Las desmesuras del cristinismo

Después de doce años de imponer sus criterios en el país sola o a través de su esposo, ella no se quiere ir, desea perdurar a cualquier precio. Ha ubicado a un hombre de su mayor confianza junto al candidato Scioli y los apoyará con todas sus fuerzas para que triunfen. Cristina Fernández no conoce lo que son los límites del ejercicio del poder en un país con régimen político liberal y republicano.

Desde 1984, desde los primeros tiempos del kirchnerismo en Río Gallegos, dominando al comienzo la intendencia, ella y su marido demostraron pasión y ambición por momentos desmesuradas, negociación con los de arriba, donde ubicuidad a medida que cambiaban presidentes de la Nación y ministros de Economía. Aplaudieron a Menem, se abrazaron a Cavallo sin pudor y con sonrisas, quien los supo asesorar cuando dispusieron de los cuantiosos fondos de la privatización de YPF. Fondos de los cuales nunca, jamás, rindieron cuenta, al mejor estilo de la gestión K. Impusieron también una exigencia de verticalidad en el pensamiento de sus seguidores, una concepción pragmática de la necesidad de juntar dinero y más dinero para seguir haciendo política hasta que las canas asomaran.

La (para muchos) inesperada noticia de Zannini como candidato a la vicepresidencia de la Nación movió el tablero del juego del poder en la Argentina. Los empresarios y los tenedores de bonos reflejaron pesimismo, la Bolsa se vino abajo, hubo caras de sorpresas en casi todos los ámbitos donde se hace o se habla de política. Asomaron los signos de interrogación. Cristina Fernández ha tirado todas las cartas y las circunstancias, por ahora, la están ayudando.

Desde hace un buen tiempo Scioli venía pidiendo pista en la Casa Rosada. No se conocen pretendientes al sillón de Rivadavia, en la historiaargentina, que se hayan sometido al mal trato, a los desplantes, a los retos en público, al desprestigio, a los duros castigos, a la denigración personal y verbal como lo hicieron -y parece que a gusto- Scioli y su equipo. Pese a ello, en la opinión pública, tal como dijo un consultor muy reclamado, Scioli “flota como un corcho, nunca se hunde, lo intenten sumergir malas noticias o buenas”. Siempre ha conservado entre el 32 y el 35% de adhesión pública o del electorado, si se quiere. Pero los últimos hechos lo venían mostrando intranquilo e inseguro. Primero captó a La Cámpora, que se acomodó a los rincones que le ofrecía y a sus promesas. Se autodefinió kirchnerista pero muchos de los admiradores de Cristina lo sentían poco confiable. Integrantes de Carta Abierta que se definen como ” intelectuales” del proceso advirtieron que no pondrían el voto para que gane. Por el contrario, elogiaron a Randazzo y lo consideraron poco más o poco menos como un “revolucionario ideal”, como un “representante genuino ” del “modelo”. A qué modelo se refieren no se sabe nada.

Zannini , nacido en Córdoba en 1954, adhirió en sus años jóvenes a Vanguardia Comunista, un proyecto militante de signo maoísta. Luego fue encarcelado, conoció amigos que luego protegería como Ferreyra, uno de los dueños de Electroingeniería a quien, de poseedor de un taller de pequeñas dimensiones en Córdoba, lo hizo convertir en abastecedor del Estado en licitaciones millonarias. A Zannini nunca le gustó exhibirse, prefiere operar y trabajar detrás del telón.

Su ideología es una mezcla extraña. Va de su devoción por el kirchnerismo-cristinista a la necesidad de un líder fuerte y decidido, audaz y hasta caprichoso que guíe a las masas. De igual manera, es un convencido de las consignas brindadas por el fallecido politólogo Laclau y por ello mismo se burla de los ejes del pensamiento liberal que sustenta la Constitución nacional. Para Zannini, el jefe es el que decide, el que baja el pulgar, el que indica la dirección del proceso y no cree en la división de poderes.

Llegó a la Patagonia en 1984 y desde entonces no se despegó de la pareja Kirchner, que quiere como a su propia familia forjada en un segundo matrimonio. Almuerza y cena en Olivos, en eso que se llama “círculo intimísimo” corre presuroso a elaborar los proyectos de ley que aparecerán con la firma de Cristina. Es, se ha dicho, la sombra misma de Cristina Kirchner.

Fue Zannini quien desde la Casa Rosada diseñó el ataque contra los medios de comunicación, que califica de estorbos, las campañas contra determinados periodistas desde el atril presidencial, los rumbos que debe tomar la publicidad oficial. En realidad Zannini desprecia al periodismo. Como desprecia a los actuales integrantes de la Corte Suprema y se ha convertido en el ideólogo de los ataques contra Carlos Fayt, el juez anciano pero lúcido y sereno. Zannini se convirtió en el arquitecto, en el diseñador de políticas de gobierno, de componendas y de alianzas. Más o menos como funcionaban los comisarios políticos en Rusia, en tiempos de Stalin y después. Es un pragmático y también un intrigante, la misma combinación que caracterizó a su idealizado Mao Tse-tung. Definitivamente, Zannini es la continuidad sin tapujos de Cristina Fernández.

La parlamentaria Patricia Bullrich declaró ayer: “Con la maniobra conocida, queda claro que Scioli es mucho más kirchnerista que Cristina”. Parece ser, dicen otros, que Scioli eligió ser “preso” de lo que Cristina quiera o desee.

Todo para ser nombrado presidente, si es que tiene suerte, por supuesto.

Es de esperar, entonces, que Cristina inicie un recorrido por toda la República en apoyo de su delfín, de su apreciado representante. Que ponga toda la multimillonaria publicidad oficial a su disposición. La necesita porque los votantes de La Matanza o de La Quiaca no saben quién es Zannini. Los subsidios llevan el moñito de Cristina no de Zannini.

¿Y qué hará la oposición? ¿Con Zannini al lado de Scioli se polarizan definitivamente las fuerzas? En el cuartel de Macri festejaron el nombramiento del hombre de Cristina. En el resto de los partidos quedaron atónitos. Y paralizados por el momento, un poco más de lo que estaban. Porque nadie ha elaborado un plan de gobierno de fácil resolución.

Es que si gana la fórmula Scioli-Zannini, será la que tendrá que desatar el nudo de la bomba que ellos mismos armaron para los que continúen la presidencia. Una bomba llamada atraso cambiario, cepo importador, falta de dólares, ruptura de relaciones con el mundo, dependencia de China y otro poco de Rusia, enemistades con nuestros vecinos, salvo los cariños que despliegan con los de Venezuela, Ecuador y Bolivia. Estamos casi solos en el mundo. Uruguay y Paraguay venden más carne y algunos cereales que nosotros. El mundo nos sigue mirando con extrañeza. Las inversiones pueden demorar en venir, temerosas de alguna trampa que les impida sacar sus ganancias. En fin: ellos mismos han fabricado lo que se puede erigir en una autoflagelación.

Daniel Muchnik, Socio del CPA

Río Negro, 18-6-15

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