Crítica de libros: El Relato Peronista (Silvia Mercado)

Silvia Mercado ha escrito varios libros, pero los más exitosos han sido su excelente biografía de Raúl Apold —el secretario de propaganda del peronismo de los 40 y 50— y su último trabajo, El Relato Peronista. (Silvia ha prologado mi libroEl medio es ‘El Relato’ y desde ya habrá quienes piensen que esta reseña puede no ser completamente objetiva, pero es también cierto que yo comparto muchas de sus visiones aun antes de conocerla.)

Los méritos de este nuevo trabajo de Silvia Mercado son varios.

En primer lugar, ella es (¿fue?) peronista y conoce esa colectividad política como pocos por experiencia personal: fue moderadamente militante y tiene numerosos contactos y amigos dentro de ella, los que ha cultivado a lo largo de varias décadas. Pero en su condición de periodista (no confundir esa palabra con la anterior) nunca dejó de procesar esa experiencia con ojos reflexivos y de reservarse su derecho crítico a buscar la verdad, a ir más allá de las apariencias. Preguntarse ahora si Silvia Mercado sigue siendo peronista es una pregunta inútil, que también ella misma ha superado. Lo importante es que sabe de qué habla y que tiene la valentía para hacerlo.

Más que nunca en la historia, el peronismo es un sentimiento y no una ideología o un programa de acción política, salvo una justificación para hacer casi cualquier cosa en su nombre. Sentirse peronista “de corazón”, “de alma” o “de Perón y Evita” reviste hoy la misma trascendencia que sentirse de Boca o de River o que a uno le gusten o no los tallarines como su comida favorita. Como diría el filósofo Karl Popper, si una afirmación no es “falseable”, no puede ser discutida. “En tanto no sea falseable, no se habla sobre la realidad”, completa el célebre epistemólogo.

El sentimiento peronista puede no ser “falseable” ni discutible en términos popperianos, pero el relato peronista de los años 40 y 50 sí lo es. Silvia Mercado realiza tanto la descripción del mismo como el cotejo con los hechos. Esta tarea se efectúa en dos dimensiones: el momento de producción del relato durante el primer peronismo (digamos, 1944-1955) y lo que queda al día de hoy (en condición bastante intacta). Traza también, de manera colateral, sus relaciones con el Relato K actual. En todos los casos, la autora nos demuestra que la realidad le gana por goleada al relato, pese a la conocida frase de Perón que tomó prestada de Aristóteles. “La única verdad no siempre es la realidad”, ironiza el subtítulo de su libro.

El segundo mérito de Mercado es su investigación minuciosa y sistemática de diarios y medios de países limítrofes, pocas veces encarada y quizás nunca al nivel que la que hizo ella, lo cual permite obtener noticias y datos (no meramente opiniones o análisis) que jamás vieron la luz en el país y que contradicen ese relato peronista.

En tercer término, y vinculado con esto último, la autora  nos recuerda que la prensa argentina no sólo estaba fuertemente censurada sino que también vehiculizaba dosis enormes de propaganda. Esto hace que la información de la época, además de omisiones significativas, presente distorsiones o “inventos” que se han ido perpetuando a lo largo de los años y que han sido repetidos o tomados en cuenta aún por analistas o autores no peronistas. Parece mentira que un hecho obvio no haya sido tenido en cuenta por tantas décadas. Tuvo que aparecer Mercado para llamar la atención sobre esta circunstancia y no caer en trampas, al menos con la contundencia que ella lo hace.

Pero el cuarto mérito es que ella arma el rompecabezas del peronismo no sólo usando estos datos e informaciones inéditas (que le han permitido recuperar varias piezas) sino también disponiendo las piezas ya conocidas de distinta manera. Ese nuevo armado nos permite ver al peronismo de los 40 y 50 a la luz de lo que realmente fue: un régimen profundamente autoritario y por momentos totalitario.

