Argentina: Una sociedad que viola la ley o banaliza la transgresión

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Sé que es andar sobre el filo de la navaja, pero quiero argumentar aquí que los vándalos somos nosotros. O que ellos, los que han protagonizado los disturbios, violando la ley, están tanto excluidos (de todo) como incluidos (en el empleo común de los mecanismos de convivencia ilegítima) en esta sociedad que hemos sabido conseguir (no digo esto último con resignación). Que no se me malentienda: no estoy justificando la violación de la ley, ni siquiera pretendo explicar un fenómeno que desafía bastante la comprensión, por más que sea frecuente, demasiado frecuente. Los incluidos desconocemos la ley a través de los miles de recursos que manejamos con mano experta. Los vándalos se incluyen violando la ley precisamente porque han sido excluidos. Muchos se reincluyen como barras brava y posiblemente como tales hayan estado entre los protagonistas. No adelanta hablar de una “planificación”, porque es la reunión de multitudes la que crea – como el domingo en los festejos del Mundial – un contexto propicio a este tipo de acciones, con el pronóstico de que las posibilidades de penalización serán menores. Así, cada uno conoce el terreno más favorable para desconocer, esquivar o violentar la ley.

Hay un continuum entre la transgresión y el vandalismo. Los vándalos violan la ley que los ha excluido; y ello nos coloca ante opciones trágicas: ¿Cómo mantener el orden? ¿Cuánto de poder coercitivo del estado precisamos para afirmar la ley? Opciones que son inevitables en la sociedad que estamos creando. Sólo la restitución de la política a su lugar permitirá movilizar el esfuerzo cívico que sea capaz de corregir ese rumbo. Mientras los excluidos violan la ley, los incluidos banalizamos la transgresión. Para no irme del Mundial, me gustaría examinar el comportamiento de los numerosos incluidos de buenos ingresos (tanto que fueron al Mundial) en Brasil: bardearon a diestra y siniestra, la TV nos dejó ver empujones, una especie de piquete sobre la avenida Atlántica de Copacabana, incursiones ilegales en los estadios, el que no salta es un inglés (en un certamen deportivo en el que la política no debería estar presente; creo que fuimos los únicos), etc., etc. Mientras la publicidad banalizaba el uso de dos palabras fuertísimas, confirmando que no hay un límite entre el adentro y el afuera.

Los vándalos no son más plebeyos que estos plebeyos de aeropuerto. Mientras lo popular cuestiona, el plebeyismo transgrede; puede hacerlo en el límite, quien no tiene nada que perder, violando la ley, o puede hacerlo poniendo en juego todo el capital social con que se cuenta, transgrediendo finamente. No sirve ganar un Mundial, con su promesa de unidad regeneradora. De lo que se trata es de ganar una lucha más difícil contra nosotros mismos.

Vicente Palermo, Club Político Argentino CPA

Publicado en Clarín, 15-7-14

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