Mohamed Chukri entre la ciudad de México y Tánger: una anécdota fundadora

Por Mehdi Mesmoudi[1]

Lealtad y gratitud particulares a ese joven
talabartero que trabajaba hasta las altas
horas, mal nutrido pero alimentado por
una luz más invencible que su hambre
[2]

Era un miércoles de principios de mayo. Una tarde nublada, aligerada por el tráfico, poco común de una ciudad estresada y diabética, la lluvia acechaba con su presencia montaraz, podía existir la esperanza de que eso no sucediera y pudiera, por fin, caminar por el Centro Histórico, sortear las infinitas calles que se bifurcan atrozmente de la Catedral. Llevar en la ciudad más de dos semanas y no haber salido a conocerla me parece, hasta el día de hoy, algo imperdonable sobre todo de alguien que siempre ha preferido perderse en las ciudades coloniales que refugiarse en la seguridad del calor doméstico. En el taxi iba disfrutando de los retratos paisajísticos que no cesaban de moverse, la multitud se apoltronaba a los pies de los semáforos y se disponía a cruzar la valerosa carretera frente al ejército bienaventurado de los carros. Hay una dignidad que aflora en la manera en que camina la gente, pareciera que se dispone a interpretar un papel o, simplemente, por el hecho de salir en una foto instantánea que nunca podrá ver ni disfrutar, ni siquiera reclamar. Es una dignidad del anonimato, del ninguno que descansa trágicamente en el subsuelo psíquico de las personas, un orgullo que no se expresa álgidamente, sino en forma de caída, como un silencio chillante, una calma que se revuelve en la lengua de los sepulcros.

Foto de Mehdi Mesmoudi

 

Solo en una institución tan noble y generosa como El Colegio Nacional se puede descubrir la condición humana –absolutamente marginada y disminuida hasta lo más descalzo– de un escritor todavía olvidado, excluido y humillado en su infancia, a causa de su infancia y el paraíso de “los manjares terrestres”[3]. A raíz de la tercera clase magistral “En el territorio de los olvidados. La mitad del siglo XX” –impartida por el académico y escritor Vicente Quirarte circunscrita en el curso coordinado por él mismo y que tituló con acierto e intuición poética País llamado Infancia[4]– pude descubrir al escritor tangerino, Mohamed Chukri. O más bien, debiera decir “redescubrir” porque cada descubrimiento oculta en su ser mismo un encuentro iniciático ignorado. Un descubrimiento redescubierto es saldar una silenciosa e impostergable deuda con ese legado, aunque cifrado en los rituales cabalísticos del discurso de la prohibición y los tabúes sociales. En esta crónica que se aleja un tanto del tono ensayístico y se aproxima sigilosamente al terreno hostigado de la memoria, quisiera poder iniciar este tránsito de la liberación aunque me revele, inmediatamente después, otra serie de pantanos repletos de fantasmas y demonios. Al fin y al cabo, escribir es sacarlos a jugar un rato y amamantarlos en señal de amistosa gratitud.

Nunca pude tener la oportunidad de conocer la Ciudad de México liberado de las exigencias del tiempo vertiginoso y los compromisos académicos, esa región tan poco transparente, voluminosa, evaporada que acuna en sus brazos unas calles memorables, calles que compiten en edad con mis bisabuelos y tatarabuelos de la región recóndita del Atlas, calles que me recuerdan la casi desaparecida Salamanca donde probé el paladar de la dulzura y la amargura casi en el mismo plato, como nos legó Lázaro en esa desgarradora carta dirigida al cura. Esas calles me recuerdan, también, a Tánger. Tal vez los que conocemos Tánger, la reconocemos solo en la multitud de representaciones literarias, cinematográficas, musicales y hasta cierto punto anecdóticas. De alguna forma, todos seguimos el espíritu de los Beat que revolucionaron a su manera el oficio de la escritura y movilizaron la lengua inglesa que llegó a asediar a nuestra lengua española, el cansancio de una generación aunque abierta a la sencilla idea de vivir, una vida honesta y bien vivida a la manera de André Gide. Solo una ciudad caótica, abarrotada, poseída por espectros por doquier puede concedernos la amarga oportunidad de trazar el rostro difuso de una ciudad recluida en la infancia, una ciudad que no existe y sentimos todos, una ciudad que palpita en lo más hondo de la yugular de las palabras y replica en su silencio ensordecedor, una ciudad que se desangra al mediodía, una ciudad que muerde al doblar las esquinas, una ciudad que casi ya no baja a los miradores a contemplar cómo los hijos del príncipe Hércules siguen cuidando del Estrecho desde sus barcazas en naufragio.

