MIGRACIÓN LIBANESA A LAS AMÉRICAS

Luis Fayad, Smara, Marruecos, diciembre de 2018

Por Luis Fayad, escritor  

Resumen: mis meditaciones y reflexiones sobre la inmigración libanesa a las Américas y sobre la literatura se fundamentan en mi experiencia vital y en mi trabajo como escritor. Soy un escritor colombiano radicado en Berlín, adonde llegué después de haber vivido en París, Estocolmo, Barcelona y la isla de Santa Cruz de la Palma de las Islas Canarias. Cuanto narro en este ensayo proviene de mi experiencia íntima como escritor que se nutre de miles de lecturas, pero basa su creación en una elaboración personal.
Palabras clave: Américas, América Central, América del Norte, América del Sur, árabes, Colombia, inmigrantes, libaneses, literatura, migración libanesa.

La migración libanesa a las Américas, que comenzó desde el siglo XIX, tiene, entre las diversas migraciones de todos los siglos, características que la distinguen de las de otros países, tanto a este continente como a Europa. Las causas son similares, es la huida de gobiernos despóticos y de tiranías, de dictaduras represivas, de conflictos internos y de situaciones económicas críticas y sin posibilidades de alcanzar un buen estado. La primera diferencia es la más grande de todas, los emigrantes de aquellos tiempos no contemplaban el regreso a su tierra. Era una despedida definitiva: los vínculos que se mantenían al comienzo, a través de cartas y de saludos personales traídos por los nuevos emigrantes, se rompían poco a poco hasta desaparecer del todo. El conocimiento de los emigrantes sobre su país, cuando ya estaban instalados en su nueva residencia, era tan distante o tan cercano como puede serlo el de cualquier ciudadano que lee y escucha noticias sobre sitios cuya geografía no conoce personalmente.

La condición social de los libaneses cubría las capas sociales desde los más necesitados hasta los más pudientes. Algunos no traían respaldo económico mientras otros llegaban ya con negocios establecidos y relaciones con los países de Europa. La misma diversidad se encontraba en sus niveles de cultura e instrucción. Había grupos de escasa educación y otros con conocimientos de idiomas, estudiosos de las sociedades del mundo, de su situación y de su política. Profesores y funcionarios que cambiaron su profesión por la de comerciantes y empresarios.

Una travesía larga, en barco, marcaba también la diferencia con emigrantes de otros países. De la salida a la llegada podían transcurrir dos, tres meses. Dada la perspectiva de este tiempo, el viaje debía ser organizado, no se trataba de hacer una sola maleta y cargarla en el hombro o en una bestia de carga o en un transporte improvisado para llegar al destino. La preparación del viaje duraba meses, a veces pasaba de un año. La despedida era para siempre. Algunos de los que despedían a sus familiares y amigos les prometían reunirse más tarde con ellos en su nueva tierra de residencia. Los que se iban no prometían enviarles dinero a los que se quedaban, el viaje no tenía ese fin. Fue una huida de su país, pero una huida ordenada. Inclusive los que salían por amenazas de los ejércitos invasores encontraban compañía en los que legalizaban su salida. La llegada de todos a las costas de las Américas se hacía en conjunto como si entre todos hubieran planeado el mismo viaje de común acuerdo y con la misma compañía, dirigidos por uno de ellos.

Es común entre los emigrantes de todo el mundo el viaje en solitario o con algún compañero casual. Cuando hace más de un siglo los libaneses empezaron a emigrar, no se caracterizaron por su uniformidad de número. Algunos se embarcaron solos pero después se unieron al grupo de paisanos que iban en el barco. Otros planearon el viaje entre dos o tres amigos. Muy frecuentes eran los casos en que viajaron parejas de recién casados. Otros matrimonios abordaron el barco con uno o dos hijos, y a ellos se unió algún primo u otro pariente. Pero solos o en grupos de amigos o de ocasionales socios o en familia, todos procuraron hacer la travesía con los documentos de identidad en orden, válidos en el país de origen y en el país de destino.

