Libros e Historia I Creación y consolidación del Estado de Israel

Origen, mitos e influencias del antisemitismo en el mundo de Ricardo López Göttig
Origen, mitos e influencias del antisemitismo en el mundo de Ricardo López Göttig
En su libro Origen, mitos e influencias del antisemitismo en el mundo (CADAL, 2019), Ricardo López Göttig, historiador de la Universidad de Belgrano (Buenos Aires) y doctor en Historia por la Universidad Karlova (Praga), plantea, desarrolla y confirma que el nacimiento del Estado de Israel «no fue el fruto de una conspiración de gobiernos manipulados tras las sombras por el sionismo: los Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética tuvieron sus dudas al respecto, ya que querían evitar enemistarse con los países árabes, proveedores de petróleo. Tanto los occidentales como los soviéticos tenían dudas sobre a qué bloque se integraría Israel en la naciente Guerra Fría».

Antecedentes históricos a la creación del moderno Estado de Israel

La creación del Estado de Israel, como forma de organización y reino independiente en la antigüedad, no tuvo larga vida, sostiene López Göttig, profesor titular de Historia Contemporánea en las carreras de Relaciones Internacionales, Ciencia Política y Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Belgrano. Este fue sojuzgado por asirios, egipcios, griegos, romanos, bizantinos, árabes y turcos. Fueron los griegos quienes otorgaron a esa región el nombre de Palestina, en tanto denominación geográfica –no étnica–. La denominación pervive hasta hoy. En época del Imperio Otomano esta incluía ambas márgenes del río Jordán, explica.

El historiador describe la destrucción del segundo templo de Jerusalem, por los romanos, en el año 70 de nuestra era, como el momento histórico que marcó el inicio de la dispersión de los judíos por el mundo mediterráneo y también hacia el Oriente.

Ese territorio estuvo bajo la órbita del Imperio Romano de Oriente – Bizantino–, hasta la conquista árabe de Jerusalem a mediados del siglo VII, ejerciendo el control de la ciudad santa para el judaísmo y el cristianismo. Por razones históricas, religiosas y culturales, afirma Göttig, “permaneció el deseo vivo de retornar a esa tierra, en especial a Jerusalem, con la aspiración mesiánica, que es de un carácter enteramente diferente al mesianismo cristiano e islámico”.

La referencia a los árabes del Cercano Oriente, comprende a los actuales países de Siria, Irak, Líbano, Jordania y Egipto, y a los árabes palestinos, estos pueblos y poblaciones fueron arabizados a partir del siglo VII con las invasiones de la expansión musulmana. Los pueblos semitas del Cercano Oriente y del África septentrional incorporaron la lengua y la escritura árabe, así como muchas de sus costumbres. Es de señalar que antes de la expansión islámica, estos pueblos eran en su mayoría cristianos dentro del Imperio de Bizancio. Por tanto, el concepto del nacionalismo árabe es mucho más contemporáneo, surgido en los siglos XIX y XX, no tiene carácter étnico o religioso –véanse los árabes musulmanes, pero también los árabes de distintas denominaciones cristianas–, sino una base que se fundamenta en la lengua y en elementos culturales comunes, precisa el historiador.

Pactos secretos, alianzas y comisiones entre guerras

Al inicio de la I Guerra Mundial (1914), el territorio denominado Palestina estaba bajo el dominio del Imperio Otomano. Hasta ese momento la organización sionista había intentado, a través de gestiones diplomáticas, conseguir apoyos entre los gobiernos europeos para fundar en ese territorio un Estado nacional judío.

“Los judíos eran la primera minoría de los habitantes de Jerusalem, con aproximadamente el 40%, y ya se habían creado varias colonias agrícolas; más no todos ellos tenían ciudadanía otomana, tal como ocurría con varias de las minorías cristianas. Las minorías religiosas cristianas y judías preferían mantener sus pasaportes europeos, ya que de ese modo obtenían la protección de los gobiernos del Viejo Continente. Pero en los censos del Imperio Otomano sólo registraban a los ciudadanos, no al resto de los habitantes, por lo que en esos registros se sobrerrepresentaba a la población musulmana”, indica López Göttig.

