Empieza a percibirse el «cansancio»

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Las encuestas logran poner nerviosos a los candidatos. Algunos de ellos intentan subestimar lo que estos sondeos reflejan y los descalifican. Pero aun así, no pueden disimular su fastidio.

Los resultados están preocupando al Frente Amplio y su primer reflejo es pensar que la culpa de ese descenso de porcentajes tiene que ver, exclusivamente, con la estrategia diseñada para trasmitir mensajes y persuadir a la gente a lo largo de la campaña. Considera que el adversario tiene mejores trucos para comunicarse y por eso seduce más. No hay, piensan los estrategas, ningún otro factor que incida en los malos resultados.

En función de esa lectura, surgen algunas respuestas que no hacen más que empeorar las cosas. Se les presta demasiada atención a algunos gestos impactantes, aunque pasajeros, del adversario. Se busca resaltar los problemas internos dentro de la fórmula blanca, pero sin embargo, al final, dichas disidencias internas nunca terminan de disimular las propias, que son muchas y muy profundas.

Sin duda, no les fue fácil a los candidatos nacionalistas congeniar, porque hasta hace no demasiado tiempo habían rivalizado vigorosamente en la elección interna. Si Lacalle Pou hubiera elegido a alguien con mayor sintonía personal para ser vicepresidente, hubiera eludido dichas críticas, pero no las tensiones. Estas, en definitiva, existen incluso dentro de filas coloradas y frentistas, como bien se ha visto, por la simple razón de que ellas son naturales en la vida política. Si las encuestas se confirman y ningún partido logra una mayoría parlamentaria propia, negociar entre grupos diferentes, con visiones opuestas, recelos personales y rivalidades antiguas, será una ineludible necesidad. Así funcionan las democracias cuando los pueblos, al votar, reparten sus preferencias sin garantizarle a nadie en particular la mayoría absoluta.

La pregunta entonces es saber si las encuestas reflejan cambios de fondo o son solo una reacción a los errores en la forma de llevar adelante la campaña.

Por cierto, el cuidadoso delineamiento de una estrategia electoral ayudará a atraer votantes. Si ese delineamiento está mal hecho, los ahuyentará. Pero, en definitiva, ¿qué refleja una estrategia bien diseñada y por qué otra puede estar mal planificada?

Las estrategias electorales son buenas cuando hay una sintonía entre el mensaje que quiere dar el candidato y las expectativas de una porción importante de la sociedad. Se produce un encuentro entre lo que una parte significativa del país espera y las propuestas de un determinado grupo político, que tiene el equipo necesario para presentarla y los líderes adecuados para encabezarla. No alcanza, entonces, con contar con un grupo de genios para lanzar mensajes, jingles y gestos llamativos. Nada pasaría con tanta genialidad si no hubiera gente que sintoniza con esos mensajes.

Hoy es el Frente Amplio el que llama la atención porque retrocede en números. Sus mensajes no convencen y, para colmo, cuando reacciona contra el adversario, termina por ensalzarlo. Su candidato, Tabaré Vázquez, no seduce de la misma manera que lo hizo en 2004. A veces hasta da la impresión de que, muy en el fondo, no quiere volver a ser presidente.

Lo que el electorado enfrenta es un dilema que va más allá de la calidad de los mensajes electorales: por eso empieza a preguntarse si realmente quiere que el Frente gobierne por un tercer período consecutivo. Esa duda es la que, traducida a números, reflejan las encuestas. Se necesitan pocos votos para volcar la balanza y esos son los que importan.

No es una duda generalizada, en la medida que el Frente mantiene un porcentaje alto de adhesión y va a la cabeza. Pero es lo suficientemente extendida como para evidenciar que esa adhesión está en franco retroceso.

Hay un «cansancio», un sentimiento que no es de profunda irritación ni de condena implacable, sino de enfriamiento. El Frente Amplio, en el ejercicio del gobierno, fue perdiendo el apoyo entusiasta e incondicional que tuvo en las dos elecciones pasadas. Debió tomar decisiones que no gustaron, mostró contradicciones y pese a la popularidad personal del presidente José Mujica, este no siempre fue claro en sus acciones. Muchas veces anunció que tomaba una dirección para luego optar por la contraria. Declaró que ciertos asuntos eran prioritarios para luego dejarlos en el olvido.

Los escándalos de Pluna y ASSE, la incapacidad de resolver cuestiones como la educación y la seguridad, la mala política exterior, el desaprovechamiento de 10 años de sostenida bonanza, la forzada complicidad con un movimiento sindical deteriorado y complicado, ha hecho que mucha gente tome distancia.
No todos los frentistas que cuestionan al gobierno piensan votar en su contra. Muchos sienten un fuerte compromiso que los ata emocionalmente. Votarán más allá de lo que les dice la razón. Otros son críticos pero cautivos: consideran que las alternativas son peores.

Sin embargo, hay gente que, agobiada por ese «cansancio», está pronta para probar otra cosa. Para eso necesita una oferta que atraiga. Y todo indica que ella apareció. Si es lo suficientemente seductora como para provocar un vuelco en octubre o en la segunda vuelta, está aún por verse. Pero la alternativa ya fue puesta sobre la mesa y está alterando un proceso que se vuelve cada día más interesante por el solo hecho de que ahora sí hay competencia.

La popularidad de Mujica es tal que a veces impide percibir estos procesos soterrados. Muchos sostienen que el «fenómeno» Lacalle Pou sorprendió al mundo político. Si fue así, entonces el mundo político estaba muy distraído. Hay buenas razones que explican su crecimiento así como hay buenas razones que explican el lento declive frentista. Y no son de ahora.

Por más popular que sea Mujica, las críticas a su gobierno tienen sustento. Es muy difícil enojarse con Mujica como persona. No lo es tanto enojarse con medidas de este gobierno que afectan la vida cotidiana de la gente o que ponen en duda la transparencia de sus decisiones.

Esa popularidad trascendió fronteras y en el resto del mundo, que no vive la diaria uruguaya, Mujica genera admiración. Sin embargo, también afuera ya ven algunas fisuras y hace un par de semanas la revista «The Economist», que suele admirar el estilo presidencial, igual marcó la otra cara de la moneda.

La misma cara que ven aquellos, pocos o muchos, que sienten ese «cansancio». Si la estrategia electoral frentista desconoce esta realidad y sigue creyendo que no hubo desgaste, nada de lo que hagan servirá. No es sOlo la campaña la que anda mal.

En definitiva, lo que hace que los partidos sobrevivan a su propios desgastes y emerjan fortalecidos una y otra vez es que haya alternancia, que haya rotación en el ejercicio del gobierno. O, al menos, la posibilidad de que pueda ocurrir. Eso muestra que la democracia goza de buena salud.

Por Tomás Linn

Nº 1779 – MONTEVIDEO, 28 DE AGOSTO AL 3 DE SETIEMBRE DE 2014, SEMANARIO BÚSQUEDA

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