La argentinidad amenazada

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La paranoia es un componente central de nuestro traumático nacionalismo. Aunque el fenómeno fue y es común en todo el mundo, en la Argentina tuvo una singularidad: la inmigración masiva. Las elites criollas sintieron amenazada la argentinidad, mientras los inmigrantes, empeñados en arraigarse, se preguntaron qué cosa era ser argentino. La pregunta nutrió buena parte de nuestra ensayística, que sigue girando en torno del huidizo “ser nacional”. Definirlo no era una tarea inocente, pues a la vez se definía al otro.

Todos coincidieron en que ese otro constituía una amenaza para la postulada unidad espiritual de la Argentina. Cada problema o fracaso del país confirmaba la existencia de una conjura, en la que se reunían los enemigos externos e internos. En 1902 se culpó a los “malos extranjeros”, expulsados con la ley de Residencia. Por entonces el Ejército definió que la argentinidad emanaba de un territorio que era esencialmente argentino. El enemigo estaba al otro lado de las fronteras, acechando para quedarse con algo de lo nuestro. La distinción entre argentinos verdaderos y ajenos fue profundizada por los dos grandes movimientos democráticos y populares. El radicalismo contrapuso al pueblo democrático con el “régimen falaz y descreído”. El peronismo colocó en ese lugar a la “oligarquía” y a la “antipatria” e integró el nacionalismo con el populismo. En 1946 el artefacto ideológico y político estaba completo.

La paranoia fue tanto un componente cultural como un arma política. El primer peronismo usó ampliamente esta herramienta, y los antiperonistas que lo derrocaron terminaron envueltos en la misma trama de acciones y discursos. De las palabras se pasó a los hechos, y la paranoia cosechó sus primeras víctimas en 1955 y 1956. En los años sesenta y setenta, en tiempos de la Guerra Fría y la Revolución cubana, la polarización se desdobló. Para unos, se trataba de la lucha de la nación contra el imperio; para otros, el comunismo era el enemigo de nuestra civilización occidental y cristiana. En los dos casos, los enemigos estaban también adentro y debían ser exterminados. Esta nueva versión de la paranoia se cobró muchas vidas. Las Fuerzas Armadas, que mataron muchos más, completaron su faena con la Guerra de Malvinas. Huérfanas de popularidad, apelaron al enemigo más antiguo: la pérfida Albión. Allí emergió el nacionalismo subconsciente y el 2 de abril de 1982 la Plaza de Mayo se llenó de paranoicos. Los argentinos debían unirse contra el enemigo inglés.

En 1983 se decidió dar vuelta la página. Fin de la paranoia y de cualquier pretensión de unidad espiritual del pueblo y de la nación. Democracia, instituciones y también pluralismo, discusión razonada y acuerdos. Pero el sueño liberal y republicano duró poco.

Néstor Kirchner, un político hábil y con pocas pasiones, descubrió su fuerza política, dividió a los argentinos y denunció permanentes conspiraciones de los grandes poderes. La paranoia fue un formidable instrumento de poder. Hoy Cristina utiliza la paranoia, con menos habilidad y más convicción, y cosechó buenos resultados hasta 2011. Hay otras razones, naturalmente, pero al menos una parte del éxito del kirchnerismo reside en su apelación a este aspecto traumático y patológico de nuestra cultura política.

Luis Alberto Romero, Club Político Argentino CPA

Publicado en Revista Ñ,  8-3-14

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