Carta a las dirigentes del correísmo: el señor Mera es su otro guía

Otra vez el señor Mera las logró enervar. Es una proeza del asesor jurídico de la Presidencia. Sin él, no se notaría sobremanera que ustedes existen en esa maquinaria fabricada para engullirlo todo. El señor Mera las enerva porque dice las cosas como las piensa. No se adorna. No se va por las ramas. Tiene la libertad de palabra que ustedes perdieron en su propio gobierno. Él dice lo que quiere y hace el correísmo. Él y la señora Mónica Hernández prueban que para este gobierno lo más revolucionario, en cuestión de sexualidad, es inspirarse en el Opus Dei.

Ustedes lo sabían. Desde Montecristi lo saben. ¿No recuerdan que el mayor debate, el único que fue realmente público, lo protagonizaron Rossana Queirolo y Diana Acosta, entonces asambleístas de su bloque? Las dos se opusieron a incluir en la Constitución el aborto (incluso para casos excepcionales). Y el Presidente hizo coro con ellas. Y ustedes –como militantes, como mujeres, como solidarias de minorías estigmatizadas o perseguidas– se quedaron mirando al techo. Pero plegaron bajo esa enorme losa de hormigón. Correa les impuso sus convicciones retrógradas. No se volvió un conservador. Ya lo era. Siempre lo ha sido. El señor Mera ratifica la línea. La señora Mónica Hernández la aplica. Si se observa el conjunto, los desfasados no son ellos: son ustedes. En el discurso por lo menos. Pero ahí siguen.

Desfasadas pero poco dignas. Con su perdón, naturalmente. Porque si se mira lo que ha ocurrido en el Gobierno, su indignación cabe en 140 caracteres. Hasta en menos. Y luego pasan a otra cosa. Así ocurre desde que llegaron al poder. Ustedes y algunos colectivos sociales renunciaron al doble militantismo que es, usualmente, lo que hacen mujeres y otros ciudadanos en los países democráticos. En vez de mantener la autonomía de sus organizaciones y sus agendas, claudicaron por completo ante el correísmo. Lo hicieron gozosas. Muchas de ustedes afirmaban incluso, con infinito regodeo, que era correcto defender el proyecto político global antes que sus derechos como mujeres. No aceptaban la idea que la democracia contemporánea se nutre y se expande gracias precisamente al reconocimiento de los derechos de las minorías. ¡Y las mujeres, según el último censo, son el 50,4 por ciento de la población!

Ustedes hacen parte de la maquinaria que redujo las injusticias a la mera estructura social. ¿Qué pasó con los problemas de género, raza, etnicidad…? Ustedes se conformaron con la democracia normativa, como tantos otros desde Montecristi. Ustedes admitieron que su gobierno, en vez de profundizar lo poco que había, declarara muerta en la realidad la democracia deliberativa. Con ustedes el pluralismo cultural, en términos morales o identitarios, sigue siendo un proyecto. Se quedaron en los enunciados constitucionales y nunca probaron, con hechos concretos, que la famosa democratización de la que tanto hablan, fuera diferente a la que conocía el país. Por el contrario: aceptaron la tesis, eufemística y paradójica, de la democracia leninista –unívoca y vertical– que se basa en el conflicto de clases.

De allí se descuelga el salvador supremo, el partido único, el futuro radioso y los 300 años del correísmo en el poder. ¿Y el feminismo? ¿Y el aborto? ¿Y el matrimonio gay? ¿Y la eutanasia? ¿Y las minorías? ¿Y los ciudadanos? Ustedes aceptaron vivir desdobladas. Hablan de democracia pero admiten que hay solo una verdad. Hablan de feminismo pero toleran el machismo primario que goza de buena salud hasta en Carondelet. Dicen celebrar las diferencias, pero acatan cuando les ordenan cerrar la boca por disentir. Afirman que hay debate pero amonestan al propio ex vicepresidente por no repetir el catecismo oficial.

Ustedes renunciaron a debatir. Negaron que el pluralismo presupone el conflicto. Y al hacerlo aniquilaron su causa (que es de todos) y la de todos aquellos que, al igual que las mujeres, viven injusticias y problemas de dominación. Un demócrata contemporáneo entiende que esos temas no se ventilan, para avanzar, sin ser debatidos. Y que la deliberación requiere dos condiciones: poder expresarse y respetar al contradictor. Es la forma de generar una esfera pública con una característica innegociable: poner a los sujetos políticos en pie de igualdad. Si los ciudadanos detentan ese estatus ya no importa si mantienen o no diferencias sobre las políticas públicas. Ya no importa el método para aplicarlas. Esos son parte de los temas de debate en una democracia.

Ustedes, en vez de favorecer la deliberación que es esencial para que mujeres y hombres decidan sobre temas complejos y éticos, tomaron un atajo autoritario: una verdad, una sola: la de su líder. Y no se conmueven ante las consecuencias que eso provoca en la sociedad. Las admiten. Las ponderan. Las defienden. Las eluden. Las minimizan. Las han vuelto arma contra sus víctimas. Convirtieron la política en el arte de la venganza.

Ustedes no deliberan. El gobierno no respeta las exigencias formales de la discusión pública que es, según el filósofo Habermas, la principal fuente de injusticia. Ustedes tampoco reconocen al otro como ciudadano que debe poder explicar sus expectativas y fundamentarlas. En definitiva, ustedes llegaron al poder para luchar contra las injusticias, incluidas aquellas que están profundamente ancladas contra la mujer, y en vez de hacerlo ayudaron a clausurar la esfera pública. ¿Perciben, señoras, lo vacuo que resultan, en esas circunstancias, sus tuits contra el señor Mera?

Ustedes se desconectaron de las dinámicas femeninas y de las motivaciones y experiencias vividas por otras víctimas de la dominación. Ustedes olvidaron que la política para resolver problemas debe juntar dos extremos: los actores, a quienes tiene que otorgar un estatus de igualdad. Y las asimetrías (económicas, sociales, culturales…) que causan los problemas que la política se propone resolver. Ustedes hacen parte de la maquinaria que niega ese estatus a todos los ciudadanos que no se dicen correístas. ¿No ven ustedes ahí la reproducción de la miseria espiritual contra la cual se insurgían antaño? Ustedes hacen parte de la maquinaria que convirtió las asimetrías, sobre todo socio-económicas, en fuente de maniqueísmo político y en justificación del caudillismo más genuino, del cual fluye naturalmente el machismo. Y también fluye la señora Mónica Hernández encargada de convertir sus convicciones –respetables por supuesto en el plano personal– en políticas públicas.

¿Perciben, señoras, lo insustancial que resultan, en esas circunstancias sus tuits contra el señor Mera? El asesor jurídico no solo dice lo que piensa. Es él quien ha dado forma legal a la revolución conservadora que algunas de ustedes siguen negando. ¿Qué sociedad diseñó el Código Orgánico Integral Penal? ¿Qué sociedad se perfiló en la Ley de comunicación? ¿Y quién produce o revisa, con el Presidente, los proyectos de ley o las leyes en su versión definitiva?

El señor Mera no opina de vez en cuando para mortificarlas. No. Él es, en los hechos, distinguidas señoras, su otro guía. Se entiende que su trabajo no es dar la cara como acaba de recordar el Presidente. Es producir códigos y normas que militan incluso contra los intereses de las mujeres que un día estuvieron en el centro de las preocupaciones de algunas de ustedes. Lo que las mortifica –y se entiende– es que dé la cara cuando su trabajo es ser tan revolucionario como el Presidente, pero en la sombra.

Con el debido respeto,

José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, marzo 20, 2015.

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