Sentido común, servidumbre y doblez

El sábado, por fin, las buenas nuevas. La noticia se extendió por el mundo, llegó incluso hasta Katmandú. Allá, rodeado por las montañas del Himalaya, el primer ministro de Nepal felicitó el domingo el triunfo de Joe Biden y de Kamala Harris. Khadga Prasad Oli no tuvo reparo en admitir la realidad y nada le impidió anunciar su disposición para trabajar conjuntamente por afianzar las relaciones bilaterales. Le llaman diplomacia. Los gobiernos usualmente se ocupan y preocupan de su política exterior y de sus socios estratégicos porque ha de ser desastroso para un país que el gobernante maneje la política exterior del Estado sin amplitud de miras y haciendo de su provincianismo la estrategia para relacionarse con el mundo, salvo que en lugar de gobernar estuviera dedicado a hacer campaña de forma permanente y estime que, ir a contramano del sentido común, le puede rendir más réditos con sus electores y simpatizantes. Todo es posible.

Biden, quien conversó con el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau; con el presidente de Francia, Emmanuel Macron; con el primer ministro de Reino Unido, Boris Johnson, entre otros, pidió hablar con Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, pero la diplomacia mexicana le hizo saber que el jefe de Estado todavía no está listo. «Biden no espera que Putin lo felicite, pero si el apoyo de su vecino», comentó Jorge Castañeda, ex secretario de Relaciones Exteriores de México, en el programa de análisis y opinión que conduce Leo Zuckermann. Castañeda observó que no reconocer el triunfo de Biden obedece a una cuestión personal de López Obrador quien optó, primero, por guardar silencio durante varias horas y, luego, cuando le habló al país, lo hizo para posicionarse en favor de Trump. No hay manera de presentar ese discurso como un acierto considerando la vecindad de México con Estados Unidos y la relación estratégica entre los dos países. El despropósito es ya un estilo habitual de ejercer el poder y una forma de gobernar por parte de AMLO. Constátese la trayectoria de «El mesías tropical» y lo que ha sido su «gobierno destructor». Véanse sus apariciones matinales para comprender las consecuencias de la personalización de la política interna y externa o, más bien, para evidenciar que la política exterior está supeditada a la interior, así como a la historia personal e incluso a los traumas del presidente de México.

«Las estrategias políticas de Trump y López Obrador han sido idénticas […] Medios de todo el mundo ya lo incluyen en la corta lista de autócratas en la que nunca querría estar […] ¿Quién asesora al presidente? Dudo mucho que Ebrard [el canciller] esté de acuerdo […] ¿Y la embajadora Martha Bárcena qué piensa? […] Su aclaración a interlocutores de la posición de México fue contradictoria, cantinflesca e ignorante […] Bárcena es parte del no nepotista gobierno de AMLO (su marido es tío de la no primera dama). Ambos golpean, sin pulcritud, a la Cancillería de Ebrard por debajo de la mesa, pues es ése el puesto que anhelan. Se dice que ella echó a andar al presidente para su vergonzosa e inoportuna visita a la Casa Blanca, y que estuvo detrás de su degradante discurso […] Estamos exhibiendo nuestra ineptitud diplomática y haciendo un ridículo monumental», criticó el columnista Jorge Suárez-Vélez. AMLO «sabe que la derrota de Trump es su derrota, no sólo porque se viene abajo el pacto implícito o formal. Tampoco únicamente porque respaldó a Trump. Sobre todo porque el desenlace de Estados Unidos muestra que las barbaridades que uno dice y hace en el poder sí cuentan; que las elecciones sí sirven; que todo es reversible en política; y cuando pierde un amigo, pierde uno […] El electorado estadounidense demostró que vencer a los demagogos, con todo el poder de Estado a su servicio, es factible», apuntó Castañeda.

