Las fronteras heredadas del colonialismo: el caso de Marruecos

Por Jamal Eddine Mechbal[1]

El pasado mes de abril, durante la II Edición del Foro Internacional “Entre dos orillas”, bajo el lema: “La cuestión de las fronteras en la región Sahelosaharaiana”, celebrado en Laâyoune entre el 7 y el 9 de abril (2018), tuve ocasión de presentar un estudio sobre las fronteras heredadas del colonialismo en el caso de Marruecos. Considerando la pertinencia del tema para la comunidad  académica y social, estaré publicando una serie de entregas que abarcan la totalidad de la ponencia. En esta primera entrega me ocuparé de analizar la fragmentación, el reparto del territorio y las nuevas fronteras.

La existencia de Marruecos se remonta al siglo VIII y su monarquía es una de las más ancestrales del mundo, esta condición diferencia a Marruecos de otros Estados africanos. Marruecos nunca perdió su identidad y soberanía. El periodo comprendido entre 1912 y 1956 -protectorado francés y protectorado español- es considerado como un incidente en su historia. En ese corto periodo, un poco más de cuatro décadas, Marruecos no estuvo sometido a un régimen colonial con todas sus implicaciones puesto que la figura del protectorado guarda distancias considerables frente a lo que se denomina colonia. El Reino conservó sus estructuras e instituciones de Estado y la figura del sultán siguió representando los símbolos de la nación. Marruecos nunca fue una colonia y, por tanto, al momento de la descolonización de África tampoco era un Estado recién constituido como el resto de los países africanos. De hecho, si se hubiera seguido esa lógica en Marruecos -los principios de la descolonización- se habría posibilitado la emergencia de, al menos, seis mini Estados.

El Reino de Marruecos fue fragmentado por el reparto de las dos potencias coloniales -Francia y España- que impusieron fronteras artificiales para el establecimiento de sus protectorados. No obstante, no hay argumento jurídico que justifique la fragmentación del territorio marroquí y, por el contrario, se tiene como argumento incontestable que el reparto de Marruecos se hizo a espaldas de Marruecos, mediante un acuerdo secreto en el que la toma de decisiones estuvo a merced de las potencias europeas. Lo anterior deja en evidencia la flagrante ilegalidad perpetrada por los gobiernos de los países occidentales. O, dicho de otro modo, todo lo que se edifica sobre falso es falso y por ello carece de legalidad.

Comenzaré citando uno de los libros de José María Lizundia (2016), donde afirma con rotundidad que:

El derecho internacional creado es el de las potencias colonialistas. Los mismos que colonizan descolonizan. Dos actos consecutivos, unidos con la misma lógica de poder y base de legitimidad. No hay más fuentes de derecho, jurisprudencia y teorías que los que emanan del restringido club de fundadores y primeros miembros de la ONU. La hegemonía y legitimidad de la colonización es la misma que la de la descolonización.
Tan occidental es la colonización con su estatus internacional como la descolonización. O tan artificial es una como otra, y los paralelos y meridianos trazados. La colonización es tan impugnable como la descolonización. Se ha abierto y cerrado el libro igual de caprichosamente. (Lizundia, 2016, p.111)

Los planteamientos esbozados por Lizundia reflejan la realidad con crudeza. El colonialismo europeo se otorgó a sí mismo el derecho de ocupación y apropiación de territorios que les excedían y para ello inventó un principio jurídico llamado “terra nullius” mediante el cual se concedieron el derecho de ocupar toda tierra, supuestamente, sin amo. El argumento es llamativo, lo usaron para revestir de legalidad la apropiación indebida y el expolio de tierras, tierras muy lejanas y en otros continentes, tierras que -en definitiva- les eran ajenas. Una vez establecido el derecho de ocupación, el colonialismo procedió a establecer normas para regular y fijar las condiciones y el procedimiento a seguir para el expolio, la apropiación y el reparto de los territorios.

De esa normativa se extrae que: era posible ocupar el territorio que no fuere un Estado soberano o una parte del mismo; la ocupación debía ser efectiva, no momentánea sino permanente; y, la ocupación tenía que ser notificada a las otras potencias con el fin de evitar enfrentamientos entre las mismas. En la Conferencia de Berlín celebrada entre el 15 de noviembre de 1884 y el 26 febrero de 1885 se establecieron los criterios a seguir para la expansión y el reparto colonial en África. En el caso de Marruecos, las potencias coloniales ni siquiera se rigieron por el derecho colonial que establecieron, como argumentaré seguidamente.

