Termina un estilo, empieza otro

Es como vivir con un viejo aparato de aire acondicionado encendido todo el tiempo. O al lado de una casa en obra, donde alguien pasa el día picando paredes y la motosierra está funcionando a toda hora. O frente a la alarma de un comercio cerrado en domingo y que nadie viene a chequear. De golpe, todos esos ruidos se apagan y sobreviene una sensación de desconcierto y profundo alivio.

Eso sintieron algunos el 1º de marzo, cuando José Mujica dejó la Presidencia: el fin de un largo e interminable monólogo. Muchos otros, como suele ocurrir cuando el ruido es sostenido, se volvieron adictos y no quieren que se apague. Como sea, el constante farfullar del presidente llegó a su fin. Podrá seguir hablando, pero ya no como primer mandatario.

El país se preparaba para esa gran fiesta cívica que es el cambio de mando. Pero en ancas de su innegable popularidad y consciente de que estaba siendo filmado para un documental, Mujica se empecinó en apropiarse de la celebración. Concedió entrevistas por doquier y participó en un acto de despedida el viernes 27, antes de entregar la banda.

Fue un despliegue de su vanidad “humilde” en la que también recurrió a una retórica más radical e ideológica (aunque algo ramplona) que la usada durante su gobierno. Prometió que como senador y con su numerosa bancada haría cosas que no hizo siendo presidente. Y arremetió una vez más contra el Poder Judicial. Incluso no se quedó solo en señalar una presunta politización de lo judicial sino que aseguró que, además, había un problema de clase.

Con esos dichos despreció a una Suprema Corte que, por ser titular de ese poder, actúa como un par suyo y no como un subordinado. Gobiernos como el suyo y el de Cristina Kirchner se acostumbraron a descargar sus frustraciones en los jueces. Al tener una mayoría cómoda en el Parlamento, saben que el Poder Legislativo no actuará como contrapeso del Ejecutivo. Por eso aprueban leyes mal preparadas que violan normas constitucionales. Es ahí cuando entra el Poder Judicial, también como contrapeso y vigilancia. Cuando un poder no lo hace, le toca al otro cumplir esa tarea. Para eso están. Sin embargo, Mujica no ha querido entenderlo así. Por algo Tabaré Vázquez debió hacer un deliberada revaloración del republicanismo liberal de Artigas en su discurso inaugural. Recordar esos valores fue un mensaje hacia adentro.

Mujica fue, sin duda alguna, un presidente de enorme popularidad, tanto dentro del país como fuera. Sus seguidores lo adoran y sus críticos por implacables que sean, no lo quieren mal. Su estilo austero, su forma de vestir y hablar, el hecho de vivir en una modesta casa en las afueras de Montevideo, ensalzaron esa imagen en un país donde es común que sus presidentes (sin llegar a los extremos de Mujica) sean austeros, de perfil bajo y se muevan por la ciudad con la mínima custodia. Conviene recordar esto porque Mujica no inventó la pólvora; en todo caso, la mejoró.

Aun con tanto relato, no se pueden señalar grandes logros en su gestión. Aprobó, sí, las tres leyes socio-morales: la que despenaliza el aborto, la que permite los casamientos gay y la que regula la plantación, venta y consumo de marihuana. Esta última, más complicada de lo que pareció al principio, aún no entró en plena vigencia.

Considerando que estos fueron años de generosa bonanza, Mujica no dejó un país transformado, moderno, funcional, desarrollado y con capacidad de potenciar su riqueza. Lo dejó más o menos igual que antes. Las políticas sociales que impulsó, si bien necesarias, fueron de corte asistencialista aunque su gobierno lo niegue. Permiten a la gente sortear el mal momento pero no salir en forma definitiva de su pobreza.

Prometió cambios en un deteriorado sistema de educación, pero no encontró salida para este tema y la educación se deterioró aún más.

Y si bien propuso y aplicó medidas para atacar el grave problema de inseguridad, no logró resultados visibles con lo cual persisten el temor y el reclamo popular. Prometió la reforma definitiva del aparato estatal y no la hizo. La ley aprobada parece más una concesión al poder sindical que una genuina transformación. Anunció que afrontaría los problemas de infraestructura vial y ferroviaria, política indispensable si se quiere mejorar la productividad, pero tampoco avanzó mucho en ese terreno. Y su política exterior, como comenté en columnas anteriores, fue muy cuestionable.

No es lo mismo decir que hizo muy poca cosa a decir que fue una mala gestión. No hizo grandes cosas, pero evitó hacer cosas horribles. No tomó, en lo económico, medidas al estilo de Chávez, Maduro o los Kirchner, que se inventaron sus propias crisis en medio de una óptima coyuntura.

Y fuera de algún desliz y ciertos cuestionamientos verbales (que no correspondían) a la Suprema Corte, Mujica tampoco tomó medidas que lo apartaran drásticamente del respeto a las instituciones. En eso hay una gran diferencia con Argentina y Venezuela.

Con picardía, sagacidad y actuando como si no lo hiciera a propósito, fue armando un impresionante y deliberado “relato” que mucho favoreció a su imagen personal en el escenario internacional. Para ello contó con la complacencia de numerosos medios.

Trabajó sobre lo “políticamente correcto”, apelando a sus gestos, su forma de hablar y vivir, y apoyado en sus discursos en Río de Janeiro y en la ONU, donde manejó conceptos de moda en el mundo de los ecologistas, los “indignados” y otros movimientos similares. Incluso acarició la posibilidad de ganarse un Premio Nobel de la Paz.

Pero relato y realidad no son lo mismo.

El intento de Mujica de robarle protagonismo a Vázquez en un día de celebración para el nuevo presidente fue contra una centenaria tradición uruguaya de tomar distancia y guardar silencio, que arranca con José Batlle y Ordóñez y sigue con buena parte de los presidentes salientes y que ayudó a que el foco se centrara en quien comenzaba su mandato.

Con su actitud, Mujica puso en evidencia la tensión entre estos dos “caudillos” dentro del Frente Amplio y la posibilidad de que ella afecte al funcionamiento del gobierno. También blancos y colorados han compartido (y aún hoy lo hacen) un liderazgo de dos. En el caso del Frente, queda Mujica a un lado y Vázquez a otro.

Son diferentes en todo: en estilo personal, en forma de hablar, en historias personales (si bien los dos vienen de origen humilde) y en maneras de ver el mundo. Los dos son personalidades fuertes. Los dos tienen enorme arraigo popular.

Mucho de lo que ocurra en el futuro inmediato dependerá de cómo se entiendan estas dos figuras, una desde la Presidencia y otra desde el Senado (donde lidera al sector frentista más grande). Habrá una lectura ideológica respecto a cómo se desarrolle esa relación, pero en el fondo son dos líderes de férrea personalidad dispuestos a pelear su terreno y no cederlo, aun pese a la edad de ambos, como si tuvieran un largo futuro por delante.

Mujica sale, entra Vázquez. Por tercera vez gobierna el mismo partido. El paso del tiempo dirá si el nuevo presidente dejará una marca diferente, desafiante y estimulante para la buena marcha del país.

Por Tomás Linn

AÑO 2015 Nº 1806 – MONTEVIDEO, 5 AL 11 DE MARZO, SEMANARIO BÚSQUEDA.

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