¿La oposición se pone la vara alta?

Los partidos y movimientos políticos de la oposición siguen acusando el golpe de un largo paso por el desierto. En ese sentido, las señales de un tenue reagrupamiento entre autoridades locales puede ser un gran espejismo. Por una razón: la posibilidad de que el péndulo funcione sigue dependiendo más –como está el tablero político– de los errores del correísmo y de los nubarrones en el frente económico que de las virtudes –potenciales o reales– de los opositores al gobierno. A menos que eso cambie.

Poco ha avanzado la oposición en estos ocho años. Jaime Nebot luce fuerte en Guayaquil pero encerrado tras fronteras que él mismo levantó. El relevo que se operó en la tendencia en la elección presidencial de 2013 parece confirmarse: desaparición del roldosismo de Abdalá Bucaram y del PRIAN de Álvaro Noboa, marginación relativa de Sociedad Patriótica de Lucio Gutiérrez y presencia determinante de Guillermo Lasso y Mauricio Rodas.

En la oposición de izquierda no correísta –para ser ortodoxos en la denominación– dos líneas parecen marcar el momento. Una más ideológica que, tras la derrota electoral de Alberto Acosta como líder de la Unidad Plurinacional de las Izquierdas, volvió al purismo ideológico (con naftalina años sesenta) en vez de sacar lecciones. Y otra franja que puja por modernizar los referentes y la práctica política: aquí pudieran encontrarse figuras como Paúl Carrasco, Salvador Quishpe, María Paula Romo…

El escenario luce, entonces, tan fragmentado como en el pasado. Sin embargo, lo que hicieron Jaime Nebot, Paúl Carrasco y Mauricio Rodas en Cuenca, el 23-F pasado, es excepcional por el objetivo político trazado: llamar a la unidad entre tendencias diferentes de cara a la elección presidencial de 2017. Pero el bajón emocional que sufrió Paúl Carrasco tras el anuncio –según confesó en Radio Rayuela– prueba que el camino hacia la creación de ese frente multipartidos está lejos de estar pavimentado. El Prefecto de Azuay comprobó hasta qué punto franjas cercanas a su pensamiento siguen parqueadas en la cultura del testimonio que privilegia la fidelidad a visiones polvorientas en vez de encarar creativamente la coyuntura política.

Conclusión: esas fuerzas siguen petrificadas en las posiciones que le valieron 3% de votos a Alberto Acosta. Y persisten en creer que si parte del electorado dejara de votar por Correa, lo haría por sus fórmulas radicales. En la realidad, si Correa volviera a presentarse y hubiera un eventual ballotage, parte de esas fuerzas volverían a votar por él. Carrasco se equivoca, entonces, si cree que el problema es de tiempo para anclar un proceso de unidad entre fuerzas que ortodoxamente han sido de derecha con las izquierdas que representó Acosta.

La cumbre de Cuenca violenta las lógicas partidistas o de tendencia porque no se sitúa en el territorio de disputa política tradicional. Puede ser interpretado mas bien como un reto para los políticos que no están en el campo correísta: asumir que, más allá de los principios de cada movimiento o partido, tienen que forjar una plataforma común, basada en valores democráticos, para enfrentar al oficialismo.

Parece poca cosa pero la cola que produce es larga. ¿Nebot, Carrasco y Rodas esbozaron públicamente, desde ahora, la estrategia política que marcará la campaña política, presidencial y parlamentaria, del 2017? ¿Olvidarse de las fronteras ideológicas para construir una alternativa política multitendencia con posibilidades electorales ciertas?

Insistir en los valores democráticos sería señalar la parte más vulnerable del correísmo y, a la vez, instalar una mesa susceptible de reunir el mayor número de liderazgos sean de centro, izquierda o derecha. Al parecer así lo entendió Correa, pues se apresuró a estigmatizar el encuentro calificándolo de fanesca. Un error político porque facilita a la oposición la explicación sobre lo que pudiera estar planteando para 2017: dar forma política a una fanesca política contra el poder correísta.