Fragmentación, reparto del territorio y nuevas fronteras

Cuando los Estados Unidos de América se erige en potencia del continente americano, adopta el principio conocido como doctrina Monroe (1823) que proclama: “América para los americanos”. El razonamiento es contrario al principio “terra nullius” y establece que cualquier intervención de los europeos en el continente americano sería considerada como una agresión y se respondería mediante la intervención de los Estados Unidos. A partir de lo anterior, el colonialismo europeo se vio obligado a abandonar América, dirigiéndose a África -para su colonización- con base en el principio de “terra nullius”.

En ese contexto y en esas circunstancias se instalan en la costa del Sahara algunas expediciones españolas que toman posesión de algunos enclaves, principalmente en Dakhla, a la que le asignan el nombre de Villa Cisneros, en memoria del Cardenal Cisneros. Cisneros se hizo célebre por su carácter represor hacia los musulmanes y judíos de España (expulsados y despojados de sus bienes). Fue el creador de la Inquisición que duró hasta 1812, abrogada por la Constitución de Cádiz, uno de los promotores del nacional catolicismo e inquisidor que ejerció gran influencia sobre Isabel I de Castilla conocida como Isabel la Católica. Otorgar el nombre del cardenal Cisneros a una ciudad emergente en la costa sahariana marroquí no fue un acto fortuito sino deliberado y con una clara intencionalidad.

Valiéndose de esta ocupación, el 26 de diciembre de 1884, España dicta una Real Orden en la que da a conocer la toma de posesión de estos territorios costeros y encarga a sus representantes que den cuenta de ello a las potencias extranjeras. Mientras que Inglaterra tuvo reservas moderadas, Francia mostró oposición. El rechazo de Francia se dio con el argumento de que esa sería una ocupación limitada a un territorio reducido y por poco tiempo. La temporalidad y el pequeño espacio ocupado no podían dar lugar a reconocimiento ni a títulos de posesión. Francia solicitó entablar negociaciones debido a su posesión de territorios próximos en el África occidental (Mauritania y Mali). Inglaterra se conformó con recibir garantías en favor de sus ciudadanos en la zona (Díaz de Villegas, 1962, p.139).

Las partes entablaron negociaciones que concluyeron con la firma del acuerdo franco español, suscrito en París el 11 de diciembre de 1900. En el acuerdo se delimitó la región ecuatorial y una parte de Tiris Gharbia (Río de Oro), sin especificar la parte septentrional, según se extrae del Convenio entre España y Francia para la delimitación de las posesiones de ambos países en la costa del Sahara y en la del Golfo de Guinea, tal y como quedó registrado en la Gaceta del 30 de marzo de 1901. A España no le quedaba más que expandirse en dirección norte, con el apoyo francés que mantenía idénticas aspiraciones. El impedimento, no obstante, es que la propia ley colonial solo permitía la ocupación de territorios “sin propietarios” o “nullius”. No era el caso de Marruecos, un país soberano que enfrentaba profundas crisis al interior del territorio.

La historia de las fronteras coloniales en el Sahara es la misma historia de las fronteras impuestas -por las mismas potencias coloniales- en el norte de Marruecos y son inseparables. Están ligadas estrechamente toda vez que son las mismas potencias las que hacen el reparto en el norte y en el sur de Marruecos, a partir de maniobras, negociaciones y transacciones secretas o solemnes conferencias entre los países poderosos que se repartieron el mundo a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Marruecos, por las condiciones expuestas, siendo una monarquía ancestral, una nación soberana e independiente, debería estar fuera de la codicia colonial, pero ni siquiera se aplicó el derecho internacional colonial en estricto sentido y el territorio marroquí fue troceado y repartido. El Reino fue fragmentado en el norte y en el sur. Se trazaron fronteras artificiales -con tiralíneas en los despachos de París- plasmados en acuerdos secretos y a espaldas de Marruecos. Acuerdos secretos que no se divulgaron hasta que el Reino decadente cayó bajo tutela de un régimen de protectorado.

El acuerdo secreto de 1904, firmado entre Francia y España, sometió a Marruecos al reparto entre las dos potencias. Le precedió un acuerdo en 1902 que no llegó a firmarse. El acuerdo de 1902 es conocido como acuerdo non-nato pero no se firmó por la caída del gobierno liberal de Sagasta, sustituido por un gobierno conservador que temía la reacción de Inglaterra sobre Canarias y Baleares cuando el acuerdo saliera a la luz.

