Mohamed Chukri entre la Paz y Tánger. De principios estacionarios y latitudes heterotópicas

Por Mehdi Mesmoudi[1]

Souvent, pour s’amuser, les hommes d’équipage
prennent des albatros, vastes oiseaux des mers,
qui suivent, indolents compagnons de voyage,
le navire glissant sur les gouffres amers.
Charles Baudelaire[2]
Foto de Mehdi Mesmoudi

Pocas novelas he gozado a tal grado que al terminarlas, me hago la pregunta ¿y ahora qué? ¿Qué me depara ahora el destino? ¿Qué le puede esperar a este joven lector, impulsivo, apasionado; sí, impulsivo? Novelas que me han exigido la actitud radical de un viajero a la hora de afrontar nuevos paisajes con su sintaxis arquitectónica diferenciada, el conglomerado de lenguas, saberes y haberes de sus ciudadanos atípicos, la valentía o la locura de arrojarme a los fantasmas de la ciudad, sus callejones entreabiertos como heridas no cicatrizadas, esos versículos que agujerean las paredes de los barrios marginados. Así se parece el regreso de un viaje cuyo comienzo se ignoraba y cuyo final se resiste, se atraganta y se agarra al mástil de una escritura que todavía asume horizontes improbables. Pero ¿qué sucede cuando el que viaja ya no regresa dos veces a un mismo lugar, o el que regresa aparece en unos atuendos de la condición humana ajenos a aquél? Nadie viaja, se desplaza, asume los riesgos de una auténtica odisea, si uno no ha reconocido antes la sal de la partida.

El ímpetu, la sed a borbotones, la inconsciente nostalgia desmedida y no asumida, el entusiasmo del otro texto ya no pueden tener lugar en esta Posdata. Sería ilógico pedirle a éste que escribe que trate de recordar a aquel otro y rescate, como si se tratara de un naufragio, esos anticuarios, esas artificiosidades. Aquel que permanezca en el pasado está condenado a darle la espalda al presente, renuncia a vivir en el aquí y el ahora, se suicida antes de tiempo y cuando nadie se lo ha demandado. El espíritu que acompaña este texto es el de la introspección violenta, el soliloquio humillante que conduce al individuo a sus luchas, las luchas que no presenciamos a la luz del día, que no presentimos ni logramos divisar. Son luchas cuando menos nos las imaginamos porque carecen de voz y espíritu, las llevamos al paladar cada vez que tomamos un sorbo de té o la bocanada de aire fresco en unos labios trémulos y desafiantes. Tampoco me pregunten dónde quedó aquel viajero joven. El que viaja asume, con todas las palabras del manifiesto fenicio, que el viaje no termina nunca, el que viaja profundamente sabe que su isla se parece a un río sin orillas. Ojalá pudieran comprender a este lector de la misma forma en la que viajo. Un viaje sin heridas es como visitar un país desde el tránsito aeroportuario.

Nadie que se ha acercado a Chukri ha salido ileso. La aventura desgarradora que implica leer a Chukri, internarse en sus callejones novelescos del inconsciente, explorar ese subsuelo arquitectónico del Tánger que también descubrieron Burroughs, Ginsberg y Bowles, amerita un estudio de largo aliento que tal vez pueda llevarse a cabo después. Sin embargo, queda todavía latente la incógnita de por qué ahora iniciar con este viaje, cómo asumir las leyes inviolables de los viajeros que han tomado la decisión de que la vida tiene la forma de una ruta enredada, cercada por un extensísimo mar y entrecruzada constantemente por lo que en Marruecos se viene conociendo como “áreas de reposo”, etapas estacionarias, donde uno puede aprovechar el tiempo y ese espacio “interzone” para reflexionar en torno a las vivencias que a uno le han sucedido, los sueños que uno quiere realizar, y tal vez domar esos demonios con los que uno convive y se sienta a comer todos los días. Desconozco por qué es en estos momentos que he decidido enrolarme en la tripulación de Chukri y decidir que estoy listo para enfrentarme a sus fantasmas, arrojarme a sus laberintos con sus aullidos de luz fúnebre. Dejo que la escritura sin fondo, sin el mástil de la cordura, me guíe en esta odisea de la embriaguez. Recuerdo a Rimbaud: “je ne dis pas un mot: je regarde toujours”, lo miro, lo oigo, mas no obedezco, nunca obedezco. Viajar, y de la mano de Chukri, es el comienzo de la desobediencia y el principio elemental de la rebeldía, la dosis de imaginación teórica que tanto necesita nuestra crítica literaria y el séquito bienaventurado de sus consumidores.

