Presidencialismos de coalición

Publicado en: Análisis, Argentina | 0

El reciente acuerdo entre la Unión Cívica Radical y el Pro, que les permite acudir en forma conjunta a las PASO, abre numerosos interrogantes. De momento son dos partidos que mantienen su identidad, sus programas y sus referencias simbólicas.

Aparentemente sólo buscan, por este procedimiento, unificar su oferta presidencial. Sin embargo, los desafíos de la coyuntura son de tal envergadura que es inevitable pensar que esos acuerdos deberán conseguir mayor profundidad.

La labor que deberá afrontar el nuevo gobierno es hercúlea. Liberar la economía del cepo cambiario; actualizar el tipo de cambio; atacar el problema de la inflación; recomponer el sistema de precios relativos; resolver el problema de los holdouts; recuperar la confianza de los inversores; descargar al Estado del peso de miles de funcionarios-militantes incorporados en los últimos tiempos; atender el problema de la pobreza y la marginación; y un largo etcétera, son problemas de tal envergadura que sólo una potente coalición de gobierno podría abordar.

Sin embargo, la debilidad estructural de nuestro sistema de partidos políticos no permite abrigar demasiadas esperanzas sobre el rol que puedan desempeñar en circunstancias tan complejas. El Pro es una estructura muy reciente, que no tiene implantación fuerte en el interior del país. Por su parte, el radicalismo viene tratando de recomponerse luego de algunos fracasos históricos al enfrentar los desafíos de la gobernabilidad.

Frente a este cuadro poco alentador, se han lanzado algunas propuestas que intentan ser paliativos ante una situación de extrema gravedad. El llamado a definir un set de políticas de Estado es una de las demandas más serias y consistentes. Se trataría de conseguir, entre el conjunto de fuerzas políticas del arco opositor, media docena de políticas consensuadas entre todos que permitieran el abordaje conjunto de los temas considerados más relevantes y urgentes en el corto plazo -medidas cambiarias, inflación, deuda externa, precios relativos- y en otros de más larga proyección, como la inserción internacional, la política educativa o el problema de la pobreza estructural.

Otra fórmula que ronda en la mente de los espíritus más inquietos es lo que se denomina presidencialismo de coalición. Es la forma que han adoptado nuestros vecinos, Chile y Brasil, y consiste en alcanzar acuerdos en dos niveles de gobierno. En el nivel parlamentario, un bloque lo suficientemente sólido como para acompañar sin turbulencias las iniciativas que surjan del Ejecutivo.

A nivel del Poder Ejecutivo, puede dar lugar a un gobierno de coalición, donde se repartan las carteras de gobierno entre los partidos que se han coaligado. En el caso de que Macri resultara electo presidente, por ejemplo, se podría pensar en Ernesto Sanz desempeñando el rol de jefe de Gabinete, ejerciendo con amplitud el rol que la Constitución de 1994 prevé.

Si tuviéramos un sistema de partidos políticos consolidado, todas estas cuestiones estarían en ebullición. Aparentemente no es el caso y, si algunos progresos se estuvieran realizando en esta materia, desde luego no es a la vista del público. Por el momento sólo tenemos la sensación de que, sin formar equipos sólidos y eficaces para gobernar, no será posible abordar los enormes desafíos que esperan al nuevo gobierno.

Existen otros elementos que añaden dificultad a la emergencia de un presidencialismo de coalición. Estamos, nos guste o no, frente a un escenario donde la política se convierte en un espectáculo. Como señala acertadamente Sergio Fabbrini, la construcción de un liderazgo es inevitable si se quiere brindar al gran público significados accesibles para todos. “Cuanto más se complica la política, más advierte el público la necesidad de captar señales que le den pie para relacionarse con ella: el líder y su imagen sirven para esto”.

Es cierto también que venimos de una etapa de fuerte liderazgo, donde se ha querido llevar a extremos la parte emotiva del espectáculo político, colocándose siempre la presidenta en abierta confrontación con sus enemigos. De modo que la labor de los que aspiran a construir nuevos liderazgos es bastante complicada, porque deben transitar entre un estrecho desfiladero: generar una respuesta emotiva, basada en la simpatía y la confianza, al tiempo que tienen que evitar antagonizar al estilo de CFK. Esto explica que los ciudadanos más informados se sientan bastante insatisfechos ante una ambigüedad calculada, que se resiste a volcar en programas o propuestas las ideas, pero que resulta inevitable.

En una “democracia de audiencias”, la elección está siempre personalizada y los ciudadanos votan a una persona no a un partido. Sin embargo, los partidos siguen siendo necesarios como plataformas para el diseño de los programas de gobierno y la selección de los expertos que deberán desplegar y aplicar esos programas. Las tareas pendientes son enormes, sin computar el mayor desafío que tiene la clase política argentina: la imperiosa necesidad de reconstruir un sistema de valores.

Aleardo F. Laría, Socio del CPA
Río Negro, 31-3-15

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