UNA CARTA CON DESTINO AL SUR

 

Movilización social superó el millón de manifestantes en las calles de Santiago, se denominó «la marcha más grande de Chile»
Nota aclaratoria: dirigí esta carta a pocos amigos y amigas de Chile en agosto 3 de 2015, hace poco más de cuatro años, entusiasmado por las marchas de los llamados pingüinos, estudiantes de secundaria que exigían financiación estatal de la Universidad. No obtuve ninguna respuesta, así que la carta permaneció en estado de sueño pasajero. Ahora, movido por la mayor manifestación de la historia de Chile de la semana pasada, la transcribo intacta, precedida de este poema en el cual me refiero sin nombrarlo a la extraordinaria épica de las multitudes del amado país austral:

El pasado cae a golpes de presente. 
A golpes de tambora cae el pasado. 
Una lluvia nueva lavó el océano
y a las orillas llegan los naufragios. 
Los restos llegan a las arenas,
los tiempos lavados por las olas. 
La comedia es finita. 
La tragedia es finita. 
Desnudos estamos como niños
en las orillas de la eternidad. 
Máscaras, pelucas y disfraces caen desgonzados. 
Los espejos cóncavos y convexos
se han astillado, 
los arcones de monedas de oro
perdieron sus clavijas, 
los tesoros se han desparramado. 
Es el tiempo nuevo de la comedia
del arte, he ahí a Polichinela, 
he ahí al Arlequín que danzan
levantados de nuevo de la playa. 
El pasado cae a golpes de presente.

Gabriel Restrepo, Fez, Marruecos, diciembre, 2018

Seminario San José Obrero, Corregimiento de La Esmeralda, Municipio de Arauquita, Departamento de Arauca, Colombia: sábado 26 de octubre a las tres de la mañana, luego de un sueño preñado de símbolos. Transcribo la carta sin ninguna enmienda.

Gabriel Restrepo, escritor, pensador social

Bogotá agosto 3 de 2.015

Apreciados lectores, apreciadas lectoras, conocidos/as o desconocidos/as amigos/as de Santiago de Chile:

Las siguientes son algunas reflexiones en torno a la situación de Chile, suscitadas por un trabajo que estoy haciendo sobre la educación media y su relación con la formación técnica y tecnológica en cuatro países de América Latina, con objeto de dibujar un panorama amplio para diseñar estrategias hacia el futuro de la reorientación de la articulación de la educación con la técnica, la tecnología y la producción en el municipio de Arauquita, situado en el extremo oriente de Colombia, fronterizo con Venezuela, en la gran región de la Orinoquía, un municipio de 40.000 habitantes que por la intensidad de las violencias ha sido marcado por el diario EL PAÍS de Madrid – en poca parte con razón, pero en el fondo con enorme injusticia- , como uno de los siete infiernos del mundo, porque quien ingresa allí tiene pocas probabilidades de salir vivo. Me propongo demostrar lo inválido de dicho estigma al decidir residir allí por el resto de mi vida dedicado a la mejora de la educación y a perseguir mi propia paz espiritual.

Dado que este texto traza a sobrevuelo la atmósfera de Chile en medio milenio, tal vez pudieran los lectores y lectoras del amado país encontrar algunas meditaciones de interés por provenir de un foráneo, empero animado por el amor a América Latina y con especial afecto por Chile desde cuando hace tres lustros decidió cursar el doctorado en Educación en la Universidad de Humanismo Cristiano, gracias al consejo y al ánimo de mi director de Tesis, el insigne investigador de la educación y defensor de los Derechos Humanos, el amigo Abrahán Magendzo.

Dado que desde hace no menos de cuatro décadas he perfilado una Teoría Dramática y Tramática de la sociedad, escrita desde las entrañas de América Latina y que ya ha comenzado a recibir interés mundial, signo de lo cual es una reseña de la misma publicada en el número correspondiente al verano de este año en THEORY, el órgano del Grupo de Trabajo número 16 de la Asociación Internacional de Sociología dedicado a la teoría sociológica, organizo este texto en clave de teatro, con un gran preludio, seguido por cinco actos. Me tomo la doble licencia de no sobrecargar la escritura con alusiones  a la teoría y de no insertar citas ni referencias, pues pasarían del medio centenar.

El escritor Gabriel Restrepo con Clara Riveros, directora de CPLATAM, Universidad de Qarawiyyin o Al-Karaouine, Fez, diciembre 2018

 

PRELUDIO DE UNA PUESTA EN ESCENA

COMPOSICIÓN DE TIEMPO Y LUGAR

LAS DOS  PUNTAS DEL OVILLO PARA DESENREDAR EL NUDO DE LA HISTORIA CHILENA

Mirar a fondo en un instante al querido Chile después de trazar el panorama de México y de Argentina, es un ejercicio de una fascinación triste. Y cuando inicié la escritura de este pasaje, pensé que por venir de añadidura a las reflexiones en torno a Colombia, México y Argentina, sería ejecutoria breve, pero no hay tal porque Chile, como los demás países de la región, ofrece en su laberinto histórico miles de acertijos y de misterios.

Si hay algún país en América Latina con el cual nos gusta emparejarnos, incluso más que aquellos,  es el situado en el extremo sur del pacífico. Aprendimos mucho de los chilenos, además del gusto por el vino: los ejércitos libertadores del norte y del sur se encontraron en Perú; de Santiago provino gracias a los diálogos de Manuel Ancízar y de Andrés Bello la idea de fundar la Universidad Nacional, a tenor de la de Chile, fundada por el humanista; el mismo Ancízar adaptó el código civil napoleónico a la Nueva Granada, en el molde del configurado por Andrés Bello; luego Miguel Antonio Caro, admirador de Andrés Bello por la gramática,  copió el modelo de organización de la policía y de las fuerzas armadas de Colombia; el más humilde y grandioso presidente de Colombia se casó con una chilena: Alberto Lleras Camargo; de ambos países se decía aquí y allá con orgullo,  antes de Pinochet,  que manteníamos la tradición más civilista de toda América Latina y el Caribe, antes de que tras su régimen los economistas colombianos copiaran a retazos muchas políticas económicas fascinados por el modelo de la escuela de Chicago impuesto por el General.

Pero como ocurre con todos los países, necesitamos una suerte de Hilo de Ariadna o hilo del amor para salir exitosos de los laberintos y esquivar la amenaza de los minotauros. El hilo de la madeja tiene dos puntas y por ellas ha de llegarse al centro del enredo.

ÍCONO, ÍNDICE Y SÍMBOLO: UN PARAJE CRUCIAL DE LA URDIMBRE URBANA

Elijo en esta ocasión como punto de partida para descifrar el enigma del país austral no un acontecimiento, sino un símbolo arquitectónico que nos apareja, pero que por fortuna también nos distancia un tanto. Me refiero al centro de gobierno del Estado chileno: el “Palacio” de la Moneda. Se trata de un edificio construido por los Borbones en la segunda mitad del siglo XVIII, cuya función era el equivalente de nuestra Casa de la Moneda y de semejante arquitectura sencilla como la nuestra, no más alta de dos pisos, vecina y de no muy distinta magnitud  a la de nuestro anterior centro de Gobierno, el  llamado “Palacio” de San Carlos, donde hoy funciona el edificio del Ministerio de Relaciones Exteriores. Ambos son monumentos humildes aunque preciosos, a distancia extraordinaria del imponente edificio donde se asentaba Cortés en la inmensa plaza central del Distrito Federal, e incluso parecidos ambos al minimalismo de la Casa Rosada con su pequeña Plaza de Mayo de Buenos Aires.  Ello refleja de modo exacto la menor importancia de virreinatos periféricos a los de Lima y México, típicos de una Colonia más bien cansina y bovina.

Sin embargo, esta es apenas la punta de un iceberg. Para develar sus sentidos, hay que hacer unos rodeos: al trasladarse el gobierno de la Patria Nueva a La Casa de la Moneda y al andar los primeros tres cuartos de un  siglo XIX de relativo bajo perfil de un modesto Chile, el emplazamiento colonial de la Casa de la Moneda  y el discreto tono republicano –en algo dictado por el gran humanista Andrés Bello, tan antípoda de Bolívar por su moderación y horror a la guerra- conjuntaron en una mixtura deliciosa un estilo de sencillo toque aristocrático propio de la colonia con un designio democrático a ras de piso y circular.

Me refiero a que el centro político y cultural de Santiago de Chile no se simbolizó como un imán de poderosa atracción, porque sus accesos en todas las direcciones se centran más bien en la ancha avenida principal que al pasar por La Casa de la Moneda atraviesa a Santiago, la Alameda,  y se articula con vías discretas que a lado y lado provocan una sensación centrífuga y que lucen ante el ciudadano como espacios de dispersión, con una atmósfera laxa como elocuente signo de que los pobladores urbanos pueden olvidar que son súbditos de un gobierno. Con ello quiero simbolizar un estrato antiguo de llaneza republicana con enorme vocación civil, ausente por supuesto en Colombia en cualquier tiempo, y ya fue notoria la diferencia en dos momentos, desde el punto de vista urbanístico.

Primero, la construcción de la monumental plaza de Bolívar a medio siglo del XIX centrada en la cuadratura del Congreso, el “Palacio” de Justicia, la Alcaldía de Bogotá y la Catedral, todas con un ostentoso estilo clásico latino – como si se conjugaran con nuestra inclinación por el derecho romano-,  flanqueadas por el Colegio San Bartolomé en una esquina y por la casa del Veinte de Julio en el costado oriental.  Segundo: el traslado de la Casa de Nariño del “Palacio” de San Carlos a la espalda del edificio del Congreso.

No obstante, el devenir de nuestros pueblos es muy sinuoso. Lo opuesto de los países de América Latina y el Caribe al famoso Destino Manifiesto de Estados Unidos, enunciado por Monroe en 1824, no es la ausencia de destino, pues cada Estado Nacional, como cada persona o entidad poseen un destino ontológico como pautas heredadas y legadas de generación en generación. Que no sea consciente nuestro destino, no quiere decir que no lo haya, sólo que es en nuestros pueblos laberíntico, complejo e incluso fantasmal, como ya lo advertía Bolívar en la famosa Carta de Jamaica de 1815, cuando decía, perplejo, que no somos ni indios, ni europeos, sino un especie media con los reclamos de unos y las ganancias de los otros.  De aquí se sea arduo comprender la especificidad del destino nuestro  a partir de pistas simples, tanto más cuanto que nuestro talante de pensar y actuar es como el propio de los sueños y una cosa es lo que se dice y con frecuencia es contraria a la que se hace.

