Extracto IX Capítulo En Marruecos, 1912

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Mulay Hafid (1873-1937) fue el Sultán de Marruecos desde 1908 hasta 1912 cuando abdicó al trono. Le sucedió su hermano Mulay Yúsuf.
Mulay Hafid (1873-1937) fue el Sultán de Marruecos desde 1908 hasta 1912 cuando abdicó al trono. Le sucedió su hermano Mulay Yúsuf.

Extracto IX Capítulo En Marruecos, 1912. NIETO MARTÍNEZ, Pablo Emilio. En Marruecos (1912). Chile: Centro Mohammed VI para el Diálogo de las civilizaciones, 2016. 216p. ISBN

«En el curso de este capítulo hemos dicho algo del temperamento poético de Muley Hafid. Es, en realidad, un delicado poeta, y esto viene a hundirlo más, porque delata en él un talento y un criterio que ha debido comprender el abismo en que iba a caer. El reinado de la poesía no es incompatible con el reinado positivo sobre los hombres.

Como obsequio a nuestros compatriotas insertamos aquí la obra más delicada que ha producido la lira del Sultán.

El siguiente poema está publicado en la Revista madrileña Prometeo, cuyo director, el notable literato español señor don Ramón Gómez de la Serna nos ha autorizado bondadosamente para reproducir.

Desde aquí le reiteramos nuestro agradecimiento.

Después de su lectura se podrá meditar muchísimo y cada uno podrá formar su juicio sobre si el hombre que ha sentido y ha escrito esos bellos pensamientos no habrá tenido uno que lo iluminase en sus procederes como mandatario digno y honrado».

 

 

 

"Fundada en noviembre de 1908 por el abogado y político de la izquierda liberal canalejista Javier Gómez de la Serna, nace en el ambiente de las publicaciones literarias modernistas para convertirse en la más importante precursora de las vanguardias en España, sirviendo como tribuna en el comienzo de la carrera literaria y periodística de su hijo, el entonces jovencísimo Ramón Gómez de la Serna (1888-1963). De ella ha dicho Paniagua que “si no fue una revista europea, con arreglo a la fórmula comúnmente aceptada, porque había en sus páginas sustancia carpetovetónica y un pathos hispánico informando su contenido, si será, en cambio, una publicación con ventanas hacia fuera”. Prometeo (Madrid. 1908).
«Fundada en noviembre de 1908 por el abogado y político de la izquierda liberal canalejista Javier Gómez de la Serna, nace en el ambiente de las publicaciones literarias modernistas para convertirse en la más importante precursora de las vanguardias en España, sirviendo como tribuna en el comienzo de la carrera literaria y periodística de su hijo, el entonces jovencísimo Ramón Gómez de la Serna (1888-1963). De ella ha dicho Paniagua que “si no fue una revista europea, con arreglo a la fórmula comúnmente aceptada, porque había en sus páginas sustancia carpetovetónica y un pathos hispánico informando su contenido, si será, en cambio, una publicación con ventanas hacia fuera”». Prometeo (Madrid. 1908).

Dice así el poema del poeta-Emperador:

 

CUANDO estaba en el valle miraba con avidez las cumbres,

mi ambición saltaba hasta el horizonte

y anhelaba la facultad de llegar a la grandeza y de

levantar cosas caídas.

 

Día y noche se debatía un águila en mi corazón para

levantar el vuelo y anidar en la cima.

 

Y he aquí que hoy he escalado la montaña, y que mi

ambición salta todavía hasta el horizonte sin encontrar

objeto, sin reconocer límite alguno.

 

Las cumbres también están hechas de tierra, y el

huracán es más amigo de los montes elevados que de

los humildes alcores florecidos.

 

Desde mi vertiginoso galayo veo cabezas humilladas,

oigo palabras de reverencia, mi vista adarva a las multitudes.

 

Mis pies están elevados, tan elevados, que mi mano

no encuentra mano amiga que asir, ni mis ojos pueden

olvidarse en otros ojos.

 

Estoy tan alto, que para hablar a los hombres necesito

palabras de ráfaga, y para alumbrarles necesito

el rayo.

 

Pero he aquí que, en medio de la soledad, mi memoria

y la noche me traen fantasmas queridos; he aquí

que el recuerdo y la añoranza se despiden de las

tinieblas.

El poeta evoca el amor de Aneisa,

y llora su pérdida.

MUCHOS hombres fueron como yo víctimas de la

blancura de un cuello, de la rosa de las mejillas,

de las miradas de gacela.