Paseando por la Ciudad de México que vio nacer y crecer a mi Octavio Paz, recorriendo el tembloroso Barrio de Mixcoac, arrojarme al desvariado destino de la calle que lleva el nombre de su abuelo, Ireneo Paz, me pude adentrar en esas páginas y releerlas imaginariamente como si recitara, todavía, solemnemente, los versículos del Corán o recordara algunos versos memorables de Al Mutanabi. Con razón la escritura está ligada al caminar citadino, en las calles de esta ciudad vamos escribiendo episodios de nuestras vidas, excavando ciertos pasajes que apunten a un suave murmullo de la eternidad. Así llegué –o creí llegar– al Colegio Nacional para presenciar y disfrutar de la tercera sesión del curso de Quirarte. Saber que en la otra parte de la ciudad, la multitud se abalanzaba para asistir al clásico capitalino me reconfortaba íntimamente. No obstante, el taxi me dejó equivocadamente en otra dirección. Estaba frente al Antiguo Colegio de San Ildefonso por la memorable y bulliciosa calle San Ildefonso. En ciertas ciudades con memoria profunda, habría que exigirles a todos los taxistas –y otras agencias de turismo– a llevar a los paseantes, viandantes, viajeros, peregrinos y errantes de todo el mundo a direcciones totalmente distintas a las solicitadas siempre y cuando guardaran ciertas relaciones paralelas o vecindarias entre las dos direcciones. Una especie de trueque de la imaginación geográfica podría renovar el pacto secreto de la confianza mutua entre los seres anónimos. No podía lamentar el error garrafal del taxista, tal vez otra persona poseída por la incertidumbre o el pánico de la diabetes lo hubiera incluso denunciado a Profeco. Debo admitir que le tengo todavía más fe a las personas con rostro demacrado que a las instituciones folclorizadas.

Foto de Mehdi Mesmoudi

 

En ese inesperado tránsito por las calles del Centro Histórico y el riesgo a perderme en ese aliento de callejuelas y vendedores ambulantes recordaba algunos relatos de Borges, aquel peregrino que se perdió en el desierto y de él jamás se supo algo, o incluso algunos poemas primerizos sobre su Buenos Aires natal, ese Buenos Aires irreal de patios cordobeses –la de “la otra Córdoba”– y zaguanes relinchantes. Me sonroja reconocer que la tecnología de mi celular me guiaba en ese vaivén de calles, de la Calle República de Brasil hacia Donceles donde, por fin, pude dar con ese majestuoso y a la vez sencillo edificio que alberga, como lema profundamente averroísta y paciano, “la libertad por el saber” y agregaría –también en sintonía con Paz– la pasión por la crítica y el diálogo. Solo esa pasión por la crítica, que sin duda crea una literatura y la despliega en esa conversación transhispánica con las otras tradiciones literarias, podrá salvarnos de la mediocridad, la simulación y la barbarie. En este santuario de las luces y las letras de nuestra lengua recibí mi segunda revelación. La primera fue en la Catedral neogótica de Salamanca por allá del año 2005, justo antes de decidir que iba a dormir a la orilla del Río Tormes. Una revelación que siempre antecede los traumas y el desgarramiento interior y abre el camino hacia les petites naissances donde descansan los horrores crudos de la vida.