Durante las negociaciones del acuerdo de 1902, siguiendo instrucciones reales y bajo el pretexto de los “derechos seculares españoles en el sultanato”, el negociador español exigió a Francia “una distribución de las esferas de influencia basadas en criterios de la más absoluta equidad” (Garrigues, 2008, p.50. Real Orden reservada nº 437. Ministerio de Asuntos Exteriores del 22 de diciembre 1901. A.G.A Asuntos Exteriores. Embajada de España en París. Legajo nº 5841).

El acuerdo non-nato dividió a Marruecos en una esfera de influencia española en el norte y otra en el sur. Al norte se pretendía englobar el área que comprendía las regiones de Fez, Meknés y Chauia. En lo que respecta al sur, se insistió en que la esfera de influencia española debería tener su límite septentrional no en Ifni, sino en el Ouad Massa y el meridional más al sur de Cabo Bojador (Garrigues, 2008, p.50; Morales Lezcano, 1998, p.99). Es decir, la esfera sur abarcó los territorios que comprenden Tinduf, Zagora, Tarudant y la región de Souss incluido Agadir. En virtud del acuerdo citado, Francia se quedaría con el centro y, paralelamente, le reconocía a España el derecho de extenderse en las zonas acordadas a norte y sur -cuando la situación en Marruecos empeorase y el sultán no pudiera garantizar la seguridad y la estabilidad del Reino-.

No obstante, una España temerosa de las consecuencias se abstuvo de firmar ese acuerdo. Francia, por su parte, entró en conversaciones con Inglaterra, llegando firmar un acuerdo el 8 de abril de 1904. En este acuerdo Francia aceptó que Egipto quedara bajo dominio británico mientras que Inglaterra concedió que Marruecos quedase en poder exclusivo de Francia.

Una vez estuvo firmado el acuerdo, Inglaterra dejó de referirse al acuerdo del 13 de marzo de 1895 que había suscrito con Marruecos y en el cual declaraba que ninguna potencia podrá presentar pretensiones sobre los territorios que van de Ouad Draà a Cabo Bojador y el llamado Tarfaya así como al interior porque son territorios pertenecientes a Marruecos (Lazrak, 1974).

Clause 1°: if this Government buy the buildings, etc,… in the place above-named from the above-named Company, no one will have any claim to the lands that are between. Wad Draa and Cape Bojador, and Which are Called Terfaya above-named, and all the lands behind it, because this belongs to the territory of Morocco. (Lazrak, 1974, p.406).

Tras el acuerdo anglo-francés se iniciaron -sin temores- las negociaciones hispano francesas que culminaron con el acuerdo secreto del 3 de octubre de 1904. En este acuerdo Francia concede total libertad a España para sus acciones en la región del Sahara y en el norte de Marruecos -una vez que el sultán no pueda garantizar la seguridad y la estabilidad en su Reino-, como puede corroborarse en los artículos 5° y 6° del acuerdo suscrito.

Pasados apenas tres días de la firma del acuerdo –y por la gravedad del contenido-, la misión diplomática de Francia en Tánger recibió, el 6 de octubre (1904), instrucciones para informar al ministro de asuntos exteriores de Marruecos sobre el contenido del comunicado que se emitió a raíz de la firma del acuerdo y en el que se silenció lo espinoso -y por lo mismo secreto- del acuerdo. De tal modo, se hizo llegar un contenido falaz a Marruecos para tranquilizar a las autoridades con la argucia de que Francia y España acordaron respetar la soberanía y la integridad territorial de Marruecos y, señalando que, todo aquello que pudiera decirse contrario a esta versión eran falsos rumores.

Cinco meses después del acuerdo, el 31 de marzo de 1905, llegó a Tánger Guillermo II, emperador de Alemania, declaró que venía en visita a SM el sultán “independiente y absolutamente soberano” (CIJ, 1981, Sahara Occidental. Vol. IV. p.234). Se trató de una medida de presión entre los países colonialistas. Francia inició contactos con Alemania -para neutralizar sus acciones- y, el 8 de julio de 1905, anunciaron en un comunicado conjunto su participación en la Conferencia Internacional de Algeciras prevista para 1906.

La Conferencia de Algeciras se celebró entre el 16 de enero y el 7 de abril de 1906, con la participaron de 13 países, incluido Marruecos. En la Conferencia se acordaron tres principios: 1. El respeto de la soberanía y la independencia de Marruecos; 2. El respeto de su integridad territorial; y, 3. La libertad económica sin distinción dentro del Reino.