El escritor Gabriel Restrepo, con Clara Riveros, directora de CPLATAM, Fez, diciembre 2018

 

LA ELOCUENCIA DE LOS LEMAS DE LOS ESTADOS NACIONALES

Y no obstante – anónimos/as  destinatarios/as-, el destino suele enunciarse a veces de modo tan elemental como en los lemas de los escudos de un Estado y nada más veraz que en el ejemplo de Colombia: “libertad y orden”, pues todo el misterio del destino se cifra en encontrar una libertad que no degenere en anarquía, consonante a un orden no proclive al autoritarismo. En Chile el lema es también de una elocuencia que se diría atroz: “Por la razón o la fuerza”. Pero aún así, como en el ejemplo de Colombia, no es de fácil traducción la sentencia contundente. Es preciso develarla en su totalidad: para el caso la frase se enuncia como una advertencia e incluso como una amenaza, tanto a los ciudadanos, como a los foráneos, y ya veremos desplegar su sentido en medio milenio. Pero aún así el intérprete de la semántica histórica no ha de detenerse, pues ha de develar qué contenidos puede encerrar la razón, cuales la fuerza, y cómo basculan la fuerza y la razón cuando se los relaciona como disyunción, como adición o como trueque.

Es que en el terreno de la hermenéutica y de la semántica profundas de los símbolos culturales de una región tan neo-barroca y plena de estratos superpuestos estamos desamparados y ayunos si nos limitamos a organizar nuestras indagaciones en función de los paradigmas dominantes del mundo al norte del atlántico. A ello no ha ayudado para nada el concepto de sincretismo empleado a modo de comodín y dispuesto por ello para la pereza mental y por tanto para detener cualquier avance en profundidad en descender por los socavones de nuestras cajas negras.

Como pueblos mundos que somos, con muy diferentes aleaciones étnicas en territorios ariscos y enmarañados, sistemas de producción yuxtapuestos, complejas estratificaciones sociales, culturas densas y varias, no es dable despachar las asimetrías con los expedientes de conceptos muy gruesos de mestizaje, aculturación o sincretismo, porque esta palabra quiere decir mezcla perfecta, nada recurrente allí donde en todos los planos hay superposiciones, niveles de jerarquía y de  subordinaciones, apareamientos disparejos, para expresarlo en paradoja y en la figura de oxímoron. Tampoco ayuda para nada una dialéctica de ferrocarril, tan parecida a fin de cuentas a la ideología del progreso de dirección única.

Se impone por tanto un estilo de pensamiento casi del tenor del carnaval, tal como en el plano de la literatura, de la lingüística y de la semiótica lo esbozó el ruso Mihail Bajtin, por ello mismo un pensador que pasó subordinado  en la Rusia del marxismo ortodoxo, uno  más empobrecido hasta lo plano de los catecismos. Y en consecuencia, es un axioma de un pensamiento complejo el poner en duda y bajo interrogante todo lo que aparece como rótulo.

El escritor Gabriel Restrepo, Jorge Elias, periodista y escritor argentino, y Clara Riveros, directora de CPLATAM, Fez, diciembre 2018

 

EL ENIGMA DE UN CALAMBUR: “POR LA RAZÓN O LA FUERZA”

Así, para comenzar, el dilema simple de “Por la razón o por la fuerza” luciría como ese modo de crianza y de pedagogía tradicional: “por las buenas o por las malas”. Sólo que a tenor de la figura del retruécano un pensador de veras se pregunta: si la fuerza no tiene su propia razón y si la razón no tiene modalidades de fuerza, o en el dicho de crianza y pedagogía, si las buenas no son tan buenas, o si las malas no pueden camuflarse como buenas. Porque a veces es más aguantable una tunda, es decir, una fuerza física desmadrada, que una violencia simbólica sinuosa y perversa.

Pero para desenredar este calambur es preciso ir de tiento en tiento. Y el punto de partida para una mirada de la larga duración de medio milenio es dar otra vuelta a la manera como ponderamos dificultades, crisis  y problemas. Tendemos a examinar unas y otros con enfoque negativo, quizás porque nos dejamos anegar por el inmenso dolor de nuestro devenir. Empero, otra perspectiva más enriquecedora enfocaría las dificultades como aprendizajes, las crisis como oportunidades y los problemas como acicates de creatividad.

Con estas premisas, examinemos la sierpe de fuerza y de razón. Por supuesto, la fuerza aparece en Chile, como en todos los demás países, como el mayor demiurgo de una suerte de genesíaco apocalipsis por la yunta de destrucción y de creación en el choque violento de cosmovisiones amerindias y españolas. Pero para calibrar este principio, debemos dimensionar una doble dificultad: la de lo indígenas, ante todo los mapuches ante el enorme desafío de la avalancha de españoles venidos del norte. La dificultad de los conquistadores se desdobla en el cruce de territorios abruptos desde Lima al sur, pero para dimensionar este punto hay que decir que el territorio austral de Chile fue el más excéntrico y de acceso remoto de todas las naciones de América Latina y el Caribe, sea por tierra, y mucho más por mar, pues por este medio el único punto de entrada forzado era el del Atlántico antes del canal de Panamá en una larga travesía que además debía sortear el cabo de Hornos cerca de la Antártida para derivar a tierra por una no corta travesía por el Pacífico.

EL PATHOS DE TRAGEDIA Y COMEDIA, FUERZA Y CIVILIDAD

De dos dificultades encontradas emergen unos atributos originarios de energía y de arrojo que pueden derivar en fuerza creativa o en destructiva, en violencia o en voluntad de emprender nuevos comienzos sociales con mucho carácter y decisión. El caso de Chile, como se ha indicado, es el del mayor dramatismo del duelo mortal entre nativos e invasores. Cortés tuvo su noche triste, pero tras ella asentó su dominio. Jiménez de Quesada accedió al altiplano de Bacatá tras una gesta de enormes riesgos y luchas, pero su dominio fue pronto y absoluto, sólo que como será típico de Colombia, siempre amenazado el centro aislado  desde todos los flancos, con secuelas tan dramáticas como la protagonizada en el sur por La Gaitana. Los Pizarros destronaron a Atahualpa de un plumazo, carecieron de la querella colosal de Valdivia y de la noche triste de Cortés, pero sus guerras fratricidas fueron trágicas, como la encarnada en ese genio del mal que fuera Lope de Aguirre. La extensísima poligrafía de Juan de Castellanos escrita en la apacible Tunja no alcanza nunca el rango de epopeya de La Araucania, arquetipo del choque cósmico de dos mundos.

La sagacidad de los mapuches, encarnada en Láutaro, consistió en aprender del adversario y aunar la fuerza y técnicas del conquistador para sumarlas a una prodigiosa organización social. Y si bien tras muchas derrotas la fuerza invasora se impuso, nunca logró someter a los Mapuches que aún hoy se muestran indómitos a una asimilación “por la razón o por la fuerza”.

Latencia de la fuerza en la colonia: el carácter guerrero y la virtud derivada de la dificultad de la distancia se volcaron en el aprovechamiento de unas tierras propicias y de un comercio con Perú, del que fuera tributario. .Pero como ocurrió con Argentina, las dos más lejanas colonias cambiaron arados por armas en una gesta de independencia asombrosa por lo que significó el tránsito de los argentinos por los desfiladeros de los Andes y el ascenso de ambos ejércitos a la empinada cordillera de los Andes. De nuevo, la energía de la Patria Nueva se volcó al asentamiento pacífico y al comercio de tanta exigencia en tierra o en agua, como si resolviera el exceso de fuerza en una excelsa energía de la razón moldeada en el temple civil y humanista de Andrés Bello, tan antípoda a Bolívar, como por ejemplo se observa en su amor por la poesía, pero también por la traducción y adaptación del código civil napoleónico a Chile o por sus estudios de gramática y latín: en suma, Bello proporcionó a Chile un fundamento de civilidad democrática, una vocación por un humanismo clásico y universal y además plasmó todo lo anterior en la fundación de la Universidad de Chile, hacia 1.843, la universidad contemporánea de más tradición en todos los países de  América Latina.

DE LOS BUCÓLICOS VIÑEDOS A LOS CAMPOS DE MARTE

Una patria nueva se incubaba con una inmigración europea quizás más homogénea que la Argentina que, en cualquier caso, logró hazañas ahora pacíficas de tanta admiración como la aclimatación de viñedos, algo que como se sabe, requiere de paciencia, persistencia y mucho cuidado, pues no bastan ni una, ni dos generaciones; otro tanto con los frutales y el trigo. De ello se fue configurando una suerte de aristocracia muy distintiva entre todas las de América Latina por su discreción y sutil empleo del poder.

La razón parecía imponerse en el Código Civil traducido por Chile, en la valoración de educación y trabajo, cierta mesura, civilismo, temple de sociedad civil a partir de una dinámica y más temprana clase media, un socialismo corajudo pero moderado.  Empero, saltó la liebre, como dice el dicho, en el último cuarto de siglo porque toda la potencia del país arrinconado en el cuarto de atrás del Pacífico se volcó a la búsqueda de la supremacía en el océano: derrota de Perú, casi aniquilación de Bolivia, de ahí en adelante muy empobrecida a falta de salida al océano. Con una Colombia olvidada de la costa occidental, el país austral tenía el panorama del comercio internacional despejado hasta el extremo de México y sería uno de los más beneficiados de la derrota de Colombia por su negligencia geopolítica que facilitó la construcción del canal del Panamá, mismo que proporcionó al distante Chile una presencia muy dinámica y potente en el comercio internacional, potenciada luego de la explotación minera del cobre.

Los escritores Gabriel Restrepo y Luis Fayad, Casablanca, diciembre 2018

 

EL NUDO TRÁGICO EN LA INTENSIDAD CÓSMICA DE LAS PERIPECIAS GLOBALES

De nuevo, la fuerza se trueca en razón en el siglo XX, hasta Allende, salvo episodios trágicos como la vindicta de los aristócratas contra el presidente Balmaceda de inclinación democrática, a finales del siglo XIX. El trueque de civilidad democrática por fuerza bruta y desmedida en el tránsito de Allende a Pinochet ha sido, empero, más denunciado con la usual retórica de las oposiciones, sin recabar a fondo en la razón oculta, el significado y el legado envenenado de Pinochet. Quiero insistir en que  un modelo de dominación ensayado en el laboratorio de Chile y luego extendido a todo el mundo no ha sido descifrado en toda su dimensión. Y es que si cupiera gloriarse de experiencias nacionales de significado universal, la de aquel tránsito merecería el primer premio, pese a que su contenido sea acerbo y trágico.

La tesis fundamental de un nueva visión consiste en examinar con mucha lupa qué hay escondido bajo la fuerza brutal de bombardeos de la aviación, desfile de tanques, despliegue de Ejércitos y policía, persecuciones, matanzas, ley marcial, exilios.  Y es aquí donde se complica el lema de la disyunción simple de los términos contenidos en el lema; “Por la razón o la fuerza”, en la traducción popular, “por las buenas o por las malas”. Pues una inversión paradójica mediante un calambur en clave de retruécano permitiría pensar al revés: esto es, que hay una razón de la fuerza que es más potente y venenosa que la sola fuerza. Entre otras causas, para acudir a una broma, decir “razón de la fuerza” aplicada a los militares,  a los golpes de Estado y a las dictaduras de coroneles y de generales en América Latina sería mucho decir, porque para expresarlo en términos contundentes lo que se devela allí casi siempre es una fuerza bruta, es decir, una fuerza sin razones, porque por lo demás las distintas formas de violencia física se jactan de prescindir de disculpas racionales.

