
Extracto IX Capítulo En Marruecos, 1912. NIETO MARTÍNEZ, Pablo Emilio. En Marruecos (1912). Chile: Centro Mohammed VI para el Diálogo de las civilizaciones, 2016. 216p. ISBN
«En el curso de este capítulo hemos dicho algo del temperamento poético de Muley Hafid. Es, en realidad, un delicado poeta, y esto viene a hundirlo más, porque delata en él un talento y un criterio que ha debido comprender el abismo en que iba a caer. El reinado de la poesía no es incompatible con el reinado positivo sobre los hombres.
Como obsequio a nuestros compatriotas insertamos aquí la obra más delicada que ha producido la lira del Sultán.
El siguiente poema está publicado en la Revista madrileña Prometeo, cuyo director, el notable literato español señor don Ramón Gómez de la Serna nos ha autorizado bondadosamente para reproducir.
Desde aquí le reiteramos nuestro agradecimiento.
Después de su lectura se podrá meditar muchísimo y cada uno podrá formar su juicio sobre si el hombre que ha sentido y ha escrito esos bellos pensamientos no habrá tenido uno que lo iluminase en sus procederes como mandatario digno y honrado».

Dice así el poema del poeta-Emperador:
CUANDO estaba en el valle miraba con avidez las cumbres,
mi ambición saltaba hasta el horizonte
y anhelaba la facultad de llegar a la grandeza y de
levantar cosas caídas.
Día y noche se debatía un águila en mi corazón para
levantar el vuelo y anidar en la cima.
Y he aquí que hoy he escalado la montaña, y que mi
ambición salta todavía hasta el horizonte sin encontrar
objeto, sin reconocer límite alguno.
Las cumbres también están hechas de tierra, y el
huracán es más amigo de los montes elevados que de
los humildes alcores florecidos.
Desde mi vertiginoso galayo veo cabezas humilladas,
oigo palabras de reverencia, mi vista adarva a las multitudes.
Mis pies están elevados, tan elevados, que mi mano
no encuentra mano amiga que asir, ni mis ojos pueden
olvidarse en otros ojos.
Estoy tan alto, que para hablar a los hombres necesito
palabras de ráfaga, y para alumbrarles necesito
el rayo.
Pero he aquí que, en medio de la soledad, mi memoria
y la noche me traen fantasmas queridos; he aquí
que el recuerdo y la añoranza se despiden de las
tinieblas.
El poeta evoca el amor de Aneisa,
y llora su pérdida.
MUCHOS hombres fueron como yo víctimas de la
blancura de un cuello, de la rosa de las mejillas,
de las miradas de gacela.
Yo había jurado consagrarme a las empresas de la
virilidad; yo juré no caer en los lazos del amor, ni en
las redes de la voluptuosidad.
Pero mis juramentos naufragaron en su mirada.
Su mirada es en mi pasado como las hogueras de
invierno en los aduares.
En el cielo brillan las estrellas.
Y el centelleo de su brillo es semejante al de tus
ojos, ¡oh mi amante medrosa! cuando en la sombra
nocturna interrogabas, en torno tuyo, temerosa de una
sorpresa posible.
Y he aquí que te he perdido.
Tu voz no suena ya en mi oído sino como el eco de
mi juventud, como el reclamo de los años libres.
Imploro el sueño, aun cuando no tenga sueño, en la
esperanza de verte en mis sueños.
Las noches ahora son largas para mí, tan largas que
estoy cansado. – Yo, en otro tiempo, conocí noches
cortas. –Pero aborrezco el sol, que no dora ya tu piel
de cárabe, y llamo a la luna, que aljofara tu imagen.
Ella era una luna, cuyo horizonte era mi corazón.
Era una gacela que corría por la llanura de mis ojos.
Sus ojos tenían la mirada triste y fiel y misteriosa de
mis camellos sufridos, y jamás fueron ásperas sus manos
a mi dolor y a mi amor.