El Imperio Otomano se alió con Alemania y Austria-Hungría, durante la Gran Guerra, el Reino Unido, Francia y el Imperio Ruso –y luego Italia– buscaron repartirse los restos del imperio agonizante. Ello llevó a las negociaciones secretas que se saldaron con el pacto Sykes-Picot, en 1916, cuyo propósito fue conciliar las ambiciones territoriales de varios actores, pero en la práctica poco se aplicó de ese acuerdo, siguiendo el estudio del historiador argentino.

Los británicos destinaron hombres y recursos, casi un millón y medio de soldados y 750 millones de libras esterlinas. La diplomacia del Foreign Office quería hacerse con la simpatía de la diáspora judía en el mundo –especialmente la de los Estados Unidos–, pero la alianza militar con Rusia no ayudó a ese propósito. “Es por ello que se pensó en la creación de un ‘hogar nacional judío’ en Palestina, un proyecto al que el imperio zarista adhirió para favorecer la emigración de su población”.

Simultáneamente, mientras se deliberaba secretamente sobre el acuerdo Sykes–Picot, los británicos tomaron contacto a través del agente T. E. Lawrence con el jerife de La Meca, Husayn ibn Alí, para comenzar la revuelta árabe contra el poder otomano, destaca López Göttig. “La perspectiva de la independencia árabe y la creación de un gran reino unificador de ese pueblo, dieron nuevas fuerzas al nacionalismo en la región, que había pugnado por su autonomía en el seno del Imperio Otomano”.

En noviembre de 1917, se dio a conocer la Declaración Balfour, en la cual el secretario del Foreign Office, Lord James Balfour, por medio de una carta a Lord Rothschild –figura prominente del sionismo británico– expresaba la postura oficial favorable al “establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío”.

Un mes más tarde, en diciembre, “los bolcheviques revelaron el contenido del acuerdo Sykes-Picot que, sumado a la Declaración Balfour, provocó una tormenta política”.

En las conferencias de paz en París, al final de la guerra, se resolvió que la Liga de las Naciones otorgaría a Francia y al Reino Unido, la administración de Siria, Líbano, Palestina, Transjordania e Irak, en calidad de “mandatos”.

Esa situación, los “mandatos” de Francia en Siria y el Líbano y de Transjordania (años más tarde será Jordania), Palestina e Irak para Gran Bretaña, se prolongó hasta después de la II Guerra Mundial. Por lo anterior, el Mandato de Palestina, otorgado por la Liga de las Naciones, pasó a ser administrado por la nueva Organización de las Naciones Unidas (ONU) y, en su seno, se quiso resolver su porvenir.

El historiador explica que a pesar de la narrativa antisemita instalada y que afirmaba que el Reino Unido “era uno de los tantos gobiernos títeres manejados por el sionismo tras las sombras, ese país establecerá cuotas muy rígidas y estrechas para la emigración judía al Mandato de Palestina, haciéndose más dramático con el ascenso del nazismo al poder en 1933. Hubo una corriente migratoria clandestina a través de Egipto, pero nunca llegó a canalizar a los refugiados judíos del centro de Europa”. Esta política se mantuvo durante la II Guerra Mundial. ¿La razón? Los británicos “temían que la apertura migratoria pudiera generar una fuerte corriente de simpatía árabe hacia los alemanes”.

En 1936, el Gran Muftí de Jerusalem, Hadj’ Amin al-Husaini, impulsó una revuelta árabe contra los inmigrantes judíos que huían de la persecución antisemita en Europa. Frente a la revuelta, los británicos optaron por la abstención para evitar enemistarse con la población árabe. Durante la II Guerra Mundial, el Gran Muftí al-Husaini, de hecho apoyó abiertamente a la Alemania nazi contra el Reino Unido, y llegó a promover una revuelta pro-nazi en Irak, además de organizar tropas bosnias musulmanas en Yugoslavia para apoyar a los invasores alemanes —al-Husaini vivió en Egipto una vez que terminó la guerra y desde allí influyó en el rechazo tanto a la política de partición de Palestina, como a la creación del Estado de Israel. Mantuvo su posición hasta su muerte en los años setenta—.

