Uruguay ante una alarmante alerta en la región

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La región se está complicando a un ritmo que asusta y Uruguay no puede ser ajeno a lo que sucede. Corre el riesgo de verse sacudido por los hechos y también por la forma en que reaccione ante ellos. Venezuela es un polvorín y Argentina se transformó en una temible interrogante. Aunque los hechos no sean los mismos en uno y otro lugar, ambos tienen en común una similar y preocupante lectura de la realidad. Por eso están donde están.

El gobierno argentino reaccionó airado ante el desconcierto mostrado por el ministro uruguayo de Economía, Mario Bergara, cuando al no poder disimular su perplejidad se preguntó qué era “esto de anunciar una medida un día y desarmarla al día siguiente”. Y remató: “No está claro quién está al mando ni la lógica de conducción”.

Lo dicho fue tomado como una intromisión de un gobierno extranjero en asuntos internos de Argentina. Pero a Bergara le preocupaba Uruguay, afectado por cada marcha y contramarcha del país vecino. Es allá, no acá, donde mucha gente se pregunta si la presidenta será capaz de terminar su mandato.
Venezuela arde y su mandamás, Nicolás Maduro, heredero de la corona que le legó Hugo Chávez, reacciona en forma peligrosamente previsible. Reprime, acalla a la prensa y echa la culpa a terceros.

Las cosas se complicaron porque estos países se apartaron de pautas elementales de la democracia. Crearon verdaderos monstruos políticos y en ancas de una seudo sensibilidad social, perjudicaron a los más necesitados. En un tiempo de bonanza para la región, desaprovecharon todas las oportunidades. Ahora no encuentran una salida.

Sin embargo Uruguay los apoya. No le preocupa la persecución política, ni el cercenamiento de libertades, ni la inseguridad, ni la multiplicación de sus dramas sociales. Solo importa la solidaridad con otros gobiernos de izquierda. ¿Izquierda? Sea como quiera denominarse al chavismo, una cosa es cierta: es fascista y hasta tiene un récord sobre el régimen italiano. Logró poner dos Mussolini al frente.

Lo de Argentina no llega a los niveles venezolanos, pero sus medidas económicas asustan, son incomprensibles y alimentan la espiral autoritaria de Cristina Fernández. En la medida que la gente busca zafar de las trampas que les ponen, se inventan nuevas y peores regulaciones. Los errores en cambio, no se asumen. La culpa pasa a ser de las conspiraciones mediáticas, los gorilas, los golpistas. En realidad, es el resultado de tanto irresponsable desprecio a las instituciones. Ahora todo está apoyado sobre las caprichosos antojos de los presidentes. Así no hay institución que se sostenga.

La presidenta argentina solo habla en los patios internos de la Casa Rosada a su fiel hinchada. Y sus discursos son autorreferenciados. Solo tratan sobre ella y sus sufrimientos. No existe un equipo de gobierno y no le reconoce ningún mérito a sus ministros. El talento es exclusivo de ella. Pero cuando hay errores, humilla a sus colaboradores en público, ante las nerviosas risas de los demás que saben que ya llegará su turno para también ser humillados. Nadie osa decir: “hasta aquí llegué”.

En su desesperado acorralamiento, Cristina Fernánez cubre cada vacante con militantes de “La Cámpora”. Son los amigos de su hijo, cuarentones y pintones que juegan a hacer política sin tener un solo voto propio. No representan a nadie. No tienen la menor experiencia aunque sí disfrutan de los “atributos del poder” que no es lo mismo que el poder mismo. Con ese mecanismo, la presidenta se aleja de quienes le fueron fieles en estos 10 largos años. Algunos, por haberlo sido, ya están desahuciados. Otros, ante tanto desprecio, se desplazan a corrientes disidentes.

En Bolivia, Evo Morales se escandaliza ante las marchas populares contra Maduro. Dice que son golpistas: él, que organizó sus grandes marchas cuando estaba en el llano y volteó no a uno sino a dos presidentes constitucionales en Bolivia.

Es fácil echar la culpa a terceros. Venezuela expulsa a diplomáticos norteamericanos como si la obsesión de Estados Unidos fuera la caída de Maduro. Lo que se cae de maduro es que en Washington ya no pierden tiempo en eso. Ni siquiera le prestan atención a Cuba.
Desde que asumió el Frente Amplio, su postura ante estos regímenes no fue la mejor aunque es verdad que Tabaré Vázquez mantuvo, al menos, cierto decoro. Debió enfrentar las embestidas kirchneristas y si bien rindió pleitesía a los íconos del momento (los Castro y Chávez), manejó los equilibrios y hasta recibió a George W. Bush en Anchorena.

La contaminación económica también afecta a Uruguay. Los kirchneristas buscan hacerle daño a su propia gente, pero de paso perjudican a sus vecinos.

Más grave aún ha sido una contaminación institucional que incluso envenenó a los organismos regionales, algunos creados como clubes personales para la mayor gloria de los presidentes. Intentaron someter a sus respectivas Supremas Cortes (y al hacerlo envalentonaron a unos cuantos en este lado del Plata).

Amedrentaron al periodismo y lograron establecer en la gente, una cultura de la censura. Ahora es la población la que se enoja cuando los medios informan. El ciudadano opta por creer los “relatos” fantásticos inventados por estos gobiernos antes que buscar información independiente. También acá se difundió la actitud de cuestionar a periodistas por dar información. ¿Una voluntaria cesión del derecho a estar informados? ¿O por lo menos el derecho a contar con la mayor información posible para elegir la que se considere creíble?

El retroceso más grande se ve en el campo de las convicciones. La democracia, la libertad, los derechos individuales, las garantías constitucionales, la independencia de los jueces: son cosas que ya no importan tanto. Gracias a una arraigada historia, tal vez esto se note menos en Uruguay. Pero se nota de todos modos. Más de lo deseable.

Antes los pueblos no eran culpables de las dictaduras que sufrían. Eran los militares o los guerrilleros que sin consultar a nadie tomaban el poder por las armas y lo ejercían a su antojo. Si alguna porción del pueblo sentía simpatía hacia esos regímenes (y vaya que así sucedía) no había cómo saberlo.

Los regímenes de comienzos del siglo XXI sí consultaron. He ahí el drama. Cada pueblo dio su veredicto y ahora, cansados de tanto arbitrario disparate, quieren alejarse de los “modelos” que alentaron. Pero eso no garantiza un retorno a democracias sólidas y profundas.

Uruguay, que ha coqueteado con los mencionados regímenes, aunque haciendo un apenas tibio esfuerzo por diferenciarse, debería reconsiderar su posición respecto a ellos y empezar ya a construir una visión regional basada en fundamentos democráticos y liberales firmes, como se supone lo ha intentado hacer (con mayor o menor suerte según las épocas) desde hace 200 años, desde abril del año XIII.

Por Tomás Linn

AÑO 2014 Nº 1753 – MONTEVIDEO, 20 AL 26 DE FEBRERO DE 2014 , SEMANARIO BÚSQUEDA.

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