Aplicado al golpe de Chile, lo anterior quiere decir que el espectáculo de los bombardeos sobre la Casa de la Moneda, los incendios, humos, estruendos de armas, no revelan el trasfondo de las causas del golpe de Pinochet a Allende. Pues este acontecimiento debe por fuerza enmarcarse en la geopolítica mundial en un momento incandescente de la guerra fría: en 1973 los Estados Unidos ya estaban planeando la retirada de Vietnam, conscientes de una derrota vergonzosa; intentaban aproximarse a China; intensificaban la carrera espacial sólo comprensible como un hito entre el uso de las bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki, las prontas réplicas soviéticas, el intento de Rusia de usar a Cuba como base de misiles en 1963 y el tramo último y más espinoso de la guerra de las galaxias por el control satelital y el despliegue de misiles en el espacio. Como se sabe, este triunfo científico y tecnológico sellaría la derrota del bloque socialista, ya anunciada en la resignada política de la Perestroika enunciada por Gorbachov en 1985. Y, de contera, en aquel año de 1973 se anunciaba una ofensiva de los países de la OPEP, encabezados por los árabes, cuyo resultado fue una crisis mundial ocasionada por la súbita elevación mayúscula de los precios del petróleo.

Pero el imperio fue tan astuto que validó un dicho de la cibernética: sistemas con alta información pero con baja energía, dominan a sistemas con baja información pero alta energía: pues por medio de las operaciones financieras, absorbieron como eurodólares las ganancias exorbitantes de los árabes y descontaron lo perdido y aún sacaron mayor ganancia al reciclar esos dólares al prestarlos a gobiernos veniales, en muchos casos para compra de armamentos con cuya operación las ganancias se doblaban y los países endeudados caerían como castillo de naipes en América Latina durante la llamada “década perdida”, la de los ochentas.

Por lo demás, ya se advertían en 1973 signos de otro conflicto global que sucedería a la explosión del socialismo real, significado en la exacerbación del fundamentalismo islámico y que llevaría a la caída del Sha de Irán, su reemplazo por los ayatolas y la vergonzosa toma de la embajada de Estados Unidos en la capital de Irán que entrañaría la caída de Jimmy Carter, defensor de los derechos humanos, y el ascenso de su antípoda, Reagan, casi al mismo tiempo de la derrota de los laboristas en Inglaterra que sirviera al ascenso de la dama de hierro, Margaret Tatcher. Es en este panorama de definir una nueva geopolítica mundial posterior a la guerra fría donde debe inscribirse y develarse la caída de Allende.

En la operación se devela más allá del juego de marionetas la mano de Henry Kissinger y por supuesto de la CIA, deseosas de minimizar la derrota en Vietnam con una enorme ganancia en la partida de póker estratégica. Pues toda la operación de la fuerza fue precedida, asistida y seguida por una fuerza de una razón muy distinta al ejercicio contundente de una fuerza física brutal, como es la razón contenida en un paradigma no político, sino de naturaleza económica, pero con unos efectos políticos incalculables, más que la detonación de las dos bombas nucleares estalladas en Nagasaki e Hiroshima. Sólo que por la sutileza y eufemismos de la economía, no se dejan advertir en la superficie las profundidades de esta especie de sondas como de bombas submarinas continuas, circulantes, ubicuas y en apariencia tan mínimas como lo encarnan las moneda de curso corriente.

Para develar lo anterior, es necesario volver al tópico del Corralito de Argentina, tal como lo narramos en el recuento a sobrevuelo de la historia de ese país. Durante un año el gobierno de De la Rúa secuestró los ahorros de todos los argentinos. Fue, como dijimos, un experimento intenso en una modalidad no política, sino económica, de la doma imperativa y dictatorial del “rebaño humano”[1], no tan nefasta en apariencia a la “domesticación” perversa de los judíos en los campos de concentración, pero de algún modo equivalente por el control absoluto de los medios de subsistencia significados en la libre disposición del dinero.

Con todo, el experimento argentino pudo soportarse porque fue temporal. En cambio, la operación de captura económica de la política y de la totalidad de la vida civil de los habitantes de un país se produjo en Chile antes, durante y después del golpe de Pinochet y tras su caída, y no solo se limitó al espacio geográfico del Estado Austral, sino que a partir de tal experimentación sutil fue elevada por Reagan y Tatcher a doctrina y práctica corriente a nivel mundial, expandida con mayor razón a todo el globo después de la caída del Muro de Berlín.

María Rosario de Fátima Ginto con los escritores Gabriel Restrepo y Luis Fayad, Casablanca, diciembre 2018

 

 PRIMER ACTO

PREMEDITACIÓN DE LA INTELIGENCIA Y GOLPES MILITARES Y ECONÓMICOS

Se puede preguntar: ¿porqué se afirma que dicha política no política (el lector advertirá la paradoja, que explicaré adelante), es decir por qué la razón económica se ejerció y precipitó el golpe, antes de que Allende cayera por la contundencia de la fuerza bruta?

Respuesta: crematística. Este concepto aristotélico, por desgracia caído en desuso desde el siglo XVI y sustituido por un eufemismo, la economía, que significa oikos nomos, es decir, regulación de los intercambios de una casa, significaba en visión del estagirita todo lo opuesto a intercambios domésticos próximos, por poner en escena unas operaciones numerarias salidas de madre, es decir, salidas de casa, por cuanto representaban especulaciones desorbitadas y codiciosas del dinero con objetivo de la pura acumulación. Ahora bien, es ya sabido que la inflación precipitó la caída de Allende. Pero esta no fue condicionada, como en el desabastecimiento de los bienes de consumo masivo en la Venezuela actual, por un manejo torpe de las relaciones sociales de producción y distribución capitalistas.

El trauma doble, militar y económico, fue inducido como aborto de una creatura prematura y embalsamada sin duelo,  la democracia socialista, desde afuera por una operación crematística calculada, es decir, una inundación artificial de dólares y de dinero que condujeron a unas tasas de inflación extravagantes, con ella la escasez, el desabastecimiento y a poco los cacerolazos, allí en Chile donde hay una clase media muy ensanchada, además muy motivada tras bambalinas por esa omnipotente pero casi invisible aristocracia de tierras y de finanzas de Chile.

Bien, pero aún así se diría que esta operación fue tan puntual, como el corralito argentino, pues debieron bastar dos años, uno para el diseño, otro para la puesta en escena,  y además fue menos visible, como lo son todas las estratagemas de la inteligencia que en ello difieren del empleo de la fuerza. Pero no hay tal: aquel fue el primer acto o el preludio con esa cuota inicial de una súbita  inundación de dinero, colosal y puntual, pero en la evolución de la ópera a cinco actos, cambiaría de traje en el segundo acto como Hermes o Mercurio de disfraces tan pronto las marionetas llegaron al poder. Porque los generales eran burdos títeres, cuyos hilos manejan otros desde arriba: fueron los denominados “Chicago Boys”, economistas formados en la mayor de las escuelas de la tradición de Hayek y de Milton Friedman, llamados por simplicidad tremenda neo-liberales, rótulos que suelen servir para ahorrar esfuerzos de pensar.

María Rosario de Fátima Ginto, Clara Riveros y los escritores Gabriel Restrepo y Luis Fayad, Casablanca, diciembre 2018

 

 SEGUNDO ACTO

NUEVA ESCENOGRAFÍA  Y NUEVAS TRAMAS QUE ANUNCIAN

TERCER ACTO

Vuelvo ahora a la muy excepcional escenografía del segundo – dictadura – y del Tercer Acto –recuperación de la democracia política chilena luego de la renuncia de Pinochet. Ahora la Casa de Gobierno, La Casa de la Moneda o – como dicen con pompa en toda América Latina- el “Palacio” de la Moneda, el epicentro del gobierno ejecutivo, militar y post militar, se flanqueará con dos construcciones muchísimo más altas a lado y lado de “Palacio” y de plaza: a un costado, el Ministerio de Hacienda, es decir, la entidad que regula la moneda y la política monetaria. Al otro costado, El Banco Central, es decir la entidad encargada de la custodia de la reserva de dólares y de dinero del Estado chileno. Son dos bloques de edificios muy similares, de altura mayor en tres veces a la de la Casa de la Moneda y de este modo al enmarcarla encogen su perspectiva y se erigen como custodios laterales del gobierno.

¿Se me entiende la metáfora? Me aproximo al meollo si dibujo la arquitectura de los dos edificios: parecen casillas de un Banco, aquellas donde personas autorizadas guardan depósitos valiosos También mediante otra metáfora parecieran urnas…sólo que funerarias, es decir, bóvedas de los cementerios incrustadas en los pabellones. Son fríos, anodinos, en cuadrículas rectas, sin esa curvatura y detalle del rococó distintivo de La Casa de La Moneda.

Y el excavador del lenguaje se asombra al advertir el parecido de la crematística con la escatología, ambas ocupadas de restos y de infinitos malos, ambas emparentadas con esas raíces más arcanas del poder de un imperio de esclavos dedicado a la acumulación de dinero, lo que un teólogo de cerca del siglo IV denominó “estiércol del diablo”: plaza, como puesto, lugar de asentamientos . en el caso de los dos edificios, asentamientos del dinero- lugares de resistencia (re sidere, ocupar el mismo espacio), como la plaza donde se asientan los poderes, a modo como los animales marcan el territorio con los excrementos: plaza, eje de emplazamientos, desplazamientos, reemplazamientos, aplazamientos, punto nodal de lo que Derrida denomina differance, a saber, diferendos, diferimientos, dilaciones en tiempo y en espacio, cuya razón de ser es el abismo cavado entre los que tienen poder y dinero y quienes carecen de él.

El tema del segundo acto no es la arbitrariedad o el autoritarismo de la marioneta principal, Pinochet. Es la estrategia muy calculada y puesta en escena paso a paso para desmontar el Estado, para disolver lo público, para ahogar a la ciudadanía y acorralar ese sentido de centro descentrado del siglo XIX en Santiago, uno que parecía acordar a la perfección con la sentencia de Pascal: el mundo es un círculo cuya circunferencia está en todas partes y su centro en ninguna. Y, ¿cómo lo hizo? Tan gota a gota según la famosa tortura china que en este caso se traslada a otra imagen: de moneda en moneda, de circulante en circulante, de giro en giro. En un poco más de tres lustros el experimento crucial consistió en desmontar pieza a pieza el complicado mecanismo de filigranas del denominado Estado Benefactor.