Foto de Mehdi Mesmoudi

Justo en la entrada, identifiqué la que es la Librería del Colegio. Un lugar lleno de claroscuros, parecía un cuadro de Velázquez en pleno siglo XXI, donde reinan los libros interminables de Alfonso Reyes, la figura más voluminosa en esa exhibición de virreyes y caudillos de nuestra literatura. La segunda figura pertenece a Miguel León-Portilla, un clásico nuestro y manantial de las sabidurías prehispánicas. Una figura diezmadamente marginal es Ireneo Paz presente en dos volúmenes, en cuyo segundo volumen aparece un Postfacio de su nieto, también instantáneo en esa escena de espadachines que se codean implacablemente y se dirigen hacia el porvenir tembloroso de nuestra memoria. Casi ninguna figura en esos estantes pertenecía a la estirpe de los hombres comunes en una ciudad acostumbrada a los edificios monumentales, postrada a las revelaciones del mundo de lo sensible y subsumida en la creencia surrealista de los pasajes neobíblicos.

La ciudad no solo produce demonios inocentes, como nos legó Baudelaire, sino niños humillados en su humanidad primigenia, malcriados por el abandono, maldecidos por el porvenir, olvidados por la historia, enjaulados en una prisión que va más allá de los cementerios, lejos del espíritu vital de la civilización y las costumbres básicamente humanas de una sociedad. En ese vaivén de referencias de Vicente Quirarte a Flor de juegos antiguos (1942) de Agustín Yáñez, a Lilus Kikus (1954) de Elena Poniatowska, a Historia de cronopios y de famas (1962) de Julio Cortázar, a El viento distante (1963) de José Emilio Pacheco, a Cantar de ciegos (1964) de Carlos Fuentes, era inevitable no pensar en Mohamed Chukri y su Pan a secas (1973-1982).

Foto de Mehdi Mesmoudi

 

Ningún escritor –tanto en su vida como en su propia obra– ha sido objeto de una literatura como Chukri. Su vida se pudiera enlazar con la de Arthur Rimbaud en el momento en que deja por primera vez Charleville o decide emprender el camino hacia el África negra, nos recuerda también al grupo de los Beat formados por Jack Kerouac –el que propone el nombre del grupo e incluso lo transita hacia su condición beatificadora– que en On the Road (1957) plasma la visión del mundo grupal basada en la actitud vital de la literatura, Allen Ginsberg –deudor de Blake, Whitman y García Lorca– y, sobre todo, William Burroughs que estuvo en Tánger en una breve estadía. El mismo Burroughs escribe Naked Lunch –una proto-Rayuela en lengua inglesa– durante su periplo tangerino auxiliado por el propio Kerouac durante un mes y lo publica en París por Olympia Press en 1959, tres décadas después es traducida por Anagrama con el título El almuerzo desnudo.

Mohamed Chukri y P. Bowles en google.mx

La primera novela de Chukri no fue escrita por él, sino por Paul Bowles. Esa primera versión de Pan a secas lleva el título de For Bread Alone (1973). El adjetivo “Naked” y “desnudo” acerca Burroughs a Chukri y Bowles –que se conocían, se admiraban y se leían[5]– cuando éste traducía el imaginario y mental Pan a secas en colaboración con el propio Chukri en una suerte de Renga[6] que persigue el principio de Lautréamont donde la poesía es obra de un espíritu trascendental y reivindica un texto colectivo, hecho por todos[7]. El primer libro de Chukri –que no solo lo populariza, sino que certifica su mayoría de edad escritural– es obra de una empresa colectiva, transatlántica, transhispánica. Ninguna obra había marcado tanto a su escritor como la autobiografía homicida, suicida, de Chukri, “el niño bandolero que no sabía leer ni escribir”. Una novela que vale la pena abordar en un estudio de largo aliento en otra oportunidad, un texto que el propio Chukri describe de esta manera: “Este texto me asesinó”[8] (la traducción es mía). Un libro escrito “con el hígado” a diferencia de Tiempo de errores[9] que es producto de “un ejercicio contemplativo” donde la vida trágica que perseguía a aquel “niño bandolero que no sabía leer ni escribir” era parte de su pasado y ya no lo atormentaba en los callejones obscuros de la memoria.