«López Obrador parece estar afectado por alguna mutación del síndrome de Estocolmo, a tal punto que se niega a reconocer la victoria del candidato demócrata hasta que no estén solucionados todos los problemas legales, situándolo entre quienes apoyan las reclamaciones de fraude electoral», destacó Carlos Malamud, investigador del think tank español Real Instituto Elcano, al señalar que Jair Bolsonaro y López Obrador han sido los principales aliados de Trump en América Latina y, justamente, son los líderes populistas de la región que se niegan a reconocer a Biden. Para Julio Patán, en su habitual mirada sin filtro de la realidad política mexicana, «nada iguala la negativa» del presidente López Obrador a felicitar a Biden: «casi una manera de acusar a los demócratas de hacer fraude, sí, y sobre todo de anclar la política nacional en las obsesiones de nuestro mandatario». Ocurre que AMLO y «sus fieles», progresistas y gente con trayectoria en la izquierda, se entregaron, para sorpresa de muchos, a la causa Trump: «Izquierda y ultraderecha unidas, jamás serán vencidas», zanjó (mordaz) el periodista mexicano. Y, por las dudas, Marine Le Pen corroboró a Patán. La política más representativa de la ultraderecha en Francia «no reconoce en absoluto» la victoria de Joe Biden. «Qué verdadera pena es leer a voces de larga trayectoria en el periodismo, el pensamiento y hasta el activismo de izquierda en México defender a Donald Trump, un hombre que representa exactamente lo opuesto a la agenda progresista. ¿Qué les atrae? ¿Dónde arraiga esa afinidad?». «Sugiero a apologistas de Trump en México un momento de introspección. Trump ha sido el presidente más anti-mexicano de la historia moderna. Ha hundido en la angustia a millones de familias mexicanas en Estados Unidos. Ha basado la relación bilateral en la coerción. No lamenten su derrota», cuestionó León Krauze, entre muchas otras voces de intelectuales y de periodistas mexicanos que no dan crédito al sinsentido obradorista, sí, el del presidente y el de sus huestes.

Y es que el gobierno de México devela un comportamiento servil movido por la coerción de Trump y el temor de AMLO, el abanderado de los humildes —entiéndanse los humildes (expresión con tintes religiosos) a partir de la elaboración conceptual del teórico e historiador italiano Loris Zanatta quien apunta a la hábil utilización de los humildes como fábrica de poder—. Más allá de ese discurso imbuido de elementos religiosos y del ejercicio de poder pastoral, el abanderado de los humildes en México precisa de siervos serviciales serviles al poder. Por supuesto, los conceptos importan: la servidumbre da cuenta de la condición del siervo, del esclavo de un señor o de la persona completamente sometida a alguien o algo, o entregada a su servicio. El servilismo refiere la condición del servil, relativa a los siervos y a los criados. Otra acepción de la RAE expresa que el servil «de modo rastrero se somete totalmente a la autoridad de alguien». Me dijo el historiador y escritor argentino Luis Alberto Romero, al plantearle algunas inquietudes en 2019, que «eso que vos llamás servilismo y sobre todo doblez [lo percibieron él y su padre] en México […] donde nunca podíamos saber qué estaba pensando la persona que decía sí o no (y ni siquiera el «siempre no» nos convencía mucho). En Colombia no lo noté en absoluto. Pero son impresiones apenas. No sé si has leído el libro de José Luis Romero Latinoamérica, las ciudades y las ideas (1976). Es muy bueno, un clásico, y además lleno de ideas de este tipo».

Pasemos a Colombia, un país de «doctores». Se le llama doctor a quien ostenta o ejerce alguna forma de poder o autoridad indistintamente de su formación y/o capacidad y mérito para ocupar un cargo. En este país se aprecian comportamientos y orientaciones con grados relativos pero evidentes de servilismo y servidumbre, a los que se añaden otros rasgos: cierta pleitesía (rendimiento/rendición, reverente cortesía, sometimiento) y cierta doblez (astucia o malicia en la manera de obrar, dando a entender lo contrario de lo que se siente) o la muy popular y conocida «malicia indígena». Todo esto, por supuesto, no es reciente, es parte de nuestra identidad, de nuestra cultura a fuerza de la costumbre y del hábito. Estos rasgos en Colombia aparecen difuminados y se perciben con mayor intensidad en otros países andinos (Ecuador, Perú, Bolivia) o en México y en los países centroamericanos, según pude extraer del diálogo a este respecto con algunos académicos y periodistas en 2019. Pues bien, el doctor Francisco Santos, embajador de Colombia en los Estados Unidos, junto con otros fieles del expresidente Álvaro Uribe adscritos a su colectividad —el partido de gobierno, nada menos— impulsaron, animaron o trabajaron en favor de la reelección de Donald Trump. Así es, intervinieron en el proceso electoral de los Estados Unidos y, ante la inaceptable intromisión, la Embajada de los Estados Unidos en Colombia tuvo que pronunciarse, días antes de las elecciones, pidiendo evitar las interferencias en el proceso electoral y recordando que el éxito de la relación bilateral entre los dos países durante muchos años ha estado fundamentado en el apoyo bipartidista y, por lo mismo, instó a «todos los políticos colombianos [a] evitar involucrarse en las elecciones estadounidenses».