Todas las Suraya[1] se refugiaban en mi corazón
cuando por la noche saltaba la duba de tu aduar.
Y, hasta el alba, tus senos eran dos tiendas blancas,
a cuya sombra se adormecían mis ojos.
¡Qué dulce era, después de la aceifa, descansar la
frente en tu regazo, bien oliente a almoradux y a abelmosco,
lejos de todo estrépito guerrero!
Hoy no tengo regazo en el que abandonar mi frente.
Tu recuerdo me eriza de espinas toda almohada.
Cuando la noche guía el rebaño del sueño a todos
los ojos, tú vienes a mi alma, y tu imagen, como un
adufe amado e importuno, me tiene en vigilia hasta
la aurora.
Y pienso en tu rostro, aquel jardín en que mi mirada
cogía las rosas rosadas de tus mejillas y las rosas blancas
de tu frente, más blanca que el acemite.
Éramos como dos secretos escondidos en el pecho
de las tinieblas, donde nos ocultábamos, hasta que la
lengua de la mañana amenazaba denunciamos.
¿Qué de asombroso si estoy obsesionado por el recuerdo
de aquellas horas suaves, y si mi paciencia me
huye cuando mi espíritu me prohíbe dejarla escapar?
Aleya por aleya he leído, cuando nos separamos, el
libro de la Tristeza; y una voz me susurró al oído:
Paciencia.
Pero no he encontrado después arroyo igual al de tu
amor; y, sin embargo, cuando antaño bebía en él, quedaba
siempre más sediento.
Ciertamente que no es por odio ni desdén por lo
que no contemplo ese horizonte de Belleza cuyo Sol
eras tú. – Ya me entristece hasta el canto de mis cantores.
Las danzas de mis almeas sobre las blandas alcatifas
son menos gráciles que tus pies desnudos eran
sobre la arena del desierto. Los divinos versos de Ibn
EI-Fared[2], acordados sobre el laúd, son menos bellos
que aquellas canciones rudas que te acompañabas en
el guembri[3] – Entonces mi caballo no llevaba alcafares
de oro, ni ricos alepines cubrían mi cuerpo, y los
alcorcíes que te adornaban eran de cobre tosco y abalorios.
– Pero el ámbar de tu piel te vestía con túnica de seda.
Música alguna puede ahuyentar mi hastío, música
alguna puede hacerme olvidar la melodía de tu boca.
Todo rostro de mujer es ahora, para mí, página en
blanco. El andar cadencioso de las vírgenes no imanta
en mi corazón simpatía alguna.
La misma Luna, descendiendo de sus alturas tenebrosas,
no podría enamorarme.
Toda la vida sin ti es para mí noche sin estrellas,
abismo obscuro. Todo vestido es ya para mí un sudario.
¿Adónde te llevaste, Vida, a mi bienamada? ¿Qué
nuevos vientos sacudirán la tempestad de sus cabellos?
– Hasta la noche que me rodea es menos negra que
el abenuz de su cabellera. – ¿Qué aguas, más afortunadas que
las aguas del Kaussar[4], reflejan la maravilla
de su rostro?
Yo maldigo todos los aromas de mi harem, el áloe
y el azándar, que no son como el perfume de tu aliento,
libre y fresco y alegre como la brisa en los oasis.
Sólo tu recuerdo aun me vivifica. No quiero pensar
que otros brazos cimbrearán tu talle, sumiso como los
álabes, y otros labios sorberán tus labios. – Mis brazos
se desesperan de no ser alas, y mis labios se humedecen
de acíbar.
No, yo quiero pensar en tu fidelidad. Dame tu fidelidad,
puesto que no puedes darme tu presencia. Y tu
imagen sola me bastará.
¡Que la bendición de Dios sea sobre ti mientras yo
alimento sentimientos de amor, estos sentimientos de
amor que yo oculto, pero que pronto me ocultarán
a mí para siempre!