A pesar de ser un fenómeno editorial y sociocultural, Chukri sigue siendo una peculiaridad en la literatura marroquí tanto en lengua árabe, francesa como española, y un autor poco leído en Marruecos. En realidad, Chukri es un escritor bastante joven en la escena literaria marroquí teniendo en cuenta que a partir de 2003 se le empieza a leer después de una censura que duró 23 años. La fama, que siempre antecede a los escritores, pesa más que el autor y Chukri no solo no es la excepción, sino que la distorsiona, condiciona la forma en que ha sido leída toda su literatura. Quisiera poder huir de los lugares comunes y no admitir que Chukri es patrimonio común y universal de todos. Creo que empezar a leerlo podría darnos una idea de cómo dejar atrás estos tópicos del turismo literario y cultural, atrevernos a sumergirnos en uno de los escritores en lengua árabe más prolíficos y controversiales, un escritor que hoy en día está emergiendo como un interlocutor de lengua española y permite asomarnos a otros claroscuros que siempre han asediado a Chukri. En otras palabras, ¿qué nos puede decir Chukri al mundo de lengua española en este tercer milenio? ¿Qué tan nuestro es y qué lugar podría correspondérsele?

Las viejas órdenes del estructuralismo y otras huestes del inmanentismo textual arguyen, todavía, que uno al escribir ya tiene prefigurada en una instancia prenatal un texto inicial que va descubriendo casi en una relación paralela, de íntima confidencia, donde el autor se confunde permanentemente con su creación. Esta creencia ha asediado los estudios literarios -e incluso se ha tomado como referencia el dominio de lo comunicable; en otras ocasiones, la teoría de la traducción- hasta todavía finales del siglo pasado. Este escenario acrítico en torno al fenómeno de la creación ha provocado una obsesión mayor por el origen biografista del texto y su recepción como si éste iniciara en manos del autor y su tiempo, y concluyera en los territorios exclusivos del lector, sea éste ideal, utópico o inexistente. Solo algunos autores se han atrevido a cuestionar las textualidades desde la escritura misma: Foucault[3], Luhmann[4], de Certeau[5], Barthes[6], Derrida[7] y otros[8]. Mis abordajes toman como referencia a Foucault -mediado por Borges-, en especial el de las arqueologías, porque evita caer en un derridianismo radical.

El texto que escribí sobre Chukri hace dos meses no es un homenaje ni un ejercicio de crítica literaria en torno a la figura del escritor y su obra. Tampoco es una labor de rescate que permite actualizar el estado del arte en torno a los estudios realizados sobre su vida y su obra. Tan solo es una crónica de un viajero amateur que trata de englobar desde distintos niveles casi imperceptibles lo teórico con lo testimonial aunque ya ejercido en esa línea de transición que conduce el propio testimonio, desgarrador y fatídico que casi amputa el habla, hacia la región de la experiencia. Puedo decir en estos momentos que ha sido el texto que más me ha costado escribir, y cuando digo “escribir” me refiero a un proceso que va más allá del simple hecho de escribir, la escritura como la zona de una experimentación radical acompañada de un desgarramiento interior sin precedentes, un ritual de la escritura que casi siempre preferimos ocultar. De alguna manera, ese texto sigue escribiéndose, todos seguimos cumpliendo esa misión de Mallarmé aunque sea en forma colectiva, como sostenía Lautréamont. Un texto que también me ha exigido una nueva forma de abordar el abismo y sus fantasmas; y por ende, devela los obscuros fondos donde late la savia de la escritura. Un texto que no exija nada de nosotros no se atrevería nunca a asomarse ni siquiera al cabo donde está atracada la escritura.