Y ello se refiere a las nuevas modalidades de dominación del rebaño humano instauradas en lo que Foucault denominó bio-política, pero que ya se habían anunciado cerca de la mitad del siglo XIX por Tocqueville en una prodigiosa profecía, en pasaje que por excepción debo incorporar por extenso, debido a lo pródigo de sus anticipaciones, cita extraída de uno de los capítulos conclusivos del segundo tomo de La Democracia en América, y en torno a la cual por desgracia poco se ha reflexionado:

“Pienso pues que la especie de opresión que amenaza en la actualidad a  los pueblos democráticos  no se parecerá en nada  a aquellas que la han precedido en el mundo; en vano hallarán nuestros contemporáneos imagen semejante en sus recuerdos. Yo mismo indago en vano una expresión que reproduzca y englobe con fidelidad la idea que me formo del asunto; los antiguos nombres de despotismo y de tiranía no sirven para el caso: el asunto es nuevo. Y por tanto hay que darse a la tarea de definirlo, puesto que no lo puedo clasificar.

“Quisiera imaginar bajo qué rasgos nuevos podría reproducirse el despotismo en el mundo. Veo una multitud incontable de hombres semejantes e iguales, que dan vueltas sin cesar en torno a ellos mismos para procurarse placeres pequeños y vulgares con los cuales llenen su alma. Cada uno de ellos retirado y aparte es como un extranjero al destino de todos los otros; sus niños y amigos particulares forman para él toda la especie humana. En cuanto al resto de sus conciudadanos, está al lado de ellos, pero no los ve; los toca y no los siente. No existe más que en sí mismo y para sí mismo; y si le queda una familia, se puede decir al menos que no tiene ninguna patria.

“Encima de todos aquellos se eleva un poder inmenso y tutelar, que se encarga él sólo de procurar sus goces y vigilar por su suerte. Es absoluto, detallado, regular, previsor y dulce. Parecería la potencia paternal si como ella tuviera por fin preparar a los hombres a la edad viril; pero por el contrario,  no persigue más que fijarlos de modo irrevocable en la infancia: mira con buenos ojos que los ciudadanos gocen, mientras que no piensen en nada distinto a  gozar. Con gusto trabaja por su bienestar, pero quiere ser el único agente y el único árbitro; procura su seguridad, prevé y allana sus necesidades, facilita sus placeres, conduce sus principales asuntos, dirige su industria, regla las sucesiones, divide las herencias. ¿No quita con ello por entero la dificultad de pensar y la pena de vivir?

“De esta forma día por día devalúa y hace más raro el empleo del libre arbitrio, pues confina la acción de la voluntad a un espacio cada vez más ínfimo y roba a cada ciudadano hasta el usufructo del libre discernimiento. La igualdad ha preparado a los hombres para todas estas cosas, los ha dispuesto a acomodarse e incluso aún a mirarlas como un bienestar.

“Después de haber aprisionado así vuelta a vuelta a cada individuo en sus potentes manos y de haberlo petrificado a su gusto, el soberano extiende sus brazos sobre la sociedad entera; cubre toda la superficie con  una malla de pequeñas reglas complicadas, minuciosas y uniformes, a través de las cuales los espíritus más originales y las almas más vigorosas no sabrían esclarecerse para sobrepasar a la multitud; no quiebra las voluntades, pero las ablanda , las pliega y las dirige; rara vez obliga a actuar, pero se opone sin cesar a que se actúe; no destruye nada, impide que algo nazca; no tiraniza, molesta, comprime, enerva, estrecha, envilece y en fin reduce a cada nación a no ser más que una manada de animales tímidos e industriosos, cuyo gobierno es el pastor.

“Siempre he creído que esta especie de servidumbre, reglada, dulce, pasable…podría combinarse mejor de lo que nadie imagina con algunas de las formas exteriores de la libertad, y que no sería imposible establecer a la sombra misma de la soberanía del pueblo…En ese sistema, los ciudadanos salen un momento de su dependencia para elegir  a sus amos y luego vuelven a ella.

“…bien veo que de esta manera se conserva la intervención individual en los asuntos más importantes; pero no se la suprime en los más pequeños y particulares. Se olvida siempre que es en los detalles donde es peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, preferiría creer que la libertad fuera menos necesaria en las grandes cosas que en las menores, si se me pusiera en el dilema de que debiera asegurar una excluyendo a la otra.

“La sujeción en los pequeños asuntos se manifiesta todos los días, y se hace sentir indistintamente sobre todos los ciudadanos. No los desespera, pero los contraría sin cesar, y los lleva a renunciar al uso de su voluntad. Angosta poco a poco su espíritu y enerva su alma; mientras la obediencia, que no es reclamada  más que en un pequeñas circunstancias muy graves, pero excepcionales, no muestra la servidumbre más que de cuando en cuando y no la impone más que a unos cuantos hombres. En vano se encargará a esos mismos ciudadanos vueltos tan dependientes del poder central la tarea de escoger a los representantes de este poder,  pues este uso tan importante,  pero tan corto y tan raro de su libre arbitrio  no les impedirá que pierdan poco a poco la facultad de pensar, de sentir y de actuar por ellos mismos y que no caigan por tanto gradualmente por debajo del nivel de la humanidad”.

Tocqueville, Alexis de, 1850. De la Démocratie en Amerique. 13a. ed. Paris, Pagnerre, Editeur (dos tomos).  Tomo II: 357-360 (Traducción de Gabriel Restrepo)

Clara Riveros, Mustapha Ouzir, profesor de la Universidad Mohammed V, y el escritor Gabriel Restrepo, Smara, diciembre 2018

 

INTERLUDIO

MEDITACIONES EN TORNO AL NEXO MODERNO Y CONTEMPORÁNEO DE LA ECONOMÍA TEOLÓGICA MEDIEVAL  Y LA ECONOMÍA POLÍTICA DEL CAPITALISMO

El tema merece unas glosas retrospectivas. Es cierto que el capitalismo, como argumentaron Max Weber y Tawney, surgió a partir de Lutero y con más razón de Calvino: de ambos, el individualismo, la pugnacidad contra las indulgencias y la hipocresía de las buenas obras como salvación, de ambos la abolición de la confesión, de ambos el suprimir la intermediación de sacerdote e Iglesia y sacramentos para dialogar con Dios, de ambos la supresión del chantaje de purgatorio e infierno. Pero como los señalan muchos historiadores, todavía Lutero se situaba en la atmósfera del medioevo por ese sentido de obediencia, lucha contra la usura, resignación ante el mal del mundo.

Calvino fue más lejos y concibió una ética acomodada a la burguesía en ascenso: el Dios remoto y desconocido daría sus señales de predestinación a los elegidos si en una actividad ascética de dominio de sí mismos por trabajo y frugalidad producían riqueza como alabanza de los designios de Dios y ejercían la razón para desplegar un poder para el control de la naturaleza y de la sociedad. Pero pese a estas premisas, luteranos, calvinistas, puritanos y anglicanos no se desprendieron de cierto sentido de caridad social. Las revoluciones inglesa y francesa avanzaron al crear los derechos civiles y humanos, y en ambos países durante el siglo XIX el capitalismo fue diseñando estrategias de inclusión social. Estas se refinaron en la Alemania unificada de Bismark y fueron acogidas y ampliadas por Estados Unidos luego de la gran Depresión y con más razón después del fin de la segunda guerra mundial, con mayor fundamento para distinguir al capitalismo de las barbaries del nazismo y contraponer una democracia liberal, pero también social, al bloque socialista.

Por cierto, la estrategia de Kissinger, de la CIA y de la escuela de Chicago consistía primero en impedir a toda costa la presencia de un nuevo Estado Socialista semejante a Cuba en la América Austral, el cual hubiera podido prender la chispa del comunismo en todo el patio trasero de Estados Unidos, de sur a Norte, con más éxito por su estrategia civil y política que el negativo del Che Guevara. Pero ello no bastaba. La CIA y los estrategas de geopolítica de Estados Unidos bien saben que tantos coroneles y generales que han puesto como títeres son tan ineptos o tan tornadizos que bien pueden conducir a desastres como los de los argentinos con la aventura desastrosa de la guerra contra las Malvinas o como el más célebre bumerangs cuando al usar a agentes como Osama Bin Laden para desestabilizar a un Afganistán Soviético, a la vuelta del tiempo enfilan contra el contratista temporal.

Con el telescopio ya enfocado a larga vista y con una cierta certidumbre del posible desmoronamiento del Boque Socialista, se trataba de sustituir el socialismo chileno desde su inicio y del mismo cualquier democracia medio mal armada que pudiera ser tornadiza como han sido las de América Latina por un modelo inédito, el incubado por la escuela neoclásica de Chicago  que fuera literalmente irreversible y al mismo tiempo sirviera como experimento demostrativo para extenderlo al mundo entero.

De modo que en menos de tres lustros desmontaron el Estado de Bienestar pieza por pieza, e incluso fueron mucho más allá porque vendieron a precios de huevo –por exagerar- el acumulado de sectores estratégicos de la producción o indispensables para la reproducción del capital. Nada de capitalismo de Estado: carreteras, siderúrgicas, empresas mineras menos la del cobre, intocable, telecomunicaciones. ¿Qué produjeron con estos traslados? Una capitalización sin precedentes de un sector terciario tan ensanchado como es el chileno, en especial con un sistema financiero audaz, potente, ubicuo, internacional, con lo cual empoderaban y enriquecían aún más a una minoría con ganancia múltiple: la tierra, las industrias, los servicios y ante todo la potente banca. Y por supuesto, trasladaron los servicios sociales a las relaciones de fuerza de la oferta y de la demanda, de tal modo que la responsabilidad por la educación ahora dependería de las maniobras de cada ciudadano para obtener una financiación por los cuatro a ocho años de estudio, de tal monto que duraría tres o cuatro veces más en pagar intereses y capital.

La traslación de producción y servicios del Estado a los particulares fue asombrosa. Se diría en burla que la economía clásica se tornó más anarquista que Bakunin y más revolucionaria que Marx, porque en muy poco tiempo desmontaron el Estado y lo supeditaron como cenicienta fantoche pero impotente a las leyes del mercado y a quienes tras la demanda y oferta regulan la economía nacional e internacional.

Todo incluso estaría bien en el vaciamiento de un ente tan hinchado, vacuo y en el fondo trivial que es el Estado, ante todo en su rama ejecutiva, si no fuera porque la consecuencia de todo prueba que el capitalismo es tan bueno como productor de riqueza como pésimo en la distribución de la misma. Un dicho acuñado por mí resume todo un milenio de la historia financiera del mundo. En el medioevo, el lema dominante fue: “la bolsa o la vida”, un dictamen que por cierto no era insoportable por los salteadores de caminos, pues estos se podían esquivar con suerte y maña, sino porque el principal salteador era la monarquía como embrión primigenio de los posteriores Estados. Basta para ello leer la tragedia de Ricardo II de William Shakespeare.

En la modernidad el imperativo es otro, y es uno tan trágico que está provocando la irascibilidad y rebeldía de los denominados pingüinos, los estudiantes de secundaria, tan incontenible como la de los Mapuches en el sur. Dice así: “tu vida para la bolsa”. Mientras en México y en Argentina la educación es pública y en la mayor parte gratuita, la formación del capital humano, social y cultural en Chile depende de que cada ciudadano se ponga la soga al cuello para sobrevivir, pues luego de que se forme muy bien con su esfuerzo propio y a crédito, luego tendrá que emplearse con patronos que ganarán por punta y punta: nuevos empresarios de la educación domarán a los nuevos trabajadores para que rindan sus frutos en el engrandecimiento de unos pocos capitalistas.