Con el compromiso internacional que se alcanzó en Algeciras el acuerdo secreto -entre Francia y España para dividir y repartir Marruecos entre dos potencias coloniales- quedó nulo. Pero, en el terreno, la realidad fue muy diferente y opuesta a lo acordado. El ejército francés tomó Oujda, en abril de 1907, meses después, en agosto, buques franceses de guerra bombardearon Casablanca. España hizo lo propio ocupando las regiones próximas a Melilla. Francia, de nuevo entabló negociaciones con Alemania y, en febrero 1909, logró suavizar su postura. El 4 de febrero de 1911, Francia y Alemania firmaron un acuerdo mediante el cual Alemania -cedió- dejó de oponerse al reparto de Marruecos gracias a las contrapartidas y a las concesiones que recibió para otros territorios en África.

Alemania -más allá del acuerdo alcanzado- siguió considerando que Marruecos abarcaba Sakia El Hamra cediendo Río de Oro. Es lo que se deduce de la carta del secretario de asuntos exteriores de Alemania enviada -con fecha del 4 de noviembre de 1911- al señor Gambón, embajador de Francia en Berlín, y en la que se afirma: “Marruecos abarca la parte del norte de África que se extiende desde Argelia hasta la colonia del Río de Oro” (CIJ, 1981, Sahara Occidental. Vol III, anexo 53, p.308).

Otra carta -en el mismo sentido y no menos importante- explica el trasfondo del acuerdo. La misiva del ministro de asuntos exteriores de Francia, dirigida al encargado de misión en su Embajada de Madrid, sobre el citado acuerdo franco alemán –que las partes contrayentes decidieron mantener en secreto–, indicó que Marruecos comprende la parte de África del Norte que se extiende desde Argelia, África Occidental Francesa y la colonia española de Río de Oro y añade: “España apreciará el interés puesto por nuestra parte para excluir su colonia de Río de Oro de la región marroquí” (CIJ, 1981, Sahara Occidental. Vol III. Anexo 164 p. 462; anexo 165. p.463).

Paralelamente, las fuerzas francesas ocuparon Fez y las españolas Larache y Alcazarquivir, además del despliegue militar en el Rif. La crisis interna en Marruecos se agudizó con el levantamiento de Mulay Hafid contra su hermano, el sultán Mulay Abdelaziz. Aunque Mulay Hafid logró destronar al sultán tuvo resistencias para la toma del poder y se levantaron rebeliones como la del Rogui. La conjunción de elementos y circunstancias que propendieron a la desestabilización del Reino coadyuvaron a la implementación y puesta en práctica del pacto secreto entre Francia y España. El 30 de marzo de 1912, el sultán de Marruecos firmó el Tratado de Fez, por el cual aceptó someter a Marruecos a un régimen de protectorado. Transcurridos ocho meses de la puesta en práctica del régimen de protectorado, el 27 de noviembre de 1912, Francia y España firmaron un nuevo acuerdo para trocear Marruecos y repartirlo según pactaron secretamente en 1904. Pese al reparto, Marruecos se mantuvo como Estado, con instituciones y reconocimiento del sultán como símbolo y representante del poder político y religioso de la nación (Mechbal, 2014, p.17).

En aplicación del primer artículo del citado acuerdo hispano francés de noviembre 1912, el sultán nombró -en las zonas controladas por España- a un representante bajo el título de jalifa[2]. El representante de los poderes políticos y religiosos del sultán residió en Tetuán y desde allí dictó y promulgó dahíres o decretos que también tuvieron cumplimiento en los territorios del Sahara. Es decir, los territorios del Sahara también dependían del Alto comisario en Tetuán y no de las autoridades en Madrid (Boletines Oficiales de la Zona del Protectorado Español 1917, 1938, 1941). En las siguientes entregas me ocuparé de analizar el fin del protectorado y la reunificación del territorio; la recuperación del Sahara; el Frente Polisario y el principio de las fronteras heredadas del colonialismo; y, el regreso de Marruecos a la Unión Africana.

Notas

[1] Jamal Eddine Mechbal es jurista, ex diplomático, escritor y columnista en medios árabes y españoles. Esta ponencia originalmente fue escrita en árabe y ha sido traducida al español por el autor. La edición y adaptación del texto en español es de Clara Riveros.
[2] El jalifa o califa, según la definición de la Real Academia Española, era la autoridad del antiguo protectorado español en Marruecos que ejercía ciertas funciones por delegación del sultán con intervención del alto comisario de España.

CPLATAM -Análisis Político en América Latina- ©

Febrero, 2019

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