Las encuestas

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Las encuestas electorales siempre captan gran interés ciudadano. Las reacciones usualmente son las esperadas: las de los que figuran en los primeros logares que se ensimisman, como si el resultado de la consulta fuera definitivo, mientras que los que supuestamente las perderían, denuncian que los porcentajes exhibidos son fraguados.

En la discusión sobre la confiabilidad de las encuestas, se recuerda, para demostrar que con frecuencia éstas se equivocan, el caso de las elecciones de noviembre de 1948 en Estados Unidos, cuando se daba como seguro ganador al candidato republicano, Thomas E. Dewey, sobre el candidato demócrata, Harry S. Truman. El diario Chicago Tribune, al día siguiente de las elecciones en su primera página afirmaba: «Dewey defeats Truman» («Dewey derrota a Truman») –el titular había sido preparado la noche anterior. Pero resultó al revés; y no solo fue un fiasco para el Chicago Tribune, sino que restó credibilidad a las encuestas.

Por supuesto que, en adelante, las encuestas acertaron. Cuando el presidente de Estados Unidos, Ronald W. Reagan, tenía un amplio margen en su favor para su reelección en las encuestas previas a las elecciones de 1984, su opositor, el candidato demócrata Walter F. Mondale, insistió en que “Polls don’t vote, people do” (“Las encuestas no votan, lo hace el pueblo”), en el intento de convencer que aún tenía margen para el triunfo. Finalmente el Presidente Reagan se impuso contundentemente (en 49 de los 50 Estados de la Unión), confirmando los resultados anticipados por las encuestas.

En verdad, luego de más de sesenta años, las técnicas de medición de las preferencias ciudadanas se han perfeccionado. Los márgenes de error están calculados entre el  2 y 5 por ciento, lo que se juzga tolerable. Lo que está fuera de todo análisis técnico de las encuestas, es la intención de distorsionarlas para persuadir a los electores de que una tendencia será la ganadora, causado –se reitera– desazón en los presuntos perdedores. Esto sucede también cuando se prepara el fraude, tan frecuente cuando las autoridades electorales están parcializadas, por supuesto en favor del oficialismo. Esto fue posible en Bolivia en los años cincuenta, cuando se practicó la llamada “democracia del cero votos”, ya que en el campo, dominado por el oficialismo, su candidato invariablemente obtenía todos los votos. Lo peligroso, ahora, es que se vuelve a esos años de escamoteo electoral.

El periodista Mauricio Aira, en un análisis serio, advertía: “Un aspecto a tomar en cuenta es la manipulación por la cantidad creciente de medios que el Gobierno controla directamente y otros sobre los que tiene influencia sea como anunciante o en la mente de los comunicadores. Galbraith un experto en el tema había sentenciado ‘para manipular eficazmente a la gente es necesario hacer creer a todos que nadie les manipula’ aunque todos saben que el dominio y control de pueblos y personas obedecen a técnicas manipulativas”. (“Manipulación de las masas y valor de las encuestas”. 07.07.2009).

Nada, en esta intención de perpetuación en el poder observada ya en 2009, ha cambiado hasta ahora. En efecto, a menos de dos meses de las elecciones, no se ha auditado el Padrón Electoral –se ha confirmado que hay más de 600 mil cédulas de identidad clonadas–, no se ha dictado amnistía para la liberación de los presos políticos y el retorno al país de los asilados y prosiguen los juicios por motivos políticos.

Con este panorama, las encuestas sirven muy poco para orientar a los ciudadanos.

Marcelo Ostria Trigo

La Patria del Oruro, 4 de septiembre 2014.

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