Pero el panorama es aún más sombrío y más sutil. Desde que Calvino despreciara a vagos o a borrachos, la modernidad fue entretejiendo una telaraña sutil para desembarazarse de escrúpulos y culpas. La mano invisible que equilibra demanda y oferta y que premia el egoísmo de cada empresario se fraguó con Adam Smith con una ecuación entre economía moral y economía monetaria: las personas merecen su suerte. Como todavía ello sería inescrupuloso, en ayuda de los ricos vino el paradigma de Darwin: vencen en la selección natural los más fuertes, y la sociedad ha de premiar ese coraje. Pero como si no bastara, el paradigma de la inteligencia única acudió como medio más sofisticado de discriminación: nada se puede hacer contra la lotería genética.

Y como empero una democracia o lo que quiera parecerse a ella no puede ser tan contundente, el desplome del paradigma genético y el de la inteligencia heredada fue sustituido por un expediente en apariencia incontestable: las competencias, adobadas con toda la parafernalia y las retóricas del aprender a aprender, la educación continua, la formación en la ductilidad y en la flexibilidad, el predominio del esquema del aprendizaje recíproco por encima del monopolio anterior de la enseñanza, etcétera. Pero si se examina a fondo el sistema de evaluación imperante, el mismo que envía una señal retroactiva a toda la educación, estamos muy por debajo del milagro de Grecia clásica.

Pues el código inequívoco y sin ningún ruido que se remite  como retroalimentación es que uno debe formarse de modo quizás más enriquecido para lo mismo: aprender a responder, es decir, a obedecer. Pues lo que exige cualquier imperio o amo es esa capacidad, la de responder y no, en absoluto, la de preguntar. En otros términos, la educación formal sirve para un aprestamiento más sofisticado en la obediencia, esto es en el pensamiento convergente. Indispensable, sí, pero allí no nace a medio camino apenas la creatividad, que consiste en equilibrar muy bien el pensamiento convergente y el divergente, la capacidad de responder y la libertad de preguntar.

Con lo anterior no quiero ser dogmático y recomendar que se eliminen estos dispositivos de evaluación masiva, pero sí que se tenga el suficiente cuidado para indicar que miden solo una dimensión y que por tanto el mejor modo de preparar a cualquiera para lograr excelencia en las pruebas sería formarlo para preguntar, con lo cual ganará por partida doble, porque sabrá responder y a la vez ir más allá del pensamiento convergente.

Pero la consecuencia más grave se encuentra al unir el dispositivo de la educación con el automatismo del mercado y ambos con la nueva economía teológica y moral: si el individuo está mal dotado desde antes de nacer por la lotería social y la lotería genética, para redimirse se le ofrece una educación que, aunque a crédito, será de calidad. Si el individuo no se salva a sí mismo mediante una gesta desigual año tras año en la competencia de la educación, ya no habrá consideración lenitiva de ninguna clase: merece su suerte, allá él, es cosa y responsabilidad suya.

Por esta jugada a tres bandas se producen aberraciones recientes como no se han visto jamás en la historia de la especie humana. La primera, es la socialización de las pérdidas de un millar de banqueros irresponsables que llevaron  en el 2.008 a la catástrofe financiera y al descenso de las economías en todo el mundo de entonces a ahora, asumidas y pagadas a pequeñas pero constantes cuotas diarias y mensuales y anuales por la inmensa mayoría de la población mundial, bajo el chantaje de que si se derrumba el sistema financiero perecemos todos. Y la segunda, correlativa a lo mismo: la impotencia y la ausencia absoluta de voluntad de la economía mundial para pasar de la gran creación de riqueza a otra incluso más acelerada pero potenciada y vacunada contra crisis cíclicas producidas por el abismo entre la acumulación de unos y la ausencia de demanda por pobreza de los otros o por insuficiencia para cubrir la canasta indispensable de bienes básicos, se demuestra en el hecho de que según estadísticas recientes la inequidad en el mundo es tan monstruosa que 80 grandes potentados tienen la fortuna equivalente a la sumada por lo habido por 3.500 millones de habitantes, la mitad del planeta.

Y aún hay una tercera consecuencia maligna de estos encuadres, la cual permite trazar una equivalencia asombrosa entre economía teológica y economía monetaria, ni siquiera prevista por el genial Marx, pues es más potente que su definición del fetichismo de la mercancía. Es una  secuela que enlaza los análisis de Marx en torno al tema del fetichismo con la idea de Max Weber de los  calvinistas a ultranza que al desesperar por no saber si están predestinados a la salvación, algo que corresponde a los designios y arbitrios inescrutables de Dios desde la eternidad, los creyentes buscan señales indirectas de la manifestación de la gloria y del poder de Dios en el mundo: y ellos son dinero y poder. Por tanto dinero y poder son santificados siempre que su ganancia responda por igual a una ascesis secular personal, en la cual consiste la santificación como correspondencia con el Creador, y mediante la cual ellos son investidos como adelantados de la santificación del mundo y por tanto nuncios del advenimiento pleno de Dios a la tierra. Monjes sin otro monasterio que la ciudad o el mundo, ministros de Dios sin otro menester que el saber hacer y el saber ahorrar y reinvertir con cálculo, perseverancia y paciencia.

¿Y en qué consiste la ecuación entre economía teológica y economía de acumulación monetaria? Como nuevos abades, sólo que dispersos en ciudad y mundo, los predestinados, es decir los elegidos por Dios para manifestar su gloria, agrupan a la escoria social en las fábricas, nuevos conventos pero en jornada diurna, y mediante el uso de razón y cálculo, lo mismo que de abstinencia, ahorro y prudente reinversión, ordenan a los no elegidos o predestinados, los operarios, los proletarios, los trabajadores, los carentes de propiedad distinta a su manualidad y despliegue de trabajo, en espacios donde, como en la alquimia, se produce aquel beneficio de la escoria convertida en la piedra filosofal, la que da eternidad, la que brilla, la elástica y flexible, que es el oro. La escoria social será en algo santificada por contagio con los elegidos, solo si obedecen, es decir, si responden al mandato de los elegidos que no es muy distinto a los votos de las órdenes medievales: castidad, pobreza y devoción, es decir aplicación suma y cuidadosa a la misa negra de los talleres del mundo. Algún día ellos también serán redimidos, pues la riqueza de los pocos se irrigará para beneficio de los que sepan obedecer.

Y bien, ¿de dónde surge ese ardid de un óptimo eclecticismo para unir lo desunido e incluso lo antagónico en apariencia, el materialista Marx y el idealista Weber? Eureka: no se trata sólo del fetichismo de la mercancía, llamado así porque las relaciones sociales son reducidas a nexos entre cosas y, además, configuraciones producidas en etapas de la historia por agentes sociales se representan como naturales y por tanto evidentes,  fuera de cuestión o duda. He aquí el inmenso deleite para un pensador que aún cree en el poder de la teología y de las otras dimensiones de la cultura como causa causarun, es decir  causas que si son causadas, son a la vez causas de sus causas, es decir son auto-poiéticas, en el sentido de un enorme poder de creación con una relativa, pero extraordinaria autonomía.

Y antes de dar con el meollo del alumbramiento teórico, lo rodearé por un ejemplo de la causalidad poderosa de la cultura que, por cierto, sirve para proporcionar mayor hondura a la síntesis propuesta: toda la economía e incluso toda la política, pese a lucir como “sólidas” en el sentido que confiere a ese atributo Zygmunt Bauman como anacronismo de una sociedad moderna sobrepasada ahora por una “líquida” y, como yo añado más allá de Bauman, con más razón por una etapa atmosférica como es la contemporánea, depende en última instancia, como diría Althusser, de algo tan volátil, intangible, aéreo, etéreo como la confianza, es decir, el trust . La solidez de una economía no reposa en las urnas o gavetas de las bóvedas del Banco Central de México, tampoco en las arcas del Banco de Argentina, como se vio en el corralito, ni tampoco en la suma de lingotes de oro acumulados en la Reserva Federal de Estados Unidos, como se vio antes en la Gran Depresión, y en el reciente pasado en la crisis financiera de 2.008: todo pende de la confianza de los ciudadanos. Si esta se desploma, no habrá oro que vaga, ni billetes, ni monedas, ni patrimonio: el oro se convertirá entonces en lo que es, un simple metal, con algunas cualidades, se admite, pero en el fondo no distinto al hierro o al plomo, salvo el juicio de las doncellas cuando lo eligen como medios de conquista al conquistador en aretes o pulseras. Afrodisíaco, por cierto, pero no como los peces por fósforo, sino por encuadre del sempiterno esclavismo.

¿Y qué es el trust, qué es el crédito, que es la confianza? Nada menos que la antiquísima fe, la expuesta como paradigma en Abrahán, la primera virtud teologal del catolicismo, anterior a la esperanza, tan potenciada después del judaísmo por el catolicismo y luego por el mesianismo marxista, hasta Hegel y Fukuyama con su relato del Fin de la Historia. Dos virtudes teologales, fe y esperanza, que mueven al mundo desde tiempos inmemoriales y que el inmenso San Pablo develó como epifanía del agapé, el amor supremo o la caridad, que es aquello en lo que se cifra el envío de, Espíritu Santo por parte de Cristo y que él apóstol de los gentiles sobrepone en pasaje excepcional en una de las epístolas a los Corintios a la fe y a la esperanza. Y es que por el agapé, el amor, la caridad, que son cualidades de estética y razón puras, San Pablo fue pionero por ese medio para esbozar una economía del advenimiento pleno de Dios a la tierra.

El punto crucial en este pasaje consiste en una andanada al centro mismo de la epistemología constitutiva de todo el razonamiento de la modernidad: los “nuevos” como se denominaron engolados los savants modernos, desdijeron de toda la filosofía medieval. Mal les vino hacerlo, porque olvidaron dos argumentos contundentes para derruir todo el edificio de la metafísica y de sus modalidades mediocres o elegantes posteriores: primero, un reduccionismo abstruso al considerar como causas únicas de la dinámica social a los factores materiales, sean naturaleza, sea economía, sea tecnología, y por tanto al considerar a la cultura y a sus manifestaciones: ideas, creencias, creaciones poéticas, literarias, artes, música, ciencia y demás  como epifenómenos secundarios por ser o reflejos y obedecer a causas terceras supeditadas a segundas o primeras.

Les faltó la moderación de un buen nominalismo, al estilo del mejor Guillermo de Ockam. Porque recayeron a la inversa de Aristóteles en otro primer motor, ya no el divino de arriba sino el del áureo de abajo, el signo de Midas. Y la segunda negligencia que se cobra caro: al modo de aquellos realistas criticados por el nominalista franciscano, se tragan la realidad de ideas o de conceptos, para el caso la solidez del oro y la fundamentación material de la fe. Por ello acuden a cierta prestidigitación cuando por magia semántica signan al billete del dólar con un lema: “In god we Trust”, que mejor sería leer como “In Gold we Trust”.

