Medir la pobreza

pobreza argentina

Si dejamos de lado las numerosas (e inevitables) referencias políticas, el artículo del director del Indec, muestra uno de los costados más graves de la administración de una institución tan trascendente como ésa: la carencia de una base académica que sustente el trabajo que allí se realiza.

Desde ya, que –ocultar o mal– medir la pobreza tiene una dimensión ética. Como decía el maestro Prebisch, no se puede modificar aquello que no se conoce. Y si hay algo que en la Argentina es necesario modificar, es la pobreza.

La “ciencia” de medir la pobreza ha avanzado enormemente en las últimas décadas; pero hay un mínimo común denominador: lo que se llama la pobreza por ingresos. Esto es, cuántos bienes y servicios pueden comprarse con un cierto ingreso familiar, tal como lo propusiera a fines del siglo XIX un filántropo, armador e ingeniero naval inglés, llamado Charles Booth quien –inspirado por su profesión– imaginó a la pobreza como una línea de flotación que separa la posibilidad de las personas de “estar hundidas” o de sobrevivir. Esta es la base universal, y es la que permite hacer comparaciones. Cierto es que en la Argentina ello requiere contar con una base de precios confiable; y es por eso que el Indec no puede medir pobreza porque sus mediciones sobre la inflación son cualquier cosa menos confiables. Pero de allí a dudar de criterios universalmente aceptados de medición de pobreza, hay un largo camino que Itzcovich recorre sin sonrojarse.

En los últimos treinta años, sociólogos y economistas han avanzado –afortunadamente– muchísimo en el camino de saber si las personas tienen las herramientas para imaginar y construir un proyecto de vida. Naciones Unidas propone el complejo “Indice de desarrollo humano”, que incluye múltiples dimensiones, tan amplias cuanto amplio es lo humano. Amartya Sen y sus seguidores han revolucionado esta ciencia apelando a la idea de “capacidades”, como el eje con el que se mide el desarrollo de las personas. Las capacidades para estar vivo, poder participar de la vida económica y social, tener conocimientos y usarlos, sentirse útil; y muchas más, son dimensiones cuali-cuantitativas cuya medición es vital para construir una buena política económica y social.

Cuando se amplía la perspectiva de lo que se quiere ver (además de medir), es también más fácil entender porqué en la Argentina existe el nivel de pobreza que muestran los estudios serios, como el de la UCA. La inequidad en el abandono escolar, el trabajo en negro, la droga, el hacinamiento son realidades medidas por varias fuentes (aún del mismo Gobierno), que contribuyen a desmentir a Itzcovich en su interesado escepticismo académico.

Si Itzcovich pudiese dejar de lado sus compromisos políticos, y quisiese ser honesto con la realidad, aceptaría los diversos trabajos serios que ubican a la pobreza en alrededor del 25%. Claro que es duro reconocerlo, porque muestra el fracaso de un modelo que –al igual que el liberalismo que critica– confió sólo en el derrame y en la AUH, sin intentar un trabajo más profesional y sistemático sobre las causas profundas de la pobreza.

La declaración de ignorancia asumida de Itzcovich muestra el enorme desafío que tenemos por delante, precisamente para poder construir una sociedad en la que la capacidad de imaginar y construir un proyecto de vida sea una realidad para todos –en especial para los más pobres–.

Además de rehacer el Indec, habrá que introducir en la decisión política estas modernas herramientas y sobre todo poder evaluar el impacto de la inversión social, sin lo cual no hay forma de optimizar el gasto.

Para quienes desde una visión progresista defienden a Itzcovich y a este Indec, me permito recordarles que las principales víctimas de la falta de información son precisamente los pobres. Los ricos no necesitan de un Estado que sepa qué les está sucediendo y cómo cambiar esa realidad.

Eduardo Amadeo, Socio del CPA
Perfil, 11-4-15

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