Ante la configuración del nuevo Parlamento

Publicado en: Análisis, Uruguay 0

Si hubiera que sintetizar en una sola situación lo que implica la nueva configuración del Parlamento, habría que centrar la mirada en lo que le ha estado sucediendo, bueno y malo, al Partido Independiente. Ahí se resumen todos los dilemas.

Por un lado, dicho partido logró uno de sus objetivos: Pablo Mieres será senador y todo indica que contará con tres bancas en la Cámara Baja. No logró el otro: el de que ningún partido obtuviera la mayoría parlamentaria. El Frente Amplio la tendrá. De no haber sido así, su fortalecida bancada le hubiera permitido ofrecerse para armar una coalición con el ganador del balotaje y de ese modo incidir en algunas políticas e incluso ejercer algún cargo de gobierno. Con esa estrategia, el Partido Independiente hubiera actuado desde una clásica lógica parlamentarista, al mejor estilo europeo.

Tal como están las cosas, si Tabaré Vázquez gana la segunda vuelta, no necesitará de Mieres. Le alcanza con la mayoría que ya tiene. Tampoco le cambia las cosas a Lacalle Pou en el dudoso caso de que gane; con o sin Mieres, igual no contará con una mayoría propia por más coalición que arme y deberá buscar ayuda en algún sector del Frente Amplio cuando quiera aprobar leyes decisivas.

Ante esa disyuntiva, el Partido Independiente consiguió sus bancas pero se quedó sin estrategia para usarlas. Es que el discurso de Mieres contra la posibilidad de que algún partido tuviera la mayoría parlamentaria tenía sentido solo hasta un punto. Por cierto, la mayoría termina por generar una aplanadora en el Parlamento. Con ella, el oficialismo disciplina a sus huestes y las leyes salen sin largas discusiones previas, sin posibilidad de revisar desprolijidades de redacción, con errores conceptuales y eventuales inconstitucionalidades. No tiene a nadie del otro lado con capacidad efectiva de presionar, modificar, vigilar y evitar tales tropiezos.

Con esa mayoría, también puede evitar la formación de comisiones parlamentarias investigadoras, con lo cual no solo evidencia el deseo de disimular graves fisuras de conducta en el gobierno sino que potencia su capacidad de reincidir. La sola idea de que ya no es posible una tímida investigación alcanza para que algún funcionario sea más laxo en su manejo de recursos públicos.

Por eso Mieres insistía en que no debía haber mayorías. Sin embargo, pasó por alto otro aspecto. Todo partido quiere gobernar con su propia mayoría para hacer lo que prometió hacer. Eso es lo que sale a buscar en una elección. Por tercera vez consecutiva, el Frente lo logró. La gente, el electorado, acompañó al Frente en su insistencia y consolidó esa deseada mayoría.

No siempre, pero suele ocurrir en todas las democracias del mundo. Para bien y para mal.

El desenlace dejó al Partido Independiente vestido y perfumado para salir, pero sin fiesta a la vista. Aumentar su bancada fue una estrategia atada a la otra. Ahora debe ubicarse ante un nuevo contexto y rediseñar su plan de acción.

El problema es que en lo inmediato está desafiado la más ingrata de las posturas. Al haber segunda vuelta, debe definir qué hacer. Incluso no tomar ningún curso de acción es una forma de definir. Y al parecer eso es lo que ha hecho.

También los colorados tuvieron que hacer pública una postura. Era difícil imaginar que no acompañarían a Luis Lacalle Pou.

Aunque más allá de la decisión partidaria está la de los seguidores. Ya han aparecido los disidentes que en defensa de la identidad colorada se oponen a votar al candidato blanco. Tampoco dicen si lo harán por el frentista. Esta es una segunda vuelta con solo dos contendientes. El votante de los partidos que no entraron a esta instancia puede seguir lo que su partido indique o puede votar por «el menos peor», sea uno o sea otro. No se busca otra cosa ni tampoco está en juego la identidad de nadie.

El Partido Independiente aclaró, como suele hacerlo, que no es dueño de los votos de quienes lo apoyaron y por lo tanto esa gente es libre de votar a quien prefiera.

Sus dirigentes optaron por no expresar públicamente su opción, a excepción de Mieres, que anunció que votaría en blanco. Él sí dio a conocer su voto.

Este largo mes es el peor para el Partido Independiente porque siempre queda atrapado en esa disyuntiva y prefiere mantener su reserva. Es natural que la gente, en especial la que no lo votó, pase su factura; en el fondo desearía que ese apoyo retaceado fuera para el de su preferencia.

Por cierto, nada obliga al Partido Independiente a hacer acuerdos ahora. Los puede hacer en diciembre, después del 1º de marzo de 2015 o dentro de dos años. Si la integración del Parlamento hubiera sido otra, quizás entonces hubiera tenido que ser más específico.

Claro que si se atuviera a su prédica, debería votar por Lacalle. En el hipotético caso de ganar, su gobierno no tendría mayoría parlamentaria y eso es lo que buscaba Mieres. Votarlo hubiera sido consecuente con lo que venía diciendo. Pero es obvio que las cosas no son tan sencillas.

Con la mayoría parlamentaria asegurada, un gobierno frentista no será del agrado del Partido Independiente. Muchos de sus dirigentes vienen del Frente y lo conocen demasiado bien. Por lo tanto no es descabellado pronosticar que esa pequeña bancada terminará siendo oposición.

Es que la manera en que quedó conformada la distribución de escaños no permite muchas alternativas. El sector frentista más fuerte es el más duro. Aunque habría que ver en qué sentido lo es. Con excepción de Constanza Moreira y el Partido Comunista, todos han debido, en uno u otro momento, seguir el camino del pragmatismo. Creen, sí, en un Estado omnipresente, que puede ser manejado con cierta arbitrariedad y del cual se sienten dueños.

Podrán ser pragmáticos y ese pragmatismo los moderará. La pregunta es si jugarán siempre en la cancha de las instituciones o no. Hasta ahora les gustó ponerse en el límite y hasta pasarlo.

Varias de sus leyes recientes fueron cuestionadas por la Suprema Corte de Justicia por ser inconstitucionales. Acataron el fallo judicial, es verdad, pero lanzaron una retórica destinada a desprestigiar ese otro poder.

Para ellos, era preferible legislar contra la Constitución que ser prolijos en la redacción de leyes. Votaban con jactancia y unidad, y al no tener más remedio que actuar, la culpa fue traspasada a la Corte. Era la fórmula más sencilla.

En este contexto, con una bancada frentista tan particular, el triste principio acuñado por el presidente José Mujica pesará más que nunca: el que dice que lo político estará por encima de lo jurídico. Y se aplicará no con seudoprincipismo ideológico, sino con oportuno y rampante pragmatismo.

Por Tomás Linn
AÑO 2014 Nº 1789 – MONTEVIDEO, 6 AL 12 DE NOVIEMBRE DE 2014, SEMANARIO BÚSQUEDA.

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