En 1937, se formó la Comisión Peel en la cual se sugirió una partición del territorio en la que el norte de Palestina y una franja marítima que incluía a Haifa y a Tel Aviv estuvieran ocupadas por judíos y el resto del territorio por árabes. La propuesta recibió el rechazo árabe que no estaba dispuesto a negociar nada sobre ese territorio. La comunidad judía organizó sus propias fuerzas de defensa: la Haganá y el Irgún.

Al año siguiente, en 1938, arribó al Mandato de Palestina la Comisión Woodhead, que estudió in situ la partición y propuso una angosta franja costera para los judíos, pero sin llegar a aplicarla. Entre tanto, el Reino Unido impuso fuertes restricciones al ingreso de judíos —que huían del nazismo desde Alemania y Austria— a Palestina. Las disposiciones estaban contenidas en el “Libro Blanco”, de mayo de 1939. Dos meses después tuvo lugar la Conferencia de Evian, en Francia, por iniciativa del presidente Roosevelt para debatir los posibles destinos para la emigración judía de Europa. “A pesar del recrudecimiento de la política antisemita desplegada por Hitler, los países democráticos de Europa, América y del Imperio Británico mantuvieron sus puertas cerradas, con la honrosa excepción de la República Dominicana”, puntualiza el historiador.

La interpretación árabe de la legitimidad histórica

Los judíos que sobrevivieron a la política de exterminio de la Alemania nazi no querían retornar a sus hogares. Esa situación propició que el presidente 33.º de los Estados Unidos, Harry S. Truman, presionara a Gran Bretaña para que abriera las puertas del Mandato de Palestina. Pero el nuevo gobierno laborista de Clement Attlee se negó. “En 1946, el Irgún atentó contra el hotel King David, asiento de las autoridades británicas en el Mandato, causando 92 muertos”.

Fue hasta febrero de 1947 que el gobierno británico anunció su retirada del Mandato de Palestina, entonces la ONU, a través de su Asamblea General, designó el 13 de mayo una comisión —el Comité Especial de Naciones Unidas para Palestina (UNSCOP, por sus siglas en inglés)—, que estuvo integrada por 11 países para estudiar la cuestión y presentar informes en septiembre de ese año. El presidente de la comisión fue el jurista sueco Emil Sandström.
Los miembros de la comisión recibieron, por un lado, el rechazo directo de los árabes a cualquier tipo de negociación, siguiendo las directivas del Gran Muftí al-Husaini y, por el otro, la predisposición a conciliar de los sionistas. “Los árabes exigían un Estado único, en el que se prohibiría nueva inmigración judía y restricciones a la venta de tierras. Su criterio de legitimidad histórica partía de la conquista en el año 637 a manos del califa Umar, como si todo lo anterior careciera de importancia”, puntualiza López Göttig.

Llama la atención, siguiendo el desarrollo histórico y analítico del autor citado, que en la particular interpretación árabe —vigente todavía hoy para muchos árabes—, resulte válido legitimar su dominio sobre tierras que fueron ocupadas tras la conquista árabe islámica de grandes territorios —y que pasaron a llamar y llaman tierra del islam—, pero, en cambio, pretendan que los judíos carecen de legitimidad histórica, política, cultural y religiosa para reclamar la posesión del territorio sobre el cual se asienta su Estado en la actualidad. En una suerte de borrón y cuenta nueva, muchos árabes interpretan que la historia empezó a partir de la conquista árabe islámica y que todo lo anterior no existió.