 

Mohamed Chukri y P. Bowles en google.mx

La versión árabe no aparece escrituralmente hasta que Tahar Ben Jelloun, debido a su probable desconocimiento de la lengua inglesa, le pide a Chukri escribir finalmente su autobiografía para ser traducida a la lengua francesa. En menos de dos meses, el escritor marroquí terminó finalmente los borradores que constituían el espacio sagrado y hermético de su infancia; sin embargo, esa versión árabe aparece dos años después de la publicación de la edición francesa Le pain nu (1980) –la versión que casi todos los marroquíes que sabían leer y escribir en su momento habían leído mediados entre la vergüenza y el fervor tímido por un niño masacrado en los tiempos protectorales– con el título que el propio Ben Jelloun le propuso: al-jobz al-hâfî (1982). Debo confesar que el adjetivo del título en árabe <al-hâfî> es sumamente revelador que “a secas”, “desnudo” y “naked” o incluso “alone” del propio Bowles porque refleja una hambruna radical y absoluta que nos recuerda a aquellos niños olvidados de Luis Buñuel, o como diría el propio Chukri en esa traducción de Ben Jelloun: “À Tanger, les gens mangent à leur faim” [En Tánger, la gente se alimenta de su hambre] que refleja la crudeza ante la decadencia de ese “paradis promis” de su madre, “paraíso de los pobres” que él mismo decía en la Entrevista con Mohamed Reda Nasrallah en el Canal Al-Arabia[10]. Autobiografía que sería prohibida en Marruecos hasta inicios del presente siglo por la censura del Consejo de ulemas debido a su catalogación como “escritor pornográfico”[11] y por aludir a ciertos pasajes íntimamente incómodos e inusuales de la vida de un escritor en un mundo –como el de tradición islámica– no acostumbrado a las novelas testimoniales y mucho menos a las biografías y autobiografías. Chukri marca un antes y un después en el ejercicio escritural de la literatura donde la literatura se alimenta de la vida y viceversa.

Borges recordaba a Coleridge afirmando que somos platónicos o aristotélicos. Fernando del Paso sitúa la figura de Voltaire como un rayo que divide el mundo entre las fuerzas del bien y del mal[12]. Con Chukri pasa algo extraño e inusual, emerge la sutil brisa de lo que Borges llamaba “el amigo Cervantes” –a diferencia de Quevedo– ya que aparece la persona, el amigo, el hermano, el amante, el íntimo, el ser humano fiel a los demás y empático con la condición humana del subsuelo de la sociedad. Yo quisiera hacer un gran esfuerzo por alejarme un tanto de la figura y estar del lado de su literatura porque en esos textos seguía apareciendo la sombra de ese “niño bandolero que no sabía leer ni escribir” y del padre que lo cuida desde el abandono porque una escritura autoral exige de una condición de distancia que nos aleja de sus personajes aunque con la finalidad de que sus lectores se atrevan a conocer sus demonios y fantasmas, aprendan a vivir junto con ellos y los inviten a cenar e, incluso, a bendecir la mesa si es necesario. Adentrarse en las callejuelas textuales de Chukri, en los fenotipos regionales de toda escritura, es viajar en sus laberintos mentales e imaginarios que siempre han acompañado el mito de “la memoria urbana”[13] del Tánger que también conocieron Burroughs, Bowles y Goytisolo. Difícilmente podremos llegar a separar Chukri de su literatura y de Tánger. No obstante, la labor de la crítica literaria es justamente demostrar que tal operación es posible.

