Elecciones: peliaguda circunstancia

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Las elecciones suelen exacerbar pasiones y es común, en estas circunstancias, que los candidatos ofrezcan quimeras. También es el tiempo en que muchos, en el fragor de la batalla política, se olvidan de lo que nos hace racionales: la tolerancia y el respeto a obvias diferencias.

En Bolivia parecía haberse consagrado, a partir de 1982, una etapa democrática; claro está incipiente y con sobresaltos. Pero hubo un rasgo sobresaliente: en las elecciones de 1985, 1989, 1993, 1997, 2002 y 2005, triunfaron invariablemente los candidatos opositores, dando lugar a la alternancia en el poder. Esto hacía pensar que se habían alejado definitivamente los vicios del pasado y que había llegado el tiempo de la transparencia electoral.

Ahora, esto va cambiando. El clima electoral se anuncia crispado, y se renuevan los intentos de hacer del odio la fuerza impulsora de una propuesta electoral cada vez más ventajista, y continúan los empeños en atribuir a quienes no comparten la política oficial, vínculos y propósitos espurios y de ser nazi  fascistas, siguiendo el estilo del atribulado venezolano Maduro.

Pero también preocupa que haya señales que hacen temer que las próximas elecciones no serán “libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo”, que no se respete “un régimen plural de partidos y organizaciones políticas” y que no se resguarde “la separación e independencia de los poderes públicos” (Carta Democrática Interamericana). Es que se advierte claramente que se replica el plan de los oficialistas de Venezuela, Nicaragua y Ecuador de perpetuarse en el poder, a imagen y semejanza de lo que, por más seis décadas, ha logrado la dinastía castrista. A esto, se agregan las divisiones de los opositores –los democráticos, se entiende– que se debaten en el avanzado proceso de desagregación social que vive Bolivia.

Ya no se trata de la lucha de clases cuyo objetivo es que el proletariado destruya a todas las demás. Es la lucha, con aliento de la corriente populista internacional, para retener el poder a toda costa; es decir para quedarse indefinidamente, pues supuestamente los populistas “no llegaron como inquilinos”, sino “para  quedarse”.

Los signos dramáticos de la grave crisis venezolana, que arrecian luego de más de una década del régimen autoritario, recuerdan que, tarde o temprano, lo que sube baja; es una ley de la física y también de la política. Esto da para pensar y para volver al espíritu democrático de 1982.

Marcelo Ostria Trigo

Publicado en: El Deber, EJU, HoyBolivia, La Patria de Oruro, Informe Uruguay, contexto.org. Lima, Perú, 19 de febrero de 2014

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