Esto de tener un presidente tan marquetinero

Publicado en: Uruguay 0

Sobre cómo el presidente José Mujica maneja su gobierno hay muchas opiniones muy encontradas. Algunos creen que gobierna bien, otros lo cuestionan con firmeza. Pero donde todos coinciden es en su talento y habilidad para manejar su marketing personal. Quiere su lugar en la historia, y no por lo que hizo sino simplemente por quien es.

Mujica alcanzó un amplio reconocimiento en varios países del mundo. Los extranjeros que visitan Uruguay se sorprenden cuando comprueban que aquello que parece una opinión generalizada en el exterior, no lo es tanto en el propio territorio que debe administrar. Esto tiene su lógica. Las razones que convirtieron a Mujica en una figura de fama mundial (una «celebrity» como dicen las revistas internacionales) no son las que afectan la vida diaria de los uruguayos. Ellos juzgan por cosas más concretas. Promesas que no siempre se cumplen. Anuncios enérgicos que luego son olvidados. Rumbos tomados en una dirección pese a que parecía que en origen iban en otra.

Un conocido director de cine, Emir Kusturica, nacido en la vieja Yugoslavia y musulmán que luego se declaró serbio y se convirtió al cristianismo ortodoxo, ya está en Montevideo para dirigir una película documental sobre el presidente.

Sea cual sea la intención final de Kusturica, el entusiasmo mostrado, si no por el presidente sí por sus allegados, demuestra que ese interés del cineasta coincide con una bien pensada estrategia de marketing que desea convertir a Mujica en una estrella internacional. El lunes, el presidente lo recibió en la Torre Ejecutiva y seguramente los contactos entre ellos serán frecuentes dado que el director pasará varias veces por Uruguay.

A eso se suma la versión de que Mujica es un probable candidato para ganar el premio Nobel de la Paz. Tanto es así que en octubre pasado el rumor fue tan intenso, que en su círculo más cercano había una semiplena certeza de que lo ganaría. Por cierto no lo ganó y el premio fue otorgado a la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ) que tuvo un activo y riesgoso papel en la guerra civil que se libra en Siria.

Dicho grupo no aparecía mencionado entre los favoritos y el anuncio sorprendió. Sin embargo en el candente contexto de lo que ocurría en Medio Oriente, el premio tuvo mucho sentido. Esa organización peleaba por un objetivo claro y preciso en medio de un verdadero polvorín.

Otros candidatos quedaron atrás y en las listas de los diferentes diarios del mundo aparecían varios nombres. El más citado fue el de Malana Yousafzai, la joven paquistaní defensora de la educación femenina en el mundo islámico. En muy pocos medios internacionales surgió el nombre de Mujica.

Mijaíl Gorbachov fue uno de los que presentó su candidatura y en similar dirección trabajó el embajador uruguayo ante el gobierno argentino. El efecto de esto último seguramente sería muy relativo en la medida que se trata de un alto funcionario del gobierno bregando por quien preside ese mismo gobierno.

Mujica intenta mostrarse como un hombre de paz. No porque haya hecho algo especial en favor de la paz en Uruguay en la medida que desde 1985 la situación política es de una democracia estable de relativa armonía. Si fuera por la realidad uruguaya, el Premio Nobel debió ir en su momento a algunas de las figuras que protagonizaron esos primeros, difíciles y contradictorios años de transición democrática: tanto al entonces presidente como a algunos los líderes blancos y frentistas.

Por eso el marketing de Mujica se dirige a su imagen fuera del país. Es ahí donde gana terreno. Pero sus ventajas se potencian no por sus virtudes sino por los defectos de otros. Los estilos autoritarios y prepotentes de presidentes como Rafael Correa, Nicolás Maduro o Cristina Fernández, lo presentan como algo destacable. Eso no es mérito. Cuando estuvo en España, la gente admiraba su sencillez y austeridad. Pero en ese momento arreciaba el escándalo de la infanta Cristina. Alguien que sin necesitarlo bordeó la ley para hacerse aún más rica comparado con alguien que renunciaba a la buena vida.

La austeridad de Mujica es genuina. Ninguno de los anteriores presidentes vivieron como él. Sin embargo, algunas anécdotas que buscan fortalecer su imagen presidencial no son exclusivas suyas. Solo Tabaré Vázquez circulaba en auto con custodia motorizada que le abría el paso. Los demás solían comer en lugares públicos o caminar por la calle. Es una realidad que habla bien del país, no de los presidentes.

Para acrecentar su imagen, Mujica predica la paz en todos los foros posibles. En Rio lo escucharon, no así en la ONU donde logró aburrir a su audiencia. Quiere negociar la paz entre las partes en Colombia, como si ello fuera tan fácil. En otras ocasiones, en cambio, siempre se pone del lado de los tiranos y no de los pueblos. Lo hace en Cuba y en Venezuela.

Asegura que al traer cinco detenidos en la prisión de Guantánamo, le hace «un favor a la humanidad» y no al gobierno de Barack Obama. La oposición no le entiende (él no explica) y el propio Frente no sabe si otorga generoso refugio a terroristas islámicos que pusieron al Imperio en jaque, o si sale al rescate del Imperio entreverado en su propios líos. Como contrapartida Mujica dice que pedirá la libertad de unos presos cubanos en Estados Unidos (aunque no los que están en la propia Cuba), pero nada de eso fue negociado. Asegura que le pasará la boleta a Estados Unidos. Y da marchas y contramarchas respecto a su viaje para encontrarse con Obama. Incluso aduce que no irá por ser año electoral cuando él ni siquiera es candidato presidencial. Una de las virtudes de que no haya reelección, es la de permitir que los candidatos compitan, mientras que por fuera de eso, el presidente gobierna y atiende los asuntos de Estado. Un viaje oficial no se contrapone a ninguna elección. Son hechos que van por carriles diferentes.

Es todo tan confuso que se hace difícil imaginar cómo una comisión en Noruega decidirá cuán merecedor de un premio por la paz puede ser alguien que más bien ha hecho un deliberado trabajo para vender una favorable imagen de sí mismo.
Es legendario el episodio que vivió siendo ministro, luego de una jornada de trabajo con el expresidente George W. Bush en Anchorena. Al atardecer volvió a su chacra y dio una entrevista a un canal, sentado sobre su tractor. ¿A esa hora? ¿Tras una compleja reunión de alto nivel? ¿Qué se puede estar arando en ese contexto? Pero esa imagen tan poco creíble, igual pegó bien.

La estrategia «marketinera» funciona fuera de fronteras. En Uruguay hay gente que lo apoya o lo cuestiona por otras razones. Acá nadie se llama a engaño respecto a tanto marketing, tanta película biográfica, tanto premio Nobel. Solo se pretende que dé menos vueltas, hable poco y gobierne más.

Por Tomás Linn

BUSQUEDA. AÑO 2014 Nº 1759 – MONTEVIDEO, 3 AL 9 DE ABRIL DE 2014

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.