El jueves 5 de noviembre la tendencia en Twitter (Colombia) fue «#LAMECULOS», adjetivo que sirve para referir o describir, cómo no, a una persona «aduladora y servil», dice la RAE. ¿Por qué fue trending topic esta expresión malsonante? Porque un periodista colombiano —debidamente alineado en favor de Donald Trump— que cubría la elección desde Washington insinuó que «en un acto de caballerosidad» Biden debía aceptar o reconocer el triunfo de Trump para evitar así que se exacerbara la tensión política y la crispación social en los Estados Unidos. Parece que nadie, ni siquiera Biden, prestó mucha atención a tan edificante recomendación. El sábado, a diferencia del gobierno mexicano, el gobierno colombiano maniobró rápidamente y cambió de carril en cuanto conoció o corroboró el triunfo de Biden. ¡Nos salvó la doblez! El presidente Iván Duque, a quien por cierto se le dan mejor las tardes para su programa diario de televisión —López Obrador prefiere las mañanas— celebró el resultado electoral: «Felicitamos a Joe Biden, nuevo presidente de los Estados Unidos y a Kamala Harris, primera mujer vicepresidenta de Estados Unidos. Les deseamos los mejores éxitos en su gestión. Trabajaremos juntos en fortalecer la agenda común en comercio, medioambiente, seguridad y lucha contra el crimen trasnacional». El embajador Francisco Santos hizo lo propio y manifestó: «Felicito al presidente electo Joe Biden y a la vicepresident[a] electa Kamala Harris. Seguiremos trabajando con entusiasmo por nuestra agenda común, tal y como lo hemos hecho siempre. Juntos, miramos hacia el futuro con optimismo». El expresidente Uribe aprovechó la ocasión para dirigirle al futuro gobierno de los Estados Unidos algunas directrices o instrucciones en materia de política exterior. Entre tanto, analistas, políticos, ciudadanos e incluso el expresidente Juan Manuel Santos consideraron que es necesario un cambio en la embajada en Washington para recomponer las relaciones bilaterales con los Estados Unidos luego de que el embajador Francisco Santos contactara a un contratista del Pentágono «para ayudar a Trump» e incluso le planteara «la posibilidad de que el presidente Duque viajara a los Estados Unidos, lo cual finalmente no sucedió». Servilismo, servidumbre y doblez.

La dictadura de La Habana concedió el domingo que, efectivamente, ha sido «el pueblo de los Estados Unidos» el que «ha optado por un nuevo rumbo». Caradurismo —actitud propia de quienes actúan con descaro y sin vergüenza— made in Cuba. Pues sí: «el pueblo de los Estados Unidos» optó «por un nuevo rumbo». Así son esas cosas de la democracia que, por cierto, Cuba no conoce desde hace más de seis décadas. Los análisis, críticas, opiniones e inquietudes que plantearon diferentes analistas —Jorge Castañeda, David Rieff, Andrés Oppenheimer, entre otros— respecto a las dudas razonables que suscita el Partido Demócrata entre cubanos y venezolanos que se oponen a las dictaduras de sus países están más que justificadas. Andrés Oppenheimer añadió, respecto a la derrota de Biden en Florida, la subestimación del impacto negativo de las absurdas afirmaciones de Donald Trump quien lo acusó de «socialista». ¿Los cubano-americanos ajustaron cuentas con los demócratas en Florida? Oppenheimer estima que, si los demócratas quieren ganar Florida en 2024, tendrán que buscar más votos cubano-americanos y venezolano-americanos. El investigador Carlos Malamud planteó interrogantes en ese sentido, algunos de estos, a saber: «¿Cuál será la posición de Biden con Juan Guaidó?». Y, en lo relativo a la relación con Cuba: «¿volverá a enero de 2017?». «¿Qué medidas aplicadas por Trump serán anuladas con nuevas órdenes presidenciales y cuáles no?». «¿Será posible restablecer la confianza con Díaz-Canel?». No ha de olvidarse el aumento de la represión por parte del régimen castrista tras la normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos bajo la administración de Barack Obama. Simpatizantes del régimen de La Habana, no obstante, han expresado sus deseos de que Cuba y Estados Unidos vuelvan a la era Obama. Está por verse cuál será la estrategia de política exterior que asuma para la Isla el presidente electo Joe Biden. Trump, el presidente saliente, continúa agitando, gritando y vociferando «fraude». ¿Hasta cuándo?

Clara Riveros
CPLATAM -Análisis Político en América Latina- ©
Noviembre, 2020

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