Foto de Mehdi Mesmoudi

 

De repente vuelvo al Colegio Nacional en ese vaivén de infancias de Agustín Yáñez por la ciudad de Guadalajara, de Luis Buñuel acompañando a sus niños olvidados, y los cronopios de Julio Cortázar. Haber pronunciado, en medio de esa vertiginosa lontananza, el nombre de Mohamed Chukri me lleva a la cristalina incertidumbre de que fue la primera vez en que el escritor ingresó a tal recinto, y me temo con resignada angustia sea la última. Pero todo esto no me inquieta en estos momentos, solo la presencia clandestina, marginal, residual, olvidada de uno de los escritores más fructíferos de nuestra lengua. Chukri tradujo a la lengua árabe a Bécquer, los hermanos Machado, Aleixandre y García Lorca entre otros. Su literatura está íntimamente imbricada con la labor de la traducción, operación que permite y hace posible una condición transhispánica de nuestra literatura.

En los últimos años de su vida, el escritor confesaba: “Moriré y permanecerá el símbolo”[14] tras el cual se traza una poética de la peregrinación –al igual que Edmond Jabès– que no le teme a una vida bien vivida que reposa al lado de la literatura, en una imperceptible y difusa juntura. Un símbolo que convierte al propio escritor en una literatura, una literatura capaz de desestabilizar el orden discursivo de toda la escritura que se había realizado antes de su primera novela autobiográfica, una literatura que se interroga por la naturaleza propia del ejercicio de la escritura y el valor exclusivamente humano que descansa en la flora llameante de su ser. Una literatura resumida en este escritor nos brinda un porvenir distinto donde podamos renovar el pacto afectivo –que reivindicaba el propio Chukri al hablar de las ciudades, los amores– no solo con nuestra ciudad de Tánger, sino con todos los espacios que históricamente han devorado a sus hijos, mendigos y bandoleros, héroes o villanos, santos o malditos, que siguen pululando por las calles descalzas, buscando los laberintos que nos conduzcan hacia los mendrugos deshojados de un pan universal.

LE PAIN NU OU – ”FOR BREAD ALONE” [Imagen de darkawa.net]

Regreso en el taxi en medio de la noche, la lluvia no cesa de hacerse presente en ese espacio mágico y solitario, a lo lejos se divisa la gente corriendo con sus cimitarras voladoras, la monumentalidad de los edificios se achica en ese aguacero inmisericorde, Tetuán aparece en medio de las calles y en esas dos muchedumbres que se cruzan la calle en una ingeniosa cadencia cuyo lema es pasar desapercibido en esos agujeros humanos donde reina la indiferencia y el espacio espumoso de la distancia que media entre dos cuerpos, los colores granadinos se difuminan en esa escala de grises, los olores a vendedores ambulantes es ocupado por el aliento eréctil de las alcantarillas, Chukri sigue asediando mi infancia recluida en los helechos sígnicos del hambre y en el jazmín que brota de mi pluma, me acerco a Copilco y debo asesinar al escritor para salir ligero del tráfico y sortear enigmas, dragones y versículos que apuntan con sobriedad al frío pasillo de los santuarios. Debo creer que la muerte reposa detrás de la butaca donde la infancia espera, en ese barrio de Tánger recorrido por la Calle México, a su niño olvidado.

 

