Alternativas de cambio, sin que sean estridentes

Publicado en: Análisis, Uruguay 0

Por primera vez, los cuatro candidatos presidenciales compartieron una misma mesa y expusieron sus puntos de vista respecto a temas económicos, productivos y relacionados con el Estado. Esto ocurrió la semana pasada en la Rural del Prado. No fue un debate propiamente dicho, pero al menos quienes siguieron esa instancia pudieron contrastar posturas.

Los contrastes fueron escasos, pero al menos los gestos de imagen e impacto que tanto abundan, ahora vienen acompañados de ideas. La población empieza a conocer qué piensan los candidatos sobre ciertos temas y cómo se plantan ante ellos.
Si bien hay claras diferencias entre las propuestas de cada uno, no puede decirse que ellas plantean visiones que chocan entre sí. Las diferencias están en los énfasis y en los matices. Y están, aunque no se dicen, en las cosas sí hechas por el gobierno y a las que blancos y colorados se han opuesto.

Los contrastes pueden percibirse, sí, en cómo son las personas que se presentan para ser presidente. Hay estilos, formas, comportamientos y actitudes muy diferentes entre sí. También los contrastes son más notorios en cuanto a lo que cada uno de los candidatos representa.

Tal vez por esto último, la retórica de las militancias partidarias y los intercambios en las redes sociales muestran polarizaciones que no se ven ni en los programas ni en la manera en que los candidatos se relacionan entre sí cuando se presentan en público. Incluso el reciente choque entre Pedro Bordaberry y Luis Lacalle Pou fue discretamente superado.

Tabaré Vázquez, que hasta el momento había evitado cualquier encuentro que implicara un contacto con sus adversarios, se movió con soltura y deferencia, y en algún momento con humor, en el trato con los otros.

Es que si bien hay señales de prudencia ante un tiempo que no promete tanta bonanza como la que hubo ahora, en general los candidatos no proponen en el área económica y productiva propuestas demasiado radicales o que salgan de un cierto sentido común. Respecto a la necesidad de reformar el Estado, todos más o menos coinciden, incluido el candidato frentista, pese a que en los dos períodos que el Frente lleva en el gobierno se hicieron intentos pero no se lograron resultados.

Nadie está para patear la mesa. Vázquez no habla de un giro radical a la izquierda y Lacalle Pou no pretende una privatización total del Estado. En todo caso, uno es un poco más estatista y el otro lo es levemente menos. Es que más allá de los convencidos a ultranza, el país en general no pretende eso.

Lacalle Pou ha hablado de que no busca una «refundación». Nadie la busca. Esa fue la lección que debió aprender el Frente Amplio cuando asumió por primera vez en 2005. Si bien muchos creyeron que se iniciaba una nueva era, el Frente gobernó a partir de donde dejó su antecesor. Continuó con la política portuaria y forestal y fue relativamente prudente en el manejo de las cuentas. Pero además, tal como bien lo aclaró en su momento Danilo Astori, entonces ministro de Economía, su gestión arrancaba luego de que el gobierno de Jorge Batlle, el mismo que debió enfrentar la peor crisis que se recuerda, hubiera comenzado a enderezar las cosas y a reencaminar el país.

El Frente entonces gobernó casi 10 años: tuvo algunos logros, cometió errores y estuvo omiso en otros temas. Pero en definitiva no refundó nada. El país siguió siendo el mismo, con avances, mejoras, continuidades y retrocesos. Eso sí: se incorporó de lleno un tercer partido en el juego, lo cual no fue un hecho menor.

Una de las bonanzas más grandes que se recuerden acompañó su gestión y quienes sienten que viven mejor tienden a reiterar su confianza a favor de los que gobiernan. Esto podría volver a ocurrir en las elecciones nacionales. O no. A diferencia de 2009, hoy la duda está instalada.

Hace unos años, un presidente norteamericano perdió la reelección, algo que no es frecuente en Estados Unidos, y su derrota se explicó en función de ciertas cosas que no funcionaban bien y preocupaban a la gente. Fue así que se acuñó la célebre frase: «es la economía, estúpido».

Tiempo después, en el Reino Unido, el Partido Laborista liderado por Tony Blair intentaba volver al gobierno tras una larga ausencia. Margaret Thatcher había sido primera ministra por más de una década y fue sucedida por otro conservador como John Major. Las cosas todavía rodaban bien. Sin embargo Blair crecía en las encuestas y ante los desconcertados conservadores, su gente parafraseó la célebre contrafrase: «no es la economía, estúpido».

De ese modo se intentó explicar que si bien la población sentía que las cosas iban bien y estaba satisfecha, a veces debía considerar otros factores a la hora de votar. Habían sido 15 largos años de dominio conservador y empezaba a percibirse un cierto «cansancio». Blair no venía a dar vuelta la economía, al contrario, pero ofrecía caras nuevas y gestos frescos, un nuevo lenguaje y una modalidad distinta de hacer política.

A veces los países necesitan eso; un cambio de equipo, otra forma de manejar las cosas, para seguir haciendo más o menos lo mismo. Y las elecciones, así como una saludable cultura democrática que permite la alternancia de partidos en el gobierno, ayudan a eso. Ayudan a renovar, ayudan a cambiar, aunque no sea demasiado, y ayudan al partido que estuvo un largo tiempo en el gobierno a purificarse desde el llano para después volver. Efectivamente, luego de un también largo predominio laborista, los conservadores volvieron.

Así son las cosas. Ello explica que, con culturas y pautas diferentes, los candidatos adversarios no estén mostrando diferencias profundas. Explica también porque, pese a ello, la gente sí los encuentra diferentes. Es la gente la que no quiere grandes sacudones, pero parte de ella (no toda) busca rostros nuevos.

El Frente sabe que esto es así porque fue oposición en constante crecimiento durante los gobiernos democráticos posteriores a la dictadura y en especial con una bonanza bien disfrutada durante los gobiernos de Lacalle y de Sanguinetti en su segunda gestión. La oportunidad para el Frente vino, es verdad, después de la crisis, pero su crecimiento comenzó cuando las cosas andaban bien.

Los uruguayos, en general autocomplacientes, no quieren radicalismos extremos y se acomodan a un Estado paternalista, pero protestan si este es muy caro; ahora están buscando nuevas formas de hacer lo de siempre. Buscan actitudes, comportamientos diferentes a los de los gobernantes actuales.

La elección de octubre y eventualmente la de noviembre, mostrará si encontraron una alternativa (lo cual no garantiza que los nuevos rostros no caigan en viejas conductas; eso solo el tiempo lo aclarará) o si optaron por quedarse con lo viejo, por la única razón de que es bien conocido.

Por Tomás Linn
AÑO 2014 Nº 1782 – MONTEVIDEO, 18 AL 24 DE SETIEMBRE DE 2014, SEMANARIO BÚSQUEDA.

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