 

Yo había jurado consagrarme a las empresas de la

virilidad; yo juré no caer en los lazos del amor, ni en

las redes de la voluptuosidad.

 

Pero mis juramentos naufragaron en su mirada.

 

Su mirada es en mi pasado como las hogueras de

invierno en los aduares.

 

En el cielo brillan las estrellas.

Y el centelleo de su brillo es semejante al de tus

ojos, ¡oh mi amante medrosa! cuando en la sombra

nocturna interrogabas, en torno tuyo, temerosa de una

sorpresa posible.

Y he aquí que te he perdido.

Tu voz no suena ya en mi oído sino como el eco de

mi juventud, como el reclamo de los años libres.

 

Imploro el sueño, aun cuando no tenga sueño, en la

esperanza de verte en mis sueños.

 

Las noches ahora son largas para mí, tan largas que

estoy cansado. – Yo, en otro tiempo, conocí noches

cortas. –Pero aborrezco el sol, que no dora ya tu piel

de cárabe, y llamo a la luna, que aljofara tu imagen.

 

Ella era una luna, cuyo horizonte era mi corazón.

Era una gacela que corría por la llanura de mis ojos.

 

Sus ojos tenían la mirada triste y fiel y misteriosa de

mis camellos sufridos, y jamás fueron ásperas sus manos

a mi dolor y a mi amor.

 

Todas las Suraya[1] se refugiaban en mi corazón

cuando por la noche saltaba la duba de tu aduar.

Y, hasta el alba, tus senos eran dos tiendas blancas,

a cuya sombra se adormecían mis ojos.

 

¡Qué dulce era, después de la aceifa, descansar la

frente en tu regazo, bien oliente a almoradux y a abelmosco,

lejos de todo estrépito guerrero!

 

Hoy no tengo regazo en el que abandonar mi frente.

Tu recuerdo me eriza de espinas toda almohada.

Cuando la noche guía el rebaño del sueño a todos

los ojos, tú vienes a mi alma, y tu imagen, como un

adufe amado e importuno, me tiene en vigilia hasta

la aurora.

 

Y pienso en tu rostro, aquel jardín en que mi mirada

cogía las rosas rosadas de tus mejillas y las rosas blancas

de tu frente, más blanca que el acemite.

 

Éramos como dos secretos escondidos en el pecho

de las tinieblas, donde nos ocultábamos, hasta que la

lengua de la mañana amenazaba denunciamos.

 

¿Qué de asombroso si estoy obsesionado por el recuerdo

de aquellas horas suaves, y si mi paciencia me

huye cuando mi espíritu me prohíbe dejarla escapar?

 

Aleya por aleya he leído, cuando nos separamos, el

libro de la Tristeza; y una voz me susurró al oído:

Paciencia.

 

Pero no he encontrado después arroyo igual al de tu

amor; y, sin embargo, cuando antaño bebía en él, quedaba

siempre más sediento.

 

Ciertamente que no es por odio ni desdén por lo

que no contemplo ese horizonte de Belleza cuyo Sol

eras tú. – Ya  me entristece hasta el canto de mis cantores.

Las danzas de mis almeas sobre las blandas alcatifas

son menos gráciles que tus pies desnudos eran

sobre la arena del desierto. Los divinos versos de Ibn

EI-Fared[2], acordados sobre el laúd, son menos bellos

que aquellas canciones rudas que te acompañabas en

el guembri[3] – Entonces mi caballo no llevaba alcafares

de oro, ni ricos alepines cubrían mi cuerpo, y los

alcorcíes que te adornaban eran de cobre tosco y abalorios.

– Pero el ámbar de tu piel te vestía con túnica de seda.

 

Música alguna puede ahuyentar mi hastío, música

alguna puede hacerme olvidar la melodía de tu boca.

 

Todo rostro de mujer es ahora, para mí, página en

blanco. El andar cadencioso de las vírgenes no imanta

en mi corazón simpatía alguna.

 

La misma Luna, descendiendo de sus alturas tenebrosas,

no podría enamorarme.

 

Toda la vida sin ti es para mí noche sin estrellas,

abismo obscuro. Todo vestido es ya para mí un sudario.

¿Adónde te llevaste, Vida, a mi bienamada? ¿Qué

nuevos vientos sacudirán la tempestad de sus cabellos?

–  Hasta la noche que me rodea es menos negra que

el abenuz de su cabellera. – ¿Qué aguas, más afortunadas que

las aguas del Kaussar[4], reflejan la maravilla

de su rostro?