El recibimiento no tenía mayores inconvenientes. Las autoridades de aduana, sobre todo en América Central y del Sur, eran bastante tolerantes. Al principio causó sensación la llegada de personas de tierras tan lejanas, y se creó una prevención por la diferencia de sus creencias religiosas. Sin embargo las dos circunstancias fueron asimiladas al poco tiempo como divertidos sucesos que se ajustaban a la sociedad. Se comprobó que los recién llegados no venían a pedir sino a trabajar. Muchos inmigrantes poseían un capital, que por pequeño que fuera significaba una inversión. Se conoce el caso de un hombre que no tenía sus papeles de identidad ni dinero, y entró a hurtadillas huyendo de las autoridades, pero no se conoce ningún caso de delincuencia posterior a este acto ilegal.

El origen tan lejano de los viajeros fue aprendido por los habitantes de las tierras de arribo con gran rapidez. Bastaba la referencia a Las mil y una noches y a los mitos que se divulgaban con tonos de fantasía. En poco tiempo también su credo religioso dejó de ser motivo de intranquilidad. Los inmigrantes nunca intentaron utilizar sus creencias como desafío ni como medio de difusión de una cultura, y los que no eran maronitas, que es la religión más parecida al catolicismo practicado como mayoría en América Central y del Sur, no oficiaban ninguna de las ramas del Islam de un modo público ni fue el propósito infundírsela a los demás. De hecho, desde la primera generación nacida en las nuevas tierras, los bautismos y los matrimonios se celebraban con los ritos eclesiásticos impuestos por los gobiernos de la época. La diferencia en las creencias religiosas no supuso un obstáculo para que los libaneses se asentaran en los países del continente.

El proceso de registro en la aduana marítima no estaba recargado de formalidades. Después de la entrada de los primeros inmigrantes libaneses, las autoridades de los puertos latinoamericanos los recibían sin desconfianza. Muchos traían una base económica, que como comienzo resultaba un beneficio para el país de llegada. La legalidad de los documentos de identidad no presentaba dudas, no contradecía nada ni incomodaba para el permiso de residencia. La contradicción yacía en los mismos viajeros, quienes siendo del Líbano debían identificarse con el pasaporte turco. Eran los tiempos del Imperio Otomano, y el Líbano, bajo su hegemonía, pasaba por ser territorio turco. La identidad del Líbano había desaparecido en esos años.

El idioma tampoco planteaba un impedimento para una rápida integración. Desde antes de su llegada muchos de los viajeros aprendieron las primeras lecciones del nuevo idioma y todos, en pocos meses, dominaron los rudimentos de la comunicación para estrechar las relaciones. Los hombres demostraron ser especialmente competentes en el aprendizaje del castellano, o del portugués para los que llegaron a Brasil. La actividad de ellos era más pública que la de las mujeres y su relación de comercio los obligaba a conversaciones diarias y permanentes, además de que muchos eran profesionales y traían del Líbano una buena base de conocimientos culturales. El aprendizaje para las mujeres fue más lento ya que sus relaciones con personas que no pertenecían a los grupos de libaneses era menos frecuente. Es de anotar que las mujeres aprendieron las primeras palabras y los rudimentos del idioma en sus diálogos con las personas contratadas para el servicio de la casa.

La rápida integración de los viajeros del Líbano con los habitantes del continente de arribo se debió a la similitud de sus costumbres. La manera en que se formaban y comportaban las familias era parecida. Grandes familias, muchos hijos, adherencia a las normas del grupo, respeto absoluto a los mayores, observancia religiosa, amabilidad y disposición para ayudar a los demás. Los negocios iban unidos a los actos sociales. Las firmas de contratos se convertían en amistad. Los saludos en la calle derivaban en invitaciones a sus casas.