La comisión UNSCOP elaboró dos reportes: el mayoritario, avalado por los representantes de Canadá, Checoslovaquia, Uruguay, Guatemala, Países Bajos, Perú y Suecia, recomendó la creación de dos Estados, integrados por una unión económica; el Reino Unido continuaría la administración por dos años más, asistido por los Estados Unidos y con el auspicio de la ONU. El reporte minoritario, firmado por los representantes de India, Irán y Yugoslavia, proponía formar un Estado federal integrado por provincias árabes y judías, con Jerusalem como capital. Australia no adhirió a ninguno de los informes. Si bien el Reino Unido aceptó el informe, informó a través de su secretario de colonias Arthur Creech Jones que voluntariamente abdicaba de continuar con el mandato sobre la región Palestina.

La Asamblea General designó una nueva comisión ad hoc de 57 miembros para estudiar las recomendaciones presentadas. La Liga Árabe, reunida en Líbano entre el 16 y el 19 de septiembre de 1947, anunció su rechazo a cualquier recomendación de la ONU. La comisión ad hoc, siguiendo las recomendaciones del reporte mayoritario, apoyó la partición en dos Estados, con las ciudades de Jerusalem y Belén como zonas internacionales bajo administración de la ONU. Esta comisión ad hoc celebró treinta y cuatro reuniones en las que la Agencia Judía y el Alto Comité Árabe pudieron expresar sus puntos de vista sobre el informe. Este reporte fue aprobado por 25 votos a favor, 13 en contra y 17 abstenciones.

Mientras ocurrían estas deliberaciones los británicos continuaron devolviendo a Alemania a sobrevivientes judíos que se dirigieron hacia el “Mandato de Palestina” y, al llegar a Alemania, fueron alojados en campos de refugiados. “Esto fue un golpe muy duro para la imagen del Reino Unido ante la opinión pública mundial, conmovida por la historia de estos refugiados y por lo que se iba conociendo sobre la Shoá”, precisa López Göttig.

El Holocausto o Shoá —para los judíos significa «catástrofe»— refiere la persecución y aniquilación sistemática de 6.000.000 de judíos entre 1933 y 1945.
Harry S. Truman, presidente 33.º de los Estados Unidos | Casa Blanca/www.whitehouse.gov
Harry S. Truman, presidente 33.º de los Estados Unidos | Casa Blanca/www.whitehouse.gov

La diplomacia estadounidense y el presidente Truman frente al naciente Estado de Israel

El plan de partición no fue bien recibido por el Departamento de Estado de los Estados Unidos que quería evitar cualquier confrontación con los países árabes, temiendo que estos se alinearan con la URSS y que pudieran perder los recursos petroleros de Medio Oriente. Pero, más allá de las reservas, el presidente Truman dio instrucción al embajador ante la ONU para que aceptara el informe mayoritario de la UNSCOP, el 11 de octubre de 1947. Dos días después, se sumó la aprobación de la Unión Soviética.

El 29 de noviembre de 1947, en la resolución 181, la Asamblea General votó la partición de dos Estados. En esa instancia, la resolución fue aprobada por 33 Estados, hubo 13 votos en contra y 10 abstenciones (incluida la del Reino Unido). Con esta resolución se creó una comisión para su implementación que estuvo compuesta por representantes de Bolivia, Checoslovaquia, Dinamarca, Panamá y Filipinas.

Los diplomáticos estadounidenses en la ONU y el secretario de Estado, George Marshall, intentaron que el presidente Truman no reconociera el nuevo Estado, trataron de negociar el aplazamiento de la partición del territorio y lograr un fideicomiso, pero fueron sorprendidos por la decisión del presidente de los Estados Unidos al “reconocer de facto al gobierno provisional del Estado de Israel once minutos después de que fuera creado”.

Un detalle interesante en la reconstrucción histórica de los hechos que presenta López Göttig tiene que ver con el cuestionamiento a la decisión de Harry S. Truman porque hubo quienes dijeron que el presidente buscaba el voto judío con vista a los comicios presidenciales de noviembre de 1948. Pero, según explica el historiador, “por un lado, el Partido Republicano también tenía una plataforma favorable a la creación del Estado de Israel”, además, “Truman no reconoció inmediatamente de iure al nuevo Estado, ni levantó el embargo de armas a Israel y los países árabes. Dos tercios de la población judía estadounidense vivían en tres estados clave: Nueva York, Pensilvania e Illinois. El candidato republicano Thomas Dewey, gobernador de Nueva York, ganó en su estado y en Pensilvania; Harry Truman sólo ganó en Illinois, por lo que el voto judío no incidió en su reelección”.