Se trata de términos con un uso técnico, sin motivación pasional o panfletaria: siautoritario es un régimen de prohibiciones, que no permite el disenso (no sólo el “externo” sino tampoco el interno), que no tolera y penaliza manifestaciones contrarias, que califica toda oposición como “antipatria”, que reemplaza el funcionamiento de las instituciones con la voluntad arbitraria y discrecional de un grupo (o una persona en este caso), que organiza elecciones donde los partidos opositores no tienen acceso a los medios o con candidatos presos y en el que no hay posibilidad real de recambio institucional, el término “autoritario” le calza con toda justicia.

Adicionalmente, si por totalitario entendemos un sistema que no sólo prohíbe y ejerce un poder arbitrario y sin límites, sino que además busca activamente moldear la conciencia y la vida personal de los ciudadanos por medio de la fuerza, el temor y un aparato propagandístico comunicacional y educativo bajo control absoluto del Estado, el peronismo de entonces no puede escapar en muchos aspectos a esa calificación.

Un estado policial tomaba nota de las acciones de las personas e instituciones para posibles castigos (lo que podía incluir la delación de conversaciones privadas; el monitoreo de comunicaciones, declaraciones públicas o expresiones periodísticas; el análisis de presuntas conductas “contreras” y la vigilancia sobre los grados de colaboración con consignas o planes del gobierno). Al mismo tiempo, se imponían conductas cuasiobligatorias (afiliaciones partidarias; lutos mandados; asistencias y proclamaciones forzosas; lectura de textos o libros; culto a la personalidad; educación con consignas peronistas y la misma proclamación por ley  del peronismo como “doctrina nacional”), cuya transgresión o inobservancia también podía terminar en alguna forma de sanción.

Una parte del país no tenía problemas con esta situación, porque no lo vivía como un sufrimiento o no lo afectaba; se trataba de  personas a  veces manipuladas o “clientelizadas” y otras  veces  legítimamente convencidas  (la propaganda per se no es todopoderosa ni provoca efectos lineales). Pero otra parte de la Argentina, por el contrario, se vio sumergida en un túnel asfixiante sin luz final: muchos padecieron la angustia de que iban a vivir el resto de sus vidas como exiliados en su propio país.

Estas verdades evidentes sobre el carácter del primer peronismo han sido minimizadas por dos razones. Por un lado, por el crudo calificativo de “gorila” con el cual se estigmatiza a cualquiera que se manifieste en contra del peronismo y a quien se supone con las condiciones más execrables que un ser humano pueda reunir (antinacional, antipopular, defensor de privilegios, retrógrado, justificador de otras aberraciones e incluso, una mala persona).

Por otro lado,  debido a  la existencia de una estructura política aun subsistente(aunque ya vacía de sentido), el PJ, que impulsa un recuerdo constante e idealizado de Perón y Evita para justificar su propio accionar.  Se presenta como intérprete monopólico de lo nacional y popular y  como una (falsa) fuerza transgresora o liberadora dirigida por quienes no son otra cosa que un establishment oligárquico desde hace ya muchos años.  Muchos de sus dirigentes son como modernos  barones, duques y duquesas que ya no pueden invocar su persecución o proscripción pasada (que duró dos décadas y media sobre un periodo de tres cuartos de siglo; mientras tanto, los radicales, socialistas y liberales argentinos no viven victimizándose hoy por sus exclusiones o persecuciones  pasadas). Contradecir el sentimiento o relato custodiado por el PJ implica, hasta hoy, costos políticos o electorales que no muchos están dispuestos a asumir.

Mercado lo dice de esta manera: “En la Argentina se te perdona todo, menos que hables mal de Perón y el peronismo. El mote de ‘gorila’ es casi como si te dijeran ‘judío’ en la Alemania nazi. Te quedás fuera de registro. Te ponen una estrella amarilla en el saco y tu palabra deja de tener valor”.

En sus primeros capítulos el libro recuerda que Perón surgió de una dictadura pro nazi en 1943 y que desde 1944 tuvo el poder real en ese gobierno, aunque el entonces coronel era ante todo un pragmático que le declaró la guerra a Alemania a semanas de su rendición. Pone en claro, asimismo, que el peronismo cooptó un vigoroso movimiento sindical no peronista que ya existía desde los años 30 —un hecho hoy mayormente olvidado— a partir de una combinación de prebendas oficiales y actos de fuerza.

