19 M: ¿basta con perder el miedo?

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El 19 M probó que, ante el correísmo, la sociedad va más rápido que los movimientos o partidos políticos de oposición. Una prueba es que el propio 19 M no fue, políticamente, lo que algunos quieren creer. Es verdad que los movimientos sociales llamaron a la manifestación, pero muchos de los marcharon en Quito, por ejemplo, poco tienen que ver con las agendas sindicales o indígenas. Exhibieron otros motivos de decepción, molestia, bronca o resistencia: el Plan Familia, las salvaguardias, la persecución a estudiantes y maestros, la reelección indefinida, la no consulta por el Yasuní, el apoyo a Maduro, los insultos, la intolerancia… La oveja negra, un símbolo entre otros de singularidad, deambuló por las calles en manos de la clase media quiteña. El Presidente quiso hacer creer que en la Plaza San Francisco se concentraron solo aquellos que se cobijan bajo las banderas que representó Alberto Acosta. En la sabatina habló algunas veces del 3% del electorado. Una forma de minimizar las marchas y los motivos que llevan a muchos ciudadanos a mostrar en la calle su inconformidad. La tarima, manejada por los convocantes, no fue, ni de lejos, el centro de la jornada. La estrategia lució equivocada: políticamente quieren recomponer sus filas y dar muestras de fortaleza ante el poder. Pero su actitud reveló que van en contravía con aquellos ciudadanos cuyas divergencias superan siglas y capillas. Jorge Herrera, presidente de la Conaie, evidenció la desconexión de esos movimientos sociales, partidos y movimientos de la vieja izquierda con los ciudadanos al desplegar –en una marcha contra Correa– una banderola de rechazo a Guillermo Lasso. De paso, evidenció, con igual contundencia, que si la masa social crítica al correísmo ha crecido y ha perdido el miedo (como se dijo abundantemente ese día), los políticos de oposición siguen sin perfilar una estrategia para convertirse en alternativa real de poder. El 19 M retrata ese retraso. La izquierda más tradicional no acusa aprendizaje alguno del correísmo. El ex MPD recoge firmas para volver al libre ingreso a las universidades. Alberto Acosta y Humberto Cholango apoyan en los hechos al régimen inepto y criminal de Nicolás Maduro. Y en su visión, la gente de centro o de derecha más parecen agentes pestíferos que ciudadanos preocupados por el futuro democrático del país. Se entiende bien, en esas circunstancias, por qué sin Rafael Correa nunca hubieran podido llegar al poder. Y se entiende mal cómo podrán erigirse, con esa mentalidad de gueto, en alternativa a Correa. De todas maneras –y eso explica muchas cosas– líderes como Alberto Acosta consideran que su ex aliado es mejor que cualquier candidato de la centro-derecha. Bajo esa lógica preferirá votar en 2017 de nuevo por Correa. Esa izquierda, que encuentra muy contemporáneo insertarse en la lógica de la guerra fría, es la misma que cuestiona a Paúl Carrasco por haberse reunido, en Cuenca, con Mauricio Rodas y Jaime Nebot. Los tres deben estar evaluando cómo empata su estrategia con los ciudadanos movilizados el 19 M. Los tres, sin decirlo, parecen apostar a la teoría del municipalismo que ya ensayó Jaime Nebot con Paco Moncayo, Fernando Cordero, Auki Tituaña… Entonces, el Estado estaba por firmar su partida de defunción. Apareció Correa, resucitó al Estado y lo convirtió en un monstruo que ahora quiere meterse hasta en la cama de los ciudadanos. La tarea que se dieron los tres mandatarios locales en Cuenca fue propiciar, desde sus gobiernos locales, una unidad nacional para “conseguir un Ecuador democrático y en libertad”. Forjar, si se entiende bien, un frente que ponga en salmuera las ideologías como condición para ganar la elección presidencial y la parlamentaria y así restaurar la democracia. El marco propuesto es amplio pero la vieja izquierda mostró que no está dispuesta a poner allí sus votos. Ese 3% del cual habla con deleite el Presidente. En esa dinámica, Carrasco parece destinado a mutar en Sísifo. O arriesgarse a encarnar la nueva izquierda que sabe que desapareció el Muro de Berlín y que entiende que el 19 M puso en escena a ciudadanos que no hablan de derecha y de izquierda: hablan de democracia, de institucionalidad, de tolerancia, de libertades individuales… como también hablan del cuidado de la naturaleza, de equidad con los más desfavorecidos, de respeto a las culturas ancestrales… Carrasco está en problemas. Y hasta que no dé el siguiente paso con Nebot y Rodas, será difícil evaluar el potencial real de su iniciativa. Es verdad que bajo el paraguas que han desplegado, caben todas las broncas que se exhibieron el 19 M. Sin embargo, los tres parecen limitados por las fronteras políticas y geográficas de sus cargos. Un verdadero problema cuando se piensa en dos hechos: no hay muchos alcaldes o prefectos deseosos de oponerse al poder central y Rafael Correa está en campaña desde que llegó a Carondelet. ¿Cómo lo contrarrestan? Los tres no hablaron, en Cuenca, de Guillermo Lasso que es, en los sondeos, el precandidato de la oposición con mayor expectativa electoral. Lasso también ha perdido algunos miedos. Ahora está en las calles y el golpe que dio en Ibarra lo conectó con muchos de esos electores que manifestaron masivamente el 19 M, al lado de los movimientos sociales. Lasso quiere ser presidente. Y quiere encarnar la nueva derecha. Es la tarea que se ha dado y es la promesa explícita que le hace a un electorado de centro y progresista sin el cual no podrá llegar a Carondelet. Eso lo obligará, en el plano personal, a pensar las políticas públicas por fuera de sus convicciones religiosas. Ese es quizá su punto más vulnerable. Pero no él único: la vieja derecha tiene enormes pasivos en temas de libertades, atención a los más desfavorecidos y protección de grupos económicos que han puesto el Estado al servicio de sus intereses. Rafael Correa agravó esta situación pues el país está, como nunca, en manos de monopolios y oligopolios. A Lasso no le bastará entonces con recorrer el país: debe perfilar una derecha contemporánea, eficiente, sensible a los más desfavorecidos, nacional y conectada al mundo; una derecha que luche contra la corrupción, entienda y apoye los derechos de las minorías y así enriquezca con nuevos contenidos la democracia. Menudo trabajo tiene si quiere convencer al electorado de que es capaz de reinventar la derecha. Concertar con su tendencia y otras tendencias sabiendo que él tiene, desde la elección presidencial de 2013 el primer puesto en los sondeos, es su mayor problema táctico. ¿Y la nueva izquierda? ¿Dónde están los progresistas que encajan –sin esfuerzo ni retorcimiento alguno– con la sociedad variopinta que marchó el 19 M? No se ven. La resurrección de la Izquierda Democrática es, por ahora, una mera promesa. Ruptura de los 25 sigue, como hizo bajo el correísmo, sin leer adecuadamente el momento político. ¿En qué cancha jugará Diego Borja? Y… pare de contar. El 19 M probó que el correísmo ahora sí paga muchas facturas. Pero que los políticos de la oposición no se conectan aún con esos ciudadanos decepcionados. O hartos. Ante un imaginario desgastado, no aparecen plenamente las alternativas.

José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, marzo 25, 2015.

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