 

Yo maldigo todos los aromas de mi harem, el áloe

y el azándar, que no son como el perfume de tu aliento,

libre y fresco y alegre como la brisa en los oasis.

 

Sólo tu recuerdo aun me vivifica. No quiero pensar

que otros brazos cimbrearán tu talle, sumiso como los

álabes, y otros labios sorberán tus labios. – Mis brazos

se desesperan de no ser alas, y mis labios se humedecen

de acíbar.

 

No, yo quiero pensar en tu fidelidad. Dame tu fidelidad,

puesto que no puedes darme tu presencia. Y tu

imagen sola me bastará.

 

¡Que la bendición de Dios sea sobre ti mientras yo

alimento sentimientos de amor, estos sentimientos de

amor que yo oculto, pero que pronto me ocultarán

a mí para siempre!

¡Que la bendición de Dios caiga sobre el recuerdo

de los días de mi juventud!

 

Mis cabellos grises, mi melancolía y mi languidez,

mis lágrimas: ¡oh testigos de mi amor!

 

Pero, aunque yo me encuentre en el otoño, no quiero

maldecir de la primavera.

Dicen:

<- Temed siempre al Amor; el Amor no es cosa fácil.

Ningún sabio lo ha exaltado.

 

<-Vivid lejos del Amor; su copa está llena de amarguras

 

<-El Amor sólo es dolor; únicamente cuando muere

nace la voluptuosidad …>

 

Pero para mi convicción el amor es cosa santa.

Por él vivo una segunda vida: la vida de la amada.

 

Y porque soy ferviente del Amor os aconsejo no

hagáis lo que yo hago; no escuchéis lo que voy a deciros.

 

No escuchéis lo que voy a deciros:

<<Para vivir y morir felices vivid y morid por el Amor;

vivid y morid en martirio. El que no muere de Amor

jamás ha amado; la abeja no puede hacer miel sin libar

flores.>>

 

No escuchéis lo que voy a deciros:

<<Amad el Amor; no os avergoncéis de ello. Desdeñad

a los moralistas que lo escarnecen.

 

<<Decid a aquel que el Amor ha vencido: Tú cumpliste

tu deber .

<<AI que pretenda haber amado y triunfado del Amor

respondedle: el kohl[5] no es igual a las ojeras naturales.>>

 

Muchos hombres han probado a amar, después abandonaron

el Amor, creyendo poder probar así lo contrario

de lo que digo. No lo consiguieron. Esos habrían

confundido sus vanas tentativas con el fin verdadero.

Se han jactado de haber atravesado el mar del Amor.

¿Pero por qué entonces no estaban mojados?

En el corazón del poeta

se levantan otras sombras. 

Mi convicción y mi fe juzgan vanas las lágrimas de

los que lloran y los cantos lúgubres de duelo.

La voz del mensajero de muerte es semejante a la voz

del portador de buenas nuevas.

 

¿Llora o canta esa paloma en el follaje?

 

¡Oh, amigos!, mirad: nuestras tumbas siembran el

llano. ¿Pero dónde están las tumbas de nuestros abuelos

del tiempo de Aad?[6]

 

Que nuestros pasos sean ligeros: la corteza terrestre

está hecha de cadáveres. – Es indigno de nosotros,

a pesar de los largos años transcurridos, hollar así los

restos de nuestros padres y de nuestros antepasados.

Es más humilde y más prudente intentar hendir los

aires que pisotear con orgullo las cenizas de los seres.

 

Las fosas sirven de tumbas a las generaciones sucesivas,

y la Tierra ríe de esa afluencia continua de hombres

a su seno. – En verdad que la Tierra es la más

indulgente y jovial de las mozcorras.

 

Los cadáveres se amontonan sobre los cadáveres,

y los tiempos, sin cesar, se desenroscan.

 

Si ignoráis la edad del mundo, hermanos, preguntad

a los inmutables astros Farkaden[7] cuántas razas y reinos

vieron sucederse y cuál fue su duración; preguntadles

desde cuándo los días suceden a los días, y en el

curso de cuántas noches alumbraron el camino de los

viajeros.

 

La vida no es más que dolor. Y sólo me asombran

aquellos que aspiran a prolongar su duración. Una

hora de tristeza en las cercanías de ]a muerte vale más

que la felicidad al día siguiente del nacimiento.