La autora  detalla cómo el gobierno reprimió las manifestaciones antinazis(liberación de París, caída de Berlín) y de los estudiantes, que llegaron a instalar una radio clandestina en una universidad, dato hasta el momento desconocido. (El primer estudiante muerto en la Argentina en una manifestación política, destaca Mercado, fue ultimado por negarse a gritar ‘Viva Perón’). El control de Perón en la dictadura de 1943 llevó a hostilizar y luego —en el relato ulterior— a deslegitimar e invisibilizar unagigantesca manifestación antigubernamental, no muy diferente a las que convocaba la Multipartidaria de 1982/83 en contra del proceso militar cuando éste generaba un repudio generalizado. También repasa cómo Perón, hábilmente, seleccionó como “enemigo” al extravagante embajador Spriulle Braden para “ningunear” a la oposición a la dictadura, de la cual el futuro general formaba parte.

En los siguientes capítulos, Mercado muestra cómo el hasta entonces vicepresidente, secretario de Trabajo y Ministro de Guerra organizó desde las sombras el 17 de Octubre como una manifestación limitada y poco espontánea y a la cual se resignificó luego como “el pueblo rescatando a Perón”. También cuenta  cómo se estigmatizó a la Unión Democrática (toda la oposición unida exceptuando a los conservadores; de estos últimos, muchas de sus segundas y terceras líneas se pasaron al peronismo) y se la quiso caracterizar como una fuerza oligárquica y antiargentina, pese a que estaba compuesta en buena parte por los perjudicados por el fraude y que levantaba un programa socialdemócrata.

Otro aspecto relevante en este tramo del libro es la historia de la durísima persecución del dirigente laborista Cipriano Reyes, sindicalista y partidario de Perón de la primera hora, quien pretendía solamente mantener un partido autónomo que apoyara al ahora general. Su posición fue tomada como un desafío insolente. Se lo trató de asesinar en un atentado (fue herido él mismo y murió su acompañante en el auto) y se organizó un acto en Plaza de Mayo para denunciarlo en un complot imaginario paraasesinar a Perón y Evita. Luego se  lo encarceló y se lo torturó por espacio de siete años.

La propaganda es analizada en otra parte del libro. Los mensajes peronistas y su estructura de producción han sido bastante estudiados, incluso por la misma autora en la citada biografía de Apold. Pero muchos olvidan que ya para 1949 todas las radios del país, menos una de San Juan, estaban en manos del Estado y de dos empresas peronistas (Radio Belgrano SA y Radio El Mundo-Haynes) y luego de tres (encabezadas por Carlos Vicente Aloé, Jorge Antonio y La Razón). Era un grado de concentración sin precedentes, ni anteriores ni posteriores, en la historia argentina de los medios.

Por otro lado, una comisión parlamentaria cerró en 1950 un centenar de diarios y publicaciones, además de otros que fueron clausurados o inducidos a cerrar antes y después. En todas las radios y en casi ningún diario, jamás se mencionaba a la oposición ­salvo para denostarla­ y ésta no podía poner un aviso, comprar un espacio, ni acceder a una entrevista. Después de la expropiación de La Prensa sólo quedó un diario no peronista en Buenos Aires: La Nación y muy pocos en el interior, con el papel racionado al máximo. Qué raro que muchos de los cruzados contra la “concentración mediática” o la exclusión de las voces nunca recuerden ni estudien estos hechos.

Mercado examina en otro capítulo el culto a la personalidad y la creación de Evita como figura, la centralización compulsiva de la beneficencia en sus manos, así como la construcción del concepto de “ofrendar de su vida por los humildes” (en realidad, en parte, por desoír a sus médicos, quienes por otro lado temían contradecirla). Esto se completa con la imponente escenificación de su funeral y el intento ulterior de entronizarla como una figura cuasidivina que debía ser homenajeada por todos los argentinos.

