¿Qué se puede esperar de 2015?

Esta noche, al despedirnos de 2014, desearemos un feliz y próspero 2015 para todos y, anticipadamente, festejaremos lo venidero, con la creencia –o más bien deseando creer– que el próximo año será mejor que el que termina. La ilusión es que el nuevo año nos ofrezca renovadas oportunidades y que, por supuesto, abra una renovada era de paz y progreso en este mundo atribulado en que vivimos. Se trata de la esperanza, la que –se dice– nunca se pierde; y es bueno que sea así.

2014 fue un año difícil. Junto a lo alarmante, como la epidemia del ébola, hay problemas y conflictos irresueltos: la grave crisis provocada por el derrumbe del precio del petróleo; el terrorismo del Estado Islámico; la amenaza de que se reinicie la violencia en la Franja de Gaza; el cruento enfrentamiento –sin fin a la vista– de ucranianos y separatistas prorrusos; las locuras belicistas del sátrapa de Corea del Norte; los dolorosos secuestros de niñas nigerianas por el grupo terrorista Boko Haram; la desaparición de personas, como los 43 estudiantes en México. En nuestro continente, el celebrado anuncio del fin de la vieja pugna entre EEUU y Cuba solo tendrá sentido si se logra que en la isla se inicie una era democrática. Pero en la ALBA –Cuba es parte de esta alianza– persiste el empeño de ir a contramano, con políticas que llevan a crisis que ponen en riesgo la paz interna y el futuro de una nación.

Es el populismo que identifica a los regímenes que dividen y oprimen a los ciudadanos, y que terminan en un desastre anunciado, difícil de superar. Y mucho más.

Preocupa también que la crisis del petróleo, ya expandida, nos alcance y que nos veamos en el espejo de la Venezuela en quiebra. Para nosotros, no se trataría solamente de la calamidad de una crisis económica, sino que, por sus alcances destructivos, pudiera inclusive afectar la esencia de la nación. Sería, entonces, el precio a pagar por la ineficiencia, la imprevisión, el derroche, la corrupción y el empeño en seguir vías autoritarias, desconociendo las libertades democráticas.

No es grato ser pesimista en un tiempo que se supone de alegría y confianza. Pero la realidad es la que obliga, pues esta prevalece sobre las emociones. Sin embargo, en un arranque de esperanza, hay que creer en que “no hay mal que dure 100 años”, y así abrigar la ilusión de que, luego de una noche ominosa, no sobrevendrá la terrible Hora 25 anunciada por Gherorghiu Constantin Virgil, sino la primera hora del amanecer: la de la esperanza.

Marcelo Ostria Trigo

El Deber, (Bolivia). Diciembre 31, 2014.

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