Desde el título que elegí para dicha crónica, uno pensaría que Mohamed Chukri tuvo alguna relación con la ciudad de México, alguna correspondencia perdida con algún escritor o amigo, algún evento anecdótico, alguna referencia implícita en sus textos. Pero, no. No existe nada, al menos nada en principio. No hay pruebas materiales -juzgaría el sacerdocio de la institución literaria- para fundamentar el argumento del vínculo de Chukri con México. ¿Quién iba a imaginar un vínculo entre Chukri y México, un vínculo que tal vez  no existió históricamente, pero que podemos imaginar teóricamente desde el ámbito de la sensibilidad literaria y epocal?

Foto de Mehdi Mesmoudi

Cabe destacar que ese ejercicio solo ha sido un gesto lúdico de imaginación teórico-testimonial de un lector que ha dejado de leer los textos, al menos desde una circunstancia pasiva o ausente, y se atreve ahora a transgredirlos, borrar les traces de sus homicidas, planteándose en estos momentos reescribirlos en una permanente déchirure, hacerlos dialogar desde otras latitudes geodiscursivas, interrogar a otros interlocutores de otras lenguas literarias; en suma, reivindicar no solo una “lectura contrapuntística”, como sostenía Edward Said, sino ir en búsqueda de algo más improbable: imaginarnos un diálogo que nunca tuvo lugar entre autores que no se conocieron, no se leyeron, pero que entre ellos palpita un espacio de las complicidades mudas y las rarezas familiares. Una crítica literaria que no asuma esta labor como su principal misión está condenada a morir.

Debo confesar que “Mohamed Chukri entre la ciudad de México y Tánger. Una anécdota fundadora” se ha adelantado a los ejercicios teóricos que llevo planteando desde los últimos tres años. Me estoy refiriendo a la transhispanidad literaria como un modelo teórico del nuevo milenio que permite, a grandes rasgos, leer nuestra literatura desde una atalaya no solo postnacional, sino desde una reconfiguración transnacional del mundo contemporáneo cuyo hilo conductor es la lengua española y su legado histórico-cultural que reivindica “una comunidad del espíritu y de la sangre, del verbo encarnado”[9]. Haber empezado con un ejercicio de lectura absolutamente transhispánico con un autor que inicialmente no se circunscribe en las categorías de literatura española, ni hispanoamericana, ni latinoamericana, ni tampoco dentro de la reciente “literatura marroquí en lengua española”, como Chukri, hace de esta operación algo inusual y atractivo al mismo tiempo que muestra el nivel de transgresión teórica que pretende y asume como desafío la transhispanidad literaria. Solo una mirada radical, revolucionaria y heterotópica permite acceder a la dimensión de la imaginación teórica que Michel Foucault y Octavio Paz compartieron en su momento. Un ejercicio de imaginación teórica transhispánica permitiría una recepción literaria e intelectual de Chukri concebido como una literatura; es decir, un contemporáneo de todos los demás.

Foto de Mehdi Mesmoudi

Resulta prácticamente increíble percatarse del debate -si es que se le puede llamar de tal manera- de si Bowles escribió la “autobiografía” de Chukri, teniendo en cuenta por el propio testimonio de Chukri que a principios de los setenta no existían los borradores del manuscrito, sino que éste empieza a tejerse hasta que Tahar Ben Jelloun a la hora de querer traducirlo al francés, le pide la versión en árabe. No me interesa entrar en la discusión de si Bowles usurpó el espacio íntimo que le pertenecía a Chukri. Realizar este gesto crítico es seguir pensando que el Quijote de Avellaneda es apócrifo y que Cervantes era el único que podía escribirlo, nadie más. El gesto de Borges con “El Quijote de Menard” es el primero y el último ya que no solo entra en una complicidad de la risa y las carcajadas con Cervantes, sino que reanuda esos lazos lúdicos que tanto necesita nuestra literatura.