El primer oficio de los libaneses en América Central y del Sur fue el de comerciante. Una de sus particularidades era la de ir de casa en casa ofreciendo la mercancía. La novedad de su sistema les aseguró un buen número de clientes. El vendedor iba con una o dos maletas llenas de su mercancía y la ofrecía a crédito. Su lema era que el dinero no importaba por ahora, lo principal era que el cliente se sintiera satisfecho y pudiera pagar sin sentir que el gasto era mucho. El vendedor dejaba la mercancía, compuesta sobre todo de textiles, y volvía otro día a cobrar. La mercancía podía ser nacional o importada.

Es posible que con un análisis a fondo se establezca que entre todos los puntos de encuentro y desencuentro de dos comunidades, en este caso la libanesa y la latinoamericana, la más importante sea la alimentación. La diferencia es grande en los componentes de la comida y en la preparación. Así como los libaneses se acomodaron a la dieta que se consumía en las tierras de su nueva residencia, también ellos divulgaron la suya, primero entre los amigos y luego a través de los negocios de cafeterías y restaurantes. No todos los ingredientes de los platos se encontraban en tiendas y mercados, de modo que pronto comenzaron a montarse almacenes de importación y venta entre la nueva colonia de libaneses. En los mercados era imposible, por ejemplo, encontrar berenjenas y calabacines. Hoy en día se conocen aunque no se consuman regularmente. Entre los platos ya son conocidos el humus, el kibbe, el tabbule, el wara arisch, el arroz con almendras, la mahluta. Su preparación ya no es exclusiva de las mujeres libanesas. Entre las personas del servicio, las mujeres nacionales que ayudaban en la cocina aprendieron la preparación de la comida libanesa, aprendieron a utilizar de otra manera los ingredientes que ya conocían y conocieron productos nuevos. Pasados los años son muchas las mujeres y también los hombres latinoamericanos quienes abren cafeterías y restaurantes de comida libanesa y atienden pedidos por encargo.

El comercio, la principal y casi exclusiva ocupación de los inmigrantes, se amplió a otros oficios. En un comienzo la sensación consistió en la cantidad de importaciones en el ramo textil y su distribución por ciudades, pueblos y comarcas aisladas. Los nuevos comerciantes no conocían límites para ofrecer su mercancía. Los contratos con las empresas nacionales de textiles empezaron a sorprender a sus propietarios y gerentes, lo mismo que causó sorpresa y satisfacción la variedad de nuevos géneros importados. Telas de diversa hechura, finas y a precios más bajos que las del comercio exclusivo, empezaron a ser fáciles de conseguir. Venían del Líbano, de Francia y de Inglaterra. La seda, el raso, la popelina y la lana trabajadas de una manera diferente a la conocida en estas tierras, ocupó las vitrinas y los estantes de los nuevos almacenes.

El oficio del comercio se dividió en el de la empresa y la industria. Desde los primeros inmigrantes se vieron muchos casos de una actividad múltiple. En Colombia la primera empresa fluvial, y las fuertes acciones destinadas a las empresas navieras, se debieron a las asociaciones libanesas. Lo mismo en las empresas ferroviarias y otras modalidades de transporte. El comercio, basado al comienzo en las importaciones, se amplió a la industria y pronto sus productos pasaron al negocio de la exportación. Los almacenes de los libaneses se montaron en los principales centros comerciales de las ciudades latinoamericanas. Los llamaban “los almacenes de los turcos”, como llamaban a los libaneses en este continente, pues eran los tiempos del Imperio Otomano y en los países bajo su dominio se viajaba con el pasaporte turco.

Teniendo en cuenta que los inmigrantes no fueron traídos como trabajadores sino que viajaron con sus medios en calidad de comerciantes, su posición social fue considerada desde el comienzo como una de las más elevadas de la sociedad. Esto contrasta con los inmigrantes que llegan a los países más desarrollados en calidad de trabajadores y su posición social no pasa de ser considerada de menor rango. En las condiciones de los libaneses, sus descendientes llegan a la sociedad como si sus familias siempre hubieran pertenecido a su núcleo, y el trato con las demás personas, en los centros educativos y en los círculos profesionales, no se diferencia del trato que tienen entre sí los nacionales. Con cualquier nombre con que se los llame, como el de “Turcos”, va una carga de confianza y de cariño, como el nombre con que se llama a otros miembros de la sociedad, sin ánimo de marginación y todo lo contrario, como se nombra al que pertenece a un grupo que los acoge de la mejor manera y en el cual hacen falta.