El libro trata luego la relación entre Perón y los países vecinos, destacando la peculiar forma de “imperialismo argentino” que por momentos asumió el peronismo y que deterioró las relaciones con algunas naciones del hemisferio, especialmente con el Uruguay. Este último fue un país particularmente detestado por el peronismo, no sólo por sus libertades democráticas, tolerancia política y por ser refugio de exiliados; también porque muchas de las “conquistas sociales” que según el peronismo sólo podían lograrse con la fuerza o la restricción de libertades se habían implementado allí dentro de una democracia republicana (varias de ellas  antes que en la Argentina): desde el voto femenino hasta el ‘estado de bienestar’. Durante 1945 a 1955, el peronismo tomó todas las medidas económicas y políticas posibles que pudieran dañar al Uruguay.

Pero había más: el peronismo no sólo quería mostrarse como un modelo para América Latina y aún para el mundo (siempre equivocado según nosotros, acota la autora). También tuvo una fuerte intervención en los asuntos internos de otras naciones, un tema igualmente olvidado. Aun con gobiernos aparentemente amigos, como el de Getulio Vargas ­—que ya estaba en su etapa no dictatorial­— y el de Carlos Ibáñez en Chile —populista pero que gobernó respetando las libertades−, la activa intromisión del peronismo en sus países terminó cosechando fuertes aprehensiones.

Lo mismo ocurría con la promoción de figuras políticas a sueldo, siempre de segunda o tercera línea, que se declaraban “peronistas” en la arena política de distintos países. Con fondos públicos, el gobierno argentino subvencionaba e incluso compraba medios de comunicación extranjeros para hacer llegar su propaganda e influencia (llegó a aportar fondos a emisoras de naciones tan lejanas como Cuba), financiaba a grupos opositores extranjeros y creó una supracentral sindical continental, ATLAS, con la que se intentó penetrar en el sindicalismo de otros países. Montó una asimismo una diplomacia paralela con la figura de “agregados obreros” (grupos que respondían directamente a Perón y los servicios de inteligencia), cuya verdadera función era apoyar esa difusión del peronismo en el exterior, incluso a través de tareas de agitación y propaganda. Lo único que logró esta arremetida fueron resultados opuestos a los pretendidos: deteriorar la imagen del peronismo, aunque también la del país.

La autora menciona en otros capítulos las numerosas violaciones de derechos humanos de  esa etapa, así como la persecución y trabas a los opositores. Por un lado,  subraya que Perón proclamaba la “comunión entre la policía, el ejército y el pueblo” y recuerda que el peronismo de los 40 y 50 torturó sistemáticamente (casi nunca aoligarcas, sino a políticos radicales y socialistas, obreros, estudiantes y sindicalistas díscolos) y tuvo personajes represivos siniestros en la Sección Especial (los policíasLombilla y Amoresano, el boxeador Lovell) o en la repartición conocida con  otro nombre  escalofriante: Control de Estado. Otras dependencias gubernamentales cobijaban a personajes del mismo tipo (como Solveyra Casares, en la Gendarmería y luego en los servicios de inteligencia).

Mercado exhuma la Orden General No. 1. No por conocida previamente entre los estudiosos, aunque no por el gran público, resulta un increíble documento reservado que nunca llegó a convertirse en decreto. Sin embargo, disponía  que  en caso de alteración del orden  había que  “aniquilar a las fuerzas adversarias, dirigentes y perturbadoras, con todos los medios y con la mayor energía y decisión”.

La persecución a diputados opositores llevó a varios desafueros parlamentarios  y a intentar mil  y un trucos para minimizar su poder (como la arbitraria conformación de circunscripciones electorales para diluir la representación; la comentada imposibilidad de acceder a la radio y la virtual prohibición de actos callejeros, todo lo cual pone muy entre comillas la condición de peronismo como una democracia, pese a la existencia de elecciones periódicas).

