Supervivir por la escritura. La novela como urna de cenizas

Breve semblanza de la novela Patio de Honor de Abdelkader Chaui

Por Gabriel Restrepo, escritor y sociólogo colombiano


Se cumplen veinte años de la publicación primera de Patio de honor en lengua árabe editada en Marruecos y merecedora del mayor reconocimiento a las letras marroquíes al año siguiente de su salida.
Mis glosas a esta fabulosa novela inician con el imperativo de disolver un equívoco que data del prólogo a la primera de las dos ediciones en español (una en la península, otra en la editorial chilena Cuarto Propio). Allí se sugiere que la novela es una suerte de Macondo en Marruecos. Comprendo esta suerte de publicidad de las editoriales para ganar lectores. Pero no le hace nada bien el cotejo ni a la novela de García Márquez, ni menos a la de Chaui.

Toda comparación es odiosa, se dice, y aquí sí que vale el dicho. Concedamos que hubiera algo parecido de cierta tonalidad narrativa entre el mundo árabe y el mundo de Macondo, pero por una razón que nada tiene que ver con las atmósferas específicas de las dos novelas: y es que en el Caribe de Colombia la presencia árabe se advierte por doquiera y no solo por el enclave de tres cuartos de siglo de Maicao, un municipio en La Guajira vecino de Venezuela con tanta presencia de migrantes del medio oriente que allí se habla más el árabe que el costeño y se reza más en las mezquitas que en las iglesias, como lo ha resaltado Clara Riveros en uno de sus libros. Como en otro poblado del opuesto oriente de Colombia, la llamada por burla Lorica Saudita, allí el viandante desfila maravillado entre bazares y alfombras mágicas.

Además, la presencia árabe fue muy acusada por las migraciones entre los dos siglos anteriores cuando la disolución del imperio turco generó una diáspora mundial, según consta en la preciosa novela de Luis Fayad La Caída de los Puntos Cardinales. Y aún cabe imaginar que por la primacía de los navegantes y conquistadores andaluces aquí sentaron real muchos mozárabes bien ladinos, entre otras razones por escapar de la vejación ya próxima cuando se decretó la expulsión de moros y judíos. Y en fin, se sabe del amor de Gabriel García Márquez por el libro de libros del mundo del medio oriente, Las Mil y Una Noches de cuya atmósfera onírica se deriva esa tonalidad de duermevela de la gran novela del nobel colombiano. Lo real maravilloso  o el denominado realismo mágico son más universales de lo que acuña la propaganda editorial.

Fecundos son otros caminos para comprender la singularidad de Patio de Honor. Novela que aspire a ser universal, y la novela de Chaui lo es, ha de remojarse en tierra, agua, barro y pasiones raizales. Es lo que se narra en la novela en sus dos partes: en la primera, extensa, la cansina vida local de Barranda, un pueblo anodino, lejano de cualquier ciudad bulliciosa, en la cual la imagen que el lector traza es la conjunción de polvo y de agua escasa, disputada en un barranco por dos familias rivales sin que ni la autoridad local, ni menos la suprema de los santones pueda ordenar el acceso a una fuente en medio de una yerma colina en la cual se precipitan por deslizamiento jóvenes que terminan sacrificados entre el lodazal.

Se dice hoy que en algún día no lejano la especie humana desatará guerras sin cuento por el acceso al agua. Ya en África el asunto es proverbial y no solo en el norte insolado del Sahara con sus legendarias figuras de los oasis o con el amor infinito por los surtidores de los bereberes y de las distintas oleadas de guerreros que ocuparan el Andaluz, como fuera consagrado en ese prodigioso encanto de la Alhambra con sus melodiosas acequias. El negativo de este encanto es la lucha a muerte por la bendita agua que tiñe la primera parte de la novela de una atmósfera corrosiva, desesperanzada además por el rechazo de cuanto sea extranjero y por las sordas disputas de los dos poderes omnímodos, el civil y el religioso, ambos inanes e impermeables a todo cuanto signifique salir del incesto mental.

Narrada esta primera parte por un evocador omnisciente y extradiegético, hay en ello un truco precioso del autor, pues a la postre se revelará que quien relata es el mismo personaje protagonista de la segunda parte, Saad El Abrami, el prisionero que es a la vez el alter ego del escritor pues la novela roza con la autobiografía sin confundir los planos. Decir evocador omnisciente es exagerar, puesto que de todo cuanto pasa en Barranda no hay memoria cierta. La memoria se disolvió en una historia de retazos que además carece de la certidumbre de lo veraz porque por ser leyenda flota en las vaguedades de las verosimilitudes. Lo cual da en el blanco del tejido ético del mundo rural de Marruecos.