Como anécdota se puede recordar que algunos inmigrantes adaptaron sus apellidos árabes a una fonética más cercana al idioma castellano y cambiaron su ortografía, todo por facilidad en las conversaciones de relaciones personales y en las relaciones profesionales, y no porque sus apellidos árabes les ocasionaran dificultad de aceptación como miembros importantes de la sociedad. Su participación en todos los campos, dado su respaldo económico, su cultura y su comportamiento humano, fue de las más destacadas, al lado de las principales personalidades de cada país.

Con este apoyo social, los descendientes de libaneses, desde la primera generación, pudieron aspirar a toda clase de profesiones y puestos en las administraciones de trabajo. Muchos se dedicaron al comercio como sus padres, ya dentro de lo más próspero de la economía del continente. En otros hay, dentro de los campos de la economía, la política, el arte, la ciencia y en todos los dominios de la cultura, una gran participación, significativa en todos los sentidos. La nacionalidad les fue otorgada desde la primera generación. Para el requisito de documentos bastaba con que hubieran nacido en el lugar al que llegaron sus padres. Para ellos los estudios de primaria, bachillerato y universidad, las carreras técnicas y toda clase de estudios, son de fácil acceso, tan fácil o difícil como puedan serlo para cualquiera en cada país latinoamericano. No se distinguen en nada, ni tienen más ventajas ni más desventajas, y por lo tanto los médicos, los ingenieros, los abogados y cualquier otra profesión, como las carreras eclesiásticas y políticas, son suyas con los mismos derechos y deberes. En América Central y del Sur ha habido presidentes descendientes de los inmigrantes libaneses, hay ministros y parlamentarios, embajadores y otros diplomáticos, liberales, conservadores, socialistas, demócratacristianos y de cualquier otra corriente política. Los derechos y los deberes de los descendientes de libaneses son iguales a los de los demás miembros de otras comunidades, es decir, pertenecen a la misma comunidad. No existen diferencias. En Colombia se dio el caso de tener un presidente de descendencia libanesa, de la primera generación nacida en el país, y a la vez, también de descendencia libanesa, tener a uno de los jefes guerrilleros más conocidos que combatía a su gobierno. Ambos, sin ninguna clase de aclaraciones, eran colombianos.

A pesar del largo viaje a América Central y del Sur y del no regreso al Líbano, la historia de los emigrantes hace parte de la historia de su país de origen y viceversa. Los descendientes de libaneses del lado de acá empezaron a seguir de cerca los acontecimientos históricos de la tierra de sus padres y abuelos, y en el Líbano la población tiene conocimiento del inicio de los deseos de emigrar, del número y del destino de sus nuevos paisanos en las tierras lejanas. Se sienten decepcionados de que los descendientes de los viajeros no sepan el idioma árabe y de que sus vínculos con el Líbano no sean más fuertes.

Mientras los primeros inmigrantes del Líbano y, por lo general, sus primeros descendientes nacidos en el país anfitrión, no volvieron a su lugar de origen, desde la segunda generación empiezan a darse los casos de un viaje de regreso. No para instalarse, como sus abuelos, en el Líbano, sino sobre todo por dos motivos. Después de treinta o cuarenta años, llegaron desde Beirut cartas dirigidas a los viejos libaneses en las que se les anunciaba que sus parientes habían muerto y la herencia les pertenecía a ellos. Sus nietos viajan a reclamarlas, lo cual les permite conocer la tierra de sus abuelos y a los parientes que no participaron en el éxodo a las Américas. Otra razón de un viaje de los nietos al Líbano son los deseos de conocer el sitio de nacimiento de sus antepasados. El viaje es de vacaciones y conduce a que se forjen vínculos entre familiares nacidos en dos puntos distantes y de idiomas diferentes. El nuevo vínculo se mantiene a través de cartas y de nuevos viajes de visita. Las nuevas generaciones de descendientes de libaneses en las Américas se han interesado por aprender el idioma árabe y por conocer más la historia del Líbano. El estudio de la vida de los antepasados, la creación de árboles genealógicos y los deseos de divulgar la cultura libanesa, es cada vez más frecuente entre los descendientes de todo el continente.