Si bien hubo diplomáticos del Departamento de Estado que temían que Israel se alineara con el bloque socialista, la Casa Blanca apoyó la emergencia y la consolidación del Estado de Israel. La URSS, por su parte, apoyó la creación del Estado de Israel, pero posteriormente viró su posición para aproximarse a los países árabes y alimentó la retórica y la narrativa antisionista que mantiene su vigencia y, de hecho, sigue siendo determinante en las posiciones de la izquierda radical europea, siguiendo los planteamientos de López Göttig.

Afianzamiento, expansión y consolidación del Estado de Israel

El último alto comisario británico, sir Allan Cunningham, embarcó la tarde del viernes 14 de mayo de 1948, para dar fin al Mandato del Reino Unido sobre ese territorio. El gobierno provisional de la Agencia Judía proclamó al Estado de Israel. La primera decisión fue la abrogación del Libro Blanco de 1939 y las demás restricciones que impedían la inmigración judía.

En esa misma jornada, Israel fue reconocido tanto por los Estados Unidos como por la Unión Soviética. Cinco países árabes movilizaron sus ejércitos, superando numéricamente y en equipo militar al del Estado de Israel, estos fueron: Egipto, Siria, Transjordania (el actual Reino Hachemita de Jordania), Irak y, en menor medida, Líbano. Aunque la coalición árabe tenía aviones, tanques y artillería, carecía de una estrategia coordinada. Sus ejércitos, a excepción de la Legión Árabe de Transjordania, entrenada y comandada por antiguos oficiales británicos, no eran disciplinados, explica López Göttig.

El ejército israelí, formado por las milicias, no tenía aviación ni artillería, y estaba sometido al embargo de armas aplicado por los países occidentales. Las armas llegaron gracias al apoyo indirecto de la URSS por la vía de la socialista Checoslovaquia.

Ante las hostilidades, el Consejo de Seguridad votó el 29 de mayo una propuesta de tregua, pero Egipto y Siria retomaron los combates en julio. Semana más tarde, el conde sueco Folke Bernadotte, quien estaba al frente de las negociaciones, fue asesinado el 17 de septiembre por un comando del grupo judío Lehi, posteriormente desarticulado por Israel.

“La consecuencia inesperada fue que el Estado de Israel, que en el plan de partición original de 1947 habría de ocupar 14.200 km², llegó a extenderse a los 20.700 km², un tercio más de superficie. Nuevamente, por mediación de la ONU, se rubricó una serie de armisticios en la isla de Rodas, Grecia, entre los beligerantes. Otra consecuencia, dolorosa y sin solución, fueron los refugiados árabes durante la guerra, que se desplazaron fuera del territorio israelí. Si bien hubo episodios de expulsión de aldeas árabes, no fue una política generalizada ni hubo limpieza étnica. Es por ello que el norte del Estado de Israel tiene una importante población árabe –cristiana y musulmana–, siendo aproximadamente el 20% de la población. Son ciudadanos con representación parlamentaria, votan y forman sus partidos políticos, tienen educación en su lengua, practican libremente sus creencias religiosas, disponen de canales de televisión y diarios. Hoy es creciente el número de árabes cristianos que se están integrando a las Fuerzas de Defensa de Israel. La ciudad de Nazareth está poblada casi totalmente por árabes, siendo el 69% de la población musulmana y el 30% cristiana. Otras ciudades, como Akko y Haifa, son mixtas de judíos y árabes”, indica López Göttig.