Los ingredientes son precisamente aquellos que el Presidente ha desechado: división de poderes, respeto a los otros, libertad de expresión, seguridad jurídica, derechos y justicia para todos, paz social… Todos esos entornos que construyen confianza y favorecen la lucha contra la pobreza, la inversión, la creación de empleo…

Nebot, Carrasco y Rodas avanzaron en Cuenca una receta que en la cocina política resulta terriblemente compleja: se trata de unir fuerzas que son expertas en producir fragmentación. No lo dijeron, pero si esa receta cuajara, ellos y los que se junten tendrían que dar lugar, en los hechos, a un gobierno de unión nacional. Su labor parece evidente: hacer una transición entre el correísmo y la reinstitucionalización del país.

¿Qué otra estrategia pudieran parir las fuerzas opositoras al correísmo para ser alternativa real de poder? ¿Y qué estrategia que, en el supuesto de ser victoriosa, pudiera sostener la inestabilidad política que se dará tras el correísmo; inestabilidad que se puede agravar con una crisis económica plagada de déficits y deudas?

No hay otra propuesta de estrategia por ahora.

No hay un político sensato de la oposición que piense que es fácil ganar al Presidente, por más nubarrones que se ciernan sobre él. Correa sigue siendo el gran elector del país y, aunque ya no dispone de dinero para aceitar la base populista, seguirá dominando buena  parte del imaginario social. Venezuela muestra cuánto duran los efectos de un liderazgo mesiánico (el de Chávez), a pesar de la escasez y la represión desenfrenada.

La alternativa al correísmo no se construirá esta vez privilegiando el campo económico. Las razones son obvias: si el barril de petróleo subiera, Correa sería indestronable. Y se mantiene por debajo de los 50 dólares, la crisis económica afectaría políticamente tanto al gobierno (el electorado siempre cobra) como a la oposición (que en caso de ganar tendría que administrarla).

La ventaja relativa para la oposición es que Correa, sin plata, tendrá poco qué ofrecer. Además, tras ocho años en el poder, él tendrá que asumir el rol de statu quo. Por supuesto, es un gran candidato y goza de prerrogativas inhabituales en una democracia verdadera: tiene el aparato del gobierno y lo usa y tiene jueces electorales famosos por su parcialidad.

Tendrá un enorme problema si la disputa política se ancla en los valores democráticos: el caso venezolano trabajará en contra de sus intereses. Maduro y el sistema chavista están en fase terminal y su agresividad es ahora criminal.

La propuesta de Nebot, Carrasco y Rodas patea el tablero político en general porque sitúa el debate precisamente en los contenidos de los valores democráticos y no en su formulación. Viejas o nuevas derechas, viejas o nuevas izquierdas tienen que definirse con respecto a la práctica política del correísmo. Es imposible decirse de izquierda y apoyar a Maduro. Es imposible decirse de manos limpias y defender la corrupción de Cristina Fernández de Kirchner y las prácticas mafiosas de su gobierno.

El correísmo demostró al electorado ecuatoriano, con ciertas prácticas gubernamentales autoritarias y reaccionarias, que los conceptos de izquierda y derecha ya no pueden sustentarse en la retórica. La democracia contemporánea se mofa de esas etiquetas y los ciudadanos reclaman gobiernos que respeten, en forma irrestricta, los derechos humanos, que entiendan que los derechos son para todos los ciudadanos (no solo para sus seguidores) y que la sociedad se democratiza cada día si reconoce –por encima de convicciones morales de cualquier tipo– la visión laica y los derechos de las minorías.

Se entiende que si la oposición al correísmo pone el acento en la restitución de los valores democráticos, debe definirse con respeto a los derechos que la sociedad siente que el autoritarismo ha conculcado. Si Nebot, Carrasco y Rodas persisten en esa línea se pondrán la vara alta y la pondrán a todos los movimientos y partidos que busquen la unidad propuesta. Solo así pudiera ganar densidad democrática la vida pública en el país: obligándose la oposición –para ser alternativa política– a dar nuevos contenidos a conceptos que la vieja izquierda y la vieja derecha han usado y abusado políticamente. Como si los ciudadanos sufrieran de hemiplejia.

José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, marzo 5, 2015.

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