¿Por qué John Oliver no divierte a Correa?

John Oliver no hizo reír al Presidente, quien prefirió preguntarse si hay comediantes ingleses. Otro chiste sin duda de los muchos que envía en twitter. Funcionarios y allegados suyos tampoco se rieron y optaron por asumir el papel del sufridor que tanto endosan a los demás. Definitivamente hay sicología proyectiva en este gobierno.

Lástima que el Presidente haya perdido esta oportunidad para reconciliarse totalmente con el humor. Oliver, entre chiste y carcajada, le dio algunos consejos: no hacer la guerra a las redes sociales. No hacerse mala vida por lo que allí se dice. Entender que él es el Presidente y no puede ponerse pico a pico con ciudadanos; algunos de apenas 18 años. No romper periódicos porque su tiraje no se limita a un ejemplar… Oliver hizo lo que hace el humor con el poder: mostrar sus excesos. Su vanidad. La burbuja en la que vive prisionero. Exhortarlo a ser humilde y desenfado. A reírse de sí mismo.

Qué raro que el Presidente no se haya reído. Él, que ha hecho gala de un gran sentido del humor en su gobierno. En la sabatina, por ejemplo, hizo participar a un dúo que hacía humor corrosivo. Pero, claro, sin la sutileza british que el Presidente, al parecer, ignora. El público de su show reía a mandíbula batiente de las cosas despiadadas que decían sobre los políticos que los precedieron. Del ex presidente Hurtado se reían de su forma de hablar. De lo que decía. De su edad. Hurtado los sigue divirtiendo. También Nebot, Noboa, Gutiérrez…

Andrés Páez levantó una lista de epítetos que el Presidente suma con la obsesión de un coleccionista. Son 172 y no está completa, pues falta, por ejemplo, sicarios de tinta. Una linda expresión que pasará a la historia. Como el Presidente. Cada epíteto ha sido pronunciado por él con un gusto y una gracia propios del comediante que quiere que su auditorio se desternille de risa.

¿Por qué, entonces, no se rió del sketch de John Oliver que estremeció de carcajadas las redes sociales en el país? Algunos han dicho que es por aquello de la majestad del poder. Es una pista. Puede ser. De hecho, el poder desde siempre ha creído que el humor es uno de sus privilegios. En las cortes, por ejemplo, nadie reía si no lo hacía primero el rey. Era él quien fijaba las reglas. Él decía de qué reírse y cómo hacerlo. Qué le era tolerable y qué no.

El poder absoluto ama el humor. Es una de las herramientas que usa para licuar social y políticamente a aquellos que son, a sus ojos, súbditos insoportables. Divierte la galería mientras camufla, entre chiste y chiste, su intolerancia. Monarcas o aspirantes a serlo siempre lo han hecho.

Por eso Diógenes hizo de la filosofía, en la antigua Grecia, un mecanismo sarcástico capaz de invertir los valores del poder. Hoy se diría de de-construirlos. Frente a la arrogancia, la capacidad de reírse de sí mismo. Frente a la majestad del poder, el desenfado. Frente a su retórica vacua, un estilo de vida.

¿Y si Ecuador estuviera viviendo esa inversión de valores? ¿Y si frente al cinismo del poder, jóvenes y menos jóvenes estuvieran descubriendo el significado que tuvo con Antístenes y Diógenes la verdadera transgresión, la libertad, la autonomía moral?

Para los fundadores del verdadero cinismo, la forma de vivir es inseparable de la forma de pensar. Su revolución es existencial. Nada tiene que ver, entonces, con la mal llamada revolución ciudadana. La primera atañe a cada persona; la segunda a un aparato. La primera es ética; la segunda un montaje retórico. La primera habla del trabajo que cada persona hace frente a valores que le son esenciales; la segunda es un simulacro.

Esta inversión de valores es, precisamente, aquello que más sobrecoge al poder absoluto. El rey desnudo no es simplemente la fábula de Andersen: es la peor sentencia que ese poder absoluto pueda imaginar. Y el humor, por ese lado corrosivo que involucra, acelera ese proceso con particular presteza.

Se entiende por qué el correísmo desplazó sus ejércitos hacia las redes sociales. No es porque el Presidente sea objeto de burla: es porque el humor y el desenfado de las redes (desenfado no insultos) ponen en evidencia dos formas de entender la vida: la del correísmo, como proyecto político, tiene que ver con Maquiavelo y la monarquía: trazar él los límites. Decir que es legal y qué es lícito. Hacer él los chistes… Y luego castigar, castigar y castigar… Y hacer lo que sea para seguir en el poder.

La otra forma es existencial y quiere armonizar el estilo de vida con valores y la manera de pensar. Los caricaturistas, Crudo Ecuador, los ciudadanos digitales, John Oliver… están en esa tarea que empieza por desnudar al rey. El Presidente no ha entendido que también él debiera empezar por corregir, enmendar, desandar…

En vez de aquello, pauta otra guerra. ¿Es Napoleón y no entenderá hasta Waterloo? Esta vez –y también Oliver se lo dijo– perderá, Presidente. Entre tantas razones, por una esencial: no enfrenta a un ejército político con ideario y dueño. Encara ciudadanos que, cansados de abusos y cinismo maquiavélico, reaccionan con un arma perenne: la decisión de vivir según sus valores y sus formas de pensar. Ah, y sin monarca con inquisidores.

José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, febrero 12, 2015.

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