 

Los seres son creados para perdurar. – Sin embargo,

toda una categoría de humanos se desvía y se proclama

efímera. – ¿Morir ? Es ser transportado del seno de

nuestros trabajos en medio de otras penas o alegrías;

la muerte no es sino un momento de reposo, y la vida

vuelve a comenzar después de un corto sueño.

 

¡Oh paloma del Hadil[8], socorro! Ayúdame, promete

al menos tu auxilio a mi infortunio inconsolable.

¡Que Dios te proteja! Sólo tú has sabido continuar

fiel a un afecto vetusto, y tu triste melopea atestigua

que no has olvidado todavía a aquel de los tuyos que

murió cuando el sol se ponía.

 

¿Pero por qué el plumaje de tu cuello está ornado

de collares? Arranca ese aderezo; corta en un andrajo

de la noche hábitos de luto. Llora después, y laméntate

dolientemente, como lloran y se lamentan por la memoria

de mi muerto mujeres bellas y doncellas puras.

¡Corazón, corazón, no te duermas en el pasado ni te

repartas a los canes del recuerdo!

 

Demasiado a menudo el amor de la vida incita a la

indolencia perezosa y desvía de los fines grandes. A una

vida mediocre sobre la tierra prefiramos una morada

subterránea, o bien levantemos una escala y vivamos

en la atmósfera pura.

 

Bien suenan al oído y al alma las mentiras armoniosas

que forjan los poetas, pero sobre mi yunque yo

necesito también templar una espada.

 

Bien mecen los sueños el espíritu de los hombres

delicados, pero mi pecho necesita respirar los soplos

de victoria, necesita palabras de ráfaga.

 

¡Que el filo de las espadas sea el camino por el cual

marchen nuestras almas!

¡No escuches más el canto del atanor, ni contemples

más la luna!

 

Los chacales rondan tu viña, y aves de presa, bestias

aurívoras, se ciernen sobre tu redil.

 

¿Quién dijo que las energías del Islam estaban muertas?[9]

 

Negra de fraude estaba su boca, y henchida de abominación

su alma. – ¡EI fuego es inmortal! Las palabras

de Dios son infalibles.

 

jAh, hombres de poca fe! Mirad al horizonte, cuando

desde el alminar os llame el muecín a la azalá, y no

dudaréis.

 

¿O es que necesitáis todos que Djebreil[10] os abra el

pecho y purifique vuestro corazón?

 

Ya callarán los adives, ya caerán los alferraces, no

habrá alafia para ellos. –Paciencia, paciencia, me susurra

siempre el Destino.

Y, en tanto llega nuestra adra, yo seguiré, paciente,

ensartando las perlas de la inteligencia.

 

La Noche canta mis poesías y el Día se las sabrá de

memoria.

 

* Traducción de Ricardo Baeza

** Revista Prometeo (Madrid, España)

*** Reproducido por Pablo Emilio Nieto Martínez En Marruecos, 1912[11].

**** Mulay Hafid (1873-1937) fue el Sultán de Marruecos desde 1908 hasta 1912 cuando abdicó al trono. Le sucedió su hermano Mulay Yúsuf.

[1] La constelación de las Pléyades.

[2] Omar lbn El-Fared, el más grande poeta místico árabe. Nació en el Cairo en 1181 d. d. J.-C., Y murió en la misma ciudad el 1235, después de una estancia de algún tiempo en la Meca. Su diván ha sido coleccionado y puesto en orden por su nieto Alí.

[3] Uno de los instrumentos más primitivos de la música árabe. Mucho más pequeño que un laúd, de construcción tosca, con tres cuerdas solamente, y de una gama reducidísima.

[4] Río del paraíso muslímico.

[5] Alcohol, galena (afeite). (Diccionario de la R. A.)

[6] Nombre de una tribu perteneciente a la historia mitológica de los árabes, y que estos invocan de ordinario cuando quieren hacer alusión a edades muy remotas.

[7] Los Gemelos: Cástor y Polux.

[8] La paloma del Arca de Noé.

[9] Alusión a la <<Elegía sobre el Yemen>> de Mohamed ben el-Qasim, publicada en Beirut hace pocos años.

[10] El mensajero de Dios, el Arcángel Gabriel de los árabes. Aquí se refiere el Hafid a una leyenda sobre Mahoma.

[11] NIETO MARTÍNEZ, Pablo Emilio. En Marruecos (1912). Chile: Centro Mohammed VI para el Diálogo de las civilizaciones, 2016. 216p. ISBN

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