La soledad de Uribe

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Como oposición, el uribismo tiene mucho que proponer y se necesita que lo haga.

Las intervenciones de la Cabal si a alguien afectan es al propio uribismo. Mandar a arder en el infierno a García Márquez, entre otros disparates, refuerza la caricatura de premodernos que muchos han hecho de ellos.

En realidad, el uribismo representa un sector de la población más amplio de lo que puede deducirse de las tonterías de la Cabal. Es la porción mayoritaria del espectro ideológico que va del centro hasta la derecha. Y si bien allí cabe gente tan sectaria como el procurador Ordóñez, la mayoría de sus seguidores no son radicales. Es tan solo la visión conservadora de la sociedad, la que anhela seguridad y orden. Fue, además, una postura que se fortaleció por los excesos de la guerrilla durante las últimas décadas. Tanta gente secuestrada, asesinada y arruinada solo podía intensificar ese anhelo de seguridad y orden.

Luego de que Uribe arrinconara militarmente a la guerrilla, era apenas normal que este sector de la población lo venerara. Pero en la coyuntura de hoy, la oposición liderada por él está haciendo agua no por falta de representación, sino por la debilidad de sus cuadros políticos. Como símbolo, el uribismo funciona muy bien, pero como partido es incapaz de concretar una agenda de oposición. En vez de ser los José Obdulio y los Rangel los que impongan la agenda básica, es la Cabal quien lo hace. El resultado no puede ser más patético: una oposición que simboliza un rechazo ciego a todo lo que venga del Gobierno, sin contrapropuestas ni control político. Tan solo unos trinos que los autocaricaturizan.

Como oposición, el uribismo tiene mucho que proponer y se necesita que lo haga. Por solo mencionar un tema crucial, el proceso de paz: hasta ahora lo único que se sabe es que es enemigo de la negociación, a menos que se hagan unas exigencias desorbitadas, inaceptables para las Farc. En su incapacidad de articular un discurso sobre lo máximo que se puede conceder y lo mínimo que se debe garantizar, la Cabal ha llegado al extremo de burlarse de una víctima por sonreír a un victimario que no era tal, era un funcionario del Gobierno.

Uribe representa a la mitad del país, las Farc no llegan al uno por ciento. Pactar la paz sin su aprobación sería una paz casi que ilegítima. Por eso es necesario que ponga orden en su máquina política y diga de manera muy concreta cuáles son sus márgenes de negociación, más allá de los disparates de la Cabal.

Gustavo Duncan
El Tiempo, 27 de agosto de 2014

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