Lo que he planteado, más bien, en el texto anterior es que Chukri y Bowles escribieron juntos aquel For Bread Alone (1973), no se puede imaginar esa empresa colectiva sin uno de los dos, donde el dominio fértil y reciente todavía de las vivencias trata de aspirar al mundo de la experiencia. Si nos fijamos nada más en la firma autoral que exige cualquier producto libresco, asumiríamos a pies juntillas que el autor es Paul Bowles y nadie podría negarlo. Sin embargo, desde una dimensión amplia de la escritura, concebida ésta como “el murmullo sin fin de la literatura”, como afirma Barthes, que no tiene principio ni final, podríamos admitir un lugar peculiar, andrajoso, intersticial, que ocupa Chukri donde no solo muestra la imposibilidad de la autobiografía hoy en día, sino que toda autobiografía es en realidad una biografía en el sentido de que el yo que se prefigura en ese lugar es siempre otro, un fantasma, un sujeto filtrado por las luces de la experiencia. Es por esta razón, que planteo una comprensión más crítica del fenómeno editorial del primero libro de Chukri entre 1973 y 2012; es decir, me refiero a For Bread Alone (1973) traducido por Paul Bowles a partir del “manuscrito mental” de Chukri, Le pain nu (1980) traducido por Tahar Ben Jelloun, Al-jobz al-hâfî (1982) escrito por Mohamed Chukri, El pan desnudo (1996) traducido por Abdellah Djbilou y El pan a secas (2012) traducido por Rajae Boumediane El Metni.

Leer a Chukri en un ámbito epocal universal permite no solo ingresar a su imaginario novelesco e intelectual, sino dar cuenta de esa complejísima red de amistades y complicidades que tuvo con otros escritores, intelectuales y peatones de las últimas cuatro décadas del siglo pasado. Admitir la nacionalidad de Chukri es reivindicar un particularismo empobrecedor, es ir en contra de su propia escritura que no solo aspira a lo universal, sino al hecho de escribir como el comienzo de un viaje que no concluye nunca. En ese sentido, y recordando las palabras del propio Chukri, habría que comprender la cosmovisión del “clochard” <ash-shatâr> que nos remonta a la tradición de los filósofos cínicos como Diógenes que llevaban una vida sencilla y austera, renunciando a las comodidades y los lujos de la vida material como un proceso de introspección profunda, como principio básico del autoconocimiento.

Por otro lado, pienso que fui lo bastante claro, aunque no abandonando el terreno de los guiños intertextuales y los jugueteos con la heterodoxia literaria, al admitir que Chukri pertenece a una “conciencia beat” que inicia a mediados de los cincuenta y teje lo que llamo “la geografía de la censura” que tiene tres momentos históricos en tres espacios discursivos distintos aunque vinculados a esta cartografía transhispánica. Me refiero, por un lado, al espacio literario y político de Kerouac, Ginsberg y Burroughs; por otro, al de Jaime Gil de Biedma y a algunos integrantes de la Escuela de Barcelona; y por último, el reunido en torno a Chukri aunque éste está más entrecruzado debido al lugar estratégico que juegan Marruecos y Tánger desde finales de los cincuenta, y la peculiaridad de su literatura que se expresa en tres grandes lenguas: el francés, el árabe y el español. Chukri está presente en los intersticios de estas tres literaturas.

Foto tomada de la Fanpage Tanger en Facebook

¿Qué significa leer a Chukri desde esta orilla occidental del Atlántico en lengua española? ¿Cuáles son las implicaciones que se juegan en el ámbito teórico de nuestra literatura? ¿El gesto transgresor de incluir a Chukri en el debate abierto por José Gaos y Octavio Paz en torno a la literatura en lengua española modifica nuestra cartografía literaria moderna y contemporánea? ¿Cuáles son los ingredientes que encuentro en la figura y obra de Chukri que permite leerlo desde una atalaya transhispánica de nuestra literatura? Este texto y el anterior son tan solo un muestrario de cómo una crítica literaria circunscrita en lo nacional y lo continental ya no es posible ni tiene un sustento teórico-metodológico ni tampoco epocal. Y al mismo tiempo, devela apenas el inicio de una lectura que todavía no ha empezado. Ruego a los lectores tengan paciencia, compasión, y algo de sentido del humor ante unos sencillos apuntes que son reflejo del sinfín de inquietudes que azotan el puerto de este lector cansado de teorías obsoletas, y navega entre islas, sans équipage como el cónsul celestial de Baudelaire, con el presente a sus espaldas y el porvenir estrellado en los labios.