La autora también señala que el peronismo puso en las cárceles a políticos opositores (Ricardo Balbín, Moisés Lebensohn, Federico Pinedo, Alfredo Palacios), intelectuales (desde Victoria Ocampo hasta el socialista Roberto Giusti), sindicalistas (el propio Reyes, obreras telefónicas, ferroviarios) y también a  estudiantes. Muchos estuvieron presos en forma intermitente, aunque Balbín −contrariamente a lo que se cree a veces, apunta el libro−  llegó a estar casi un año tras las rejas. Reyes,  como ya se indicó, fue un recluso durante la mayor parte del gobierno. Eran las mismas cárceles plagadas de maltratos a las que el mismo relato, a través del director penitenciario Roberto Pettinatto (sí, es su padre), buscaba presentar como “establecimientos modelos” y como parte de una doctrina correccional “humana” que, por supuesto, se pretendía exportar al mundo. (Pettinatto había cerrado el sórdido penal de Ushuaia en 1947 como un golpe de efecto propagandístico.)

Hubo casos de torturas o muertes menos conocidas, pero igualmente terribles, que se han borrado por completo de la historia, como el de un trabajador azucarero huelguista muerto bajo tortura en Tucumán en 1949 o el de un obrero de La Prensa asesinado en el asalto a ese diario en 1951. Y quizás otras que ni se conocen.

La persecución a los artistas (es decir, a los que no eran peronistas o a los no cooptados) ocupa un capítulo propio, donde se exponen muchos casos conocidos. Pero la autora puntualiza con perspicacia que el peronismo fue el inventor de las “listas negras”, las que no se debían mayormente a vendettas de Evita contra quienes la habían despreciado o maltratado en su vida artística (aunque sí hubo algunos casos de ese tipo). Se trataba de una política consistente e informal de Estado de excluir a quienes se sabía opositores, no practicaban la alcahuetería o no colaboraban con la propaganda del gobierno. Lo cierto que los creadores de las “listas negras” las sufrieron después en carne propia, como aquellos inventores que caen víctima de sus inventos.

En el último capítulo del libro, Mercado consideró con acierto cotejar la economía con el relato. Los años verdaderamente “buenos” del peronismo, incluso para los sectores obreros, fueron los que van de 1946 a 1949. De allí en más la economía entró en un plano inclinado (con repuntes macro  hacia el  final del periodo),  donde alternaban picos de inflación con algunos “ajustes” que perjudicaron a los que menos tenían y a quienes se compensaba con clientelismo, para peor en uno de sus formatos más truculentos: implorar personalmente a alguna autoridad que se dignara a darle algún trabajo, una máquina de coser o un lugar para vivir, siempre dando muestras de agradecimiento a “Perón y Evita”. La situación económica real durante esta etapa es otra de las bajas de la verdad que ha logrado opacar el relato peronista.

De la política de nacionalismo económico se pasó a cederle enormes extensiones de tierra patagónica, en condiciones leoninas, a una empresa petrolera norteamericana, laCalifornia Oil (el contrato no se concretó por el desalojo de peronismo en el poder). La compañía tenía facultades hasta para crear una policía propia. Mientras tanto,  modestosalmaceneros (no había aun supermercados)  eran perseguidos o encarcelados por incurrir en los delitos de “agio y especulación”, culpándolos de los resultados de los desmanejos económicos causados por el propio gobierno.

Otro hecho poco recordado que cuenta Mercado es la destrucción por parte del peronismo de lo que en ese momento era la principal industria de medicamentos de Argentina y de América Latina: el Instituto Massone. Su titular criticó las restricciones a la importación de insumos y terminó en la cárcel por cuatro años. Simultáneamente, florecían improductivos Lázaros Báez o Cristóbales López que de la nada desarrollaban fabulosos negocios al amparo de privilegios selectivos  del Estado, uno de cuyos ejemplos más emblemáticos fue el empresario Jorge Antonio. La autora lo califica directamente como “testaferro” de Perón.

El libro narra una significativa anécdota sobre Antonio, a quien se le atribuye haber dicho que “la verdadera ideología” del peronismo es “seguir la ruta del dinero. Cuando hay plata en el Estado se compran los ferrocarriles: cuando no hay, se los vende”. Las semejanzas  con situaciones actuales llegan a abrumar.