Bastaría leer con sumo cuidado el texto casi testamentario del poeta simbolista Estefan Mallarmé, Variaciones sobre un tema, del cual he sacado, como de una inmensa mina, mi tesoro espiritual al leerlo por lo menos cincuenta veces desde hace al menos veinte años. Allí indica que la herencia de la alquimia medieval se bifurcó en dos vías antitéticas en el mundo moderno: la economía política y la estética. Y aunque no lo dice, pues en él todo es sugerencia sutil, la primera se reduce a la búsqueda material del oro, Midas sería su ejemplo clásico, en tanto que la otra persigue la sabiduría mediante la poiesis, la creación por obra de un espíritu signado en el amor o en la agapé.

Tras lo anterior puede por fin enunciar la síntesis en apariencia inusitada: los elegidos, es decir, aquellos que acumulan el signo de Dios, el oro, son por lo mismo los únicos monoteístas auténticos del mundo contemporáneo. Y por metonimia con el producto áureo santificado que une tierra y cielo, los predestinados custodios del tesoro divino por ascesis continua, alcanzan la plena y total apoteosis, palabra griega que significa la conversión de un hombre en Dios, como ocurriera con el desgraciado pero corajudo Edipo. Ellos son la manifestación de Dios en el mundo. Y no adoran más que a Dios.

Traducción de Weber a Marx y de Marx a Weber: los monopolistas demiurgos del capitalismo mundial son tan arrianos como Newton, quien por sorprendente que parezca, viene al caso por haber sido el medium que traspasó la metáfora de la gravedad de los planetas a la gravitación universal de las finanzas en torno al soberano. Dios sol, Dios rey, Dios solitario, Dios de la ciencia, Dios del poder, el arrianismo no reconoce para nada la mediación de Cristo, ni mucho menos cree en la divinidad del espíritu, la tercera persona en la hipóstasis trinitaria, es decir la fuente de emanación a través del vacío de amor, agapé o caridad, Como en Newton, quien se creía como Dios reencarnado, la ciencia y las finanzas producen un continuo desentrañamiento del mundo, una salida de madre de la especie como si se produjera un aborto orbital.  ¿Y cuál es el equivalente marxista del monoteísmo teológico de las religiones?

Sencillo, mi querido Watson, es nada más, ni nada menos que el valor de cambio universal, cuya posesión en forma de monopolio condena a la multitud, es decir a la escoria social del planeta, al politeísmo pagano de la idolatría a los becerros no de oro, sino barnizados de unos visillos dorados evocadores del oro único. ¿Traducción? Mientras que los 80 o 500 extraordinarios capitalistas poseedores del equivalente de cerca del 80% de la riqueza mundial, tienen el control cibernético indisputable del dinero y del poder, la multitud se entrega en alma y cuerpo a la adoración de los valores de uso que, como se sabe, son adjetivos, mudables, mutantes, perecibles, sustituibles, desechables, imantados por la propaganda – esa caja negra del mundo contemporáneo que es la publicidad-  todo debido a que la estratificación social opera mediante otra estratagema intangible: la pasión de la envidia y ella es insaciable porque para estar a la moda, in, adentro como se dice, para beneficiarse del destello del oro lejano, debe consumarse en el mismo consumo y todo ello a punta de crédito, afanes, desvelos. En suma: “tu vida para la bolsa”. Toda la vida, todo el cuerpo, toda el alma, desde la partida de bautismo a los gastos funerarios, pasando por la educación a crédito.

Unas glosas antes de proseguir la obra de teatro en el paso del segundo al tercer acto: por no tomar en cuenta estas dimensiones teológicas y culturales, la resistencia social no podrá atinar en proponer y descubrir un camino para un mundo que equilibre las dos vertientes de la alquimia: la economía política y la estética, es decir, el oro material y el oro de la sabiduría, el amor por el dinero y el dinero para el amor, la fe y la esperanza entrelazadas por el cordial principio de amor al saber por el saber del amor, la racionalidad con la afectividad. Porque como lo indica la inefable Simone Weil, hoy hasta los amos están saciados de serlo, ni qué decir de la multitud incontable de los nuevos esclavos. Porque a falta de amor benevolente no hay compasión, no hay comprensión, pero aún en términos de la pura economía se comprueban dos  elementales verdades: que los excedentes inmensos derivados de una producción cada vez más racional y social en su base constitutiva no retornan como dínamo para otras expansiones de la riqueza por analfaBESTISMO en la distribución o en el retorno de la riqueza acumulada, de tal modo que son inevitables los riesgos crónicos de nuevas y más dramáticas depresiones; no se toman en serio las advertencias de la madre naturaleza que envía signos de que la no devolución a ella de todo lo que sin piedad se extrae contribuye a acelerar una lente muerte en vida por calentamiento global: no se pondera tampoco de qué modo el principio de competencia no se ha equilibrado en suficiente proporción con el correspondiente pilar de la cooperación; ni se sopesa en los cálculos racionales que hoy las enfermedades y las causas de muerte más recurrentes son engendradas en el desequilibrio de cerebro y cuerpo, sema y soma, racionalidad y afectividad. Cada año hay un millón de suicidas y la población afectada por depresión es incontable: hasta el mismo Dios de los monoteístas monopólicos desaparece de su horizonte por la segura entropía de un absoluto desencantamiento.

Pero, por ahora, paso al fin del segundo acto, a punto del cierre del telón. Pinochet en su desespero busca por dónde evitar la catástrofe. Los dueños del modelo lo saben, pero no le ayudarán. Casi como en la lucha de Sansón contra los filisteos, por poco  lleva a la sociedad chilena a la tragedia de los comunes, al reeditar la desventurada salida última de los ineptos y obtusos generales argentinos: guerra contra Argentina. La tragedia de los comunes es una figura paradigmática de lo que ocurre cuando todos los competidores se engarzan en una lucha antagónica sin posibilidad de que unos u otros obtengan triunfo, a diferencia de los juegos suma cero en los cuales uno gana lo que el otro pierde o lo que quite al otro: dinero, poder, fama, mujer, prestigio. Pero los mandarines del control global no podían permitir a Pinochet semejante salida suicida, además salvada por la intervención de Juan Pablo Segundo.

Luis Fayad, Abdelkader Chaui, escritor marroquí, Clara Riveros y Gabriel Restrepo, Rabat, julio, 2019

 

TERCER ACTO

GLOBALIZACIÓN DEL EXPERIMENTO CRUCIAL DE CHILE

Pero, ¿qué importaba la suerte de un Pinochet con bolsillos henchidos por abuso de codicia y las manos tintas de sangre? Tercer acto: se abre el telón: el experimento crucial de Chile se confirmó en la retorta del país austral y por lo tanto se puede convertir en remedio universal: ascenso de Reagan, sucedido por los Bush,  con intermedio de un Clinton  que para distanciarse del  buenazo de Carter insultó a alguien que lo reprochaba por la continuidad de la política de la economía clásica: – Es la economía, estúpido. Anécdota que pone en evidencia dos corolarios: el primero, que es tal la fuerza del pilotaje y de la realimentación cíclica del modelo, que se convierte en un automatismo cibernético de continuos reciclajes, tan poderosos que ocultan los indicios de lo que Gregory Bateson denominó cismo-génesis, anuncios de su entropía. El segundo resultado: que los Estados cada vez son más adjetivos frente a tal automatismo del mercado y del dinero.

Pero todo ello puede maquillarlo la euforia de la flecha del tiempo de un modelo creado en Chile, a pesar de ser inducido por fórceps desde afuera, pero en cualquier caso con talento chileno, exportado al globo por Reagan y Tatcher, victorioso por la tecnología militar con el escudo de misiles, ayudado no poco por la sagacidad y coraje de Juan Pablo Segundo y concluido con la dopamina extraordinaria de la caída del Muro, aunque coincidiera a poco con los nuncios de posibles desastres desde la insuflada osadía de Sadam Husein. Pero es que respaldado por los flancos de la seguridad militar, de un lado, y de la venialidad de la sociedad del espectáculo, la simonía de los monoteístas y monopolistas del poder del oro y del oro del poder son incapaces de comprender que el fundamentalismo islámico no se enfrenta a la democracia o a la racionalidad o a la tecnología, porque la disputa de fondo es por ambos lados religiosa, dado que el aparente materialismo de la economía en el fondo se ampara en la idea teológica enunciada en anteriores párrafos.

Clara Riveros. Gabriel Restrepo, José María Martínez Alonso, director del Instituto Cervantes en Rabat; y, María del Pilar Gómez, embajadora de Colombia en Marruecos, julio, 2019

 

CUARTO ACTO

EL REGALO ENVENADO QUE HEREDA LA COALICIÓN DEMOCRÁTICA

Cuarto acto: sale Pinochet, se recupera poco a poco la vocación civilista del Chile del siglo XIX, gobiernos de distinto signo se alternan. Pero algo anda mal, se incuba una bomba de tiempo, sea por la fuerza de los mapuches, sea por el movimiento de los pingüinos, ambos guiados por amor y coraje tales que pueden atreverse a dar ese gran salto cualitativo de la mera resistencia a la disidencia creadora. Y lo anterior merece una explicación.

La resistencia es necesaria y es comprensible, pero como un primer escalón de los nuevos movimientos sociales, con ese largo expediente de los indignados del mundo. Comienzo por disertar de modo breve sobre el concepto de “indignados”. Antes, en el siglo XIX, con los modelos pacatos de civilidad señorial, del tipo del Manual de Urbanidad y buenas costumbres del caraqueño Manuel Antonio Carreño, la resignación de los pobres, ahora discriminados por no ser hombres de “crédito”, “propiedad”, “porte”, “buen lenguaje”, “buenos modales”, y en apariencia yo no apaleados por ser indios, cholos, cafés, negros, tente en el aire, vuelta atrás, quinterones, zambos, mulatos, mestizos, sino por sus ademanes y apariencias, los resignados de la multitud soterrada se contentaban con decir: “somos pobres, pero honrados”, es decir: somos dignos, aunque sigamos siendo pobres por siempre. Hoy esa conformidad es anacrónica y el dicho ha de trocarse: somos pobres y en nombre de la dignidad luchamos por la equidad democrática.

Digo que la resistencia es necesaria, pero insuficiente, pues será cooptada de modo fácil por distintos expedientes: fuerza, compra de conciencias, pan y circo. La resistencia es un concepto que proviene de “re sidere”, volver a ocupar el mismo lugar, igual sitio (asentamiento, espacio marcado como en los animales por el estiércol del diablo, sea poder o riqueza), la misma plaza de donde fueron desplazados, desterrados, reemplazados y aplazados. La resistencia es equivalente al principio mecánico de acción y reacción. Es por tanto mimética y envuelve lo que René Girard denominó la rivalidad mimética, por tanto dialéctica  de la envidia que en el fondo se pauta en el oxímoron de la Coincidentia oppositorum, la coincidencia de los contrarios, y por tanto se despliega como un juego de suma cero: es preciso que alguien pierda lo que yo gane, dinero, fama, poder, prestigio, amor. Su recurso es una violencia bruta que en el mundo contemporáneo es parte de lo que debe fenecer: para crear algo hay que destruir todo lo anterior. Es una mala interpretación del concepto indoeuropeo de aufheben, el cual significa inclinarse ante la tradición, pero al levantar sus frutos renovarla, superarla y empero enriquecerla porque de los frutos es necesario volver a inclinarse ante el surco de los tiempos para sembrar nuevas semillas.

