La no tan fácil tarea de completar las fórmulas

Publicado en: América Latina 0

Hay un juez que no le da tregua al vicepresidente argentino. El escándalo por corrupción es mayúsculo y ante ello Amado Boudou actúa con irresponsabilidad y sorprendente frivolidad.

La pregunta es cómo llegó Boudou a ser vicepresidente de Argentina. Importa reflexionarlo en un momento en que los partidos uruguayos van completando sus fórmulas tras las elecciones internas. ¿Hay mecanismos, hay garantías para que no suceda algo similar en Uruguay? Mecanismos hay, son variados y en estas semanas el país observó cómo cada uno siguió sus propios caminos para resolver el tema. Que haya garantías, es otra cosa.

Cuando Cristina Kirchner se presentó para su reelección eligió el vicepresidente a su antojo. Ni las lealtades personales, ni el equilibrio entre sectores, ni la solvencia importaron. Tampoco pensó en dejar a alguien idóneo por si le pasaba algo a ella. En su esquema autocrático la decisión fue un capricho. Ni bien asumió, estallaron los líos de corrupción que involucraban a Boudou. Hoy es un vicepresidente neutralizado. Podía haber renunciado (debió hacerlo), pero desde aquella renuncia de Carlos (Chacho) Álvarez por discrepar con el presidente Fernando de la Rúa, todos recuerdan cuando dos años después con la crisis de 2001 se fue De la Rúa y no había quién lo sucediera. Nadie quiere que ese devastador efecto se repita.

El proceso vivido en estas semanas (y aún no cerrado al no definir los colorados su fórmula) habla de un estilo ponderado en la toma de decisiones. La resolución final podrá no satisfacer a todos por igual, pero es innegable que se trabajó a conciencia y se consideraron factores nada menores.

Algunos creen que el vicepresidente es apenas una figura decorativa cuya función es presidir el Senado y la Asamblea General y sustituir al presidente cuando viaja. En el pasado reciente, sólo en dos ocasiones un vicepresidente asumió la Presidencia por fallecimiento del titular: Luis Batlle tras la muerte de Tomás Berreta (1947) y Jorge Pacheco Areco tras la de Oscar Gestido (1967).

Sin embargo, la designación del candidato vicepresidencial es decisiva también por otros motivos. Señala cómo cada partido armará la campaña final y cómo funcionará su bancada parlamentaria en caso de ganar. Sobre estas dos cuestiones giraron los tejes y manejes en las semanas recientes.

El primero en anunciar la fórmula fue el Frente Amplio. Hubo acuerdo (aunque con cierta reticencia de los astoristas) en nombrar a Raúl Sendic. Su lista (que apoyó a Tabaré Vázquez) fue la más votada, incluso más que el MPP, considerado hasta ahora el grupo de mayor popularidad.

El buen resultado de Sendic legitimó aspiraciones que ya mostraba desde hace tiempo. Otra posibilidad era ofrecerle el cargo a Constanza Moreira para reconocer al ala minoritaria del Frente.

Muchos observadores la incluyen en este «fenómeno» de renovación de caras y posturas. Pero si bien Moreira, por edad y gestualidad, se sale de la línea tradicional de líderes frentistas, sigue representando el discurso más ortodoxo, radical e ideologizado que existe desde la fundación del Frente y que sobrevive con fe religiosa, pese a que la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética demostraron no sólo su fracaso sino su crueldad.

Vázquez pudo haber optado por una candidata mujer más afín (por suerte Lucía Topolansky ni siquiera fue considerada pese a sus aspiraciones), como la socialista Mónica Xavier, una política hábil, inteligente, equilibrada y conocedora de la interna frentista. Pero ya Danilo Astori la había propuesto y tal vez eso la «sectorializó».
Sendic apoyó a Vázquez, pero por edad y estilo marca diferencia con las figuras históricas. Es joven, aunque no tanto, comparado con los viejos líderes que ya superan los 70 años. Tuvo un pasado radical del cual se desprendió rápidamente. Por momentos se expresa con sensatez y equilibrio, aunque también es agresivo e inventó giros inolvidables. De su autoría fue la tesis de que un frentista llegaría a votar una heladera si esa fuera la opción. Tuvo asidero cuando lo dijo en la elección pasada, hoy ya no. Presidió Ancap, lo que lo presenta con experiencia de gestión. Aunque el déficit que dio dicha empresa estatal en los últimos tiempos plantea dudas.

Como sea, cuenta con apoyo y no está ligado a los grupos más «pesados» del Frente. Con esta opción, Vázquez transmite equilibrio y renovación de figuras en un Frente que mucho lo necesita.

Los blancos enfrentaron un primer dilema la noche de las internas, cuando Jorge Larrañaga reconoció su derrota con un discurso de fuerte carga emocional que hizo dudar respecto a cómo él mismo veía su futuro político.

Pero aún así Larrañaga se dio un tiempo para pensar. Lacalle Pou respetó ese tiempo y esperó a que intendentes y legisladores aliancistas hablaran con su líder hasta aclarar el tema.