En su epílogo, la autora se pregunta, “¿es posible un peronismo sin vocación hegemónica? ¿es posible un peronismo sin relato?”. Destaca que muchos niños y jóvenes actuales, que absorben el Relato K ­preparado con las mismas recetas de ese relatodel primer peronismo­, están convencidos hoy que Néstor Kirchner y su esposa son los próceres de este tiempo, los libertadores del siglo XXI contra los malos de la época, que lucharon contra los poderes monopólicos para liberar al pueblo de las cadenas de la injusticia”.

Mercado nos exhorta al final a “salir de la ensoñación peronista […] abandonando esa fascinante relación con el líder de masas que no nos ve porque sólo se ve a sí mismo, para encarar una vida democrática seguramente menos fantástica, pero bastante más humana”.

Qué es y qué no es el libro de Silvia Mercado

Aunque la autora no lo diga —­no es el tema de su libro­— nada de lo que hizo el peronismo de los 40 y 50 puede ser exculpado o minimizado por lo que ocurrió antes o después, desde los fraudes electorales previos hasta los bombardeos o fusilamientos posteriores. Pero, como ella lo demuestra, sí fue un gobierno que mantuvo un clima general represivo, persecutorio y autoritario y que  practicó la tortura como política sistemática de Estado a lo largo de todo su mandato y en proporciones nunca vistas antes. Todo esto es incompatible con una democracia desde cualquier ángulo por donde se lo mire. A quienes esgrimen a veces la justificación según la cual el peronismo “sólo” perseguía a sus enemigos −que eran los enemigos del pueblo y de la patria−, cabría preguntarles si algún gobierno autoritario persiguió alguna vez a sus partidarios (al menos mientras no se salieran de la conducta esperada).

Es verdad que la gran diferencia del primer peronismo con otros autoritarismos o totalitarismos es que no cometió matanzas en cantidades industriales. Quizás es cierto, como dijo alguna vez Félix Luna, que el Perón de los 40 y 50 nunca mandó personalmente a matar a nadie. Pero esto tampoco logra exculpar su régimen político. Como ya se repasó, entre 1945 y 1955 hubo varios muertos por el accionar de sus fuerzas de choque o de seguridad. La represión siempre fue subiendo, nunca bajando. Y al final del periodo, la policía peronista llegó a ensayar el método de la “desaparición” (previa tortura seguida de muerte) contra un infortunado médico rosarino (caso que extrañamente no es mencionado en el libro). Una tremenda caja de Pandora podría haberse abierto a partir de ese hecho si el peronismo continuaba en el poder como un sistema autoritario.

No está de más poner de relieve, aunque Mercado tampoco trata este tema, que años más tarde, tanto los “muchachos” de las “formaciones especiales”, así como la Triple A,  a lo que debe agregarse las fuerzas de seguridad dirigidas por Perón o Isabel, se cobraron cientos o quizás miles de muertos. Ni los Montoneros ni López Rega, todos los cuales se manifestaban como peronistas, fueron denunciados en su momento por la conducción del movimiento al que pertenecían. Por el contrario, eran alentados o protegidos, verdad que no cambia porque Perón haya echado a la guerilla, al final, de la Plaza de Mayo o porque Isabel se desembarazara a lo último de López Rega.  ¿A quién deben computarse entonces  esas  muertes?

Se trata de acciones que descalifican a sus promotores de la misma forma que el fraude, los bombardeos o los fusilamientos (o las “desapariciones” del proceso militar). Pero rara vez se agrupa a todas estas acciones en el mismo nivel y dentro de la misma categoría a la que corresponden: la condenable imposición de modelos políticos por la fuerza, en cuyo marco el peronismo se las ingenia, gracias a su relato,  para salir bien parado en comparación con los demás. Esto, sin considerar los beneficios adicionales derivados de la corrupción e impunidad que han logrado a veces los autores de estos hechos (peronistas o no).

Estos lamentables hechos nos llevan a un problema más general: la cultura política argentina o quizás nosotros mismos, los argentinos.

