Despejadas las incógnitas, empieza la tarea

Publicado en: Análisis, Uruguay 0

Atrás quedaron las contiendas y las disputas en busca del voto. Ahora viene el trabajo en serio que harán todos los protagonistas, estén en el gobierno, en las intendencias o en la oposición. Para cada uno hay un mapa de ruta sobre el cual trabajar y que surge de los diferentes procesos electorales vividos en este largo año. Y surge también de la realidad. La que se vive en Uruguay y la que desde otros lugares, afecta al país.
Por un lado está la situación económica y sus efectos. En el correr de estos meses el valor del dólar se ha ido corriendo en forma acelerada. Tal vez a los exportadores esto les permita ser más competitivos, aunque otras dificultades, a nivel regional y también mundial, obligan a ser cautos. Desde adentro la devaluación implica una disminución del valor del sueldo y para los que están endeudados en dólares, un aumento de hecho en esas deudas.
No es solo el valor de la moneda lo que preocupa. Por algo el ministro de Economía se presentó con todo su equipo a la primera interpelación del año. Un llamado que no procuraba censuras sino saber dónde estaba parado el país. Saber cómo veía los problemas la oposición (a partir de la interpelación) y cómo se ubicaba ante ellos el gobierno. Más allá de las preguntas de Luis Lacalle Pou y las respuestas de Danilo Astori, lo que quedó en evidencia es que hay allí amenazas inquietantes que podrían quitarle el sueño a muchos.
Consciente de esos y otros problemas, el presidente Tabaré Vázquez, que ya lleva dos meses y medio de gobierno, se mueve con un llamativo perfil bajo. Quizás busque contrastar con su antecesor, que aun viajando lejos hace ruido y no hay quién no sepa que está en el País Vasco. Por lo pronto, el presidente marcó preocupación por la situación de las empresas públicas. Como bien señaló el senador Pablo Mieres, a las empresas públicas «se les acabó la fiesta». Es que realmente la hubo en estos años.
Otro problema que enfrenta el presidente es la interna de su propio partido, el Frente Amplio. Si bien ganó las elecciones, obtuvo mayoría partidaria y más o menos mantuvo su presencia en las intendencias, no hay armonía en su seno. Con lo cual esa mayoría que se supone que lo respalda, podría a veces serle esquiva.
El presidente arrancó su gobierno con una idea de cuáles serán sus prioridades. ¿Prioridades? ¿Agenda? Hace tiempo que esto no aparecía. La duda está en saber cuánto apoyo tendrá para desarrollar esa gestión. La población, asimismo, tampoco tiene claro si terminará cediendo cuando la presión interna se vuelva pesada.
En ese juego, a la oposición le cabe un rol importante. Sin embargo, ella emerge de este año electoral con el espíritu abatido. No le fue todo tan bien como esperaba en octubre y en las elecciones de hace diez días los blancos mantuvieron su terreno en otros departamentos, pero en Montevideo su resultado fue decepcionante. No solo porque la Concertación perdió, sino porque el candidato blanco quedó atrás del candidato independiente por esa misma alianza.
Más alarmante es la crisis colorada. Dicho partido no puede disimular un proceso autodestructivo agudo que encuentra difícil frenar. Pero no solo es autodestructivo; su crisis también contamina al Partido Nacional, a quien algunos colorados sienten como un peor enemigo que el Frente. Por eso, pese a que se insiste en mantener la retórica en favor del Partido de la Concertación, es difícil hoy vislumbrar cuál será su evolución.
En el actual contexto y aun con muchas debilidades, quien queda en la función del «otro partido» es el Partido Nacional. Le corresponde entonces asumir un rol no solo de oposición sino como alternativa para el futuro. Así sucedería en cualquier democracia.
Sin embargo, su liderazgo está muy afectado. En las internas y en la votación de octubre, Jorge Larrañaga no pudo remontar al desafiante Luis Lacalle Pou. El senador sanducero ha sido una referencia de oposición, sin duda, pero su estrategia no siempre fue compartida por la gente.
Tal vez influido por lo que fue la carrera política de su mentor, Wilson Ferreira Aldunate, usó y abusó de la interpelación como instrumento cuestionador, en un momento donde el escenario central de la política no es solo el Parlamento, en la medida que van dos períodos que el gobierno cuenta con mayoría allí.
Queda por ver qué sucederá con Luis Lacalle Pou en el herrerismo. Arrancó muy bien y demostró que para el herrerismo y para su partido era el mejor candidato. La duda es si en el tramo final no debió modificar sus estrategias. Tampoco mostró su impronta de líder en la elección municipal. Es verdad que Montevideo estaba perdida desde muy temprano pero paga el precio de haber sacado a Jorge Gandini de la carrera. ¿Hubiera ganado el legislador larrañaguista? Es probable que no, aunque quizás hubiera neutralizado el ascenso de Edgardo Novick. En todo caso, de haberle ido bien el mérito hubiera correspondido a Lacalle por haber concedido que un rival interno fuera el candidato y de haberle ido mal, la responsabilidad hubiera recaído en el sector de Gandini.
Esto, claro, es fácil decirlo con el diario del lunes a la vista.
La pregunta es si Lacalle Pou podrá emerger como el líder de la oposición tal como parecía hace un año. Para ello deberá barajar de nuevo y visualizar su rol de otra manera.
A la candidatura llegó «jugando de callado», seduciendo pueblo por pueblo sin que nadie lo supiera. Ahora es figura pública, tiene que moverse con visibilidad, en el centro del gran escenario de la política. Tiene que hablar, definirse, opinar, jugarse.
Para eso debe entender dónde se ubican sus seguidores más jóvenes, cuya visión de la realidad se acerca a lo que piensan algunos dirigentes veteranos del partido, pero en otros asuntos se distancia mucho. El país cambió, para bien y para mal, y los parámetros de las nuevas generaciones son distintos.
Por lo tanto, además de plantear sus prioridades y propuestas concretas, casi como si fuera un gobierno paralelo, un «gabinete en las sombras», debe apostar a más. Estas elecciones han demostrado que la adhesión al Frente es muy fuerte. Muchos de sus votantes son duros críticos de las gestiones anteriores, pero lo siguen votando. En parte porque no encuentran alternativas seductoras. En parte porque mantienen (pese a todo) una atadura mística. Por lo tanto, al otro partido le corresponde, además, ofrecer una «visión» de país que conmueva y que convenza, presentada en el lenguaje propio de las generaciones que vienen llegando. Esta es la prueba que debe enfrentar Lacalle. Si la pasa, bien por él. Y si no, su partido tendrá que iniciar la ardua tarea de buscar nuevos liderazgos donde hoy nada se vislumbra. No tiene otra salida, en la medida que es, al decir de Alvaro Garcé, el partido «retador».

Por Tomás Linn

AÑO 2015 Nº 1816 – MONTEVIDEO, 21 AL 27 DE MAYO. SEMANARIO BÚSQUEDA

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