Dos guerras distintas

Publicado en: Colombia 0

El soborno a Clinton era un asunto restringido a lo criminal. El soborno a Samper, en cambio, estaba repleto de implicaciones políticas.

Al final de su gobierno, Clinton indultó a Carlos Vignali. Vignali, un reconocido narco, pagó una gruesa suma a un abogado –cuñado suyo– para tramitar el indulto presidencial. Lo irónico es que Clinton fue el mismo presidente que descertificó a Colombia por el escándalo de los dineros del cartel de Cali en la campaña de Ernesto Samper.

En principio, ambos presidentes parecían tener un mismo pecado. Pero los desenlaces fueron muy distintos. El soborno a Clinton era un asunto restringido a lo criminal. Un narco le pagaba a un pariente de un político para evitar que las autoridades pusieran en problemas sus operaciones. El efecto de la corrupción era tan solo un narco en libertad.

Lo de Samper, en cambio, estaba repleto de implicaciones políticas. Cuando un narco sobornaba a un político en Colombia, no solo le pagaba para que no interfiriera en la producción de drogas, le pagaba también para poder ejercer como autoridad. El principal efecto era que el Estado renunciaba a gobernar un pedazo de la sociedad.

Estas diferencias son un síntoma del significado tan distinto que tiene la guerra contra las drogas en los países consumidores y en los productores. Mientras en EE. UU. esta es un asunto puramente antidelincuencial porque ningún narco aspira a gobernar un pedazo de la sociedad, en Colombia es un medio para evitar que los narcos tengan los recursos para gobernar.

La paradoja fue que en la financiación de la campaña de Samper estaba implícito un acuerdo político dirigido a atenuar las aspiraciones de los narcos de convertirse en gobierno. Si en Colombia ha existido un cartel elitista, ha sido el de Cali. Los hermanos Rodríguez Orejuela siempre estuvieron prestos a respaldar a las élites ante cualquier amenaza. Cuando Escobar sublevaba a las comunas de Medellín contra el Estado, los Rodríguez Orejuela les entregaban dinero e información a las autoridades para darlo de baja.

Hablamos entonces de un acuerdo con la organización que menos estaba interesada en ejercer funciones de gobierno. Le bastaba, a diferencia de los narcos de Medellín y del norte del Valle, con corromper a la mayor cantidad de políticos. La traición de Samper tuvo como consecuencia la ruptura de este acuerdo. Quienes tomaron el control fueron ni más ni menos que las Auc, una suma de ejércitos privados que gobernaría media Colombia. Nuestra versión de la guerra contra las drogas entraba en su fase crítica.

Gustavo Duncan
El Tiempo, 9 de abril de 2014

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.