Por eso el libro de Silvia Mercado, además de una excelente y muy “leíble” investigación, es un aporte invalorable para dar vida a una Argentina diferente, donde la historia se cuente, sí, con interpretaciones distintas basadas en análisis fundamentados e intelectualmente honestos. Pero no con mentiras o falsedades motivados por intereses políticos de bajo vuelo.

Por sobre todo, es también una contribución para un país en el que, con miras al futuro, se acaben las aspiraciones de implantar modelos de control y hegemonía política, que desembocan en invisibilidades y exclusiones. O, a la larga, si continuaran su desarrollo secuencial lógico, en encarcelados y muertos, como bien lo demuestra hoy día la situación en Venezuela, patria del chavismo, esa expresión política que tantos parecidos tiene con el primer peronismo. (Admirada por la presidenta y la mayoría de los K.)

Lejos de promover un “neogorilismo” o un “antiperonismo bobo”, como muy mal han interpretado el libro de Mercado algunos analistas, ella hace un documentado y bien expuesto “chequeo de realidad”. Como consecuencia, restablece el equilibrio para desmenuzar los mitos del peronismo y el interesado resurgimiento de la figura del “gorila”, llevada a cabo con fines de división política y de acumulación de poder por parte de quienes hoy gobiernan el país.

Esa figura del “gorila” ha sido absurda pero calculadamente reimpulsada por los K (e incluso por algunos peronistas no K), combinando deformaciones históricas, manipulación del presente y provocaciones incesantes a quienes no piensan como ellos. (Se trata del mismo grado de sinsentido que fogonear, por ejemplo, un conflicto actual entre “unitarios” o “federales” o crear una brecha ‘étnica’ entre argentinos “italianos” contra argentinos “españoles”) Todo esto usando el enorme poder hegemónico y estigmatizador del aparato del Estado argentino y con el riesgo de reinstalación de una perdurable grieta deformadora y estéril para la convivencia democrática y el intercambio de ideas, la cual puede llevar lustros volver a superar.

El mensaje de esta gran investigación de Silvia Mercado es poderoso y claro: lo que realmente pasó en el primer peronismo no equivale a su relato. Y lo que pasa ahora, tampoco.

Pero esto no es un tema sólo de interés académico o filosófico sino una cuestión vital para que Argentina no siga hundiéndose en la decadencia política, económica y social y, con ella, se arrastre a la infelicidad y la frustración a las personas. “Los días más felices fueron peronistas” es otra frase de un relato que hace rato no refleja la verdad.

Litto Nebbia, leyenda del rock argentino, peronista “de corazón” y que apoya al kirchnerismo, dijo en una de sus canciones algo en lo que podemos estar todos de acuerdo:“Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia“. No hace falta recordar quiénes vienen ganando permanentemente desde hace casi 30 años en la Argentina. “Quien quiera oír, que oiga”+.

El relato peronista

Silvia Mercado. EL RELATO PERONISTA: Porque la única verdad no siempre es la realidad, Editorial Planeta. 2015. 320 p. ISBN 978-950-49-4556-7.

– El libro de Silvia Mercado será presentado por la autora este jueves 23 de julio de 2015 a las 19:00 horas  en Margen del Mundo, Concepción Arenal 4865 esquina Warnes, Ciudad de Buenos Aires.

El relato peronista

 

 

Roberto H. Iglesias, Buenos Aires (Argentina)

CANAL, MENSAJE Y SOCIEDAD/CMS, 19 de julio, 2015

 

Si querés complementar el libro de Silvia Mercado, te propongo mi propio libro, El medio es ‘El Relato’: propaganda, manipulación y restricciones para todos, aparecido poco antes del trabajo de ella, donde hago un análisis crítico de la política de comunicación K desde el 2003. La misma Silvia es su prologuista. 

En este caso, conseguí mi libro por Internet o en  BoraBora  Libros (Godoy Cruz 2629, media cuadra de Av. Santa Fé  al 4599 en la ciudad de Buenos Aires (Palermo)/Pacífico.  Teléfono: 4776-6547). Ver más detalles y bajar la introducción en el sitio del libro www.elmedioeselrelato.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.