La costosa posición de los líderes árabes para el Estado palestino y la paz regional

¿Cuál fue la reacción de los líderes árabes al nacimiento del Estado de Israel? Áspera y violenta, dice el historiador. “El entonces secretario general de la Liga Árabe, el diplomático egipcio Abdul Rahman Hassan Azzam (conocido como Azzam Pasha), expresó al diario Akhbar al-Yom: ‘Personalmente, espero que los judíos no nos fuercen a esta guerra, porque sería una guerra de exterminio y de masacre decisiva’. En Damasco, una multitud atacó con piedras la embajada de los Estados Unidos y quemó los vehículos que se hallaban en las calles; en Alepo, casas y 11 templos judíos fueron incendiados. En Adén, los enfrentamientos ocasionaron muertes de judíos y árabes. El rey Faruk, de Egipto, notificó al embajador estadounidense que, junto a otros países árabes, resistirían la partición con la fuerza de las armas. La atmósfera en la región, lejos de calmarse con el correr de los días, fue empeorando. En el Mandato británico de Palestina comenzaron las hostilidades entre milicias árabes y judías, ante lo cual el Reino Unido evacuó a las mujeres y niños de su nacionalidad hacia Egipto (…) Los combates entre milicias judías y árabes se intensificaron antes de la retirada británica”, contextualiza López Göttig.

El 12 de diciembre de 1947, la Liga Árabe declaró nula y sin efecto la resolución 181 por la cual se creó el Estado de Israel. Todos estos hechos precipitaron el fracaso de la comisión que fue debidamente informado al Consejo de Seguridad de la ONU el 18 de marzo de 1948.

Desde 1948 hasta 1967, hubo dos territorios árabes palestinos que permanecieron fuera del Estado de Israel, a saber: la Franja de Gaza y Cisjordania, que comprende también la parte oriental de la ciudad de Jerusalem. Estos territorios estuvieron administrados por dos países: Egipto y Jordania. A partir de la Guerra de los Seis Días, de 1967, esos territorios fueron ocupados, son el embrión del futuro Estado palestino, hoy bajo la Autoridad Palestina.

“Lo cierto es que entre 1948 y 1967 no hubo ningún intento de constituir un Estado árabe palestino en Gaza, Cisjordania y Jerusalem Este. No hubo ningún impedimento israelí para que conformaran ese Estado, y tanto Egipto como Jordania administraron esos territorios como si fueran anexos a sus países”, explica el historiador.

La terquedad del liderazgo árabe en dos años cruciales, 1947 a 1949, al ignorar la existencia del Estado de Israel, y su negativa a celebrar negociaciones, terminó perjudicando la aspiración de un Estado palestino, “siguieron exigiendo la totalidad del territorio, con la consecuencia de perder frente a la comunidad judía. Los gobiernos israelíes estuvieron dispuestos a discutir el retorno o compensación a los refugiados, con una condición elemental para sentarse a la mesa de las negociaciones: el reconocimiento al Estado de Israel. De los países vecinos, Egipto reconoció al Estado de Israel gracias a los acuerdos de Camp David de 1978, así como lo hizo Jordania en 1994, tras la Guerra del Golfo”.

Los países árabes, “no tenían liderazgos a la altura de las circunstancias: frente a los israelíes que tenían partidos políticos, instituciones, sindicatos, organizaciones juveniles y personas con calificación académica y científica, el principal vocero de los árabes palestinos fue el Gran Muftí al-Husaini, un antiguo colaborador de la Alemania nazi. En el juego de ‘todo o nada’ al que apostaron los países árabes, sólo terminaron perdiendo territorio, personas y recursos. La diferencia del Estado de Israel frente a sus vecinos se fue haciendo cada vez más notoria con el correr de los años, constituyéndose como una democracia liberal rodeada por gobiernos autoritarios nacionalistas y belicistas, que no se preocuparon por el bienestar de sus compatriotas. La autocrítica del mundo árabe comenzó, tímidamente, con los acuerdos de Camp David y tras la Guerra del Golfo, pero aún falta la decisión de otros países árabes en reconocer definitivamente el derecho a la existencia del Estado de Israel, primer paso para la paz en la región, el cierre de las heridas tras tantos años de guerra y la creación del Estado árabe palestino”, concluye el historiador Ricardo López Göttig.

Clara Riveros
CPLATAM -Análisis Político en América Latina- ©

Enero, 2022

 

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