Un artículo para CPLATAM -Análisis Político en América Latina-

Mayo, 2018

Notas

[1]Profesor-investigador en el Departamento Académico de Humanidades de la Universidad Autónoma de Baja California Sur http://www.uabcs.mx/inicio (México) y Doctorando en el Posgrado de Ciencias Sociales, con orientación en Globalización en la misma universidad. Líneas de investigación: tradiciones y culturas hispánicas, relaciones hispano-magrebíes, orientalismos en lengua española. Actualmente se encuentra en una Estancia de Investigación en el Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Autor de varios artículos como “Brevísima revisión de la Nahda (1830-1975)” (2015: 11-29): http://estudiosafricanos.cea.unc.edu.ar/files/02-Mehdi-Mesmoudi-N%C2%B012.pdf; “La doble vida de Jesús, Enrique y Leslie” (2016: 173-204) en La crueldad cautivadora. Narrativa de Enrique Sernahttps://enriqueserna.com.mx/La_crueldad_cautivadora.pdf y “Octavio Paz: el credo, la blasfemia, el verdugo” (2016): http://www.analectica.org/articulos/mesmoudi-paz/; “Edward Said y Sigmund Freud: del exilio a la escritura prometida” (2018) (en prensa); “Élmer Mendoza en Nombre de Perro: del narcoarchivo de su tiempo al noirismo hispánico” (2018) (en prensa). Contacto: mesmoudipadinha@gmail.com
[2]Vicente Quirarte, El laurel invisible (Discurso de Ingreso), México: El Colegio Nacional, 2016, p. 53.
[3]Esta expresión se la debo a la gentil y generosa Rossana Cassigoli en boca de Emmanuel Levinas en “La morada y lo femenino en el pensamiento de Emmanuel Levinas” de Cassigoli, aparecido en el libro que ella misma coordina titulado Pensar lo femenino. Un itinerario filosófico hacia la alteridad, Barcelona-México; Anthropos-UNAM, 2008, p. 73.
[4]Vicente Quirarte desde su Discurso de Ingreso al Colegio Nacional dejó patente en su clase inaugural a lo que se iba a dedicar: la infancia y la juventud, absolutamente fascinantes en ese texto que tituló brillantemente El laurel invisible en clara alusión a Carlos Pellicer homenajeando al maestro Díaz Mirón.
[5]Javier Mendoza, (2014). Tánger, patria emocional y generación ‘beat’. El mundo. Disponible en Internet: http://www.elmundo.es/cultura/2014/11/22/546fa0d822601dc11a8b4574.html; Juan Goytisolo, (2014). Tánger, Burroughs y la ‘Beat Generation’, El País. Disponible en Internet: https://elpais.com/elpais/2014/07/01/opinion/1404210763_817107.html; Sam Jordison, (2010) The Guardian. Disponible en Internet: https://www.theguardian.com/books/booksblog/2010/nov/23/tangier-william-burroughs-naked-lunch ; más datos sobre esta compleja y difusa relación se puede leer en http://www.paulbowles.org/photoslit3.html.
[6]El propio Chukri afirma que debido al gran dominio del español por Bowles, y que también él lo hablaba, decide entonces dictarle los borradores mentales de su lengua materna (un conglomerado de lengua árabe clásica aprendida en los mismos años de la Independencia de Marruecos y los vestigios del dialecto procedente de las inmediaciones de Nador) al español, y Bowles traducía del español al inglés.
[7]Octavio Paz y Julián Ríos, Solo a dos voces (1ª. reimp.), México: FCE, 2000 [1973], p. 109.
[8]Referencia sacada de un documental biográfico donde se entrevistan a los familiares, amigos y cercanos del escritor tangerino. Disponible en Internet: https://www.youtube.com/watch?v=rRlEi29ykmA&t=2588s
[9]La versión original en árabe se titula <Zamân al-‘ajtâ’> aunque Chukri envió el manuscrito a la editorial con el título polémico de <Ash-shatâr> según la entrevista que Mohamed Reda Nasrallah le realiza en Canal Al-Arabia, disponible en Internet: https://www.youtube.com/watch?v=_UOXMebdg-A
[10]Ítem.
[11] Se trata de una entrevista comentada hacia Mohamed Chukri en la televisión francesa, disponible en internet: https://www.youtube.com/watch?v=YyLgmKoTwqE
[12]Fernando del Paso, Yo soy un hombre de letras (Discurso de ingreso de 1996), 1ª. reimp., México: El Colegio Nacional, 2016 (1996), pp. 28-29.
[13]Teodoro González de León, Arquitectura y ciudad (Discurso de ingreso de 1989), México: El Colegio de México, 2013, p. 20.
[14]https://www.youtube.com/watch?v=rRlEi29ykmA

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