La latente amenza de regular elecciones libres

Publicado en: Análisis, Uruguay | 0

Según Eleuterio Fernández Huidobro, los errores cometidos por las encuestas impidieron que el Frente Amplio ganara directamente en la primera vuelta. El ministro de Defensa da a entender que los porcentajes difundidos incidieron negativamente en los votantes.

Suponiendo que el razonamiento sea correcto, entonces también habría que medir el efecto que pudo haber tenido la masiva publicidad oficial de entes públicos monopólicos, cantando loas a sus gestiones para lograr más votos para el Frente. O medir el efecto de la intensa actividad proselitista desplegada por el presidente José Mujica, en lo que algunos interpretaron como una conducta claramente anticonstitucional. Mujica parecía encarnar aquella idea que a fines del siglo XIX puso en marcha Julio Herrera y Obes: la de la “influencia directriz”, o sea que el presidente saliente ejerciera real presión para incidir en la elección de su sucesor.

Muchas cosas se hicieron en esta campaña para que cada partido obtuviera más o menos votos y las encuestas no fueron las únicas. Suponer que la ciudadanía solo se deja influir por ellas es subestimar la inteligencia de la gente, es entender que ella es fácilmente maleable y que por lo tanto lo importante es ser más manipulador que los demás. Uno de los principios básicos de la democracia es creer que el soberano sabe lo que hace, aunque al ministro le cueste entenderlo.

Sin duda las empresas encuestadoras no acertaron, al punto que ellas mismas salieron a pedir disculpas. Pero también es un hecho que estas elecciones fueron, en muchos sentidos, diferentes a las demás. La tradicional efervescencia desapareció. La gente fue muy reservada y no demostró, ni con balconeras ni con continua presencia en la calle, cuál era su voto. Los candidatos diseñaron estrategias diferentes a las tradicionales y ello generó desconcierto. Unos no entendían lo que hacían sus adversarios y les costó adaptarse a los nuevos vientos. El mencionado desconcierto también afectó al periodismo, que no siempre supo cómo reaccionar para informar mejor y terminó dependiendo de las encuestas, porque al final de ellas surgía la información más disponible.

Para el periodismo también esta experiencia implicó una lección a tomar en cuenta y de la cual deberá aprender.

Reflexiones como las del ministro Fernández Huidobro parten de la base que hubo mala intención en las encuestas y que sus mediciones fueron hechas con sentido artero. En su lógica, existe la posibilidad de lavarle el cerebro a la gente (porque la consideran tonta) y por lo tanto ese fue el objetivo de dar mal los datos.

No hay elementos para considerar que hubo mala intención. Pero además difícilmente una empresa encuestadora seria pretenda, deliberadamente y con motivos aviesos, tergiversar sus datos. Sabe muy bien que el precio que termina pagando es muy alto y eso quedó en evidencia con las respuestas dadas por dichas empresas: desde engorrosas explicaciones hasta bien fundamentados pedidos de disculpa. Hubo errores, no conspiraciones.

Lo que sí deja la reflexión ministerial es un aire de amenaza. Si se denuncia que hubo efectos perniciosos, entonces hay que tomar la iniciativa y echarle mano al problema. En otras palabras: regular el funcionamiento de las empresas encuestadoras, cosa que muchos y desde diferentes tiendas, quisieran hacer.

Una elección, la designación de los candidatos, los mensajes que se emiten, las discusiones programáticas, el conjunto de la campaña y todo lo que ella implica, solo puede funcionar en un contexto de máxima libertad. Donde todo se pueda decir y refutar.

Por lo tanto, no tiene sentido regular una de las tantas manifestaciones que surgen de una campaña porque alguien se considera perjudicado por lo que hacen. Son numerosos, diversos y contradictorios los mensajes electorales. Y surgen de orígenes también diversos. Si se regula uno solo de ellos, habría que regular a todos. Al menos solo para dejar en evidencia lo absurdo de tal pretensión.

Las encuestas se equivocan, ¿pero qué se hace con un candidato que promete cosas que no cumplirá? ¿O un candidato que fundamenta sus planes de gobierno en cifras que no cierran? ¿O con avisos publicitarios que endulzan los contenidos desde una emotividad irracional? ¿O cuando algún candidato se niega a debatir? A nadie se le ocurriría regular esas cosas. Nadie exigiría que cuando el candidato haga sus promesas sea sometido a un polígrafo o detector de mentiras. Es asunto exclusivo de cada partido diseñar su estrategia y coordinar cómo llevará adelante la campaña. Sería descabellado que a alguien se le ocurriera establecer reglamentos a tal actividad. Mataría lo que es esencial a una elección libre y democrática.

¿Por qué entonces lo que se les admite a los partidos, se pretende no admitirles a organizaciones que no son partidarias? En el fondo, dicha pretensión no es más que una manera de controlar los mensajes que vienen de afuera. Lo que dicen los partidos, aun lo que dicen los adversarios, está bien porque entra dentro de sus códigos consentidos. Lo que dicen los que actúan por fuera de los partidos ya no gusta tanto porque es algo que nadie puede controlar.

La palabra de un ciudadano independiente, o la de un observador académico que opina desde su disciplina y no desde una adhesión, o la de una empresa encuestadora, o la de medios no partidarios, se vuelve un problema porque sale del trillo establecido por el partido. Sin embargo, es bueno que haya organizaciones extrapartidarias terciando sin tutelas en una campaña. Y si bien pueden equivocarse, así como se equivocan los candidatos, están actuando por fuera de los controles partidarios. Tal cosa debería ser vista como algo saludable. Sin embargo, esa es la razón por la cual los dirigentes partidarios, del lema que sea, se sienten compelidos a regular.

Políticos como Fernández Huidobro desconfían de los votantes y subestiman los intereses que los mueven a votar en una u otra dirección. Creen que son maleables a la perversa influencia de estos otros actores (la de ellos es siempre pura) y no aceptan que, para bien o para mal y en el acierto o en el error, quien vota lo hace desde sus propios motivos, que muchas veces van por un andarivel diferente al de los candidatos.

Por Tomás Linn
AÑO 2014 Nº 1790 – MONTEVIDEO, 13 AL 19 DE NOVIEMBRE DE 2014, SEMANARIO BÚSQUEDA.

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