¡Que la bendición de Dios caiga sobre el recuerdo
de los días de mi juventud!
Mis cabellos grises, mi melancolía y mi languidez,
mis lágrimas: ¡oh testigos de mi amor!
Pero, aunque yo me encuentre en el otoño, no quiero
maldecir de la primavera.
Dicen:
<- Temed siempre al Amor; el Amor no es cosa fácil.
Ningún sabio lo ha exaltado.
<-Vivid lejos del Amor; su copa está llena de amarguras
<-El Amor sólo es dolor; únicamente cuando muere
nace la voluptuosidad …>
Pero para mi convicción el amor es cosa santa.
Por él vivo una segunda vida: la vida de la amada.
Y porque soy ferviente del Amor os aconsejo no
hagáis lo que yo hago; no escuchéis lo que voy a deciros.
No escuchéis lo que voy a deciros:
<<Para vivir y morir felices vivid y morid por el Amor;
vivid y morid en martirio. El que no muere de Amor
jamás ha amado; la abeja no puede hacer miel sin libar
flores.>>
No escuchéis lo que voy a deciros:
<<Amad el Amor; no os avergoncéis de ello. Desdeñad
a los moralistas que lo escarnecen.
<<Decid a aquel que el Amor ha vencido: Tú cumpliste
tu deber .
<<AI que pretenda haber amado y triunfado del Amor
respondedle: el kohl[5] no es igual a las ojeras naturales.>>
Muchos hombres han probado a amar, después abandonaron
el Amor, creyendo poder probar así lo contrario
de lo que digo. No lo consiguieron. Esos habrían
confundido sus vanas tentativas con el fin verdadero.
Se han jactado de haber atravesado el mar del Amor.
¿Pero por qué entonces no estaban mojados?
En el corazón del poeta
se levantan otras sombras.
Mi convicción y mi fe juzgan vanas las lágrimas de
los que lloran y los cantos lúgubres de duelo.
La voz del mensajero de muerte es semejante a la voz
del portador de buenas nuevas.
¿Llora o canta esa paloma en el follaje?
¡Oh, amigos!, mirad: nuestras tumbas siembran el
llano. ¿Pero dónde están las tumbas de nuestros abuelos
del tiempo de Aad?[6]
Que nuestros pasos sean ligeros: la corteza terrestre
está hecha de cadáveres. – Es indigno de nosotros,
a pesar de los largos años transcurridos, hollar así los
restos de nuestros padres y de nuestros antepasados.
Es más humilde y más prudente intentar hendir los
aires que pisotear con orgullo las cenizas de los seres.
Las fosas sirven de tumbas a las generaciones sucesivas,
y la Tierra ríe de esa afluencia continua de hombres
a su seno. – En verdad que la Tierra es la más
indulgente y jovial de las mozcorras.
Los cadáveres se amontonan sobre los cadáveres,
y los tiempos, sin cesar, se desenroscan.
Si ignoráis la edad del mundo, hermanos, preguntad
a los inmutables astros Farkaden[7] cuántas razas y reinos
vieron sucederse y cuál fue su duración; preguntadles
desde cuándo los días suceden a los días, y en el
curso de cuántas noches alumbraron el camino de los
viajeros.
La vida no es más que dolor. Y sólo me asombran
aquellos que aspiran a prolongar su duración. Una
hora de tristeza en las cercanías de ]a muerte vale más
que la felicidad al día siguiente del nacimiento.
Los seres son creados para perdurar. – Sin embargo,
toda una categoría de humanos se desvía y se proclama
efímera. – ¿Morir ? Es ser transportado del seno de
nuestros trabajos en medio de otras penas o alegrías;
la muerte no es sino un momento de reposo, y la vida
vuelve a comenzar después de un corto sueño.
¡Oh paloma del Hadil[8], socorro! Ayúdame, promete
al menos tu auxilio a mi infortunio inconsolable.