La migración libanesa a América Central y del Sur es un acontecimiento que puede ser objeto de un estudio sociológico. En esta migración se presenta el caso extraño, único, de que la llegada al nuevo país es más fácil que la preparación del viaje. Además, el viajero puede instalarse con gran facilidad en el lugar desconocido y pertenece sin discriminaciones a la sociedad. La razón que puede darse es la de que todo el continente Americano es un lugar multicultural. La historia de América del Norte, Central y del Sur, es la historia de los primeros habitantes de estas regiones, y también es la historia de España, de Inglaterra, de Europa en general, de África, de los países árabes y de toda el Asia. Las Américas han sido un lugar donde hombres, mujeres y niños de todos los rincones del mundo se han reunido no sólo como visitantes sino como sus habitantes. Cada habitante de estas Américas es dueño de la historia de todos los continentes. En Colombia ningún habitante es colombo-libanés, es, con gran sencillez, colombiano, en Perú ningún habitante es peruano-japonés, es sólo peruano, en Argentina ningún habitante es ítalo-argentino, es, nada más y nada menos, que argentino. Jorge Luis Borges en su cuento Ulrica trae un diálogo en el que una mujer le pregunta a un hombre: “¿Qué es ser colombiano?” Y él responde: “No sé. Es un acto de fe”. Esta respuesta puede darla cada uno de los habitantes de cada uno de los países de las Américas cuando le pregunten por su nacionalidad.

No hay duda de que para los alemanes y los extranjeros que viven en Alemania es extraña la situación de los emigrantes libaneses en América Central y del Sur en comparación con la de los inmigrantes turcos en Alemania. Los libaneses y sus descendientes toman la nacionalidad del país adoptivo sin obstáculos y con todos los derechos, mientras los turcos nunca dejan de ser turcos, su integración nunca es completa y la diferencia de nacionalidades es constante, sin posibilidades, por ahora, de cambiar. Para una explicación, hay que tener en cuenta que es difícil que en los países de las Américas, dada su formación multicultural, una persona pueda decirle a otra que es extranjera. También hay que recordar que los habitantes de Turquía se trasladaron a Alemania como trabajadores, mientras los libaneses llegaron a América Central y del Sur como comerciantes y gente de empresa y que en muchos casos llegaron con un respaldo económico. Lo que han hecho los libaneses es continuar el oficio de sus más antiguos antepasados, los fenicios, cuya gran actividad fue el comercio por toda Europa. Se dice que el mayor arte de los fenicios consistió en distribuir el arte de los demás. Los fenicios fundaron en Europa ciudades y grandes centros de comercio, en un intercambio comercial que derivó en un intercambio cultural. Estas son apenas dos circunstancias que hacen diferentes a las dos migraciones. Para un estudio de política y de sociología hay que tenerlas en cuenta. Este tema, por su interés y su extensión, es materia para otro seminario.