Un artículo para CPLATAM -Análisis Político en América Latina-

Julio, 2018

Notas

[1] Profesor-investigador en el Departamento Académico de Humanidades de la Universidad Autónoma de Baja California Sur http://www.uabcs.mx/inicio (México) y Doctorando en el Posgrado de Ciencias Sociales, con orientación en Globalización en la misma universidad. Líneas de investigación: tradiciones y culturas hispánicas, relaciones hispano-magrebíes, orientalismos en lengua española. Actualmente se encuentra en el último año con su proyecto doctoral titulado La transhispanidad literaria. Hacia un modelo teórico del nuevo milenio. Autor de varios artículos como “Brevísima revisión de la Nahda (1830-1975)” (2015: 11-29): http://estudiosafricanos.cea.unc.edu.ar/files/02-Mehdi-Mesmoudi-N%C2%B012.pdf ; “La doble vida de Jesús, Enrique y Leslie” (2016: 173-204) en La crueldad cautivadora. Narrativa de Enrique Serna: https://enriqueserna.com.mx/La_crueldad_cautivadora.pdf  y “Octavio Paz: el credo, la blasfemia, el verdugo” (2016): http://www.analectica.org/articulos/mesmoudi-paz/ ; “Edward Said y Sigmund Freud: del exilio a la escritura prometida” (2018) (en prensa); “Élmer Mendoza en Nombre de Perro: del narcoarchivo de su tiempo al noirismo hispánico” (2018) (en prensa).
[2] Les Fleurs du mal (Édition établie par John E. Jackson, préface d’Yves Bonnefoy), Paris: Librairie Générale Française, 1999, p. 54.
[3] “Littérature et langage” en La grande étrangère. À propos de la Littérature (édition établie et présentée par Philippe Artières, Jean-Francois Bert, Mathieu Potte-Bonneville & Judith Revel), Paris: EHESS, 2013 (1963), pp. 71-144.
[4] La forma escritura. Stanford Literature Review, vol. 91, Spring 1992. Traducido por Guillermo Zermeño Padilla.
[5] “El lenguaje alterado. La palabra de la posesa” en La escritura de la historia (trad. Jorge López Moctezuma, 2ª. edición revisada), México: Universidad Iberoamericana, 1993, pp. 235-256.
[6] El grado cero de la escritura (trad. Nicolás Rosa), Buenos Aires: XXI, 1973 (1972).
[7] De la gramatología (6ª edición en español, introducción de Philippe Sollers), México: XXI, 2000 (1967).
[8] Me refiero a Carlos Barral en esa famosa polémica con Carlos Bousoño (léase Barral, Poesía no es comunicación, Laye, núm. 23, Barcelona, 1955, pp. 23-26), Ángel González (léase González, “Prólogo” en Poemas, edición del autor, novena edición, Madrid: Cátedra, 2002, p. 15 y p. 25) y José Ángel Valente (léase Valente, “No inútilmente” en Entrada en materia, edición de Jacques Ancet, tercera edición, Madrid: Cátedra, 2001, p. 103). Barral se anticipa a los teóricos franceses de la escritura y se vuelve un referente en nuestras letras de estas nuevas disposiciones literarias. Ángel González, a pesar de coincidir con Barral en gran parte de sus argumentos, se aleja del terreno teórico de Barral y se acerca al oficio del poeta al declarar: “Yo pienso que lo que la obra signifique o diga es lo que inconscientemente quería decir el autor” (González, 2002: 26).
[9] Eduardo Nicol, El problema de la filosofía hispánica, México: FCE, 1998, p. 102.

2 Comentarios

  1. abdellah aghzaf
    | Responder

    Muy interesante ….te echo flores
    Un articulo que arroja luz sobre la riqueza de nuestra literatura y la competencia de investigadores como tu

    • Mehdi Mesmoudi
      | Responder

      Estimado Abdellah Aghzaf: muchas gracias por tus palabras. Me alegro que este mínimo texto haya valido la pena y el gusto. Un abrazo.

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