Flaco favor de Estados Unidos a la democracia

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La desesperación por evitar que el ex consultor de la NSA Snowden encuentre asilo en Bolivia aparentemente llevó a varios países europeos a negar que el avión del presidente Evo Morales, que regresaba de Rusia, donde estaba Snowden, repostara combustible en sus aeropuertos, dando pábulo a la visión del mundo que inspira la política de Morales: todo lo malo que pasa en el mundo es el resultado de una conspiración imperialista.

 

Gracias a Austria y España, que finalmente permitieron que el avión presidencia recargara, Morales se salvó para acusar a los Estados Unidos de “secuestrarlo” y de “intentar matarlo”. Todo para acallar a Snowden, la estrella ascendente del antinorteamericanismo, quien tuvo el valor de probar que lo que Washington hace para mantener su control sobre el mundo no es un ejemplo de comportamiento democrático y, en todo caso, no es lo que predica.

 

No, los Estados Unidos no hacen lo que predican, ni cuando espían a sus enemigos (e incluso a sus aliados), ni cuando actúan como una suerte de “matón diplomático” para atrapar al muchacho que los mostró ante el mundo en paños menores. Esta tontería que se hizo con Morales, que tiene todas las trazas de ser una “inspirada” demostración de fuerza gringa, es comparable al bramido de un elefante macho herido.

 

De lo que no es lógico concluir, claro está, que por tanto los Estados Unidos dejaron de ser una democracia (el hecho de que las revelaciones de Snowden hayan sido admitidas de inmediato por el Gobierno lo muestra elocuentemente). Tampoco significa que hacen lo que hacen por razones malévolas y totalitarias, con el único afán de incrementar su “poder imperial”. La verdad es más sencilla. Desde el sistema Prism hasta la persecución a las malas de Snowden, pasando por la inaceptable prisión de Guantánamo, son reacciones causadas por el miedo, por la incertidumbre que padecen los estadounidenses. Sentimientos comprensibles, pero también peligrosos, que llevan a las naciones a sacrificar la libertad en las aras de la seguridad. Son rebrotes de autoritarismo en un medio ambiente democrático.

El espíritu de grupo, de defensa del grupo, reaparece como un atavismo y pone entre paréntesis el avance civilizatorio logrado en siglos. Se debilita por un momento el concepto moderno de la libertad, es decir, de la libertad basada en valores que se desconocían en la antigüedad, como la privacidad y la sinceridad de los gobernantes. Se abdica de la “libertad negativa”, es decir, de la prohibición de que el Estado intervenga en la vida de las personas y de que les mienta, para reforzar la “libertad positiva” del Estado para definir lo que es bueno para todos: el sistema Prism se sustenta enteramente en esta visión de la libertad.

 

El miedo al bolchevismo condujo a Europa al nazismo. El terror al terrorismo (victoria anticipada de éste) está relativizando las convicciones democráticas, en mi opinión sinceras, de los estadounidenses. Ahora bien, este símil no debe llevarnos a engaños: en democracia, el desbalance entre libertad positiva y negativa pueden corregirse sin derramamiento de sangre. Pese a los últimos acontecimientos, el gobierno de Obama ha hecho un esfuerzo en esta dirección.

 

Ahora bien, ¿quién convencerá de ello a los políticos latinoamericanos que usan a Estados Unidos como chivo expiatorio y que denuncian la libertad negativa (el control del poder) como una “ilusión liberal”, ya que en los hechos lo único que habría son poderes en lucha, más o menos fuertes, y entonces de lo que se trataría es de incrementar el poder de los “buenos” (de los que piensan igual)? Pues nadie.

 

Este episodio ha cargado de municiones a todos los escépticos de la democracia y de la posibilidad de construir una comunidad internacional regida por reglas. Es un flaco favor a quienes luchan contra el autoritarismo en América Latina.

 

Y es, más allá del susto que debió haber pasado Morales, una gran espaldarazo a su política: no sólo le permite aparecer en la primera línea de la lucha antiimperialista mundial, sino que corrobora sus convicciones más profundas. Si andamos mal es por culpa del imperio. Para estar mejor, entonces, hay que fortalecer los Estados nacionalistas de modo que pueden enfrentar en mejores condiciones a este poderoso y criminal poder externo. Un mal día para los liberales bolivianos.

FERNANDO MOLINA

Publicado en Infolatam, La Paz, 9 julio 2013

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