La diferencia de la migración libanesa con otras migraciones hace que el comportamiento de sus descendientes sea diferente. En el caso de los escritores hay que subrayar que éstos no se sienten obligados ni siempre inspirados para escribir sobre el encuentro de las dos culturas. Un descendiente de libaneses en Colombia, por ejemplo, puede escribir su literatura con los temas similares al de cualquier colombiano cuyas raíces están en Colombia y en España. Entre mis novelas una sola, La caída de los puntos cardinales, se desarrolla con un conjunto de personajes venidos del Líbano. En las otras puede haber descendientes de libaneses o puede no haberlos, pero los personajes principales son los del lugar. No se hace referencia a ninguna inmigración, los temas y los asuntos particulares de que tratan se incluyen dentro de los asuntos universales, los que competen al hombre en general sin diferencia de nacionalidades. Del mismo modo los escritores que no tienen ascendencia libanesa incluyen en sus libros personajes que la tienen, porque son personajes que hacen parte de la sociedad y los autores no los ven como descendientes de inmigrantes ni como personajes que no están del todo incorporados a la sociedad. Para efectos de sentirse colombiano y serlo, es lo mismo un miembro de una comunidad indígena o negra, un descendiente de españoles, de italianos, de alemanes o de libaneses. En la redacción del libro ninguno de estos factores tiene que ser siempre relevante ni constituye una nota de folclor. En mis novelas y cuentos yo puedo ocuparme de describir la vida colombiana sin necesidad de incluir personajes de origen libanés y sin necesidad de tratar problemas de integración.

Los descendientes de libaneses tienen más facilidad para escribir sobre esta inmigración porque conocen historias y detalles familiares que no se encuentran en los libros de historia. Pero también se enfrentan a las mismas dificultades de quien no es descendiente de libaneses. Yo tengo esas experiencias. Para ampliar mis conocimientos de la vida en el Líbano y escribir mi novela La caída de los puntos cardinales, me relacioné con los libaneses recién salidos de su país y radicados en Europa. Con su charla ellos completaron mi información sobre las costumbres y la relación de las comunidades religiosas en el Líbano, los momentos en que esas buenas relaciones empezaron a deteriorarse y las causas de la partida de su tierra. Cada relato que oía me introducía en el ámbito que necesitaba y me permitía escribir familiarizado con el argumento, con los personajes y con el idioma árabe. Me inicié en el aprendizaje del idioma árabe para darle a mi idioma su entonación y sus expresiones principales, que señalan el trato entre las personas. Durante mis viajes de visita y de profesión a Colombia y a través del correo, accedí a diversos documentos, como certificados de nacimiento, de matrimonio y de defunción, y mediante largas conversaciones personales y telefónicas refresqué los recuerdos y aclaré las referencias sobre la moneda, los objetos en metales valiosos y otras pertenencias que traían los emigrantes. Cuando yo era niño todavía se veían en las casas de las familias libanesas en Colombia, de acuerdo a su poder de adquisición, arras de oro, narguiles, tarbuches, bastones.

Investigué la historia de Colombia, los momentos representativos de sus cambios y las causas que impidieron transformaciones urgentes, repasé la geografía y me enteré de los medios de transporte en cada época, del funcionamiento de los puertos en la Costa Atlántica desde su creación, de las condiciones de los viajes en barco de Oriente y de Europa hasta nuestro continente, del procedimiento de las aduanas y los requisitos de entrada a los extranjeros. La lectura y la observación visual llenaron los vacíos de las experiencias vitales que yo había adquirido de niño. Fue un proceso de aprendizaje que coincidió con la inspiración que necesitaba para reproducirla más allá de la investigación, no como la sabía sino como la sentía. Sin darme cuenta, yo estaba escribiendo esta novela desde niño. Porque, también aunque no exista una conciencia sobre este fenómeno, los descendientes de libaneses tienen un gran sentimiento hacia el Líbano, cada uno lo va recogiendo y siente los deseos de viajar al Líbano, de aprender el idioma árabe y adquiere la facilidad para ampliar sus simpatías y su comprensión de los dos mundos.

*En caso de citar este documento o de hacer referencia a su contenido, cítese así: Fayad, L. (Diciembre de 2018). MIGRACIÓN LIBANESA A LAS AMÉRICAS En « Voir Smara et vivre ». Seminario de literatura árabe-iberoamericana. Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Mohammed V de Rabat, Smara, Reino de Marruecos.

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