¡Que Dios te proteja! Sólo tú has sabido continuar
fiel a un afecto vetusto, y tu triste melopea atestigua
que no has olvidado todavía a aquel de los tuyos que
murió cuando el sol se ponía.
¿Pero por qué el plumaje de tu cuello está ornado
de collares? Arranca ese aderezo; corta en un andrajo
de la noche hábitos de luto. Llora después, y laméntate
dolientemente, como lloran y se lamentan por la memoria
de mi muerto mujeres bellas y doncellas puras.
¡Corazón, corazón, no te duermas en el pasado ni te
repartas a los canes del recuerdo!
Demasiado a menudo el amor de la vida incita a la
indolencia perezosa y desvía de los fines grandes. A una
vida mediocre sobre la tierra prefiramos una morada
subterránea, o bien levantemos una escala y vivamos
en la atmósfera pura.
Bien suenan al oído y al alma las mentiras armoniosas
que forjan los poetas, pero sobre mi yunque yo
necesito también templar una espada.
Bien mecen los sueños el espíritu de los hombres
delicados, pero mi pecho necesita respirar los soplos
de victoria, necesita palabras de ráfaga.
¡Que el filo de las espadas sea el camino por el cual
marchen nuestras almas!
¡No escuches más el canto del atanor, ni contemples
más la luna!
Los chacales rondan tu viña, y aves de presa, bestias
aurívoras, se ciernen sobre tu redil.
¿Quién dijo que las energías del Islam estaban muertas?[9]
Negra de fraude estaba su boca, y henchida de abominación
su alma. – ¡EI fuego es inmortal! Las palabras
de Dios son infalibles.
jAh, hombres de poca fe! Mirad al horizonte, cuando
desde el alminar os llame el muecín a la azalá, y no
dudaréis.
¿O es que necesitáis todos que Djebreil[10] os abra el
pecho y purifique vuestro corazón?
Ya callarán los adives, ya caerán los alferraces, no
habrá alafia para ellos. –Paciencia, paciencia, me susurra
siempre el Destino.
Y, en tanto llega nuestra adra, yo seguiré, paciente,
ensartando las perlas de la inteligencia.
La Noche canta mis poesías y el Día se las sabrá de
memoria.
* Traducción de Ricardo Baeza
** Revista Prometeo (Madrid, España)
*** Reproducido por Pablo Emilio Nieto Martínez En Marruecos, 1912[11].
**** Mulay Hafid (1873-1937) fue el Sultán de Marruecos desde 1908 hasta 1912 cuando abdicó al trono. Le sucedió su hermano Mulay Yúsuf.
[1] La constelación de las Pléyades.
[2] Omar lbn El-Fared, el más grande poeta místico árabe. Nació en el Cairo en 1181 d. d. J.-C., Y murió en la misma ciudad el 1235, después de una estancia de algún tiempo en la Meca. Su diván ha sido coleccionado y puesto en orden por su nieto Alí.
[3] Uno de los instrumentos más primitivos de la música árabe. Mucho más pequeño que un laúd, de construcción tosca, con tres cuerdas solamente, y de una gama reducidísima.
[4] Río del paraíso muslímico.
[5] Alcohol, galena (afeite). (Diccionario de la R. A.)
[6] Nombre de una tribu perteneciente a la historia mitológica de los árabes, y que estos invocan de ordinario cuando quieren hacer alusión a edades muy remotas.
[7] Los Gemelos: Cástor y Polux.
[8] La paloma del Arca de Noé.
[9] Alusión a la <<Elegía sobre el Yemen>> de Mohamed ben el-Qasim, publicada en Beirut hace pocos años.
[10] El mensajero de Dios, el Arcángel Gabriel de los árabes. Aquí se refiere el Hafid a una leyenda sobre Mahoma.
[11] NIETO MARTÍNEZ, Pablo Emilio. En Marruecos (1912). Chile: Centro Mohammed VI para el Diálogo de las civilizaciones, 2016. 216p. ISBN
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