÑO 2014 Nº 1771 – MONTEVIDEO, 3 AL 9 DE JULIO DE 2014, SEMANARIO BÚSQUEDA

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