Las mismas palabras, posturas opuestas

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Las palabras: lo que ellas significan, la carga que implican. Parecen tan claras y sin embargo gente muy diferente puede leerlas por lo que dicen y aun así entenderlas de modo muy distinto. Si bien eso suele causar efectos graciosos, hay momentos en que pone al desnudo ironías dramáticas. Días pasados, un “amigo” de Facebook invitaba a una movilización frente a la sede del Mercosur por la situación en Venezuela. Lo paradójico es que su texto planteaba argumentos muy compartibles y sin embargo era evidente que hablábamos de cosas casi opuestas.

La movilización se hizo el lunes 7 ante la sede del Parque Rodó donde se reunió el Parlasur y la situación venezolana fue el centro de la polémica. La convocaron el Frente Amplio, la FEUU, el PIT-CNT y Fucvam con el objetivo de transmitir su desembozada simpatía con el represivo régimen chavista que preside Nicolás Maduro.

Lo curioso es que en su invitación, mi “amigo” explicaba la importancia de este acto. Lo sintetizó en pocas y elocuentes palabras: “Quedará clara nuestra solidaridad con la lucha del pueblo venezolano por la democracia y contra la escalada golpista que las fuerzas de la derecha, las clases dominantes y el imperialismo vienen desarrollando en el país hermano”.

Así como estaba escrito, yo podía avalar ese texto palabra por palabra. Sin embargo, era evidente que más allá de las palabras, lo que él escribía y lo que yo leía se referían a visiones radicalmente enfrentadas. Lo cual muestra esa cruel tragedia que expresa la crisis venezolana. Y explica la soledad que afecta a un pueblo que no cede en su lucha, pero comprueba cómo quienes deberían ser sus naturales aliados le dan la espalda.

Cuando en su texto el “amigo” de Facebook habla de solidarizarse con la lucha del pueblo venezolano por la democracia, se supondría que habla de una lucha contra los métodos abusivos, autoritarios y dictatoriales que usan los que se encaramaron en el poder del régimen instaurado por Hugo Chávez y continuado por Nicolás Maduro.

Es solidaridad con un pueblo que lucha contra la escalada golpista de la derecha, como dice este amigo. Solo que esa derecha la lidera Maduro, que se apoya en unas Fuerzas Armadas ideologizadas (tal cual pretende que sean las de acá la primera dama) así como en sus violentos y bien pertrechados grupos de choque, para reprimir con inusitada violencia las manifestaciones estudiantiles y así fortalecer un poder absoluto.

En el estilo y en la prédica, en la forma y en el contenido, el régimen chavista que gobierna Venezuela es de típica derecha mussoliniana y, por lo tanto, fascista. El histrionismo de Chávez (imitado, aunque mal, por Maduro) recuerda al del célebre dictador italiano cuando hablaba desde un balcón a la multitud reunida en la plaza, así como el uso de camisas de color (negras para los fascistas, rojas para los chavistas). Son similares, además, la demagogia rampante, el silenciamiento de toda disidencia y un nacionalismo extremo revestido de un ropaje de apariencia socialista. Nada de esto, claro, tiene algo que ver con la democracia, por más que haya ganado 18 elecciones.

La lucha que libra el pueblo venezolano, dice el “amigo”, es la lucha contra la clase dominante. Y por cierto lo es. Una clase dominante que a la sombra de la corrupción y el despotismo que Chávez instaló en Venezuela, se enriqueció y defiende sus privilegios con uñas y dientes al punto que, amenazada como lo está, se abroquela en torno a Maduro.

Hay una lucha de ese pueblo contra un imperialismo que mueve sus hilos con perversa sagacidad, pero lo hace desde La Habana. Son los cubanos quienes controlan el aparato de inteligencia y represivo en Venezuela. Son ellos quienes soplan al oído de Maduro qué debe o no debe hacer. Ni Bush antes ni Obama ahora, parecen inmutarse por lo que sucede en Venezuela. Chávez le dedicó los insultos más insólitos a Bush y este nunca se dio por enterado. Recién ahora el gobierno norteamericano da señales de preocupación ante la continua violación de derechos humanos, documentadas incluso por Amnistía Internacional.

Maduro agita el fantasma del imperialismo para inventarse un enemigo al que enfrentar. Pero en realidad el que está interactuando en esta crisis es otro imperialismo que lo apoya y respalda, que se mete en todos los pliegues del poder y para mantenerlo al costo que sea, no duda en fortalecer la represión. Ese imperialismo es el cubano.

Hay cosas evidentes y demuestran que la furia desatada por tanta gente joven, y no siempre tan joven, en Venezuela es porque allí no compran por bueno lo que es malo. Como sí sucede aquí en algunos sectores e incluso dentro del gobierno.

El Poder Judicial funciona como apéndice del Ejecutivo y solo complace a Maduro, como antes lo hacía con Chávez. Por lo tanto, allí no hay democracia. La Asamblea Nacional responde a la voz del amo; no es una asamblea donde mayorías y minorías debaten. El oficialismo insulta e impone sus decisiones con puro patoterismo. Arrasa, aplasta, abusa. Y para colmo, le cede al presidente potestades que le son exclusivas. Un síntoma de esa humillante claudicación de la Asamblea es la forma expeditiva con que aprobó el desafuero de María Corina Machado. Para algunos analistas su expulsión fue como una autodisolución parcial (en lugar de cerrar el Parlamento y echar a todos los legisladores, los van sacando de a uno) y respondió a los deseos de un gobierno enojado porque la diputada opositora fue recibida y escuchada por la OEA. Y eso, pese a que la OEA no se animó a que la sesión fuera abierta al público y a la prensa. Tuvo miedo. Tuvo miedo también Uruguay, que votó a favor de hacer la reunión a puerta cerrada.

No solo es a María Corina Machado a quien acorralan. Leopoldo López, también dirigente opositor, sigue preso por haber organizado una manifestación contra el gobierno, cosa que sería legal y común en cualquier democracia que se precie. Quien fue candidato presidencial, Henrique Capriles, es duramente acosado por la dictadura. Y además están los manifestantes muertos.

Es como si Larrañaga, Bordaberry, Lacalle Pou, Amorín Batlle o Mieres fueran perseguidos, acosados y arrestados. Si ocurriera acá, nadie dudaría en calificarlo de un abuso autoritario y arbitrario de poder, una violación de derechos esenciales. Entonces, ¿por qué está bien que se haga en Venezuela? Las democracias no encierran a sus opositores.

Un país que vivió 12 años de dictadura como el nuestro, debería tener bien afinado su olfato para saber reconocer dónde están las dictaduras de otros países. La burda coartada del “no intervencionismo” no sirve. No intervenir hoy es tomar partido a favor de una sola parte: la del opresor. Lo que están haciendo Maduro y el chavismo es una película que Uruguay ya vio antes. Con ese antecedente, nadie debería solidarizarse con el bando equivocado. Sin embargo, increíble como parezca, es lo que está pasando.

Por Tomás Linn

BUSQUEDA: AÑO 2014 Nº 1760 – MONTEVIDEO, 10 AL 23 DE ABRIL DE 2014

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