Ey, algo ha estado pasando por aquí

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No todo en la vida es previsible y los hechos no siempre transcurren dentro de una lógica implacable e irreversible. Hay giros, sorpresas y vueltas de tuerca por el simple hecho de que así lo quiere la gente. A veces pide cambios a gritos. Otras veces, como se comprobó el domingo pasado, se mueven en silencio con la certeza que les da su serenidad para, de golpe, marcar su presencia. Sin ruido, sin anuncios bulliciosos, sin explosiones contundentes.

Las elecciones internas del domingo dejaron a más de uno pensando. Tanto por el triunfo de Luis Lacalle Pou dentro de su partido como por lo que ese triunfo refleja. Por lo que refleja, más aún que por lo que significa.

En este país donde todo parece estar previsto y resuelto, por suerte las cosas no siempre ocurren según un plan determinado y la vida da sorpresas que indican que algo ha estado cambiando por lo bajo.
En diciembre de 2012, cuando Luis Lacalle se preparaba para lanzarse a una interna en la que todo estaba cocinado y no tenía chance alguna, advertí que venía decidido a «patear el tablero» porque se estaba haciendo evidente que había un tablero necesitado de ser desparramado. Aun así no era considerado como el precandidato predestinado a ganar. Muchos lo veían como un muchacho de buena familia y pocos sabían que a esa altura no solo conocía Canelones (el departamento por el cual era diputado) como la palma de su mano, sino que estaba habituado a recorrer el país de punta a punta y a hablar con la gente no como el rubiecito educado de un colegio caro (lo cual era cierto), sino como el político que necesitaba escuchar a la gente, aprender y entender cómo funcionaba el país: este país, el de ahora, el de la segunda década del siglo XXI; no el anterior tantas veces sobrediagnosticado.

Atrás de esa apariencia, había alguien con experiencia y tesón. Y con el tiempo dejó de ser el típico hijo de un político que heredaba un aparato ya armado y se transformó en su propia persona. En realidad al aparato lo reconstituyó porque resolvió tomar el liderazgo. Los que le tenían celos porque creían que les robaba su momento de gloria, rápidamente entendieron (por eso son buenos políticos) que si esa gloria no venía de la mano de Luis Lacalle, nunca vendría.

Así armó sus equipos técnicos para presentar su propuesta. Buscó gente que tuviera dos cualidades. Que conocieran los temas sobre los cuales eran consultadas y que fueran capaces de integrarse sin conflictos en un equipo con espíritu positivo. Cuando el precandidato Tabaré Vazquez dijo que a la oposición no se le caía una idea, se aparecieron con cuatro volúmenes de ideas. Ideas, además, que reflejaban lo que muchos querían del país y que nadie decía. Algo que saliera del trillado lugar común, de las frases ya hechas.

Todo hecho sin bullicio y en voz baja.

Muchos pensaron que Lacalle se adelantó a los tiempos, que no era su hora, que su chance sería recién en la década siguiente. ¿Un presidente con 40 años? Parece absurdo. Claro que Felipe González asumió el gobierno de España también a los 40 y su antecesor, Adolfo Suárez, tenía 44 años. Y aquella era una España complicada.
Pero parecía ser la cansina respuesta uruguaya de quienes adulan a un presidente de 80 y buscan un sucesor de 75 años. Sin embargo, contra todo lo esperado, el domingo pasado unos cuantos votantes hicieron caso omiso a su edad, a que era surfero, a su rebelde adolescencia, a su educación en centros privados y se concentraron en lo que, sin arrogancia ni ruido, estaba proponiendo. A lo que Lacalle hacía y decía.

Surgirán escollos en este segundo tramo, muchos de los cuales entran en el mundo de los prejuicios. Pero lo cierto es que logró ser su propia persona sabiendo todos que era hijo de un notorio ex presidente. Contaba con el aparato de su partido pero lo convenció de que venía con un mensaje nuevo, otro estilo, lenguaje y gestualidad, y lo obligó a cambiar la pisada. Miró hacia delante y vio que el futuro podía, para ser mejor, ser distinto.
Los viejos analistas empiezan a desarrollar sus conceptos en función de sus parámetros de siempre, pero estos ya no sirven; comienzan a resultar pasados de moda.

Hace mucho que cada vez más gente se resiste a usar las calificaciones de izquierda y derecha. Pero en esta elección interna parecen hasta ridículos. Se habla del joven candidato blanco de derecha. ¿Qué tiene de derecha Lacalle, con una visión del país que parece dirigida a atender otro tipo de problemas, serios, graves y urgidos de solución? La misma pregunta corre para Tabaré Vázquez. ¿A quién se le ocurrió que es de «izquierda» repartir tablets a los jubilados? Más bien parece un gesto típico de los Reyes Magos. Una historia bíblica, en todo caso, pero no ideológica.

Eso es lo que está pasando en el país; por diversas razones alguna gente (aunque me cuido de generalizar) está en otra cosa, visualiza un futuro para el cual hay que estar preparados. No reniega del pasado como un dato de la realidad, pero tampoco se regodea en él.

Y encontró que alguien estaba en su misma sintonía.
Un mes antes de las internas conversaba con un médico amigo, interesado en política pero no militante, y me decía: «Yo quisiera que la elección fuera entre Luis Lacalle y Raúl Sendic». No tenía particular simpatía ideológica por cualquiera de ellos. Solo vislumbraba a dos políticos relativamente jóvenes, de partidos opuestos, con ideas distintas, mirando hacia adelante. Nunca llegué a saber a quién votaba ese médico, pero sí me llamó la atención su razonamiento.

Y el domingo comprobé que no era el único que pensaba así. Porque en Montevideo, la lista a favor de Tabaré Vázquez que sacó más votos fue, justamente, la de Raúl Sendic. Sendic apenas pasa los 50 años de edad, pero en el escenario nacional, eso es plena juventud.
Algo está pasando. Las elecciones internas son tan solo eso: la instancia por la cual cada partido decide quién será su candidato y por eso la concurrencia no es obligatoria y por lo tanto muy baja, según los expertos. No concuerdo: que 38 por ciento de uruguayos se haya comprometido a votar en una instancia de estas características es en realidad asombroso. Pero los expertos lo ven con lúgubre preocupación.

Sin embargo, esas internas dijeron algo. Por lo bajo y sin estruendo pidieron salir de lo trillado y aspirar a más. Algo había estado pasando en estos meses, con la gente, no con los políticos. Estos seguían con su retórica habitual, pero en los lugares de trabajo, en las reuniones familiares, en las ruedas de café, las preocupaciones eran otras.

La pregunta ahora es qué pasará de acá en más. ¿Podrá Luis Lacalle mantener esta «ola» que generó en forma imperceptible? ¿Podrá seguir manejando su discreta presencia como un valor sólido? ¿Aguantará embates que serán mucho más duros y personales que los que recibió hasta ahora? ¿Logrará convencer a más gente de su proyecto?

Terminada la interna, la siguiente elección exige barajar y dar de nuevo, cambiar muchas cosas sin dejar de ser lo que fue. Lacalle volverá a rendir todos los exámenes otra vez. Y serán más difíciles. Y los ciudadanos, los observadores y los columnistas, lo estaremos vigilando con el mismo, riguroso ojo crítico que corresponde. Para ganar la Presidencia, ningún traspié se perdona; hay que merecerla.

Por Tomás Linn

Semanario Búsqueda. Nº 1767 –
MONTEVIDEO, 5 AL 11 DE JUNIO DE 2014

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