Esta dimensión de unas historias que se difuminan pronto es el rasgo dominante de las dos partes de la novela. La segunda se apoya en una fotografía de los cinco amigos a quienes entre muchos se concedió la libertad, sin que se supiera a ciencia cierta por qué ellos salieron y no tantos otros. Esto subraya esa dimensión tan presente en toda la novela de la arbitrariedad de los destinos. Es como si en este lado de África los pobladores vivieran a la merced del azar de La Lotería de Babilonia, el fantástico relato de Borges. Nada se puede establecer con certeza absoluta, salvo el imperio de lo aleatorio y lo arbitrario. Las imágenes de los compañeros de prisión se van diluyendo en la fotografía y en el recuerdo con ese color amarillento que disuelve los contornos al virar o al blanco o al negro. Uno se suicida sin que se columbre en el fondo por la causa cierta, se diría más bien de pura tristeza. Otro sobrevive porque canta. Otro se salva en el exilio. El escritor se salva porque escribe. Nada queda salvo la constancia de un naufragio, pese a que aquella liberación fuera el signo de un cambio magistral en el régimen de una monarquía constitucional y de un pueblo que por muchos motivos se aleja del extremismo fanático de la guerra santa.

En alguna parte el pensador formidable que fuera Walter Benjamin habla de la novela con la metáfora de leños que se apoyan unos a otros en la chimenea, pero que en seguidilla y en mutuo dolor van siendo consumidos por el fuego. Borges indica que la diferencia entre la literatura antigua y la novela consistía en que en aquella lo importante era la búsqueda y el retorno feliz, en tanto que en esta no hay lugar para la salvación: el Quijote yerra demente y muere en breve respiro de cordura; pareciera que el Ulises de Joyce duplicara el feliz regreso del héroe a casa, pero aquí se trata de un anodino vendedor de anuncios que al regresar a su Ítaca no sospecha inocente que su esposa Mary Bloom le ha puesto los cuernos con otros pretendientes. El personaje de El Proceso muere como un perro. Los ejemplos serían tantos que cualquier final feliz, como dice Borges, cae en el ridículo de la novela rosa.

En su extraordinaria obra Masa y Poder el gran sefardí de los Balcanes que fuera Elías Canetti, escritor y pensador en la lengua adoptiva alemana, se refirió en el capítulo más impactante denominado El Superviviente a dos formas antípodas de supervivencia. La más socorrida y por desgracia la más loada es la de quien añade vida a su vida por dar muerte a otros: es la figura del guerrero que, como Don Juan, mata un amor con otra conquista pero tan pronto la doblega huye presuroso hacia otra posesión. Un Napoleón Bonaparte o un Atila o un Gengis Kahn, tan celebrados por infortunio como esa carnicería de la Ilíada y la Odisea deben matar para vivir más: sin duelo, una carnicería se olvida por una más cruenta, no hay tiempo para endechas, pues todo se va en clarines y tambores de campaña.

Por oposición, el creador sobrevive al dar vida o animar lo desanimado. El ejemplo para Canetti era Stendahl. A la creación sucede otra creación. El escritor se recrea en los surcos de la escritura rociados con aguas lustrales del amor. A esta condición pertenece Chaui quien brillaría en cualquier galería de quienes dan vida a otros por medio de la escritura.

Pero una precisión se impone, no advertida por Canetti: y es que como nadie más en el mundo de los creadores lleva esa marca de la modernidad que no periclita expuesta desde el Renacimiento por Durero en su grabado más célebre: Melancolía. Porque si bien el escritor que es al mismo tiempo pensador anima lo que es o tiende a ser difunto y perecedero, es a costa de enterrarse él mismo en los pliegues de las páginas como si de ellas laborara una urna funeraria y como si escribiera con las cenizas de su propio dolor: ha de morir en vida encerrado ya no en una prisión política, sino en otra que enseña la condición del confinamiento perpetuo: la hermosa cárcel de la escritura.
Pero en ellas renace a cada página como el Ave Fénix.

Este es un artículo exclusivo de Gabriel Restrepo para CPLATAM -Análisis Político en América Latina- © 

Seminario San José Obrero, Corregimiento de La Esmeralda, municipio de Arauquita, Departamento de Arauca, Colombia, 2019

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