En cambio, la disidencia es otro movimiento sutil y henchido de razón. Proviene de di sidere, lo cual significa cambiar de espacio y de modos de ejercicio de la lucha social. De sidere también provienen deseo y consideración.  Por tanto la disidencia implica cambiar el deseo (de sidere) para evitar el desastre (des astra) y para guiarse por la consideración social (cum sidere) al cambiar los falsos estrellados de la farándula por un cielo puesto en la tierra.

Y ese imperativo de curar las propias pasiones para librarlas de la envidia es un expediente indispensable para salvarse de esas  tristes y cómicas  vueltas al pasado de todas las revoluciones: Napoleón instituyendo una nueva aristocracia; la tecnocracia soviética instaurando una casta superior, y miles de ejemplos más.

La disidencia es medio anarquista, sin ser del todo negativa, ante todo porque aborrece la destrucción por la destrucción: porque le dice al poder de la plaza: no voy a jugar tu juego, ni quiero lo mismo que tú quieres. Ven a entablar con nosotros un duelo sagrado y pacífico, pero en nuestro terreno y con nuestros argumentos. Nuevos topos, nuevo tropos. De ahí su carácter festivo y carnavalesco, pero en este caso es un carnaval no controlado en tiempo y espacio, por tanto deja de ser una válvula de escape.

Ello se conjuga con el paradigma emergente más potente de los dos últimos siglos: el de la no violencia, que contra lo que se cree, ni es pasivo, ni claudica nunca: se guía por amor, fuerza, coraje y persistencia: es el rastro de Rousseau, Emerson, Thoreau, Tolstoi, Gandhi, Martin Luther King, Walesa, Mandela y muchos otros. Pero el sello más original e inédito es de América Ladina, como la llamo, porque se ejerce como disidanza: disidencia en clave estética de danza sagrada y de carnaval de plenitud de sapiencia y sabiduría. Su fuerza es incontenible porque desarma por amor cualquier odio y por razón cualquier fuerza.

Porque es preciso innovar nuestras cosmovisiones y atrevernos a pensar lo que no se ha pensado cuando hemos sido pensados.  Para venir al caso, creo que en ninguna latitud se ha pensado a fondo lo que significó aquel experimento del laboratorio de la economía de la Escuela de Chicago probado y comprobado en Chile, de unas consecuencias más perversas y durables que el nudo ejercicio de la fuerza bruta, porque la democracia recibió de Pinochet un regalo bien envenenado con el automatismo del mercado, el signo de “tu vida para la Bolsa”, el desmonte del Estado, la entropía de la sociedad civil, el desvanecimiento de lo público.

Gabriel Restrepo, Instituto Cervantes de Rabat, julio, 2019

 

QUINTO ACTO

EL SIGNIFICADO DEL HOMING DE LOS PINGÜINOS

Quinto acto, no concluido: persistencia del movimiento estudiantil de los pingüinos, estudiantes de la educación media que no quieren ceder en el principio del deber absoluto de un Estado que debe ofrecer una educación de calidad universal y gratuita, pues es fundamento insustituible de soberanía y de elemental con-ciudadanía y por tanto de equidad.

Pero antes de concluir, si es que hay conclusión del drama, contaré ciertas sensaciones extraídas en el año de 2006 cuando tuve la oportunidad de visitar seis ciudades capitales de América Latina: Santiago, Buenos Aires, Lima, Cuba y Managua. Lo hacía en calidad de creador y coordinador junto a  la mejicana Jeannine Diego del proyecto ENTRESURES, un programa de intercambio de escritores mayores de veinte años y menores de cuarenta, con un esquema muy sugestivo: un anfitrión dialogaba durante quince días con un huésped de otro país, y uno y otro a la vez intercambiaban visiones con un o una senex que de algún modo encarnara arquetipos del país. Yo oficiaba como etnógrafo de tales encuentros para captar el alma de los países y enriquecer el diálogo de anfitriones, huéspedes y figuras maestras. La estadía en Santiago de Chile fue la más afectiva y también la que más réditos intelectuales y espirituales ofreció: la anfitriona era la querida colega Andrea Jéftanovich, formidable escritora y no menos excelente socióloga; la escritora huésped provenía de Managua, la amiga admirada Eunice Shade, joven y muy destacada narradora, poeta y periodista. Y la figura arquetípica por la cual destilábamos el espíritu profundo de Chile era la inolvidable y recordada dramaturga Isidora Aguirre, con quien luego tendríamos la excepcional oportunidad de platicar cuando una compañía de teatro de Colombia, El Teatro de la Memoria, dirigido por mi amigo talentoso Juan Monsalve, puso en escena con mi patrocinio y el apoyo del Ministerio de Educación de Colombia, por primera vez su drama: Los Libertadores: Bolívar y Miranda.

El caso es que encontré en la frecuente relación con jóvenes de Buenos Aires y de Santiago una suerte de pasmo, como aquel que experimenta quien ha recibido un golpe contundente. No era el frío ni era la estación. Fue fácil explicar el estado de cierto estupor en Argentina, pues no llevaban cuatro años de haber pasado de la gloria al infierno por la experiencia del Corralito con el secuestro de las personas durante un año, pues eso significaba el secuestro imperativo de sus ahorros. Tal había sido el impacto que la escritora argentina anfitriona Florencia Abate, fue escogida por una novela excepcional, El Grito,  cuyo trasfondo fue aquel tránsito.

Y por fortuna, el escritor cubano huésped, Alberto Guerra, produjo como resultado de la visita un cuento formidable, Bos Taurus, centrado en la invasión del adorado ganado argentino a las calles de Buenos Aires, una suerte de Corralito al revés, como si parodiara a Orwell con su relato La rebelión en la Granja, y a la vez remontara a la primera novela argentina: El Matadero.

Pero, ¿qué sucedía en Santiago de Chile si llevaban ya cerca de tres lustros de la caída de Pinochet? No se trataba de esa formalidad tan típica de los habitantes de Santiago por lo menos en el centro: bien vestidos, corbata adecuada, incluso chaleco, portafolios, todo ello me causa incluso contento, aunque no sea mi estilo, más bien informal. No exagero si digo que tuve la sensación de ver fantasmas desnudos de alma, almas en pena deambulando por los paseos y alamedas, antes tan vivos.

No cabría otra imagen más apropiada que la de los Walkings deads, los muertos ambulantes, o como llamara al síntoma el poeta Lugones en El Payador hace cerca de un siglo, al tomar  la figura de un relato de Las Mil y una noches: los dormidos despiertos, casi como los sonámbulos que sirvieran de inspiración de la novela de Broch con el mismo nombre, vaticinio del advenimiento del fascismo.

Pero, ¿por qué tal desánimo, por qué la aparente impotencia, porque esa sensación de fatalidad? Sólo en posteriores visitas cuando develara la semántica de la conjunción de la Casa de la Moneda con el Ministerio de Hacienda y con el Banco Central comencé a dar con la respuesta, a ocho años de aquella sensación, y quizás vale la pena mencionar de paso la epifanía que alumbró mi mente y encendió mi corazón: era la noche del cierre del XXIX Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología.

Ya había deambulado casi perdido de un lado al otro, cuando un buen azar ofreció un suceso inefable. A la salida del hotel hacia las ocho de la noche para ir a la fiesta de clausura, observé una escuálida procesión que seguía a un desarrapado santo de palo llevado en andas. La parva asistencia portaba velas encendidas y recitaba padres nuestros y avemarías en el libreto presidido por un viejo  curita. Debo dar un rodeo para explicar la tremenda significación simbólica de este ritual callejero. Retorno a la plaza, a la contigüidad del bajo “Palacio” de la Moneda y a sus dos edificios leoninos que lo abajan: el banco del Estado y el Ministerio de Hacienda, los cancerberos de la moneda. A diferencia de muchas capitales trazadas en el formato de la cuadrícula castellana, la del “Palacio” de la Moneda es como un  antejardín por su tamaño familiar, carece del acompañamiento de la catedral. Insignia muy hispana: do ut des, poder político que entrega a la Iglesia las almas para legitimar el derecho divino del poder, poder religioso que con su prédica consagra la supuesta bondad del poder secular, esa coyunda faltó en Santiago hasta que la fuerza para imponerse sobre la razón se rodeó de las catedrales crematísticas.

Singular historia de Chile antes de que la fuerza se antepusiera a la razón, con esa casa llana del poder y con esa mínima plaza y con la ausencia de lo monumental, sea iglesia o edificio del poder. Y la escena que presencié como don del misterio al salir del Hotel era, como he dicho, la de una humilde procesión. ¿En honor a qué santo? A San Francisco de Asís, porque el día del cierre y de la fiesta del Congreso de ALAS coincidió, sin que quizás se pensara, con el día del humilde poeta de pobres y de la naturaleza en el santoral católico. Viernes cuatro de octubre, San Francisco de Asís.

Y pese a que también recelo de las jerarquías eclesiásticas, ¿cómo no evocar a un Pontífice que surgido de inmigrantes italianos, de padre trabajador ferroviario, jesuita y sacerdote de a pie, casi mendicante y que haya predestinado su misión pastoral al escoger el nombre de aquel místico tan cantado por el poeta Rilke en el Libro de la Pobreza y de la muerte, cómo no evocar, repito, la raíz latinoamericana de esa vocación con tanto espíritu para  reconstruir el taller ecuménico de la fe, la esperanza y la caridad?

Con lo anterior me acerco a la coda. Debido a nuestro padecimiento sin nombre durante medio milenio como pueblos – mundos, ancianos y adolescentes al mismo tiempo por querer ser lo que otros ya fueron hace mucho tiempo, descentrados, desplazados, confusos por la incertidumbre entre lo real, que parece ficticio, y lo virtual, que deviene real, nos damos tantos golpes de pecho y latigazos en la espalda que no acertamos a comprender dos  inmensas lecciones de abismo: primera, que del dolor brota la  sabiduría cuando permite aprender a aprender a partir de muchos desprendimientos desgarradores. La segunda, la certeza de un verso de Hölderlin que dice aproximadamente así: “pero allí donde está el peligro, allí mismo se halla la salvación”.

