Si se explicó mal antes, no se aclara ahora

Hay quien los comparó con el programa de “Gran Hermano”: cada paso que daban los refugiados que llegaron de Guantánamo ha sido registrado, minuto a minuto, por la cámara de un canal. Más que un refugio acá encontraron la espectacularidad, al menos por el tiempo que dure la novelería. En ese sentido, el pedido del presidente José Mujica de que los dejen tranquilos fue razonable.

Llegaron bien y fueron acogidos por la central sindical. Sin embargo, desde el primer momento en que se supo sobre la venida de estas seis personas, los uruguayos se mostraron inquietos. Hay una tradición nacional de recibir a quien tiene problemas políticos en su país. Pero los refugiados de antes venían perseguidos por regímenes dictatoriales o huían de violentas guerras civiles en la región y en Europa, y a veces sostenían ideas que si bien no todos compartían, eran reconocibles.

Estas seis personas pasaron años de detención en una cárcel militar donde la pasaron mal y jamás fueron encuadrados en situación legal alguna. No pertenecían a un ejército regular, que respondiera a un país enemigo, con su cadena de mandos y sus uniformes. Por lo tanto, si bien se se suponía que eran prisioneros de guerra, no lo eran y no podían ampararse en lo que eso significaba. Supuestamente eran terroristas pero ningún tribunal lo constató y los condenó; es difícil, sin embargo, imaginar que fueron apresados en un estado de pura inocencia.

Es probable que al haber estado vinculados a un régimen dictatorial, de corte teocrático, donde la ley vigente era lo que el fundamentalismo musulmán decía, cometieron atropellos, violaron derechos humanos y llevaron adelante ejecuciones sumarias. Pero tampoco hay certeza de ello y debió haberse comprobado en alguna instancia judicial para que constara fehacientemente.
Ahora, una oportuna carta enviada desde Estados Unidos sostiene que ninguno de ellos era terrorista. Una carta que llega varios años tarde; años que entonces pasaron encerrados en Guantánamo sin motivo. O que llega sorprendentemente el día justo, para calmar a algunos nerviosos uruguayos.

El presidente Mujica, tras conversarlo con el gobierno norteamericano, resolvió traer a seis de ellos a Uruguay en calidad de refugiados. Uruguay se acopló así a la estrategia de Barack Obama de ir cerrando esa infame cárcel mediante la distribución de quienes estuvieron presos a diversos países. Varios de ellos no podían regresar a los suyos. Eran buscados como terroristas en lugares donde regían dictaduras oprobiosas.

Si la idea era simplemente traerlos en calidad de refugiados, ¿por qué se generó tanto revuelo? La venida de algunas familias sirias afectadas por la cruenta guerra civil en su país fue diferente. Hubo resquemores, sí, pero eventualmente predominó la comprensión.

Se trataba de dar acogida a familias sirias que eran víctimas de una situación de violencia extrema, donde todo lo habían perdido y debieron buscar protección, fuera de fronteras, en los campamentos para refugiados. Actuó el organismo correspondiente de la ONU, el Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR) y llegaron en un vuelo normal a Montevideo. Son personas con costumbres y culturas muy distintas, pero ello no es impedimento ni para que se adapten ni para que los uruguayos los acepten. El factor religioso sí genera desconfianza, no porque sea un problema con esta gente en particular, sino porque algunos de los más violentos y complicados conflictos del mundo tienen a musulmanes fundamentalistas como protagonistas. No quiere decir que los sirios sean fundamentalistas, pero para un país alejado de tanto fragor no es fácil distinguir a unos de otros.

Así llegan los presos de Guantánamo. Maltratados tras pasar años encerrados en ese limbo judicial. Pero afines a una causa que, de acuerdo con sus creencias religiosas, implica una guerra contra Occidente del cual Uruguay forma parte.
Nadie ha podido decir cuán peligrosos son, si es que lo son. La carta ya mencionada, por tardía, no convence a los que están alarmados y hasta el día de su llegada corrían versiones contradictorias respecto a dicha peligrosidad. La forma en que fueron trasladados hasta Montevideo tampoco ayudó a tranquilizar a quienes estaban inquietos.

No llegaron en un vuelo común ni como pasajeros comunes, a diferencia de los refugiados sirios. Todo el proceso para traerlos reforzó la imagen de su peligrosidad. Las conversaciones de gobierno a gobierno estarían mostrando que el trámite era más complicado que un simple traslado de refugiados y obligó a una suerte de acuerdo. Si hubo un acuerdo, el Parlamento debió ser informado. No lo fue. Y en anticipación a una inevitable reacción de mucha gente, la oposición debió ser informada. No lo fue.

Tampoco se sabe cuál será su status en Uruguay. Son refugiados sí, pero ¿pueden irse del país cuando quieran o deben residir aquí por un tiempo especificado? Mujica aseguró que pueden irse el día que lo decidan. ¿Hay discreta pero certera vigilancia por parte de algún servicio norteamericano? A nadie sorprendería que así fuera, pero lo cierto es que no se sabe.
Si todo esto hubiera sido manejado con claridad y transparencia, otra hubiera sido la actitud de la gente. La ausencia de esa claridad es la que causa y justifica los temores.

El PIT-CNT se hizo cargo de recibirlos y alojarlos. Por cierto no es de suponer que lo haga como una forma de solidaridad entre trabajadores. Los afiliados a la central sindical son trabajadores; los presos de Guantánamo no. Son militantes políticos, por decir lo menos.

Alguien podría deducir que se trata de una solidaridad ideológica en la medida que el PIT-CNT se visualiza a sí mismo como una organización inclinada hacia la izquierda. Pero los ex presos que recibe son de la más rancia derecha.

En la medida que se identifican con un fundamentalismo islámico, creen en un nacionalismo teocrático, en el texto sagrado dictado por Alá como fuente de poder y de justicia, a la vez que no adhieren al respeto de los derechos y libertades de las constituciones democráticas, excluyen a la mujer de buena parte del quehacer de una sociedad y las someten a sus dictados así como otras formas de desprecio a derechos humanos básicos, no puede decirse que sean ni de izquierda ni liberales. Quizás encuentren con los sindicatos un común desprecio a Estados Unidos, pero aún así ese odio no se apoya sobre las mismas premisas, o al menos eso creo. También el nazismo era antinorteamericano.

Las preocupaciones y temores por la llegada de estos seis presos son justificados, por más solidario que haya sido Uruguay a lo largo de la historia con los refugiados de diferentes naciones y por diversas causas.

Mejores explicaciones y más claridad hubieran ayudado, sin duda. Pero ni el gobierno uruguayo ni los norteamericanos se esmeraron en transparentar las cosas ni dejar claro como sería todo. La pregunta es si hubo alguna razón para no ser demasiado explícitos.

Por Tomás Linn

AÑO 2014 Nº 1795 – MONTEVIDEO, 18 AL 23 DE DICIEMBRE DE 2014, SEMANARIO BÚSQUEDA.

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