Es evidente que Lacalle siempre pensó que su compañero debía venir del grupo con el que rivalizó y sugerido por ese sector. Nombres había de sobra. Ana Lía Piñeyrúa era, por supuesto, un buena candidata por sí misma y aún más en caso de cubrir la «cuota» femenina. Ni que hablar de Carlos Moreira, senador, dos veces intendente de Colonia y un protagonista clave para desentrañar desde el Senado, el escándalo Pluna. Y había otros.

Pero más allá de las condiciones que buscaba Lacalle Pou para su compañero (la de ser abogado, con experiencia parlamentaria y buen negociador, todas las cuales Larrañaga tiene), había otros motivos para que el designado fuera él.

Con un Larrañaga afectado por el resultado, la designación de otro lo hubiera obligado a dar un paso al costado en su liderazgo. No puede pasarse por alto que en el mencionado discurso sobrevolaba la sensación de que necesitaba repensarse a sí mismo y había una atenuada amenaza de «hasta aquí llegué». La consecuencia directa de un hecho de esas dimensiones hubiera implicado la inmediata búsqueda de un sucesor para ese nada despreciable sector en plena campaña electoral. Toda renovación de liderazgos, por pacífica que sea, deja sus traumas y resentimientos. No era el momento para eso y resultaba crucial que Larrañaga reafirmara su liderazgo. Su propia gente, Lacalle y Larrañaga mismo lo entendieron.

Es que si bien es prematuro hacer pronósticos, este «barajar y dar de nuevo» que surge de las internas coloca al Partido Nacional en una situación muy especial y con posibilidades, no ciertas pero sí probables, de ganar.

Con los larrañaguistas alineados detrás de su líder como compañero de fórmula y eventualmente, si así se dan las cosas, como vicepresidente, todo será más fácil para el Partido Nacional.

Es notorio, además, que hay buena sintonía entre los mandos medios de ambos grupos. Si bien la lealtad partidaria llevó a que en el pasado Larrañaga y Luis Alberto Lacalle se entendieran, eran inevitables algunos recelos personales entre ellos. Eso no se trasluce ahora. Lacalle Pou viene con otra cabeza y con una historia propia que podría ayudar a un más fluido entendimiento.

Los que sí se están tomando su tiempo para definir son los colorados y todo indica que lo necesitan.

Hubo un intento por parte de Bordaberry de cerrar su fórmula con Germán Coitinho, intendente de Salto, que no pareció gustarle al grupo batllista tradicional que lidera José Amorín Batlle. Amorín hizo una mejor elección que 2009 pero en aquella ocasión los votos se repartieron con los de Luis Hierro. Por lo tanto, sigue siendo un grupo rezagado no sólo respecto a Bordaberry sino a su propia historia colorada. En ese sentido, Bordaberry se mantiene como la figura que rescató a un partido que en 2004 quedó postrado. Así como sucede hoy con Lacalle Pou, Bordaberry hizo lo mismo en 2009, emergiendo como una figura alternativa, renovadora y fresca. Continúa en ese rol, pero su desafío ahora es superarse.

Bordaberry insiste en mencionar a Coutinho pese a que éste declinó completar la fórmula. Lo siente como su alter ego. No es para menos. Coutinho lleva adelante una exitosa y popular gestión en Salto. Basta recorrer el departamento para comprobar que es así. Es ejecutivo, perspicaz y entiende dónde están los problemas y cómo afrontarlos.

Tal vez Bordaberry insista en ese nombre porque al tener un claro dominio del partido cree que su compañero debe ser de su propio sector y que la minoría no ha hecho lo suficiente para merecer una consideración especial.

Es lícito, sin embargo, preguntarse si Bordaberry no tiene otras razones. Sin duda en 2009 hizo una gran campaña. Pero llegó tercero. Y se mantienen las probabilidades de que aún con un rol decoroso en esta elección, igual salga tercero. En situaciones así, cualquier político empieza a preguntarse sobre su futuro. Tal vez eso ocurra con Bordaberry. Y si así fuera, querrá asegurarse de que haya un segundo bien afirmado. Él ya lo tiene y por eso con Coutinho daría una señal en esa dirección.

Todo es especulativo porque nadie puede estar en la cabeza de Bordaberry. Pero en política este tipo de modelos se repiten y sirven para intentar entender esta demora.

Como sea, los colorados demuestran que al igual que el Frente y los blancos, cada uno motivado por razones diferentes, se toma en serio elegir quién completará la fórmula.

Ningún país puede darse el lujo de tener a un Amado Boudou de vicepresidente. Ni Argentina se merece semejante desatino. Por eso, completar la fórmula debe ser funcional al objetivo de ganar las elecciones y al de mantener los equilibrios que permitan la gobernabilidad del partido ganador. Elegirlo exige una inmensa responsabilidad y las señales dadas por los tres partidos (aunque uno aún no haya resuelto) son, para decir lo menos, tranquilizadoras.

Por Tomás Linn

AÑO 2014 Nº 1769 – MONTEVIDEO, 19 AL 25 DE JUNIO DE 2014

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