El presidente futbolista

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Tras la muerte de Hugo Chávez y con ocho años en el poder, Evo Morales se ha convertido en el “decano” de los presidentes latinoamericanos. Si es elegido por tercera vez en octubre de este año, Morales gobernará al menos hasta 2019 y se convertirá en el boliviano con más tiempo en el cargo de la historia, superando al Mariscal Andrés de Santa Cruz, una de las figuras fundacionales de Bolivia.

Esta larga permanencia es, al mismo tiempo, una expresión y una causa de la personalización del poder político en ciertos países latinoamericanos. Por la falta de instituciones fuertes y prestigiosas, por el mal funcionamiento de los mecanismos de control democrático, por la debilidad de las ideologías, y, detrás de todo esto, por las determinaciones históricas y culturales de las formas de la confianza, en estos países aparecen personalidades “providenciales” en las que se deposita la facultad de decidir a nombre de la colectividad, por encima de los partidos, los programas políticos y las regulaciones democráticas, sin más ataduras que las que impone la conservación de su popularidad.

Estos dirigentes son una continuación, en la política democrática, de aquellos líderes del pasado a los que se obedecía por carisma y tradición. Son “bonapartistas”, es decir, una suerte de reyes plebeyos que se han independizado de todo mandato de clase y toda ideología, para apoyarse exclusivamente en el atractivo de sus biografías. Napoleón surgió de la necesidad de estabilizar la revolución, es decir, comenzó siendo la expresión de una tendencia social, pero terminó convertido en el amo de la sociedad; al principio, por la admiración que suscitaron sus hazañas militares, y luego por la inercia del peso político que Francia le había dejado acumular.

Cuando estos caudillos-reyes se consolidan en el poder, sus características individuales se convierten en un importante factor de la acción política. Como se sabe, el orgullo de Napoleón, la paranoia de Stalin, la rigidez mental de Mao, fueron la causa directa de gravísimas desgracias…

Sin tener tanto poder como los nombrados, Evo Morales también imprime su marca individual sobre los asuntos bolivianos. El mal estado de las relaciones de Bolivia con Estados Unidos, por ejemplo, es un resultado directo de la animadversión presidencial por la potencia del norte, que surgió en el tiempo en que Morales era el dirigente de los cocaleros y tenía que sufrir el rigor de la política antidrogas impulsada por Washington. Su apego por su terruño ha ocasionado que importantes fábricas y plantas gasíferas se construyan en Cochabamba, pese a que esto las aleja de las fronteras hacia las que deberían propender. Su amor por la vida castrense, en la que participara felizmente cuando cumplió su servicio militar, ha favorecido a las Fuerzas Armadas en todos los aspectos. Y un largo etcétera.

En un mundo caudillista, muchos asuntos que parecen impersonales e incluso abstractos se reducen en el fondo a un deseo o gusto; a la inversa, muchas emociones estrictamente personales son magnificadas por el aparato estatal, que busca corresponder con ellas, y por la sociedad en su conjunto, que intenta atraerse su favorable inclinación. Durante un tiempo la Cancillería boliviana trabajó para volver realidad el deseo de Morales de ser premio Nobel de La Paz. Hoy prepara a un gran costo una reunión del G-77 que se realizará en junio en Santa Cruz, y que es importante porque encumbrará, divertirá y dará una plataforma de propaganda al Presidente. El Ministerio de Economía le compra a Morales todos sus antojos, desde un caro avión ejecutivo hasta una flota de autos blindados. Algunas universidades le conceden doctorados honoris causa. Muchos medios y periodistas lo enaltecen. Funcionarios, conmilitones, empresarios, diplomáticos, todos lo halagan todo el tiempo. Y esto de seguro que está actuando sobre la estructura de su personalidad…

Morales ya se acostumbró a usar su alta investidura como un medio para cumplir su voluntad, y no sola la política, sino también su voluntad personal. Bolivia compró un satélite porque a él le parecía importante y divertido tener uno; durante su lanzamiento casi parecía el niño que cumple el sueño clásico de convertirse en astronauta. Como se sabe, otro sueño infantil clásico es el ser militar, y entonces hay que ver a Evo en los ejercicios de las Fuerzas Armadas, completamente uniformado y entretenidísimo en medio de alguna batalla de mentiritas.

Sin embargo, para un chico de extracción humilde no hay un mejor sueño clásico que el volverse futbolista profesional, un sueño que Morales también está a punto de hacer realidad, aunque sea de esa forma rara –mediada por la política– que ha sido la suya característica.

Después de leer hasta aquí, quizá el lector ya se encuentre en mejores condiciones de recibir y entender la noticia boliviana del momento: el Presidente firmó un contrato con Sport Boys, un equipo pequeño de la liga profesional, para jugar de 10 a 20 minutos algunos partidos de competición, esto es, reales. No es poco, tomando en cuenta la edad del nuevo “10” de Sport Boys: 55 años. Un poco tarde para volverse deportista profesional, pero nunca es tarde cuando se puede.

Igual que los reyes con quienes los hemos comparado, los líderes bonapartistas buscan extender su excepcionalidad política a cualesquiera otros ámbitos competitivos: la seducción erótica, el cuidado físico (véase las fotos de Putin sin camiseta), los negocios, el deporte. En todos estos menesteres se imponen por su cargo y renombre antes que por su mérito, pero eso ya no les importa. Han perdido el pudor democrático exigido por el ideal de asimilación entre el mandatario y el hombre común, y en cambio han adquirido el viejo orgullo aristocrático de aparecer, a toda costa, como extraordinarios, esto es, como escogidos para mandar.

Fernando Molina

La Paz, Viernes 23 de mayo 23 2014

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