Sirios y presos de Guantánamo: cosas distintas

Publicado en: Análisis, Uruguay | 0

Inesperadamente, uno de los candidatos presidenciales se salió del libreto y en lugar de referirse a sus planes para el caso de ganar, opinó sobre un tema puntual y candente. Está bien aceptar los refugiados sirios pero no los prisioneros de Guantánamo, dijo Luis Lacalle Pou, y argumentó sus razones.

Las campañas electorales terminan imponiendo una agenda rígida y estructurada y es difícil sacar a los contendientes de su previsible discurso. Por eso sorprendieron estas declaraciones del candidato blanco.

Tanto el tema de los refugiados como el de los presos de Guantánamo preocupan a mucha gente aunque no toda hace la distinción que hizo Lacalle Pou. Por eso, discutirlo no es “politizar”. Ambos asuntos son, por definición, políticos.

Los refugiados sirios, que no son terroristas, huyen de una cruenta guerra que devasta a su país. Son musulmanes, pero en el actual contexto mundial serlo es de por sí complicado. Hamás, Hezbolla, Al Qaeda, los Talibán o el Estado Islámico son grupos islámicos radicales y violentos que pretenden estados teocráticos para imponer una única forma de entender su religión y quieren librar una guerra santa contra el infiel y, por lo tanto, contra todo lo que Occidente significa: libertades individuales, igualdad de la mujer, derechos de las minorías, democracia, tolerancia, derechos humanos. En consecuencia, también están contra Uruguay.

No todos los musulmanes piensan como ellos. Pero buena parte de los integrantes del temible Estado Islámico son inmigrantes o hijos de inmigrantes que crecieron y vivieron en países europeos. Hablan con corrección el francés (a veces con acento belga) y también el inglés. Este solo hecho alimenta los argumentos de quienes tienen terror a la inmigración masiva de musulmanes a Europa: se sienten invadidos por una legión de quintacolumnistas.

Muchos musulmanes llegan buscando mejores oportunidades y están agradecidos por ello. Pero estas otras manifestaciones bélicas y sádicas solo alimentan la desconfianza. ¿Cómo sabe alguien que su vecino es un honesto y confiable inmigrante y no un secreto terrorista? ¿Qué los diferencia, si están tan mimetizados?

Lacalle Pou, sin embargo, hizo la distinción y considera bueno aceptar a los refugiados sirios en un operativo orientado por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), cuyo objetivo es buscarles un adecuado destino.

Traen, sin duda, una religión y una cultura diferentes. No son los gallegos e italianos que llegaron en el siglo XX. Ni son los armenios, ni los judíos, ni los libaneses. Su islamismo no solo es distinto al cristianismo sino también al secularismo característico uruguayo. Como dice Sibylla Brodzinsky en la edición de setiembre de la revista “Foreign Policy”: “Uruguay es un país muy homogéneo, no acostumbrado a nuevas caras”.

Sin embargo, hay gestos humanitarios que importan y una reciprocidad a tener en cuenta. Son riesgos dignos de asumir. Muchos uruguayos debieron huir durante la dictadura y encontraron en Acnur el apoyo necesario para rehacer sus vidas en países lejanos que accedían a recibirlos.

Una experiencia así pondrá a prueba nuestra tolerancia como pueblo. Existe una postura de intransigencia moralista que hace fácil condenar el racismo y la xenofobia de países europeos o de Estados Unidos. Pero Uruguay nunca fue sometido a la misma prueba. No recibe numerosos contingentes que vienen de los lugares más remotos del mundo, con lenguas y costumbres desconocidas. No está presionado a convivir a diario con ese desafío y a aceptar que el inmigrante compita por el mismo puesto de trabajo. Hace muchas décadas que dejó de recibir inmigración masiva y la que venía no era tan diferente al núcleo establecido de la población (que en realidad había llegado al país en tandas anteriores).

Esa convivencia a la que, bien o mal, están acostumbrados otros países occidentales determinará si acá hay o no xenofobia y racismo. Y como en el resto del mundo, es dudoso que Uruguay salga indemne de dicha prueba.

Hay, pues, buenos argumentos para apoyar esa medida. El gobierno, representado por Javier Miranda, trabajó con cuidado el tema y, al parecer, Lacalle Pou lo entendió así.

Se opone, no obstante, a traer a seis prisioneros de Guantánamo, según un pedido hecho por Estados Unidos. Y también en eso tiene razón.

Todo indica que estos presos fueron terroristas. Pero nadie se atreve a precisar su estatus en ese enclave militar norteamericano. El anterior presidente de Estados Unidos, George W. Bush, creó allí un insólito limbo jurídico que por estar fuera de todas las normas nacionales e internacionales las viola todas. Se supone que al haber estado vinculados a Al Qaeda y a los Talibán, son peligrosos. Seguramente lo sean. Pero no se aclara a ciencia cierta.

Barack Obama asumió la Presidencia con la intención de cerrar esa prisión que significó una vergüenza para su país y le tomó sus dos períodos hacerlo. No le fue sencillo desarmar lo que ya estaba hecho ni encontrar una solución legal y aceptable para cada caso. La oposición (que creó esa cárcel) tampoco se la hizo fácil.

Los últimos presos que quedan en Guantánamo serán distribuidos en varios países. Algunos, como Chile, dijeron que no los quieren. Uruguay dijo que sí.

Nadie sabe bien cómo vivirán en Uruguay, si tendrán sus movimientos vigilados, si serán alojados en un lugar especial o podrán asentarse donde quieran o si pueden, una vez acá, irse al país que les plazca.

El presidente José Mujica se rehúsa a discutirlo con los dirigentes opositores. Se habla de un acuerdo con Estados Unidos pero el Parlamento, que avala todo acuerdo internacional entre gobiernos, sigue sin tener información fiable.

La embajadora norteamericana Julissa Reynoso sí se reunió con las principales figuras partidarias, lo cual habla bien de su disposición a tener un cuidado institucional del que el presidente carece.

Pero sus argumentos tampoco son claros. Ni en público ni en privado logra definir la situación legal y real que tendrán estas personas, ni osa calificar su grado de peligrosidad.

Ante la reticencia de la oposición y en este caso concreto la de Lacalle Pou, la embajadora fue rápida para recordar que habiendo un acuerdo, el siguiente presidente deberá acatarlo.

Sin duda, el próximo gobierno, cualquiera sea, se encontrará con un hecho consumado, un fait accompli sobre el cual no habrá retroceso. Pero esto se parece más a un entendimiento personal que a un pacto formal legitimado por el Parlamento. Aquí o en cualquier democracia, los acuerdos entre naciones exigen aval parlamentario. Y para que un Parlamento apruebe un acuerdo, primero debe saber de qué se trata.

Hay quien dice que Lacalle Pou reacciona con los viejos reflejos antiimperialistas del Herrerismo. Habría que preguntarle a él si es así. Más bien parecería tener un reflejo de puro sentido común que expresa las mismas preocupaciones de buena parte del país, lo voten a él o no.

Por Tomás Linn
AÑO 2014 Nº 1784 – MONTEVIDEO, 2 AL 8 DE OCTUBRE DE 2014, SEMANARIO BÚSQUEDA

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