Lección homeopática, nada mejor que el inmenso dolor chileno, pero también el enorme coraje de los pingüinos para persistir contra la fatalidad. Porque si los chilenos fueron capaces de soportar la alquimia más perversa por ser retorta de un laboratorio mundial, ahora por medio del movimiento de estudiantes podrán mediante el amor y la creatividad casi carnavalesca  y más estética que política en el sentido tradicional, podrá demostrarse la validez del verso del poeta: convertir la alquimia de la economía política en una alquimia del amor, la misma que dé a los condenados a cinco veces cien años de soledad otra oportunidad sobre la tierra, una que trueque la razón de la fuerza en fuerza de la razón y procure el advenimiento de la sabiduría en La Casa Universal de Salomón, como lo prefigurara Banco en La Nueva Atlántida,  gracias a guiar el amor al saber  por el saber del amor.

Y quiero ensalzar el movimiento de los pingüinos mediante una digresión. Muchas palabras dibujan la atmósfera de nuestras tristezas diurnas por la entropía de la piedad en un mundo que se enfría a falta de ella, con peor efecto que el de los invernaderos agrandados por la destrucción de la capa de ozono. Es que la piedad, como el espíritu, como el sol, es de una radiación de benevolente ánimo: fueguitos creadores y sostenedores de la vida.

Esas palabra son melancolía depresión, saudade, nostalgia, heimweh, sehensucht, homing, homeless. Explico algunas de ellas para dar un potente símbolo al significado de los pingüinos.  Homeless son aquellos que carecen de hogar, los migrantes, metecos, exiliados, desterrados de su propia casa: todos, absolutamente todos los habitantes del planeta, somos homeless, puesto que no nos hemos domesticado aún del todo en la ecúmene, nuestra casa global, nuestra naturaleza nutriente.

Todos somos reediciones del pobre Telémaco entristecido por la distancia abismal entre la madre Penélope abandonada en Ítaca y el padre desalmado, Odiseo o Ulises, que no solo llevó la guerra a Troya, sino que la introducirá en la misma casa al retorno en su crueldad contra los pretendientes. Y si atendemos a Dante quien sitúa a Odiseo o a Ulises en el infierno de los engañadores y tramposos, fue porque no duró mucho tiempo en Ítaca por volver a las aventuras de guerra y crematística en el otro costado del mediterráneo. Entre la madre local, la pachamama, la shekiná, y el padre global errante y guerrero, nosotros como Telémaco somos los vacilantes entre uno u otra, abandonados, entristecidos por la imposibilidad de reconciliar la herencia matriarcal y el sello patriarcal de corte esclavista.

Todos experimentamos a cada hora el sentimiento de nostalgia: dolor en el regreso, que es lo mismo de Heimweh, dolor por ausencia de casa, y Sehensucht, búsqueda de consoladora estancia. Pero la palabra más preciosa y la que regala un significado monumental al movimiento de los y las estudiantes de secundaria de Chile es Homing. Es el movimiento cíclico de la hermosa vida de salmones, tortugas, aves y de la vida animal para retornar en la madurez al lugar del nacimiento. Y allí procrear, volver a nacer, morir para dar vida, continuar con el ciclo de renacimiento, la gran orgía de la fecundidad de la vida.

Una hermosa película, que si no estoy mal contiene el nombre del Emperador, sí, se llama EL VIAJE DEL EMPERADOR,  es protagonizada por miles de pingüinos en la algarabía cósmica de su homing, de su maduro y sabio retorno al nacedero. Prodigiosa metáfora: los pingüinos son en mi visión los nuevos emperadores que con su despliegue de alas y su caminar erguido y bullicioso, anticipan un homing de todos los homless del mundo . Para habitar la casa mundial con dignidad y equidad, todos, ricos y pobres, sin violencia, con alianza de competencia y cooperación, desarrollo de todas las potencias individuales en unos marcos sociales guiados por el principio de solidaridad, nacida por el afecto.

Y termino con un ofrecimiento. Desde hace un poco más de medio siglo, desde cuando iniciara la escritura de mis diarios año por año, lustro a lustro, década a década, he meditado y pensado desde las entrañas y del dolor y de la alegría en mi nación, en mi amada América Latina y en el mundo. Y desde hace 37 años consigné en mi diario que habría que pensar por el avance de las dictaduras y la descomposición social lo que pudiera hacerse en ese entonces para un término que me propuse de una hibernación de medio siglo, de los cuales van 38.

Repito que elegí a Santiago de Chile para realizar mi doctorado, todavía inconcluso, por cariño al país y porque quería demostrar que no siempre debemos gravitar hacia el norte, donde se me ofrecieron muchas posibilidades muy bien financiadas para cursarlo. Tal vez por medio de este don que ofrezco pudiera renovar mi decisión de terminar el ciclo del doctorado.

Y creo haber escrutado tanto al mundo, a la nación, a mí mismo, que sin modestia afirmo alcanzar a vislumbrar opción viable que signifique sin violencia un tránsito del desequilibrio  contemporáneo a un sociedad más amparada por el amor, la educación, la espiritualidad, la comprensión, en suma, por el agapé. Creía hasta hace poco que podría gestar tal pasaje desde Colombia, pero el horizonte parece no ofrecer el panorama más propicio, por lo menos en diez años. De hecho, me radicaré en Arauquita para concluir los ocho libros con el título general de EL RENACIMIENTO DE AMÉRICA LADINA, de los cuales ya he concluido el primero y avanzado la mitad del segundo y tercero, estando bosquejados capítulo a capítulo los restantes. Y es de esos ocho libros de donde extraigo la visión de un nuevo mundo, parido desde el renacer propio de la América Ladina, nuestra residencia de pueblos mundos.

En cambio, Chile luce como la puerta ideal para un pasaje nacional de significación global. Además, nadie es profeta en su tierra y adoptar un modelo tomado de Chile sería pasable, lo cual no sucedería de provenir de alguno de a pie de esta dolida Colombia, como soy yo. Si se me diera la oportunidad de ser escuchado, donaría todas mis ideas para propiciar tal cambio, en cierta forma por una reciprocidad hacia los hermanos australes por tanto que hemos recibido de ellos. Soy un pensador poeta que decidió desde hace mucho tiempo desprenderse de toda propiedad, dinero o posición de poder, para poder pensar de modo radical desde la humildad absoluta del vacío, donde nace el espíritu. Por tanto, no tengo medios económicos ni patrocinios para ir a Chile ni para terminar mi doctorado. Pero tengo fuerza de una razón espiritual, y ello me basta y sobra.

Si se me ofrece hospitalidad pasajera y audiencia, argumentaré mi propuesta, una que como lo mejor de Colombia, se ha cocinado a fuego lento como un delicioso sancocho, y que se enmarca en el principio constructivo de “todos ganan”, en lugar de los juegos fatales de suma cero o de tragedia de los comunes. Puesto que con mucho júbilo y jovialidad, me deleito al pensar que es una idea, con pistas antiquísimas, locales y mundiales, que es indigenista, comunitaria, liberal, conservadora, anarquista, comunista, socialista e incluso hasta neo-liberal y neo-marxista, teológica y a la vez secular. Los argumentos me han tomado más de 15 libros, 100 ensayos, toda una vida, y las fórmulas económicas, políticas, sociales son precisas e irrebatibles.

No quiero distinciones. Aborrezco las primeras planas y los puestos de adelante. Quiero terminar mi vida con mi pobreza franciscana. No envidio el poder. No busco preeminencias. Ni aspiro a privilegios, honores o recompensas: todo ello sería un fardo porque entorpecería la levedad que deseo para el resto de mis años. De ser acogido, mi participación se emprendería dentro de un tono de discreción total

Retorno al principio: ¿por qué carta al sur? El poema más hermoso de Colombia fue escrito por Aurelio Arturo, un ciudadano nacido en un pueblito de Nariño, al sur de Colombia, La Unión, enclavado en las montañas de los Andes. Su precioso libro se denomina “Morada al Sur”. De nuevo, es el canto de todos los homless en la aventura por el retorno a casa del hijo pródigo, es la oda cósmica del Homing, tal cual la entonan los pingüinos. Del poemario cito unos versos preciosos:

Y aquí principia, en este torso de árbol, /En este umbral pulido por tantos pasos muertos,/ La casa grande entre sus frescos ramos/ En sus rincones, ángeles de sombra y de secreto./En esas cámaras yo vi la faz de la luz pura/ Pero cuando las sombras las poblaban de musgos, /Allí, mimosa y cauta, ponía entre mis manos/ Sus lunas más hermosas la noche de las fábulas.

Del mismo modo quiero explayar la idea del Homing y la épica de los pingüinos con unos versos del poema Fiesta de la Paz, de Hölderlin:

El que todo reúne, donde lo celestial/No se revela en el milagro, ni inadvertido en la tempestad, /Mas donde con canto, mezclados hospitalariamente /Presentes en los coros, un sacro número/Los bienaventurados de cualquier manera/Están juntos y los que más aman también, /A lo que se acogen, no está ausente: pues por eso te llamé/Al banquete, que está dispuesto, /A ti, inolvidable, a tí, en la tarde del tiempo, /Oh adolescente, a ti (para que vengas), al príncipe de la fiesta: /Y antes no se tiende /A dormir nuestro linaje, /Hasta que vosotros los prometidos todos, /Todos vosotros los inmortales, nos /Habléis de vuestro cielo. /Entonces estaréis en nuestra casa.

Me despido con un afecto de corazón y con un lema que preside toda mi peregrinación:

DEUS PATER SIVE NATURA, SIVE FIDES

DEUS FILIUS CRISTUS  SIVE POPULUS, SIVE SPE

DEUS SPIRITUS SIVE  UNIVERSUM ET MULTITUDO, SIVE AGAPÉ [2]

Fraterno en espíritu,

Gabriel Restrepo

Email: garestre@gmail.com

[1] El concepto de “rebaño humano” es extraído por supuesto del fondo de la domesticación temprana del mediano neolítico, cuando el esclavismo producido en el cambio del matriarcado del inicial asentamiento con cultos de fertilidad, deidades nocturnas y femeninas fue sustituido por dioses solares, dominación patriarcal, guerras aceleradas por rueda y metalurgia y extensión del esclavismo. Platón lo elevó a concepto cardinal del gobierno en su libro El Político. Fue retomado en un sentido creativo y espiritual por Cristo, como se colige de los últimos versículos del evangelio de San Juan. Luego la Iglesia lo extendió como una metáfora de la guía espiritual del pueblo. En la modernidad, Hobbes lo tradujo al aspecto de la dominación de la multitud por el terror supremo del Leviatán. Reapareció con tonos macabros en la bio-política de los nazis. Y es un tópico recurrente en el pensamiento contemporáneo: insinuado en Nietzsche, es repensado por Foucault, Agamben, Espósito y fue un motivo de la discordancia de Sloterdijk con Habermas, debido al texto del primero: Reglas para el parque humano.
[2] Traduzco: Dios, o sea la naturaleza, o sea la fe. La primera parte es tomada de la Ética de Espinosa, la segunda es adición mía: fe o confianza. Dios Hijo, Cristo, o sea el pueblo de Dios, la humanidad entera (si acotamiento de Iglesia, sólo ecclesia en el sentido latino, comunidad en la ecúmene, o sea el globo entero, o sea la esperanza. Dios Espíritu o sea el universo y su multitud, o sea la fusión de eros-amor-caridad.

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