Marx, policías y mafias

Los marxistas radicales han reducido la lógica de acción de las elites a la apropiación de la riqueza producida por el trabajo. Marx incluso habló de un ejército de reserva de trabajadores que los dueños del capital debían disponer para evitar que un exceso de demanda por mano de obra llevara a un incremento insostenible en sus precios. Dentro de esa lógica el estado era un actor funcional a las elites económicas. Su misión principal era mantener el orden social bajo control, de modo que los trabajadores no subvirtieran los mecanismos de explotación del capitalismo.

La resistencia podía adquirir muchas formas, desde huelgas y motines hasta rebeliones y revoluciones. La Policía y demás órganos represivos del Estado estaban allí precisamente para evitar que el descontento de los trabajadores se materializara en el cuestionamiento a la propiedad de los medios de producción. Si los trabajadores se negaban a cumplir sus labores o, peor aún, si se convertían en propietarios no había forma de despojarlos de la riqueza producida.

Tales deducciones realizadas por Marx hace más de un siglo fueron brillantes. Pero poco tienen que ver con lo que la historia demostró después. Basta echar una mirada a Colombia para darse cuenta que la lógica expuesta no funciona. Aquí el ejército de reserva es abrumador, entre el desempleo y el trabajo informal suman más de la mitad de la población económicamente activa. Se supondría que los capitalistas deberían estar felices porque disponen de mano de obra barata.

La realidad muestra en cambio que esta situación no es nada conveniente para ellos. Tanto ejército de reserva es un riesgo enorme, que demanda grandes flujos de recursos para poder controlar. La Policía no da abasto controlando el desorden social y una parte importante de los impuestos se va en el alivio de la situación de esta población. En vez de ganar por la disponibilidad ilimitada de mano de obra, las elites capitalistas se encontraron con que una parte de la riqueza debía destinarse a atender la provisión de bienes públicos de un sector que no producía riqueza para ellos. Debían hacerlo no solo para evitar un estallido social sino porque el estado no fue la herramienta manipulable que Marx previó. Los políticos y la gente podían imponer decisiones sin que necesariamente poseyeran mayor capital.

Pero el Estado también hace sus cálculos. Ante el tamaño de los costos que implica proveer bienes públicos como seguridad y orden entre sectores excluidos por el capitalismo hace alianzas con otras fuerzas. Las mafias en ese sentido llegan a ser excelentes aliados. Como crimen organizado saben muy bien cómo controlar el desorden social de la delincuencia. En el fondo la mafia es una policía de bandidos que impone orden a muy bajos costos en espacios sociales donde las elites no tienen un particular interés, el Estado tiene graves falencias para llegar y, si lo hace, tendría que invertir sumas enormes que no va a recuperar en el corto plazo.

A cambio el estado cede a las mafias el derecho a explotar ese sector de la sociedad. Por fuera de las reglas del capitalismo de libre mercado y mediante la fuerza, las mafias son expertas en generar riqueza desde una población que sobrevive por fuera de la lógica de explotación de las elites. Así ha sucedido con la Yakuza en Japón, los Maras en Salvador, las Triadas en Hong Kong y en muchos otros sitios.

Gustavo Duncan

El País, (Cali). Mayo 23, 2015

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